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Gustavo Cerati & el arte de construir una atmósfera

A 67 años de su nacimiento, su obra recuerda que una canción puede ser mucho más que melodía y letra: textura, espacio y diseño.

Hay canciones que reconocemos por una frase. Otras por un acorde. En muchas de Gustavo Cerati basta algo menos preciso: una cierta manera en que entra la guitarra, una reverberación, una voz suspendida detrás de otra, un ritmo que parece llegar desde otra habitación. Antes incluso de saber qué está diciendo, sabemos que estamos dentro de uno de sus mundos.

Cerati nació en Buenos Aires el 11 de agosto de 1959 y alcanzó dimensión continental al frente de Soda Stereo, el grupo que formó en los años ochenta junto a Zeta Bosio y Charly Alberti. Allí fue cantante, guitarrista y principal compositor, pero reducir su trabajo a esas funciones deja fuera una parte fundamental de lo que terminó distinguiéndolo: su manera de pensar el sonido como materia. Una canción, para Cerati, no parecía terminar cuando encontraba una melodía. Había que decidir también cuánto aire debía existir alrededor de ella.

Escuchar también el espacio

Algo de esa inquietud estaba ya en Soda Stereo. A medida que avanzó la discografía del grupo, las canciones comenzaron a incorporar capas, efectos, programación y texturas que ampliaban considerablemente la fórmula del rock de guitarra. En Sueño Stereo, publicado en 1995, Cerati aparece no sólo como voz y guitarra, sino también vinculado a sintetizadores, programación, sampling y efectos.

Gustavo Cerati durante el regreso de Soda Stereo al Estadio Nacional de Santiago de Chile, en octubre de 2007. 

Pero fue en su obra posterior donde esa curiosidad pudo desplegarse con mayor libertad. Bocanada, de 1999, resulta especialmente revelador: rock, electrónica y arreglos orquestales conviven sin que ninguno funcione únicamente como adorno. La producción no está detrás de las canciones; forma parte de aquello que las canciones quieren decir.

Escuchar hoy “Bocanada”, “Puente” o “Engaña” permite entenderlo. Hay momentos en los que importa tanto aquello que suena como la distancia que parece separar un sonido de otro. Las guitarras pueden aparecer nítidas o deformadas; la voz multiplicarse; una base electrónica convivir con cuerdas. Cerati entendía que llenar todos los espacios no siempre hacía más intensa una canción. A veces era el vacío, la pausa o la reverberación lo que terminaba dándole profundidad.

La canción como taller

La electrónica tampoco fue una excursión ocasional en su carrera. Ya había experimentado con ella junto a Daniel Melero en Colores Santos, de 1992, y siguió haciéndolo después. En Siempre es hoy, publicado diez años más tarde, esa búsqueda se hizo todavía más evidente: beats, programación y tratamientos electrónicos ocuparon un lugar central dentro de un disco que seguía conservando la lógica de la canción pop y el rock.

Lo interesante es que Cerati nunca pareció entender la experimentación como una obligación de abandonar aquello que funcionaba. Podía desplazarse hacia la electrónica y después regresar a una guitarra frontal sin que el movimiento pareciera una contradicción. Ahí vamos, de 2006, hizo justamente eso: recuperó una energía más directa y guitarrera después de los experimentos de los años anteriores, pero regresar a la guitarra no significaba volver atrás.

Gustavo Cerati, en una sesión de fotos para el disco «Ahí vamos»

Para entonces Cerati había aprendido demasiado sobre capas, timbres, mezcla y producción como para tratarla simplemente como un instrumento al frente de una banda. La canción se había convertido en una especie de taller: un lugar donde probar, desmontar, superponer, retirar y volver a escuchar. Cada sonido podía modificarse hasta encontrar no sólo la forma correcta, sino también la distancia correcta respecto de los demás.

Esa quizá sea una de las constantes más interesantes de su obra. Cada elemento parece elegido no únicamente por lo que toca, sino por el lugar que ocupa dentro de la canción.

Diseñar una sensación

Por eso hablar de Cerati únicamente como gran compositor deja algo afuera. También fue productor y pensaba en arreglos, efectos, mezcla, instrumentación y tecnología. En distintos momentos de su carrera trabajó con guitarras eléctricas y acústicas, sintetizadores, programación, sampling, percusiones y tratamientos electrónicos, pero lo verdaderamente interesante no está en la lista de herramientas, sino en la sensibilidad con que las utilizaba.

Gustavo Cerati en el estudio montado en el subsuelo de su casa de Vicente López y al que bautizó «Casa Submarina», donde creó y grabó Bocanada.

Su discografía solista puede pasar del paisaje casi cinematográfico de Bocanada al pulso electrónico de Siempre es hoy y luego a la contundencia de Ahí vamos sin perder una identidad reconocible. Quizá porque esa identidad nunca dependió realmente de un instrumento ni de un género específico, sino de una manera de ordenar el sonido y convertirlo en sensación.

Cerati parecía comprender que la producción podía alterar nuestra percepción emocional de una canción. Una voz podía acercarse hasta volverse íntima; una guitarra podía alejarse hasta parecer un recuerdo; un sonido repetido podía dejar de ser acompañamiento y convertirse en paisaje. El estudio no era sólo el lugar donde se registraba una canción terminada: era también el sitio donde la canción encontraba finalmente su forma.

En ese sentido, muchas de sus piezas funcionan un poco como habitaciones. Entramos en ellas y algo cambia en la acústica.

Lo que permanece

A 67 años de su nacimiento, buena parte de la música de Gustavo Cerati continúa sonando sorprendentemente difícil de encerrar en una época. No porque haya escapado a las tecnologías o estilos de su tiempo, sino precisamente porque supo utilizarlos como materiales y no como adornos.

Gustavo Cerati durante una presentación en noviembre de 2009, en la última etapa de una trayectoria marcada por la búsqueda constante de nuevas formas de organizar el sonido. 

Fue una figura central del rock en español, pero también un músico permanentemente interesado en aquello que podía ocurrir alrededor del rock: la electrónica, el ambient, los remixes, la orquestación y el estudio entendido como instrumento. Su trayectoria muestra a un creador incómodo con permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio, alguien para quien experimentar no significaba necesariamente romper con lo anterior, sino descubrir otra manera de escucharlo.

Quizá por eso algunas de sus canciones conservan algo difícil de fechar. Podemos reconocer los instrumentos, las tecnologías y hasta las épocas de las que provienen, pero la sensación que construyen sigue resultando inmediata.

No escuchamos solamente una melodía escrita hace décadas. Escuchamos un espacio que alguien construyó para que todavía pudiéramos entrar.

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