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Mata Hari: la mujer que desapareció detrás de su propia leyenda

A 150 años de su nacimiento, sigue entre hechos, propaganda y el mito de la femme fatale que eclipsó a la mujer real.

Antes de ser Mata Hari fue Margaretha Geertruida Zelle. Nació en los Países Bajos el 7 de agosto de 1876, hija de un comerciante de Leeuwarden, y durante buena parte de su juventud no hubo nada que anunciara que terminaría convertida en uno de los nombres más reconocibles del espionaje del siglo XX. Su transformación comenzó lejos de Europa y mucho antes de la guerra: un matrimonio desafortunado, años en las entonces Indias Orientales Neerlandesas, la muerte de un hijo, el divorcio y finalmente París. Cuando llegó a la capital francesa prácticamente sin dinero, Margaretha decidió hacer algo que después repetiría hasta el final de su vida: inventarse de nuevo. 

El personaje que construyó sería mucho más poderoso que ella. Se llamó Mata Hari, expresión malaya asociada al “ojo del día”, y se presentó ante Europa como una misteriosa bailarina oriental educada en rituales y templos que nunca habían formado parte de su biografía. La historia era ficticia, pero funcionó. A comienzos del siglo XX, cuando buena parte de Europa miraba hacia Asia a través de un imaginario cargado de exotismo, erotismo y fantasía colonial, Mata Hari ofrecía exactamente aquello que su público quería contemplar. No vendía únicamente una danza. Vendía una leyenda. 

Mata Hari convirtió su cuerpo, su vestuario y una biografía inventada en parte de un personaje que acabaría siendo más poderoso que la mujer que lo creó.

La invención de Mata Hari

París entendió inmediatamente al personaje. En 1905 sus espectáculos comenzaron a llamar la atención de la prensa y de los círculos sociales que frecuentaban teatros, salones y fiestas privadas. Sobre el escenario aparecía envuelta en velos y joyas, construyendo una coreografía que avanzaba progresivamente hacia el desnudo. Su técnica importaba menos que la historia que acompañaba cada movimiento. Ella misma admitiría después que nunca había sido una bailarina extraordinaria: el acontecimiento consistía en atreverse a hacer públicamente aquello que otras mujeres no podían hacer. 

La fama llegó con rapidez. Durante aproximadamente una década recorrió Europa, apareció en periódicos y cultivó relaciones con aristócratas, empresarios y militares. El Fries Museum, que conserva una de las colecciones fundamentales sobre su vida, describe esos años como el periodo en que su nombre llegó a convertirse prácticamente en sinónimo de sensualidad y glamour. La mujer neerlandesa había logrado producir una identidad con una eficacia extraordinariamente moderna: había comprendido que una persona podía transformarse en imagen y que, una vez creada, esa imagen podía empezar a vivir independientemente de quien la había inventado. 

Pero los personajes envejecen de manera distinta a las personas. Hacia 1914, Mata Hari se acercaba a los cuarenta años y el entusiasmo por sus espectáculos comenzaba a disminuir. Europa, además, estaba a punto de convertirse en otra cosa. La Primera Guerra Mundial cambió las reglas.

Mata Hari durante una de sus primeras actuaciones en el Musée Guimet de París, en marzo de 1905. Sobre el escenario, Margaretha Zelle comenzaba a convertirse en el personaje que terminaría eclipsándola.

Cuando viajar se volvió sospechoso

Margaretha era ciudadana de los Países Bajos, país neutral durante la guerra, y esa condición le permitió desplazarse entre territorios con una libertad cada vez menos habitual. Lo que durante años había sido parte natural de su vida —viajar, hospedarse en hoteles, mantener relaciones con hombres de distintas nacionalidades— empezó a adquirir otro significado bajo la lógica de la inteligencia militar.

Sus amantes incluían oficiales. Sus viajes cruzaban fronteras. Necesitaba dinero. Y prácticamente todos parecían conocer su nombre. Era una combinación irresistible para los servicios secretos.

En 1915 un representante alemán le ofreció dinero a cambio de información y le asignó el código H21. Mata Hari aceptó el pago, aunque posteriormente sostuvo que lo entendió como compensación por pertenencias que Alemania le había confiscado al comenzar la guerra y negó haber entregado información relevante. Poco después, los propios franceses intentaron reclutarla. El episodio revela hasta qué punto la historia real resulta más confusa que la leyenda: Mata Hari sí entró en contacto con redes de inteligencia, pero eso no significa necesariamente que fuera la extraordinaria agente secreta que el mundo terminaría recordando.

Mata Hari a bordo del Zeelandia en 1916. Durante la guerra, la libertad de movimiento que antes había acompañado su vida cosmopolita comenzó a convertirse en motivo de sospecha.

De hecho, documentos conservados y estudiados posteriormente indican que llegó a realizar tareas para Francia. El Fries Museum señala que una carta recuperada confirma ese vínculo con el servicio francés. Lo que continúa siendo discutido es la utilidad real de su trabajo y hasta dónde llegó su colaboración con Alemania. 

La distancia entre haber sido reclutada como espía y haber sido una buena espía terminaría desapareciendo en la imaginación popular.

La espía perfecta para una guerra que necesitaba culpables

En febrero de 1917, las autoridades francesas arrestaron a Mata Hari en París. Desde hacía meses interceptaban mensajes alemanes donde aparecía el agente H21 y la identificación parecía conducir hasta ella. Algunos historiadores han sugerido que Alemania transmitió deliberadamente esos mensajes mediante un código que sabía comprometido, quizá precisamente para exponerla ante Francia. Lo cierto es que su caso llegó en un momento especialmente oscuro para el país: las bajas se acumulaban, la moral militar estaba deteriorada y la guerra parecía consumir hombres sin producir victorias decisivas. 

Mata Hari ofrecía algo que una guerra necesita con frecuencia: una explicación sencilla.

Una mujer extranjera, sexualmente independiente, relacionada con oficiales de distintos países y célebre por una identidad construida alrededor del misterio podía transformarse con extraordinaria facilidad en amenaza. Durante los interrogatorios reconoció haber recibido dinero alemán, pero sostuvo que no había entregado información útil a Alemania. La acusación, sin embargo, convirtió sus viajes, amantes y estilo de vida en parte de la prueba. 

Uno de los documentos del proceso militar contra Mata Hari en 1917. Entre informes, interrogatorios y acusaciones comenzó a fijarse sobre el papel la identidad de la espía que sobreviviría en la imaginación colectiva.

Su juicio militar comenzó en julio de 1917. La fiscalía llegó a responsabilizarla indirectamente de la muerte de miles de soldados aliados, pese a que no logró demostrar de manera convincente qué información militar decisiva habría proporcionado. El tribunal la declaró culpable y la condenó a muerte. Investigaciones posteriores han caracterizado la evidencia como débil, circunstancial o insuficiente para sostener la imagen de una superespía capaz de alterar el curso de la guerra. 

Esto tampoco permite convertirla cómodamente en una inocente absoluta. Había aceptado dinero alemán, había participado en actividades de inteligencia francesa y se había movido deliberadamente dentro de ese mundo. La realidad parece mucho menos espectacular: Mata Hari fue probablemente una agente improvisada, contradictoria y de escasa eficacia, atrapada en un juego político y militar muy superior a sus capacidades.

Eso, sin embargo, era una historia mucho menos útil que la de una femme fatale capaz de destruir ejércitos desde una habitación de hotel.

La muerte de Margaretha y el nacimiento definitivo de Mata Hari

El 15 de octubre de 1917 fue trasladada a un campo de ejecución en Vincennes, cerca de París. Tenía 41 años. Según los relatos que sobrevivieron, rechazó que le vendaran los ojos antes de colocarse frente al pelotón. Algunos testimonios añadieron después un último beso lanzado a sus ejecutores, aunque incluso ese pequeño gesto pertenece ya a la zona en que la mujer y el personaje comienzan a confundirse. 

Después ocurrió algo revelador. Margaretha Zelle desapareció casi por completo, pero Mata Hari se volvió inmortal.

Margaretha Zelle poco antes de su ejecución en 1917. La mujer estaba a punto de desaparecer; la leyenda de Mata Hari apenas comenzaba.

Los periódicos habían encontrado al personaje perfecto: una mujer hermosa que seducía oficiales para obtener secretos, cruzaba fronteras en plena guerra y terminaba fusilada al amanecer. El cine continuó el trabajo. Greta Garbo la interpretó en 1931 y después llegarían otras versiones, novelas, series, canciones y personajes inspirados en ella. El modelo de la espía seductora, capaz de convertir el deseo masculino en arma política, terminó incorporándose al vocabulario mismo de la cultura popular. El Fries Museum señala que esa construcción sobrevivió incluso en figuras posteriores como las mujeres del universo de James Bond. 

La ironía es evidente. Su carrera de espionaje pudo haber sido mediocre; su carrera como símbolo resultó extraordinariamente exitosa.

La mujer detrás de la femme fatale

Durante mucho tiempo, preguntar quién fue Mata Hari significó preguntar si fue culpable o inocente. Quizá 150 años después valga la pena formular otra pregunta: ¿por qué necesitábamos que fuera exactamente esa mujer?

Porque su leyenda no habla únicamente de espionaje. Habla de cómo una época miraba a las mujeres que escapaban de los papeles que tenía preparados para ellas. Margaretha se divorció, perdió la estabilidad económica, abandonó su país, inventó una identidad artística, vivió de su cuerpo y sostuvo relaciones sexuales sin esconderlas. Algunas de esas decisiones fueron estrategias de supervivencia; otras, elecciones deliberadas. Todas resultaron útiles cuando llegó el momento de construir contra ella una narrativa de traición.

Su sexualidad se convirtió en sospecha. Su movilidad en prueba. Su independencia en peligro. Y quizá allí se encuentra una de las razones por las que Mata Hari continúa resultando fascinante: porque es difícil localizar a la persona real detrás de todas las versiones que otros produjeron sobre ella. Primero Margaretha inventó a Mata Hari. Después la prensa inventó a la espía. La justicia militar inventó a la enemiga. Y finalmente el cine inventó a la femme fatale.

Ciento cincuenta años después de su nacimiento, todavía pronunciamos el nombre del personaje y rara vez el de la mujer. Tal vez esa haya sido la última transformación de Margaretha Zelle: crear una identidad tan poderosa que terminó borrándola.

Margaretha Zelle hacia 1895, antes de convertirse en Mata Hari. Detrás de la bailarina, la espía y la femme fatale que heredó el siglo XX siempre estuvo esta otra mujer, mucho más difícil de recuperar.

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