Una lengua entra en la imprenta
El 18 de agosto de 1492 terminó de imprimirse en Salamanca un libro extraño. No era una novela ni un tratado religioso ni uno de aquellos manuales de latín que circulaban por las universidades europeas. En sus páginas, Antonio de Nebrija se proponía hacer algo que hasta entonces nadie había hecho de aquella manera con el castellano: observar la lengua que la gente hablaba, dividirla en partes, describir sus sonidos, estudiar la manera en que las palabras se relacionaban y tratar de descubrir qué reglas sostenían todo aquello que los hablantes utilizaban sin necesidad de conocerlas. La Gramática sobre la lengua castellana fue la primera gramática impresa del castellano y la primera dedicada a una lengua romance que llegó a la imprenta en Europa. El ejemplar original llevaba tipografía gótica, tinta negra y roja y una dedicatoria a Isabel la Católica.
El año que aparecía en su colofón era uno de esos años que después parecen haber sido inventados por los historiadores para reunir demasiadas cosas al mismo tiempo. En enero había terminado la guerra de Granada con la rendición del último reino nazarí de la península. El 3 de agosto, apenas quince días antes de que concluyera la impresión de la Gramática, Cristóbal Colón había partido de Palos de la Frontera hacia un océano del que regresaría con una geografía inesperada. En ese mismo 1492, Nebrija publicó también su Diccionario latino-español. La historia política, la navegación, la imprenta y la lengua parecían moverse a la vez, aunque quienes estaban dentro de aquel año todavía no podían saber hacia dónde.

Es tentador mirar aquel libro desde todo lo que ocurrió después y convertirlo en una especie de acta de nacimiento del español. Pero las lenguas no nacen cuando alguien escribe sus reglas. Para 1492, el castellano llevaba siglos transformándose, mezclándose y produciendo canciones, documentos, relatos y literatura. Nebrija no inventó la lengua. Hizo algo quizá más interesante: la convirtió en objeto de pensamiento. Por primera vez, el castellano podía mirarse a sí mismo sobre una página.
Poner reglas a algo que ya estaba vivo
Nebrija conocía bien el prestigio del latín. Había estudiado en Salamanca y en Italia, y buena parte de su proyecto intelectual consistía en recuperar el dominio riguroso de las lenguas clásicas frente al latín deteriorado que, a su juicio, se enseñaba en muchas escuelas. Sus célebres Introductiones latinae, publicadas en 1481, se habían convertido en una pieza central de esa batalla humanista. La decisión de aplicar después el mismo aparato intelectual al castellano tenía algo de audacia: significaba aceptar que una lengua cotidiana, aprendida en casa y escuchada en mercados y calles, podía ser analizada con la misma seriedad con la que durante siglos se había estudiado la lengua de Cicerón.
La Gramática quedó organizada en cinco libros. Nebrija habló de ortografía, de prosodia y sílaba, de lo que entonces denominaba etimología y dicción, de sintaxis y, finalmente, de cómo enseñar castellano a quienes procedieran de otra lengua. Esa última sección resulta especialmente moderna: una gramática no solo destinada a quienes ya hablaban castellano, sino también a quienes necesitaban aprenderlo. La Biblioteca Nacional de España destaca precisamente ese quinto libro como una de las novedades de la obra.

Pero había una paradoja desde el comienzo. Para escribir una gramática es necesario detener artificialmente aquello que nunca se detiene. Una lengua está cambiando mientras alguien intenta describirla. Las pronunciaciones se desplazan, unas palabras aparecen y otras desaparecen, las construcciones que una generación juzga incorrectas pueden convertirse en naturales para la siguiente. Nebrija lo sabía. Una de sus aspiraciones era precisamente fijar el castellano para que no sufriera indefinidamente las transformaciones que habían alejado a las lenguas romances del latín. Quería darle estabilidad, hacer que pudiera conservarse y alcanzar, según su propia concepción humanista, una duración semejante a la de las grandes lenguas clásicas.
Cinco siglos después, sabemos que perdió esa batalla y ganó otra. El castellano de Nebrija no es nuestro español. Muchas de sus palabras han desaparecido, otras han cambiado de significado, su ortografía puede resultar extraña y sonidos que él distinguía dejaron de distinguirse en buena parte del mundo hispánico. Pero precisamente porque la lengua continuó modificándose pudo acompañar sociedades que Nebrija jamás habría imaginado. Intentó protegerla del tiempo y, al hacerlo, dejó uno de los testimonios más extraordinarios de cómo sonaba y funcionaba en un momento determinado de su historia. Una gramática puede aspirar a fijar una lengua. También puede terminar demostrando cuánto cambia.
La lengua y el poder
Hay una frase de Nebrija que ha sobrevivido casi tanto como su libro: «siempre la lengua fue compañera del imperio». Aparece en el prólogo dedicado a Isabel la Católica y ha sido repetida durante siglos porque parece condensar en siete palabras la relación entre lengua y poder. No es difícil comprender por qué. Un territorio puede ser conquistado con ejércitos, pero administrarlo exige palabras: leyes que puedan leerse, órdenes que puedan entenderse, escuelas capaces de transmitir determinados conocimientos y nombres capaces de organizar una realidad.

La frase resulta especialmente inquietante cuando se coloca junto a la fecha de 1492. Sabemos lo que vino después: la expansión de la monarquía hispánica, la conquista y colonización de grandes territorios americanos, la evangelización, el contacto —muchas veces violento— entre el castellano y centenares de lenguas indígenas. Desde nuestra perspectiva, parece casi profética.
Pero conviene resistirse a una historia demasiado perfecta. Cuando Nebrija escribió la Gramática, el imperio americano español todavía no existía. Colón ni siquiera había llegado a América cuando el libro terminó de imprimirse. Presentar la obra simplemente como un manual concebido para la conquista del Nuevo Mundo supone leer 1492 desde acontecimientos posteriores que su autor no podía conocer. La historiografía lingüística ha discutido ampliamente esta interpretación y algunos estudios han advertido contra la tendencia a reducir todo el proyecto nebrisense a la célebre fórmula imperial.
Eso no vuelve inocente la relación entre lengua y autoridad que aparece en el prólogo. Nebrija comprendía perfectamente que una lengua codificada podía servir para gobernar, transmitir leyes y enseñar a poblaciones que no la hablaban. Su gramática pertenece al mundo político que la produjo. Lo interesante es precisamente mantener juntas ambas dimensiones: fue un extraordinario acto intelectual y, al mismo tiempo, una obra surgida en una época en la que la unificación religiosa, política y lingüística comenzaba a adquirir una enorme fuerza.
Las lenguas nunca son únicamente sistemas de verbos, sustantivos y sonidos. También determinan quién puede participar en una conversación pública, quién comprende una ley, quién tiene acceso a un libro, quién debe aprender la lengua de quién. Nebrija lo entendió hace más de cinco siglos.
El libro que no triunfó inmediatamente
Nuestra relación con los clásicos produce otra ilusión: tendemos a imaginar que las obras que hoy consideramos fundamentales fueron reconocidas como tales desde el instante en que aparecieron. A la Gramática castellana le ocurrió algo bastante distinto.
El libro no produjo una revolución editorial inmediata. A diferencia de las Introductiones latinae de Nebrija, que conocieron una circulación extraordinaria, la gramática castellana no tuvo reimpresiones tempranas y durante mucho tiempo ocupó un lugar bastante más discreto del que ahora posee en las historias de la lengua. La propia Biblioteca Nacional señala esa ausencia de nuevas ediciones como indicio de la limitada importancia que sus contemporáneos parecieron concederle.

Quizá tampoco sea tan extraño. Para quien habla una lengua desde la infancia, la idea de necesitar un libro que explique cómo funciona puede parecer innecesaria. Aprendemos a colocar un adjetivo, conjugar un verbo o formar una pregunta mucho antes de saber qué significan las palabras adjetivo, conjugación o sintaxis. La gramática llega después de la lengua.
Ese retraso contiene algo fascinante. Durante miles de años, los seres humanos hablaron perfectamente sin poder explicar con precisión las estructuras que hacían posible el habla. Un niño sigue realizando hoy operaciones lingüísticas de enorme complejidad sin conocer las reglas que un gramático utilizaría para describirlas. La lengua sabe hacer cosas que el hablante no sabe que sabe.
Nebrija intentó convertir ese conocimiento invisible en conocimiento explícito. En ese sentido, su libro pertenece a una empresa intelectual mucho más amplia que la historia del español. Clasificar una planta, dibujar un mapa del cielo, describir la anatomía de un cuerpo o escribir la gramática de una lengua parten de una intuición semejante: el mundo puede observarse con tanta atención que aquello que parecía natural termina revelando una estructura.
Una lengua que nunca terminó de explicarse
Hay algo conmovedor en la ambición de Nebrija. Pensar que una lengua podía fijarse para protegerla del deterioro significaba imaginar que el tiempo podía ser detenido mediante reglas. La historia del español terminaría demostrando exactamente lo contrario.
Después de 1492, el castellano atravesó océanos. Entró en contacto con el náhuatl, el quechua, el taíno, el guaraní y muchas otras lenguas; recibió palabras, modificó pronunciaciones, desarrolló variedades distintas a ambos lados del Atlántico y terminó convirtiéndose en algo que ningún gramático del siglo XV habría podido anticipar. La lengua que Nebrija trató de encerrar entre las páginas de un libro continuó escapándose de ellas. Y quizá ahí se encuentre la verdadera belleza de aquella primera gramática.

Una lengua no permanece porque consiga conservarse intacta. Permanece porque cambia sin dejar de reconocerse. Podemos abrir hoy un libro escrito hace quinientos años y experimentar simultáneamente cercanía y distancia: comprender una frase y tropezar con la siguiente; reconocer una palabra cuyo aspecto parece extraño; escuchar, detrás de nuestra propia voz, otra manera de hablar que también nos pertenece.
Las gramáticas que vinieron después serían innumerables. Cambiarían sus categorías, sus métodos y hasta su idea de qué significa hablar correctamente. Cada una intentaría describir durante un instante algo que continuaba moviéndose.
Pero aquella mañana de agosto de 1492 ocurrió por primera vez con el castellano impreso. Alguien se sentó frente a una lengua que millones de personas habían aprendido simplemente escuchándola y decidió preguntarse qué había dentro. No nació entonces el español. Ocurrió algo quizá más extraño: el español comenzó a explicarse.






























































