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Clavijero: escribir México desde el exilio

Expulsado de la Nueva España en 1767, Francisco Javier Clavijero escribió desde Italia una historia de México para responder a la mirada europea.

En 1767, Francisco Javier Clavijero tuvo que abandonar la Nueva España por una decisión tomada a miles de kilómetros. Carlos III había ordenado la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los dominios de la monarquía española. Los colegios fueron intervenidos, los bienes confiscados y los religiosos enviados al destierro. Clavijero, que había enseñado en Valladolid, Guadalajara y la Ciudad de México, salió hacia Europa y terminó instalándose primero en Ferrara y después en Bolonia. No volvería vivo.

Llevaba consigo algo menos fácil de requisar: años de lecturas, lenguas aprendidas, recuerdos del territorio y una pregunta que se volvió más urgente conforme aumentaba la distancia. En Italia descubrió que América era objeto de teorías escritas por hombres que nunca la habían pisado. Algunos describían sus habitantes, sus animales e incluso su clima como versiones degradadas de Europa. Clavijero respondió de la manera que conocía: escribió.

Francisco Javier Clavijero, retrato conservado en el Museo Nacional de Historia. El jesuita veracruzano pasó las últimas dos décadas de su vida en Italia, donde escribió su Historia antigua de México. 

El país que tuvo que escribir desde lejos

El destierro debió producir una inversión extraña. La Nueva España, que hasta entonces había sido experiencia cotidiana, comenzó a existir para Clavijero como memoria y como materia de estudio. Calles, códices, conversaciones, paisajes y libros consultados años antes reaparecieron desde una habitación italiana. La distancia no convirtió su obra en una evocación sentimental. Lo obligó a reconstruir.

Había nacido en Veracruz en 1731 y entrado joven a la Compañía de Jesús. Su formación atravesó filosofía, ciencias naturales, historia y lenguas. En la Ciudad de México estudió documentos vinculados con Carlos de Sigüenza y Góngora; aprendió náhuatl y enseñó en instituciones jesuitas de distintas ciudades. El INAH señala que participó también en la renovación educativa de la época, alejándose de algunos hábitos escolásticos e incorporando autores y métodos asociados con la ciencia moderna.

Por eso, cuando comenzó a redactar su gran obra en Bolonia, Clavijero no estaba inventando desde la nostalgia un territorio perdido. Había pasado años reuniendo herramientas para leerlo. El problema era que buena parte de las fuentes permanecía ahora al otro lado del Atlántico.

Esa carencia se siente detrás de la empresa. La Historia antigua de México nació con documentos disponibles en Europa, obras de cronistas españoles, manuscritos y pinturas indígenas conocidos por Clavijero, pero también con materiales que debía recuperar de memoria. Él mismo había escrito originalmente el texto en español; la primera edición apareció en italiano, en cuatro volúmenes publicados en Cesena entre 1780 y 1781.

Antes del exilio: aprender México

La palabra “México” tenía entonces otras fronteras. Clavijero vivía bajo la monarquía española y escribía décadas antes de la Independencia. Aun así, utilizó ese nombre para referirse a una historia que no empezaba con la llegada de Hernán Cortés y que tampoco podía reducirse a la administración colonial.

Su atención hacia el pasado indígena tenía una consecuencia intelectual incómoda para el orden desde el que escribían muchos europeos. Las civilizaciones mesoamericanas aparecían en sus páginas como sociedades capaces de producir sistemas políticos, calendarios, mercados, ciudades, leyes, artes y conocimientos propios. Clavijero discutía las fuentes, comparaba relatos y señalaba errores. En ocasiones también heredó prejuicios y categorías propias de un intelectual católico del siglo XVIII; leerlo como si fuera un historiador contemporáneo borraría esa distancia.

Lo interesante está precisamente allí. No necesitó imaginar un pasado indígena perfecto para sostener que debía ser estudiado con seriedad.

Su experiencia previa a 1767 le permitió además desconfiar de una práctica frecuente: describir América mediante rumores acumulados. Había recorrido regiones de la Nueva España, convivido con hablantes de lenguas indígenas y trabajado con documentos locales. Cuando encontró en Europa afirmaciones generales sobre un continente supuestamente inferior, sabía que detrás de muchas de ellas había una carencia elemental: observación.

Europa estaba contando América sin conocerla

En el siglo XVIII circuló en Europa una discusión que después sería conocida como la disputa del Nuevo Mundo. Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, había propuesto ideas sobre la supuesta degeneración de especies americanas. Cornelius de Pauw llevó el argumento mucho más lejos: presentó al continente y a sus pobladores como inferiores y atribuyó esa condición al clima, la naturaleza y el desarrollo humano de América. Otros autores, entre ellos Guillaume-Thomas Raynal y William Robertson, participaron con distintos matices en aquel repertorio de juicios. Había una particularidad difícil de ignorar: varios de ellos nunca habían estado en América.

Representación del ciclo o “siglo mexicano” incluida en la edición inglesa de la obra de Clavijero, publicada en 1787. Sus libros incorporaron láminas y materiales sobre calendarios, conocimientos y sociedades del México antiguo.

Clavijero leyó a De Pauw mientras trabajaba en su historia y convirtió parte de la obra en una confrontación directa. Las llamadas Disertaciones examinaron afirmaciones sobre la naturaleza americana, las capacidades intelectuales de sus habitantes y las sociedades anteriores a la conquista. El tono podía endurecerse. Clavijero no escondía su irritación cuando encontraba lo que consideraba errores convertidos en autoridad por repetición. El INAH describe esas páginas como una respuesta explícita a las ideas de inferioridad difundidas por De Pauw.

La discusión tenía algo profundamente material. ¿Quién había visto esos animales? ¿Quién conocía aquellas lenguas? ¿Qué manuscritos había leído el autor que describía a los habitantes de un continente entero? Clavijero desplazaba la disputa desde las grandes teorías hacia las fuentes.

Su respuesta tampoco consistió en rechazar Europa en bloque. Él mismo pertenecía al mundo intelectual de la Ilustración, leía a científicos y filósofos europeos y utilizaba sus herramientas. La pelea ocurría dentro de ese espacio. Lo que cuestionaba era la posibilidad de convertir la distancia geográfica en autoridad.

Escribir México desde Italia

La Storia antica del Messico apareció entre 1780 y 1781. Eran diez libros acompañados por mapas, figuras y disertaciones sobre la tierra, los animales y los habitantes de México. El título de la edición italiana explicaba incluso de dónde pretendía obtener sus materiales: historiadores españoles, manuscritos y antiguas pinturas indígenas.

Portada del primer tomo de Storia antica del Messico, publicado en Cesena en 1780. Clavijero había escrito originalmente la obra en español, pero su primera edición apareció en italiano durante el exilio.

Hay una imagen extraña detrás de esos volúmenes. Clavijero describiendo Tenochtitlan desde Cesena y Bolonia. Recorriendo mentalmente un valle situado al otro lado del océano. Intentando reconstruir ceremonias, mercados y gobiernos mientras corregía a hombres que también escribían desde Europa, aunque con una diferencia: él había vivido en el territorio que ellos convertían en teoría.

No debe extrañar que su obra circulara pronto fuera de Italia. Fue traducida al inglés en 1787 y posteriormente al alemán; la versión española impresa tardaría más. Ese itinerario tiene cierta ironía: una historia escrita originalmente en castellano por un novohispano exiliado tuvo que pasar por el italiano antes de comenzar a circular ampliamente por Europa.

Clavijero explicaba su propósito en términos que mezclaban investigación y pertenencia. Quería corregir errores sobre América y prestar un servicio a su patria. Esa palabra —patria— resulta especialmente reveladora cuando se recuerda que la nación mexicana independiente todavía no existía.

Antes de que México existiera

Clavijero murió en Bolonia el 2 de abril de 1787. Faltaban veintitrés años para el inicio de la guerra de Independencia y más de tres décadas para la consumación de 1821. Murió, en términos políticos, como súbdito de una monarquía que le había prohibido regresar al lugar en el que había nacido. Sus restos permanecerían en Italia hasta 1970, cuando fueron trasladados a México y depositados en la actual Rotonda de las Personas Ilustres.

Vista de la iglesia y plaza de San Domenico, en Bolonia, realizada por Pio Panfili entre 1779 y 1800. Clavijero vivió sus últimos años en esta ciudad italiana y murió allí en 1787.

Después vendría otra vida para sus libros. En el siglo XIX, cuando el nuevo país comenzó a construir relatos sobre su propio pasado, la obra de Clavijero podía leerse desde preguntas que él nunca llegó a conocer. El México prehispánico adquirió un lugar distinto dentro de la imaginación nacional; historiadores e intelectuales encontraron en aquellas páginas escritas desde Italia una genealogía posible.

Conviene resistir la tentación de convertirlo retrospectivamente en precursor consciente de la Independencia. Clavijero escribía desde su siglo, desde su condición de jesuita criollo y dentro de categorías que pertenecían todavía al mundo novohispano. Su importancia quizá resulte más interesante sin anticiparle un futuro que no vio.

En Bolonia tenía enfrente otra tarea: responder a libros europeos que reducían América a una colección de defectos y reconstruir, con las fuentes que aún podía alcanzar, una historia cuya escala le parecía mayor. El territorio permanecía lejos. Sobre la mesa quedaban manuscritos, mapas y recuerdos. Allí comenzó a escribir México.

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