Mary Shelley llegó al mundo acompañada por una muerte que no podía recordar. Su madre, Mary Wollstonecraft, murió once días después de darla a luz, víctima de una infección derivada del parto. La niña crecería rodeada por los libros de aquella mujer ausente, por su reputación intelectual y por una tumba a la que regresaba con frecuencia. Antes de conocer la muerte como experiencia propia, Mary ya vivía dentro de una de sus consecuencias: ser hija de alguien cuya existencia había terminado para que la suya pudiera comenzar.
Años después escribiría una de las escenas más persistentes de la literatura occidental. Un hombre reúne fragmentos de cadáveres, descubre una manera de animarlos y contempla cómo una criatura fabricada por sus manos abre finalmente los ojos. Ha conseguido aquello que parecía reservado a Dios, a la naturaleza o al cuerpo femenino. Pero en el instante en que la vida aparece frente a él, Víctor Frankenstein siente horror.
Mary Shelley tenía 18 años cuando comenzó a imaginar esa historia. Tal vez por eso Frankenstein conserva algo que se pierde cuando la novela queda reducida a castillos, laboratorios, tormentas eléctricas y cuerpos cosidos. Bajo la superficie gótica hay una pregunta mucho más íntima: qué sucede después de crear. Qué responsabilidad comienza exactamente cuando algo que antes no existía depende de nosotros para sobrevivir.

La hija de una ausencia
Mary Wollstonecraft había defendido que las mujeres poseían la misma capacidad racional que los hombres y había escrito contra un orden que las educaba para la dependencia. Su hija creció con la conciencia de esa herencia extraordinaria, aunque conocer a su madre significara hacerlo mediante textos, recuerdos ajenos y retratos.
Su padre, el filósofo William Godwin, tampoco era una figura menor. Por su casa pasaban escritores, pensadores y científicos; Mary tuvo acceso temprano a una conversación intelectual poco habitual para una muchacha de comienzos del siglo XIX. La educación ocurrió tanto entre libros como escuchando hablar a los adultos; pero saber mucho sobre una madre muerta no equivale a haberla tenido.

Hay algo perturbador en esa primera relación de Mary con el origen: su propia existencia estaba vinculada a una pérdida. Nacer y morir habían ocurrido casi en el mismo movimiento. La vida podía comenzar allí donde otra terminaba.
Cuando años después imaginó a Víctor Frankenstein inclinándose sobre un cuerpo inerte y obligándolo a vivir, Mary conocía desde un lugar íntimo esa proximidad entre nacimiento y muerte. Conviene resistir la tentación de transformar su biografía en una llave que explique cada página de la novela; los libros rara vez obedecen a una sola herida. Sin embargo, resulta difícil ignorar cuánto había pensado ya su autora, incluso antes de cumplir 20 años, en lo frágil que podía ser la frontera entre estar y dejar de estar… y todavía aprendería más.
Soñé que mi pequeña volvía a vivir
En 1814, con 16 años, Mary Godwin se enamoró de Percy Bysshe Shelley, entonces casado. Huyeron juntos por Europa en una relación marcada desde el principio por el escándalo, las dificultades económicas y una intensidad que la posteridad convertiría fácilmente en leyenda romántica.
La experiencia cotidiana fue menos hermosa. En febrero de 1815 Mary dio a luz prematuramente a una niña. La bebé murió pocos días después; Mary tenía 17 años.

En su diario dejó registrado un sueño que, leído desde Frankenstein, parece adquirir una luminosidad inquietante: soñó que su hija muerta volvía a vivir después de que la frotaran junto al fuego, como si el calor pudiera devolverle aquello que había perdido. La imagen apareció más de un año antes de la célebre noche en Suiza durante la que comenzó a concebir su novela.
Resultaría demasiado cómodo afirmar que allí nació Frankenstein. La imaginación trabaja de maneras menos ordenadas. Pero la coincidencia importa porque revela algo que ya estaba presente en Mary: la fantasía de revertir la muerte mediante una acción humana.
Antes de que Víctor Frankenstein intentara reanimar materia muerta, una adolescente en duelo había soñado con calentar el cuerpo de su hija hasta hacerla regresar. Ese deseo pertenece a una zona de la experiencia que la ciencia y la literatura conocen bien. Frente a una muerte insoportable aparece una frase imposible: si pudiera hacer algo. Cambiar el momento, intervenir el cuerpo, encontrar la operación precisa que deshaga lo ocurrido. La imaginación comienza allí donde la realidad ha cerrado una puerta. Frankenstein convertiría ese deseo en experimento.
La noche en que alguien abrió los ojos
En el verano de 1816, Mary y Percy Shelley pasaron una temporada cerca del lago de Ginebra junto a Lord Byron, John Polidori y Claire Clairmont. El clima era anormalmente oscuro y lluvioso debido, entre otras causas, a las consecuencias atmosféricas de la erupción del monte Tambora ocurrida el año anterior. Pasaron muchas horas dentro de casa leyendo historias de fantasmas y conversando.
Byron propuso que cada uno escribiera un relato sobrenatural; Mary no encontraba ninguno. Hasta que una noche, después de escuchar discusiones sobre los límites de la vida y los experimentos relacionados con la electricidad y el galvanismo, imaginó a un estudiante arrodillado junto a aquello que había construido. Vio a una criatura empezar a moverse.

La escena que terminaría convirtiéndose en una novela suele recordarse por el prodigio científico. Sin embargo, la electricidad ocupa un lugar mucho menos importante en el libro de lo que la cultura popular terminaría concediéndole. Mary estaba interesada en algo que sucede unos segundos después: Víctor consigue crear vida; y huye. Ese gesto contiene buena parte de la tragedia.
Durante meses ha trabajado obsesivamente en su proyecto. Ha buscado restos humanos, estudiado la descomposición, aislado su vida del resto del mundo. Quiere penetrar los secretos de la naturaleza y fantasea con una nueva especie que pueda bendecirlo como creador. Cuando la criatura respira, aquello que había sido una abstracción adquiere un cuerpo. Víctor descubre entonces que crear implica convivir con lo creado… y eso ya no le interesa.
El pecado de Frankenstein
La criatura entra al mundo como entramos todos: sin lenguaje, sin conocimientos, dependiente de otros para comprender dónde está. Aprende observando. Descubre el fuego y experimenta su calor antes de descubrir que también quema. Escucha palabras sin entenderlas hasta que lentamente comienza a asociarlas con objetos y emociones. Espía a una familia y, a través de ella, aprende a hablar, leer y desear compañía.
Su educación ocurre desde afuera, no tiene un nombre y esa ausencia importa. Durante dos siglos hemos llamado Frankenstein al monstruo, cuando Frankenstein es el apellido de su creador. La confusión parece casi una extensión de la tragedia: la criatura carece de una identidad propia incluso para sus lectores. Mary le concede, sin embargo, algo decisivo: una voz.

Cuando criatura y creador finalmente se encuentran, el ser que Víctor considera una aberración puede contar lo que le ocurrió desde el momento de su abandono. Habla de soledad, rechazo, deseo de afecto. Reclama a quien lo hizo una responsabilidad elemental: me trajiste al mundo, ahora mírame; Víctor continúa contemplándolo sobre todo como un error.
Ahí aparece una de las ideas más incómodas de la novela. La monstruosidad no queda fijada en el aspecto de un cuerpo. Se construye también mediante el modo en que una comunidad decide recibirlo. La criatura experimenta rechazo una y otra vez hasta comenzar a devolver violencia. Mary nunca absuelve los asesinatos que cometerá; tampoco permite olvidar qué hubo antes de ellos.
Su creador quiso el prestigio de haber vencido a la muerte, pero no aceptó las obligaciones que comenzaban con el primer aliento. Por eso Frankenstein sigue siendo una historia tan fértil para pensar la ciencia. La pregunta acerca de si somos capaces de crear algo nuevo resulta incompleta sin otra: qué haremos cuando exista.
Las vidas que Mary no pudo conservar
Mary Shelley tenía 20 años cuando Frankenstein apareció publicado anónimamente en 1818. Algunas reseñas supusieron que Percy Shelley era el autor. Cuando una edición posterior incluyó el nombre de Mary, la historia de aquella joven capaz de imaginar semejante libro comenzó a formar parte del mito.
Su vida continuó acumulando pérdidas. Dos de sus hijos, Clara y William, murieron durante los años siguientes. Solo Percy Florence Shelley llegaría a la edad adulta. En 1822, Percy Bysshe Shelley murió ahogado frente a las costas italianas. Mary quedó viuda a los 24 años.

Sería tentador leer esas muertes hacia atrás y colocarlas dentro de una novela que había sido escrita antes de varias de ellas. Pero quizá resulte más revelador hacer lo contrario: observar cómo una mujer que había imaginado tan joven el deseo de vencer a la muerte terminó viviendo durante décadas entre las huellas de quienes ya no estaban.
Mary no dejó de escribir. Publicó novelas, relatos, ensayos, textos de viaje y trabajos biográficos; también dedicó una enorme energía a editar y preservar la obra de Percy Shelley. Sobrevivir, para ella, incluyó una forma de custodia.
Hay una distancia enorme entre esa tarea paciente y la conducta de Víctor Frankenstein. Uno abandona aquello que ha creado cuando deja de corresponder a su fantasía. La otra pasa buena parte de su vida cuidando lo que queda de los muertos.
Después de crear
Dos siglos después, Frankenstein continúa cambiando según aquello que cada época teme. Ha sido leído como advertencia científica, mito tecnológico, historia sobre la maternidad, reflexión política, parábola de la exclusión. Nuestra propia época encuentra inevitable pensar en inteligencia artificial, ingeniería genética y otras tecnologías capaces de producir entidades o transformaciones cuyas consecuencias todavía estamos aprendiendo a imaginar.

Mary Shelley escribió antes de que existiera casi todo aquello, por eso impresiona que haya colocado el problema en un lugar que sigue siendo reconocible. El desastre comienza cuando la fascinación por hacer algo supera nuestra disposición a responder por ello.
Víctor desea el instante extraordinario en que los ojos se abren; no sabe permanecer después. Quizá ahí se encuentra la melancolía más persistente de Frankenstein. Mary Shelley había conocido desde niña un mundo donde nacimiento y pérdida podían rozarse brutalmente. Había perdido a una hija antes de imaginar su criatura y perdería después mucho más. Sabía que producir vida jamás garantizaba conservarla.
También sabía, acaso, que amar algo consiste en aceptar que puede desaparecer. Víctor Frankenstein quiere abolir esa vulnerabilidad. Busca dominar el mecanismo, arrancarle a la naturaleza su secreto y fabricar un cuerpo que demuestre que la muerte puede ser derrotada. Cuando finalmente consigue hacer vivir la materia, descubre algo que su experimento nunca había contemplado: la vida que acaba de crear tiene necesidades, deseos y sufrimiento. Ya no pertenece enteramente a quien la hizo.
Mary Shelley tenía 18 años cuando comprendió literariamente aquello que su personaje tardaría toda una novela en aprender: crear vida era apenas el comienzo.































































