Al atardecer del 15 de septiembre de 1971, el Phyllis Cormack dejó el puerto de Vancouver. Era un barco pesquero acostumbrado a otras faenas, con el casco de trabajo de quien había pasado años frente a la costa canadiense. Para aquella travesía llevaba otro nombre pintado sobre una pancarta: Greenpeace. A bordo viajaban doce hombres —activistas, periodistas, un fotógrafo, un médico, el capitán John Cormack— y una idea bastante difícil de convertir en plan de navegación: llegar hasta Amchitka, en las Aleutianas, e interponerse ante una prueba nuclear de Estados Unidos. La expedición no alcanzaría la isla. La bomba estallaría de cualquier manera.
Durante mucho tiempo, esa clase de desenlace habría bastado para describir una protesta como un fracaso. Pero las fotografías del pesquero, los mensajes transmitidos desde el mar y las noticias sobre aquel pequeño grupo enfrentado a una operación militar comenzaron a circular antes de que el barco regresara a casa. La misión estaba perdiendo en el mapa y ganando en otro sitio: la imaginación pública.

Una isla hecha para desaparecer
Amchitka ocupa un tramo estrecho y ventoso de las islas Aleutianas, entre el mar de Bering y el Pacífico norte. Durante la Guerra Fría, su aislamiento la volvió útil para el gobierno estadounidense. Allí se realizaron tres ensayos nucleares subterráneos entre 1965 y 1971: Long Shot, Milrow y finalmente Cannikin. Este último tenía una potencia inferior a cinco megatones y serviría para probar la cabeza nuclear del misil antibalístico Spartan. Sigue siendo la mayor explosión nuclear subterránea realizada por Estados Unidos.
Para 1971, el proyecto había dejado de ser un asunto reservado a físicos, militares y funcionarios. Científicos advertían sobre posibles consecuencias ambientales; Canadá y Japón habían expresado su oposición y en Alaska se organizaban campañas contra la prueba. La Aleut League acudió a los tribunales para intentar impedirla. En Washington, organizaciones ambientalistas discutían si la Comisión de Energía Atómica había cumplido las obligaciones de evaluación impuestas por la todavía joven legislación ambiental estadounidense.
Había también un temor fácil de comprender incluso sin conocer los cálculos de una prueba termonuclear: ¿qué podía ocurrir al detonar semejante carga bajo una isla volcánica situada en una región sísmica? Se habló de contaminación, terremotos y tsunamis. Décadas de estudios permitirían matizar algunos de aquellos temores —el USGS señala que Cannikin liberó una energía sísmica equivalente a un terremoto de magnitud 6.9 y no desencadenó otros sismos en las Aleutianas—, pero en 1971 ese conocimiento todavía estaba por escribirse.
En Vancouver, a unos cuantos miles de kilómetros de Amchitka, varias de esas preocupaciones habían empezado a reunirse alrededor de mesas de cocina y sótanos de iglesias.
Doce personas suben a un viejo pesquero
El grupo se llamaba entonces Don’t Make a Wave Committee. Entre sus integrantes estaban Irving y Dorothy Stowe, Jim y Marie Bohlen, Bob Hunter y otros activistas provenientes del pacifismo, el movimiento antinuclear y el ambientalismo que comenzaba a adquirir un vocabulario propio.
La idea de ir hasta Amchitka surgió de Marie Bohlen: llevar un barco a la zona de pruebas y obligar al gobierno estadounidense a enfrentarse a la presencia física de civiles. Había algo de tradición cuáquera en el gesto de “dar testimonio”: presentarse en el lugar, mirar, dejarse ver.

El nombre apareció casi por accidente. Al terminar una reunión, Irving Stowe hizo el signo de la paz y dijo “Peace”. El ecologista Bill Darnell respondió: “Make it a green peace”. Cuando intentaron imprimir aquellas dos palabras en unos botones, hubo que juntarlas. Greenpeace cabía mejor. Faltaba un detalle bastante menos poético: pagar el viaje.
El 16 de octubre de 1970, el comité organizó un concierto en el Pacific Coliseum de Vancouver. Joni Mitchell aceptó participar; llevó consigo a James Taylor. También tocaron Phil Ochs y la banda canadiense Chilliwack. Unas diez mil personas asistieron y aquella noche se recaudaron poco más de 17,000 dólares, suficiente para financiar el alquiler del barco y los gastos iniciales de la expedición.
Casi un año después encontraron al capitán John Cormack y su pesquero. El Phyllis Cormack recibió temporalmente el nombre de Greenpeace y salió de Vancouver cuando el verano comenzaba a retirarse del Pacífico norte.
La fotografía histórica hace que hoy todo parezca inevitable: los hombres en cubierta, el nombre sobre el casco, la futura organización insinuándose dentro de una embarcación modesta. A bordo, la situación era bastante menos ordenada.
Llegar a Amchitka era casi lo de menos
El golfo de Alaska en otoño podía ser brutal. También lo eran las discusiones dentro del barco. Bob Hunter recordaría después una tripulación dividida, exhausta y poco preparada para convivir durante semanas bajo presión. Se discutía sobre la ruta, sobre cuánto tiempo podían permanecer fuera, sobre dinero. Cuando la administración de Richard Nixon retrasó la prueba aproximadamente un mes, algunos tripulantes ya estaban consumiendo sus vacaciones o los recursos con los que habían previsto sostenerse.
La expedición también chocó con la autoridad estadounidense. Cerca de las Aleutianas, la Guardia Costera detuvo al Phyllis Cormack y lo obligó a regresar para realizar trámites aduanales. La demora terminó alejándolos todavía más de Amchitka. En términos náuticos, las cosas iban mal. En términos periodísticos sucedía algo distinto.

Dorothy Metcalfe mantenía desde Vancouver un enlace de radio con el barco y alimentaba a los medios con noticias del viaje. Las fotografías de Robert Keziere mostraban hombres con impermeables, mapas desplegados, discusiones en camarotes estrechos y un barco pequeño avanzando hacia una de las operaciones nucleares más grandes de la época. En Canadá crecieron las protestas. Estudiantes abandonaron las aulas para manifestarse y dirigentes políticos comenzaron a presionar a Washington. Más de treinta senadores estadounidenses pidieron a Nixon que cancelara la detonación.
Hunter empezó a pensar en algo que después llamaría una “media mindbomb”: una imagen o acción capaz de instalarse con tal fuerza en los medios que modificara la percepción pública de un problema. La expresión suena inevitablemente setentera; la intuición sigue resultando familiar. Una embarcación frente a una bomba podía explicar en una sola fotografía lo que páginas de argumentos técnicos apenas conseguían transmitir.
El Phyllis Cormack no necesitaba ser comparable con el poder que enfrentaba. Precisamente por eso funcionaba la imagen.
La bomba explotó; la protesta siguió viajando
El 6 de noviembre de 1971, Cannikin fue detonado a casi 1,800 metros bajo la superficie de Amchitka. La prueba siguió adelante pese a las demandas judiciales, las manifestaciones y las objeciones diplomáticas.
Quienes habían navegado hacia la isla habían fallado en su propósito inmediato. Hunter regresó convencido de ello. Años después escribiría que su desesperación posterior al viaje había resultado equivocada. Porque mientras la bomba desaparecía bajo tierra, la historia del barco continuaba circulando.

Cuando la tripulación volvió a Vancouver encontró una recepción muy distinta de la que habría esperado una expedición derrotada. La prensa había convertido el viaje en noticia internacional y el nombre pintado en el barco ya era reconocible. Estados Unidos no volvió a realizar otra prueba nuclear en Amchitka. Conviene mantener separadas causa y consecuencia: la cancelación posterior del programa respondió a decisiones políticas y militares mucho mayores que una sola protesta. Pero la expedición había logrado volver públicamente costoso aquello que antes podía ejecutarse en una isla remota, lejos de las cámaras.
La diferencia importa. Greenpeace no nació porque doce hombres consiguieran detener una detonación. Nació también de descubrir lo que podía ocurrir cuando alguien llevaba una cámara hasta el lugar donde una institución prefería trabajar sin testigos.
Cuando Greenpeace todavía no sabía que era Greenpeace
Después de Amchitka, el método empezó a repetirse. Los barcos continuaron siendo parte central de las campañas de Greenpeace. La organización los colocó cerca de balleneros, plataformas petroleras y zonas de ensayos nucleares. Lanchas inflables aparecieron entre arpones y cetáceos; activistas treparon chimeneas industriales. Había una lógica heredada de aquel primer viaje: acercarse lo suficiente para que una cuestión abstracta adquiriera cuerpo, escala y fotografía.

El activismo ambiental de las décadas siguientes tendría otras organizaciones, métodos y desacuerdos. Greenpeace también acumularía los suyos. Pero Amchitka dejó una herramienta que sobrevivió incluso a las circunstancias específicas de 1971: hacer visible la distancia entre dos fuerzas colocándolas dentro del mismo encuadre.
Hay una fotografía de aquel viaje en la que el nombre Phyllis Cormack todavía puede leerse sobre el casco. Arriba aparecen varios miembros de la tripulación, abrigados contra el frío. Nada en la embarcación parece diseñado para convertirse en símbolo. Es un pesquero con hombres cansados encima.
Eso ocurrió antes de que Greenpeace tuviera oficinas repartidas por el mundo, antes del Rainbow Warrior, antes de que sus lanchas fueran una imagen reconocible en los noticieros. Durante unas semanas de 1971, Greenpeace fue literalmente eso: un nombre improvisado adherido a un barco que intentaba alcanzar una isla. No llegó. La fotografía sí.






























































