Una feria del libro también puede leerse por las preguntas que decide hacerse. No sólo por la cantidad de ejemplares que caben en sus pasillos ni por los nombres capaces de provocar una fila para conseguir una firma, sino por aquello que elige poner sobre la mesa en un momento determinado. Este año, mientras buena parte de la conversación pública parece dominada por la velocidad, los algoritmos y las posibilidades —o amenazas— de la inteligencia artificial, la Feria Internacional del Libro de Monterrey ha decidido detenerse en dos actividades bastante más antiguas: pensar y escribir.
La FIL Monterrey celebrará su edición 34 del 10 al 18 de octubre de 2026 en Cintermex, con entrada gratuita y un programa que sus organizadores describen como el más robusto de los últimos cinco años. Entre más de un centenar de participantes procedentes de al menos trece países aparecen un Premio Nobel, ganadores del Pulitzer, el Cervantes, el Princesa de Asturias y el Formentor. Pero detrás de la acumulación de reconocimientos hay algo quizá más interesante: una feria que parece estar buscando una conversación propia.
Un Nobel vuelve la mirada hacia Monterrey
Entre los invitados sobresale Jean-Marie Gustave Le Clézio, Premio Nobel de Literatura 2008 y uno de esos escritores cuya obra parece construida precisamente contra la prisa. Durante décadas, Le Clézio ha escrito sobre desplazamientos, memoria, colonialismo, naturaleza y culturas que existen fuera de los centros tradicionales del poder. Su presencia en Monterrey tiene un peso que rebasa el prestigio del Nobel: significa recibir a un autor que ha pasado buena parte de su vida preguntándose qué ocurre cuando intentamos mirar el mundo desde otro lugar.

Junto a él estará Emmanuel Carrère, uno de los nombres fundamentales de la literatura francesa contemporánea. En sus libros, las fronteras entre novela, autobiografía, periodismo y ensayo suelen desaparecer. Carrère escribe sobre otros para terminar inevitablemente preguntándose por sí mismo; sobre crímenes, religión, enfermedad o política para explorar esa zona incierta en la que la realidad puede resultar más extraña que cualquier ficción.
Y entonces aparece Cristina Rivera Garza, cuya presencia adquiere una resonancia especial. Escritora nacida en Matamoros y formada durante parte de su vida en Monterrey, Rivera Garza vuelve al norte de México convertida en una de las figuras centrales de la literatura contemporánea en español. Ganadora del Premio Pulitzer en 2024 por El invencible verano de Liliana, su escritura ha cuestionado durante años las formas en que contamos la memoria, la violencia, los cuerpos y aquello que un archivo puede —o no puede— conservar.
No serán los únicos. La FIL también reunirá a Leonardo Padura, Gioconda Belli, Janne Teller, Juan Villoro, Alberto Manguel y Rita Dove, entre otras voces que convierten el programa en algo más plural que una sucesión de grandes nombres.
Volver a la poesía, volver a las preguntas
Quizá uno de los gestos más interesantes de esta edición sea que dos de sus grandes ejes no corresponden a géneros particularmente asociados con las multitudes: la filosofía y la poesía.
El encuentro Sentir y pensar nuestro tiempo propone recuperar la filosofía como una herramienta para interrogar el presente, mientras que Tiempo y poesía abrirá un espacio específico para una forma de escritura que pocas veces ocupa el centro de las grandes ferias. La elección no parece accidental. Los organizadores han relacionado esta apuesta por las humanidades con un presente atravesado por la tecnología y la inteligencia artificial: frente a sistemas capaces de producir respuestas en segundos, volver a disciplinas cuya fuerza está precisamente en formular mejores preguntas.
La presencia de Rita Dove, Premio Pulitzer de Poesía y antigua poeta laureada de Estados Unidos, cobra ahí otra dimensión. También la de Gioconda Belli, cuya escritura ha cruzado durante décadas poesía, deseo, política y memoria. No se trata solamente de llevar poetas a una feria: se trata de concederle a la poesía un lugar desde el cual observar la época.

Algo semejante ocurre con Alberto Manguel. Pocos autores han pensado con tanta insistencia sobre el acto mismo de leer, las bibliotecas y la relación íntima que establecemos con los libros. En una feria que tiene como objetivo declarado formar lectores, su presencia parece especialmente pertinente.
El conocimiento sale de sus habitaciones
Por primera vez, El Colegio Nacional será Invitado de Honor y llevará a Monterrey una delegación que ensancha considerablemente el territorio de la feria. La literatura convivirá con arqueología, historia, derecho, arquitectura, ciencia y música.
Entre sus participantes estarán Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján, cuyas investigaciones han transformado nuestra comprensión de México-Tenochtitlan; el arquitecto Felipe Leal; el jurista José Ramón Cossío; el historiador Javier Garciadiego; Juan Villoro y Rivera Garza. También llegará la compositora Gabriela Ortiz, una de las figuras mexicanas de mayor reconocimiento internacional en la música contemporánea.

El programa incluye además un homenaje a Miguel León-Portilla, actividades alrededor de Gabriel Zaid y una versión de El Principito traducida por Luis Villoro. El gesto importa porque recuerda algo que a veces olvidamos al hablar de una feria del libro: los libros nunca han pertenecido exclusivamente a la literatura. También son uno de los lugares donde la ciencia, la historia, la música y las ideas aprenden a conversar con quienes están fuera de sus propios círculos.
Incluso el cine aparecerá en ese diálogo. Alejandro González Iñárritu no estará físicamente en Monterrey, pero se proyectará por primera vez ante público una intervención grabada relacionada con su ingreso a El Colegio Nacional, concebida como una reflexión sobre el cine y su lugar en la sociedad contemporánea.
Una feria que todavía cree en detenerse
La FIL Monterrey ha crecido alrededor de un 26 por ciento en asistencia durante los últimos cinco años, de acuerdo con sus organizadores, hasta alcanzar alrededor de 355 mil visitantes en 2025. Para esta edición ampliará también sus espacios y mantendrá programas dedicados a niñas y niños, bibliotecarios, promotores de lectura y profesionales de la industria editorial.
Pero quizá el dato más sugerente de 2026 no pueda medirse en metros cuadrados ni visitantes. En una ciudad acostumbrada a hablar de crecimiento, industria, innovación y futuro, durante nueve días habrá también lugares destinados a discutir poesía, filosofía, memoria, arqueología, ficción. A escuchar a un escritor de 86 años que lleva décadas preguntándose cómo habitamos el mundo; a autores que han hecho de la literatura una forma de investigar la realidad; a científicos, historiadores y poetas que todavía confían en la conversación prolongada. Puede parecer poca cosa frente a la velocidad del presente. Tal vez por eso mismo sea importante.































































