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Sentimientos de la Nación: el país que Morelos quiso escribir

En 1813, Morelos escribió una idea de país y pidió que la ley moderara la distancia entre la opulencia y la indigencia.

Un país sobre una hoja

El 14 de septiembre de 1813, México todavía no existía como país independiente. Había ciudades tomadas y recuperadas, caminos inseguros, ejércitos que avanzaban con información incompleta y una guerra que llevaba tres años consumiendo hombres y recursos. José María Morelos llegó a Chilpancingo después de una campaña que había puesto Acapulco en manos insurgentes apenas unas semanas antes. El 11 de septiembre había expedido el reglamento para el Congreso que pretendía reunir allí; tres días después, en un templo de la pequeña población, se inauguró el Congreso de Anáhuac. Morelos pronunció el discurso de apertura y su secretario, Juan Nepomuceno Rosáins, leyó un documento breve, organizado en veintitrés puntos. Su título tenía algo extraño para un programa político: Sentimientos de la Nación

Representación del Congreso de Chilpancingo, convocado por Morelos en 1813. Allí la insurgencia comenzó a discutir instituciones mientras todavía combatía por controlar el territorio.

La palabra sentimientos puede resultar engañosa dos siglos después. No era una confesión íntima ni una colección de deseos vagos. Las líneas que Rosáins leyó aquel día hablaban de independencia, soberanía, representación política, división de poderes, esclavitud, castas, propiedad, impuestos y salarios. Eran instrucciones para pensar un Estado antes de que ese Estado pudiera asegurarse siquiera la supervivencia. El primer punto comenzaba sin demasiados rodeos: América debía ser “libre e independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía”. El quinto colocaba la soberanía en el pueblo. Más adelante aparecía la división entre los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. 

Esa mañana, por tanto, los insurgentes hicieron algo peculiar en medio de una guerra: imaginaron instituciones. Antes de disponer de un territorio estable, discutían ya quién debía gobernarlo y con qué límites.

José María Morelos retratado en 1812 por un pintor mixteco de identidad desconocida. Un año después llegaría a Chilpancingo con una guerra todavía abierta y veintitrés ideas para el país que imaginaba.

Veintitrés puntos para una nación inexistente

Morelos había conocido de cerca un país organizado mediante diferencias jurídicas y sociales que comenzaban en el nacimiento. Hijo de una familia modesta de Valladolid —la actual Morelia—, había trabajado antes de entrar al sacerdocio y llegó a la insurgencia cuando tenía cuarenta y cinco años. Bajo su mando, el movimiento iniciado por Hidalgo adquirió una disciplina militar distinta y extendió su control por buena parte del sur. Pero en Chilpancingo trató de trasladar esa guerra a otro terreno: si la insurgencia lograba separarse de la monarquía española, habría que decidir qué clase de sociedad ocuparía su lugar.

El punto 15 de Sentimientos de la Nación propone abolir para siempre la esclavitud y la distinción de castas, de modo que los americanos fueran considerados iguales. No era una frase menor en una sociedad donde términos como español, indio, mestizo, mulato o castizo podían determinar obligaciones, prestigio y oportunidades. Morelos llevaba años insistiendo en eliminar aquellas denominaciones; ya en 1810 había ordenado que habitantes identificados mediante categorías raciales pasaran a llamarse, simplemente, americanos. 

El documento también defendía la propiedad y la inviolabilidad de la casa, rechazaba la tortura y proponía reducir determinados tributos. Incluso reservaba un lugar para la memoria: el punto 23 pedía conmemorar cada 16 de septiembre el comienzo de la insurrección de Hidalgo. La fiesta nacional que México sigue celebrando estaba siendo imaginada mientras la guerra seguía en curso. 

Leer hoy los veintitrés puntos obliga también a dejar a un lado la tentación de convertirlos en una constitución contemporánea escrita anticipadamente. Morelos era un sacerdote católico y el segundo artículo establecía a la religión católica como única, sin tolerancia para otras. Algunas de sus disposiciones pertenecen claramente al horizonte político y religioso de comienzos del siglo XIX. El documento resulta más interesante cuando conserva esas tensiones: una declaración extraordinariamente igualitaria frente a las castas podía convivir en la misma página con la idea de un Estado confesional. El futuro que Morelos estaba ensayando todavía cargaba con buena parte del mundo del que intentaba salir. 

“Moderen la opulencia y la indigencia”

Hay una línea de Sentimientos de la Nación que envejeció de manera distinta a las demás. Se encuentra en el punto 12 y comienza con una afirmación sobre la ley: debía estar por encima de los hombres. Después, Morelos le asigna una tarea que va bastante más allá de mantener el orden. Las leyes, escribió, debían “moderar la opulencia y la indigencia” y procurar que aumentara el jornal del pobre. 

La frase llama la atención porque no promete que todos serán iguales mediante decreto. Habla de extremos concretos: opulencia e indigencia. Entre ambos coloca el jornal, el dinero que alguien recibe por trabajar. Morelos estaba escribiendo en una sociedad donde la desigualdad se percibía en la tierra, los tributos, la alimentación y la posición que cada persona ocupaba frente a las autoridades. Para él, una nación independiente que conservara intactas esas distancias habría resuelto solo una parte del problema.

Placa con los veintitrés puntos de los Sentimientos de la Nación. En el número 12, Morelos pidió que las leyes moderaran “la opulencia y la indigencia” y aumentaran el jornal del pobre.

El resto del artículo 12 resulta más incómodo para un lector contemporáneo. Morelos vincula el aumento del salario y la disminución de la pobreza con el mejoramiento de las costumbres y con alejar “la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Allí aparece la mirada moral de un sacerdote del siglo XIX, capaz de asociar pobreza y conducta de una manera que hoy requiere distancia crítica. Pero en el centro permanece una intuición política muy precisa: la desigualdad económica no pertenece exclusivamente a la esfera privada; las leyes participan en su producción y pueden intervenir sobre ella.

Puede ser que por eso ese punto ha sido citado tantas veces fuera de las conmemoraciones patrióticas. Reduce un proyecto de país a una pregunta que todavía resulta reconocible: ¿para qué sirve una buena ley si puede convivir tranquilamente con personas que tienen demasiado y otras que apenas pueden vivir de su trabajo?

El Siervo de la Nación

Al día siguiente de la lectura de los Sentimientos, el Congreso nombró a Morelos Generalísimo y depositó en él el Poder Ejecutivo. También quiso concederle el tratamiento de “Alteza Serenísima”. La respuesta de Morelos terminó produciendo uno de los nombres con los que la historia mexicana lo recuerda: prefirió llamarse Siervo de la Nación. No era una ocurrencia nacida aquella mañana. Semanas antes había escrito a Ignacio López Rayón que no pretendía la presidencia y que se consideraría honrado con el epíteto de “humilde Siervo de la Nación”. 

Portada del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, sancionado en Apatzingán el 22 de octubre de 1814. Varias de las ideas formuladas por Morelos en Chilpancingo adquirieron allí forma constitucional.

El Congreso continuó trabajando. El 6 de noviembre declaró formalmente la independencia de la América Septentrional. Un año después, el 22 de octubre de 1814, promulgó en Apatzingán el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, en el que varias ideas planteadas en Chilpancingo adquirieron estructura jurídica. La guerra, entretanto, comenzó a cerrarse sobre Morelos. Sus campañas perdieron terreno; fue capturado en noviembre de 1815 y fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre. Tenía cincuenta años. 

Los Sentimientos de la Nación sobrevivieron en manuscritos y copias. El INEHRM conserva y estudia distintas versiones —entre ellas las conocidas como manuscritos Humana y Cárdenas— que permiten ver correcciones, variantes y notas alrededor de aquellos veintitrés puntos. Esa materialidad importa: antes de convertirse en una frase grabada sobre monumentos, el proyecto político de Morelos fue tinta sobre papel, leído ante un grupo de hombres que todavía podían perder la guerra. 

Dos días después de aquella sesión, el calendario marcó 16 de septiembre. Morelos había pedido que, en adelante, esa fecha recordara el momento en que la nación había abierto los labios para reclamar sus derechos. Todavía faltaban ocho años para que la independencia se consumara.

El país que había intentado escribir en Chilpancingo seguía, literalmente, sin existir.

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