Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Arte & Cultura

La escuela sin muros de Rabindranath Tagore

A 85 años de su muerte, el poeta que ganó el Nobel creó educación entre árboles, música, arte, donde aprender es conocer el mundo.

Rabindranath Tagore desconfiaba de las aulas cerradas. Había conocido demasiado bien una educación basada en horarios, repetición y disciplina como para aceptar que aprender tuviera que parecerse al encierro. Cuando pudo imaginar su propia escuela, hizo algo aparentemente sencillo: llevó a los estudiantes afuera. Bajo los árboles de Santiniketan, en Bengala Occidental, las clases comenzaron a celebrarse al aire libre. Había literatura y ciencias, pero también música, pintura, teatro, contacto con la naturaleza y conversaciones con culturas distintas a la propia. El conocimiento no debía separarse de la experiencia de estar vivo. Más de un siglo después, aquella elección conserva algo provocador.

Tagore murió el 7 de agosto de 1941, hace 85 años. Para entonces ya era poeta, novelista, dramaturgo, compositor, pintor, filósofo y educador; en 1913 se había convertido además en el primer autor asiático en recibir el Premio Nobel de Literatura. Pero quizá una de sus obras más radicales no fue un poema ni un libro, sino una escuela.

El niño que no quería estar en la escuela

Hay cierta coherencia poética en que uno de los grandes educadores del siglo XX haya sido un alumno profundamente incómodo con la educación convencional. Tagore recibió buena parte de su formación en casa. Durante su juventud pasó brevemente por distintas instituciones y viajó a Inglaterra, pero nunca terminó una educación universitaria formal. Esa distancia respecto de la escuela tradicional terminaría alimentando una pregunta que lo acompañó durante décadas: ¿qué debería ocurrir realmente cuando alguien aprende?

Rabindranath Tagore durante su juventud. Su propia incomodidad con la educación convencional terminaría alimentando una de las experiencias pedagógicas más singulares del siglo XX.

Su respuesta no consistía en sustituir unos contenidos por otros. El problema estaba también en la manera de enseñar. En 1901 fundó una pequeña escuela en Santiniketan, inicialmente con apenas cinco alumnos. La institución rechazaba deliberadamente algunos principios del sistema educativo impuesto durante el dominio británico: las clases podían impartirse bajo la sombra de los árboles; profesores y estudiantes compartían actividades culturales, y la música, la pintura y el teatro formaban parte de la formación. La sencillez era parte del proyecto. No se trataba únicamente de contemplar la naturaleza desde una ventana, sino de aprender dentro de ella.

Una escuela sin separar el arte de la vida

Para Tagore, educar exclusivamente el intelecto significaba educar sólo una parte del ser humano. Por eso Santiniketan incorporó disciplinas que entonces podían considerarse periféricas dentro de una formación académica. Música, artes visuales, danza y teatro convivían con lenguas, literatura, historia y ciencias. La institución buscaba desarrollar distintas capacidades humanas en lugar de reducir el aprendizaje a la acumulación de información.

Ahí aparece una de sus ideas que quizá resulta más contemporánea. Hoy solemos hablar de creatividad como una competencia útil: algo que ayuda a innovar, resolver problemas o destacar profesionalmente. Para Tagore, el arte tenía una función mucho más profunda. Era una forma de conocer. Pintar, cantar, escribir o mirar atentamente un árbol podían ampliar nuestra percepción del mundo. La educación no debía producir únicamente personas capaces de responder correctamente, sino seres humanos capaces de observar, imaginar y relacionar cosas aparentemente separadas. Tagore conocía bien esa multiplicidad: aunque la literatura le dio reconocimiento internacional, escribió canciones, teatro, cuentos, novelas y ensayos; compuso música y, durante la madurez, desarrolló también una extensa producción pictórica. En él, las disciplinas nunca estuvieron completamente aisladas. Su escuela tampoco debía estarlo.

Tagore frente a su mesa de pintura en 1932. Para él, escribir, pintar, hacer música y aprender no pertenecían a mundos separados.

El mundo podía caber bajo un árbol

El proyecto adquirió una dimensión mayor en 1921, cuando alrededor de Santiniketan surgió Visva-Bharati, concebida como una universidad abierta al intercambio entre culturas. Tagore imaginaba un lugar en el que India pudiera dialogar con otras tradiciones sin renunciar a la propia. En sus aulas se estudiaban las culturas de China, Japón y Medio Oriente, al mismo tiempo que se recuperaban lenguas, textos y expresiones artísticas del subcontinente indio. Investigadores y profesores extranjeros fueron invitados a enseñar allí.

El gesto tenía especial significado en una India todavía bajo dominio colonial. Abrirse al mundo no significaba para Tagore aceptar una jerarquía en la que Europa ocupase automáticamente el centro, pero tampoco encerrarse en una identidad nacional impermeable. Su apuesta era más compleja: conocer lo propio lo suficiente como para poder encontrarse con lo diferente sin sentirse amenazado por ello. Santiniketan aspiraba así a convertirse en una especie de laboratorio cultural. Más de cien años después de su fundación, todavía pueden reconocerse allí las aulas abiertas bajo los árboles, y en 2023 el sitio fue inscrito por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial.

Tagore entre estudiantes de Visva-Bharati, la institución con la que imaginó un espacio de encuentro entre culturas, disciplinas y formas distintas de comprender el mundo.

Antes del Nobel estaba la poesía

Nada de esto puede separarse de la literatura. En 1913, Tagore recibió el Premio Nobel por una poesía cuya sensibilidad y originalidad encontraron una recepción extraordinaria en Europa. El reconocimiento estuvo particularmente ligado a la circulación occidental de Gitanjali, conjunto de poemas que él mismo había trasladado parcialmente al inglés y que convirtió a un escritor bengalí en una figura literaria mundial.

Pero reducirlo a Gitanjali sería casi tan limitado como reducirlo al Nobel. Tagore escribió sobre amor, naturaleza, espiritualidad, sociedad, política, infancia y muerte. Sus cuentos observaron la vida cotidiana; sus novelas examinaron tensiones sociales y culturales; sus ensayos discutieron educación y nacionalismo. A esa obra se suman cientos de canciones que formaron una tradición musical propia, conocida como Rabindra Sangeet. Su pensamiento educativo nace precisamente de esa misma sensibilidad. La naturaleza no era para él un decorado. La música no era entretenimiento. La poesía no era un lujo que debía llegar después de aprender aquello considerado verdaderamente importante. Todas podían ser formas distintas de comprender una misma existencia.

Una página del manuscrito original de Gitanjali, la obra que llevó la poesía de Tagore más allá de Bengala y precedió al Nobel de Literatura de 1913.

Aprender sin miedo

Existe además otra diferencia sutil entre la escuela imaginada por Tagore y muchas instituciones educativas de su tiempo. Le interesaba más despertar curiosidad y motivación propia que fomentar una excelencia basada exclusivamente en competencia y disciplina. Quienes pasaron por Santiniketan recordarían después ese énfasis: aprender debía resultar atractivo, estimular preguntas y permitir cierto grado de libertad intelectual.

Eso no significaba rechazar el rigor. Tagore defendía la enseñanza de las ciencias junto con las humanidades y estaba interesado en poner en contacto conocimientos distintos. Lo que cuestionaba era la idea de que la autoridad, la repetición o el miedo fueran condiciones indispensables para aprender. Ahí quizá está la parte de su pensamiento que más fácilmente puede viajar hasta nuestro presente. En una época obsesionada con medir resultados, acumular certificaciones y preparar a los estudiantes para un mercado laboral que cambia constantemente, Tagore introduciría probablemente una pregunta incómoda: ¿para qué estamos educando?

Si la respuesta consiste únicamente en producir trabajadores eficientes, su proyecto parecerá ingenuo. Si la educación debe además ayudarnos a relacionarnos con otros, comprender una cultura distinta, reconocer la belleza, formular preguntas y descubrir aquello que todavía no sabemos que nos interesa, Santiniketan comienza a parecer sorprendentemente moderno.

Una clase al aire libre en Santiniketan: árboles en lugar de paredes y el aprendizaje entendido como curiosidad, conversación y contacto con el mundo.

La escuela que sobrevivió al poeta

Tagore murió en Calcuta el 7 de agosto de 1941. No llegó a ver completamente aquello en lo que se convertiría su experimento. En 1951, Visva-Bharati adquirió el rango de universidad central de India. Décadas después seguirían funcionando allí escuelas dedicadas a las artes, la música, las humanidades y las ciencias; y en 2023 Santiniketan fue reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO.

Más de un siglo después, aprender bajo los árboles continúa formando parte del paisaje educativo de Santiniketan y de la herencia pedagógica asociada a Tagore.

La permanencia física del lugar importa, pero quizá importa más la pregunta que dejó abierta. Tagore nunca ofreció una fórmula educativa universal. Santiniketan pertenecía a un contexto particular, con sus propias tradiciones, contradicciones y aspiraciones. Lo que sí hizo fue negarse a aceptar que la escuela tuviera que reproducir para siempre la forma que había heredado. Imaginó otra: una en la que un niño podía estudiar poesía y ciencias, escuchar música, encontrarse con otra cultura y después levantar la vista para descubrir que la clase estaba ocurriendo debajo de un árbol.

Tal vez esa sea todavía la parte más radical de su legado: recordarnos que educar no consiste solamente en llenar una mente de respuestas, sino en conservar dentro de ella suficiente libertad para que todavía quiera hacer preguntas.

Rabindranath Tagore dejó poemas, canciones y una escuela, pero quizá su legado más perdurable fue una idea: que aprender también podía ser una forma de libertad.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Mundo

Al incorporarse a la Universidad de Oxford como profesora visitante, Cate reabre un diálogo tan antiguo como actual: el encuentro entre arte y conocimiento.

Copyright © 2026 Brúxula News