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El hombre que dejó su fortuna a un país que nunca conoció

El legado de James originó el Smithsonian Institution. A 180 años de su fundación, la idea de aumentar y difundir el conocimiento sigue cambiando.

James Smithson murió en Génova en 1829. Era un científico británico, había pasado buena parte de su vida entre laboratorios, viajes y círculos intelectuales europeos, y no tenía hijos. Nada de aquello parecía destinado a cambiar la historia cultural de Estados Unidos. Hasta que apareció su testamento.

En él había dejado establecido que su fortuna pasaría primero a su sobrino y, si este moría sin descendencia, acabaría en manos de un destinatario extraordinariamente improbable: los Estados Unidos de América. El dinero debía utilizarse para fundar en Washington una institución que llevara su nombre y estuviera dedicada al “aumento y difusión del conocimiento”. Smithson nunca había pisado el país. No se conoce correspondencia suya con estadounidenses y tampoco dejó una explicación definitiva de por qué había elegido aquel lugar para su legado. Dos siglos después, el motivo continúa siendo un misterio. 

El sobrino murió sin herederos en 1835. De pronto, una cláusula que podía haber permanecido para siempre en el terreno de las posibilidades se convirtió en un problema diplomático, jurídico y, sobre todo, intelectual: ¿qué debía hacer una nación con el dinero de un extranjero muerto que le había pedido crear algo llamado Smithsonian?

El misterio de James Smithson

Smithson había nacido alrededor de 1765 como hijo ilegítimo de Hugh Smithson, primer duque de Northumberland, y Elizabeth Hungerford Keate. Estudió en Oxford y se dedicó a la química y la mineralogía en una época en la que observar, clasificar y compartir información sobre el mundo natural formaba parte del gran proyecto intelectual de la Ilustración.

Era, además, miembro de la Royal Society. Publicó investigaciones, reunió minerales y viajó por Europa, pero nunca explicó públicamente qué relación imaginaba entre sus intereses científicos y aquella joven república situada al otro lado del Atlántico.

James Smithson retratado como estudiante de Pembroke College, Oxford, en 1786. Décadas después, su fortuna daría origen al Smithsonian.

Las interpretaciones llegaron después. Algunos historiadores han relacionado su decisión con el resentimiento que pudo haberle producido la rígida estructura social británica, que marcó su vida como hijo ilegítimo; otros han visto en ella una simpatía hacia los ideales ilustrados de educación y circulación universal del conocimiento. Ninguna hipótesis ha podido demostrarse. El propio Smithsonian reconoce que los motivos de su fundador siguen sin conocerse

Quizá el enigma sea parte de lo que vuelve tan poderosa la historia. Smithson no dejó un edificio diseñado, una colección definida ni instrucciones detalladas sobre aquello que debía hacerse. Dejó una frase. Y la frase era lo suficientemente amplia como para convertirse en casi cualquier cosa.

Antes que un museo, una idea

Cuando el presidente Andrew Jackson informó al Congreso sobre la herencia, Estados Unidos tuvo primero que decidir si siquiera debía aceptarla. Finalmente lo hizo en 1836 y envió a un representante a Inglaterra para reclamar el patrimonio. Dos años después, más de 100,000 soberanos de oro llegaron a la Casa de Moneda de Filadelfia; convertidos a moneda estadounidense, representaban más de medio millón de dólares, una suma enorme para la época. Entonces comenzó una discusión que duraría años.

¿Debía construirse una universidad? ¿Una biblioteca? ¿Un observatorio astronómico? ¿Un laboratorio? ¿Un museo? Las palabras de Smithson ofrecían una misión, pero no un manual para cumplirla. “Aumentar” el conocimiento podía significar producirlo mediante investigación; “difundirlo” podía significar enseñarlo, publicarlo, exhibirlo o ponerlo al alcance del público. En cierto sentido, aquella discusión nunca terminó.

Primera página del acta que estableció el Smithsonian Institution. El 10 de agosto de 1846, el legado de Smithson adquirió finalmente una forma institucional.

El 10 de agosto de 1846, después de años de debates, el Congreso aprobó la ley que organizó formalmente el Smithsonian Institution y el presidente James K. Polk la firmó ese mismo día. El documento contemplaba una biblioteca, una galería de arte, un laboratorio químico, salas para conferencias y espacios para organizar objetos de historia natural. Lo que había comenzado como una frase escrita en el testamento de un científico británico adquiría por primera vez una forma física. Pero el Smithsonian todavía estaba muy lejos del que conocemos hoy.

Cuando una frase se convirtió en millones de objetos

Durante los siguientes 180 años, aquella institución creció hasta convertirse en lo que el propio Smithsonian describe hoy como el mayor complejo de museos, educación e investigación del mundo. Comprende 21 museos, el National Zoo, bibliotecas, archivos y numerosos centros científicos y educativos; sus colecciones reúnen más de 157 millones de objetos y especímenes. Dos nuevos museos nacionales —dedicados a la historia de los latinos en Estados Unidos y a la historia de las mujeres estadounidenses— se encuentran además en desarrollo. 

Área de trabajo y almacenamiento de antropología del Natural History Building después de 1910. Detrás de las salas públicas, conservar y clasificar se convirtió en una de las tareas esenciales del Smithsonian.

La escala puede resultar difícil de imaginar. Allí conviven el arte asiático y la historia afroamericana; fósiles y aeronaves; archivos fotográficos y meteoritos; diseño, retratos, cultura indígena y exploración espacial. El Smithsonian estudia biodiversidad, conserva patrimonio, investiga el clima y administra colecciones que abarcan desde organismos microscópicos hasta algunos de los objetos más reconocibles de la historia estadounidense.

Sin embargo, quizá la continuidad más interesante con Smithson no esté en el tamaño de las colecciones, sino en la idea que las sostiene. La institución conserva todavía, casi palabra por palabra, aquella misión de 1826: “the increase and diffusion of knowledge”. Su plan estratégico actual sigue colocando esa fórmula en el centro. Lo que ha cambiado radicalmente es nuestra comprensión de lo que significa cumplirla.

El conocimiento también necesita revisar su pasado

Los museos del siglo XIX nacieron, en buena medida, bajo la convicción de que reunir objetos equivalía a producir conocimiento. Clasificar plantas, animales, culturas y pueblos permitía construir una representación ordenada del mundo. Pero muchas de aquellas colecciones también fueron resultado de relaciones profundamente desiguales: colonialismo, excavaciones sin consentimiento, apropiaciones culturales y prácticas científicas que hoy serían consideradas inadmisibles.

El Smithsonian no está fuera de esa historia. Su National Museum of Natural History conserva restos humanos de más de 30,000 individuos, la mayoría incorporados durante el siglo XIX y principios del XX. La institución reconoce actualmente que muchos fueron obtenidos sin consentimiento y que algunas de aquellas prácticas no son compatibles con los estándares éticos contemporáneos. En los últimos años ha desarrollado políticas de repatriación, devolución ética y custodia compartida con comunidades de origen. 

Representantes de la Osage Nation revisan una colección durante una consulta vinculada con NAGPRA, en Milwaukee, en 2015. La revisión de procedencias y el diálogo con las comunidades de origen forman parte del cambio ético que atraviesan hoy los museos.

Es una transformación importante de aquella vieja idea de museo. El conocimiento ya no consiste únicamente en poseer, clasificar y explicar un objeto. También puede exigir preguntarse cómo llegó hasta allí, quién tiene derecho a interpretarlo y si debería permanecer en la colección.

En 2022, el Smithsonian adoptó una política que permite devolver piezas por razones éticas incluso cuando no exista una obligación legal de hacerlo. La distinción es significativa: reconoce que una institución dedicada al conocimiento también tiene que revisar las condiciones bajo las cuales ese conocimiento fue construido. La misión de Smithson permanece. Su significado se ha vuelto más complejo.

Difundir el conocimiento sin entrar al museo

Existe otra transformación que James Smithson difícilmente habría podido imaginar. Durante buena parte de la historia de los museos, acceder a una colección significaba viajar hasta el edificio que la custodiaba. Hoy una parte creciente del Smithsonian puede consultarse desde cualquier lugar del planeta. Su iniciativa Open Access ofrece más de 5.1 millones de recursos digitales en dos y tres dimensiones —imágenes, modelos y datos— que pueden descargarse, reutilizarse y transformarse sin necesidad de pedir autorización cuando están disponibles bajo licencia CC0. 

Una estudiante en México puede estudiar un objeto conservado en Washington. Un artista puede utilizar una imagen de sus archivos para crear otra obra. Un investigador puede trabajar con datos de una colección sin cruzar físicamente las puertas del museo. Pocas cosas parecen encarnar de manera tan literal la segunda mitad del deseo de Smithson: difundir el conocimiento.

Pero la digitalización también introduce preguntas nuevas. Tener millones de imágenes disponibles no garantiza que las personas sepan interpretarlas; hacer accesible una colección tampoco resuelve por sí solo quién aparece representado en ella ni qué historias continúan ausentes. En una época saturada de información, la función de una institución cultural quizá ya no consista solamente en proporcionar datos, sino en ofrecer contexto, procedencia, relaciones y herramientas para comprenderlos.

El propio Smithsonian habla hoy de llegar a públicos de todo el mundo mediante arte, historia y ciencia y de actuar como una especie de guía interpretativa frente a los grandes asuntos contemporáneos. 

¿Qué museo habría imaginado Smithson?

En 2046, el Smithsonian cumplirá doscientos años. Es probable que para entonces una parte aún mayor de sus colecciones exista simultáneamente en salas físicas y espacios digitales; que nuevas tecnologías permitan estudiar objetos sin manipularlos; que las restituciones hayan cambiado la composición de ciertas colecciones y que los museos que hoy apenas están en desarrollo formen parte cotidiana del paisaje de Washington.

Las tecnologías de digitalización 3D permiten estudiar y explorar piezas de las colecciones del Smithsonian sin encontrarse físicamente frente a ellas.

También será necesario decidir qué merece conservarse del presente. El desafío de un museo no consiste solo en cuidar aquello que recibió del pasado, sino en reconocer qué objetos, imágenes, testimonios y datos ayudarán algún día a alguien a comprender nuestra época.

Quizá esa sea la extraordinaria ventaja de la vaguedad que Smithson dejó escrita en su testamento. No diseñó una institución obligada a permanecer igual a sí misma. Dejó una finalidad capaz de cambiar con el tiempo.

El conocimiento puede aumentar mediante una excavación arqueológica, una investigación genética o una nueva lectura de una obra de arte. Puede difundirse en una sala de museo, en un libro, en una clase, en una base de datos abierta o en un modelo tridimensional consultado a miles de kilómetros de distancia. Y también puede avanzar cuando una institución reconoce que algo que hizo en nombre de la ciencia ya no debería hacerse del mismo modo.

El hombre que finalmente llegó a Washington

James Smithson nunca vio nada de aquello. Murió diecisiete años antes de que el Smithsonian existiera formalmente y fue enterrado en Génova. Décadas después, cuando el cementerio donde descansaba quedó amenazado por la expansión de una cantera, surgió la posibilidad de trasladar sus restos.

Cripta de James Smithson en el Smithsonian Castle, fotografiada en 1905. Sus restos habían llegado a Washington desde Génova un año antes, trasladados por iniciativa de Alexander Graham Bell.

Uno de los encargados de hacerlo fue Alexander Graham Bell, entonces miembro de la Junta de Regentes del Smithsonian. En enero de 1904 viajó con los restos de Smithson desde Italia hasta Estados Unidos. El 25 de enero, una procesión los llevó finalmente hasta el Smithsonian Castle. Al año siguiente se construyó allí la cripta donde permanecen hasta hoy, junto a la entrada norte del edificio. Habían pasado setenta y cinco años desde su muerte.

James Smithson nunca conoció el país al que dejó su fortuna. Nunca caminó por Washington, nunca entró en un museo Smithsonian y nunca pudo saber qué significaría aquella frase que escribió en su testamento. Pero terminó llegando.

Y quizá lo más extraordinario de su legado no sean los millones de objetos reunidos desde entonces, ni siquiera los museos que llevan indirectamente su nombre. Es haber dejado una idea lo suficientemente sencilla para caber en unas pocas palabras y lo suficientemente abierta para seguir haciéndonos una pregunta 180 años después: qué conocimiento vale la pena aumentar, cómo debemos compartirlo y con quién.

Una procesión acompaña los restos de James Smithson hasta el Smithsonian, en Washington, en enero de 1904. Setenta y cinco años después de su muerte, el hombre que había dejado su fortuna a un país que nunca conoció finalmente llegó a él.
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