El Monterrey del 20 de septiembre de 1596 tenía agua en abundancia. Eso dice, al menos, el documento que lo fundó: había “ojos de agua manantiales”, ríos, pastos, árboles frutales y nogales; alrededor se extendían tierras donde podía sembrarse y, a unas cuantas leguas, minas de plata. Diego de Montemayor miró aquel paisaje al pie de las montañas y encontró argumentos suficientes para levantar una ciudad sobre el papel.
La llamó Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey. El nombre resultaba ambicioso para un asentamiento que apenas reunía a un pequeño grupo de pobladores, pero el acta estaba escrita pensando hacia adelante; concedía jurisdicción, nombraba autoridades, disponía tierras y colocaba a la nueva ciudad en las rutas que unían el noreste con Tampico y Zacatecas. Cuatrocientos treinta años después, resulta extraño leerla desde una metrópoli de avenidas, pasos elevados, parques industriales y torres de departamentos. La geografía permanece reconocible; la escala, difícilmente.
También sobrevive algo menos visible: una manera de imaginar Monterrey a partir de su posición en el territorio. Ya en aquella primera página había caminos, comercio, recursos y una voluntad casi obstinada de permanecer.
Junto a un monte grande
El acta comienza con Dios, la Virgen, el rey y los cargos de Diego de Montemayor. Luego cambia de ritmo. A medida que justifica por qué aquella población debía existir, el documento empieza a mirar alrededor y se convierte por momentos en un inventario del paisaje.
El valle es descrito como un lugar de “buen temple y buenos aires y aguas”; aparecen nogales, montes y pastos, terrenos para sembrar, sitios para ganado y minas de plata dispersas por la comarca. Más adelante llega una de las frases que hoy resultan inevitables para cualquier regiomontano: la ciudad se establece “junto a un monte grande y ojos de agua que llaman de Santa Lucía”.

Es difícil leer esas palabras sin intentar acomodarlas sobre el Monterrey actual. El monte continúa ahí; el agua exige un esfuerzo mayor de imaginación. Los ojos de Santa Lucía, que alguna vez fueron una razón práctica para establecerse en el valle, terminaron dando nombre a calles, barrios y, siglos después, a un paseo urbano. Bajo esa domesticación del nombre persiste otra ciudad, una cuyo centro dependía directamente de los manantiales que brotaban del suelo.
Montemayor tampoco escogió un territorio vacío. La propia carta habla de los habitantes indígenas a quienes pretendía someter a la autoridad de la Corona y congregar bajo la enseñanza católica, lenguaje que sitúa la fundación dentro de la expansión colonial española hacia el noreste. En los siglos posteriores, las encomiendas y congregas vincularon la consolidación de los asentamientos hispanos con el trabajo y desplazamiento de poblaciones originarias; documentos conservados sobre el Nuevo Reino de León muestran hasta qué punto esa relación estuvo atravesada por coerción y explotación. El papel que funda una ciudad también conserva aquello que esa ciudad preferiría simplificar cuando cuenta su origen.
Una ciudad fundada por tercera vez
Monterrey ya tenía fantasmas cuando recibió su nombre definitivo. En 1577, Alberto del Canto había establecido en la zona un asentamiento conocido como Santa Lucía; cinco años después, Luis de Carvajal y de la Cueva fundó allí la villa de San Luis Rey de Francia. Ninguno consiguió consolidarse. El Nuevo Reino de León volvió a quedar prácticamente despoblado tras la caída de Carvajal, hasta que Montemayor regresó al valle y levantó el tercer asentamiento en 1596.

Ese antecedente altera la imagen habitual de una ciudad que empieza en una fecha exacta. Monterrey aparece, en cambio, después de varios intentos, abandonos y regresos. El sitio parecía ofrecer ventajas evidentes —agua, tierras cultivables, paso hacia otras regiones— y aun así sostener una población europea en aquel extremo de la Nueva España había resultado difícil.
La tradición municipal suele decir que Montemayor llegó acompañado por doce familias. La documentación permite introducir un matiz. El cronista Alonso de León escribió que regresó con “doce compañeros” que llevaron consigo a sus mujeres, hijos y ganados; el historiador Tomás Mendirichaga advierte además que no está demostrado que aquellos primeros pobladores fueran todos españoles, como muchas narraciones posteriores han repetido. Entre los nombres estudiados aparecen posibles portugueses y pobladores vinculados con comunidades indígenas. Una ciudad necesita mitologías manejables; los archivos suelen ser menos ordenados.
Primero se escribió la ciudad
Hay algo fascinante en la seguridad administrativa del documento. Montemayor concede a Monterrey quince leguas de jurisdicción hacia oriente y otras quince hacia poniente, con una extensión semejante de norte a sur; distribuye ejidos, establece autoridades y dispone que las poblaciones futuras de la región queden sujetas a la nueva cabecera. El asentamiento es frágil, pero el acta habla como si la ciudad ya pudiera verse completa.
Incluso aparece una grieta entre lo que se proyecta y lo que existe. Las ordenanzas de nuevas poblaciones de Felipe II preveían un gobierno acorde con una ciudad metropolitana, aunque Montemayor reconoce que en aquel momento “no hay gente suficiente de españoles” para integrar todo el consejo previsto. Opta entonces por una estructura más pequeña: alcaldes ordinarios, regidores, procurador y escribano.

El título de metropolitana precedió, por varios siglos, a la metrópoli. También el nombre miraba fuera del valle. Monterrey honraba el título nobiliario de Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey y entonces virrey de la Nueva España. El documento hacía convivir así dos geografías muy distintas: el agua de Santa Lucía y las montañas del noreste quedaban inscritas bajo un nombre procedente de la aristocracia peninsular. A veces las ciudades empiezan precisamente de esa manera, con un nombre importado que termina pareciendo inseparable del paisaje.
Lo que quedó debajo
Dieciséis años después de la fundación, las lluvias de 1612 arrasaron buena parte de las viviendas precarias de Monterrey. El asentamiento tuvo que desplazarse al sur del ojo de agua y reorganizarse alrededor de la antigua Plaza Real, hoy Plaza Zaragoza. Incluso después de 1596, permanecer siguió siendo un trabajo.
Luego llegarían otros Monterrey: el ganadero, el comercial, el industrial; más tarde, el de las grandes avenidas y las fábricas convertidas en parques, el de la expansión hacia municipios vecinos y los edificios que comienzan a competir visualmente con las montañas. La ciudad escrita por Diego de Montemayor ocupa apenas unas páginas, pero algunas de sus obsesiones resultan familiares. Su ubicación entre rutas comerciales, la explotación de recursos, la necesidad de controlar el agua y la idea de crecimiento aparecen ya allí, formuladas con el vocabulario del siglo XVI.

Hay también una distancia que conviene conservar. Celebrar una fundación puede volver terso un episodio que lo fue mucho menos: la llegada española formaba parte de un proyecto de ocupación territorial, evangelización y sometimiento de las poblaciones que ya habitaban la región. El documento no lo esconde; lo escribe con naturalidad porque pertenecía al orden político que intentaba construir. Leerlo cuatro siglos después exige detenerse justamente en esas palabras que alguna conmemoración preferiría pasar rápido.
El 20 de septiembre de 2026, Monterrey cumplió 430 años desde aquella tercera fundación. El gobierno municipal volvió a recordarla en el Obelisco del centro, cerca del territorio donde estuvieron los ojos de Santa Lucía.
Quizá la parte más extraña del aniversario esté unos metros más abajo, en las palabras que sobreviven desde 1596. Allí Monterrey todavía tiene nogales, ganado y caminos de carretas; alrededor hay minas y un puñado de vecinos intenta formar un cabildo. La ciudad que hoy parece extenderse hasta donde alcanza la vista todavía cabe en una hoja, y su fundador necesita explicar por qué alguien debería quedarse allí.






























































