La noche en que Tolstói se fue
La madrugada del 28 de octubre de 1910, según el calendario que entonces regía en Rusia, León Tolstói salió de Yásnaia Poliana casi a escondidas. Tenía 82 años. Lo acompañaba su médico, Dushán Makovitski. Detrás quedaban la finca familiar, su esposa, Sofía Andréyevna, los libros acumulados durante una vida y una casa que llevaba años sintiendo cada vez menos como refugio. Había escrito unos días antes a un conocido para preguntarle si podía encontrarle una pequeña vivienda en una aldea. Cuando la respuesta llegó, Tolstói ya se había marchado.
No llevaba un itinerario definitivo. Pasó por el monasterio de Óptina Pústyñ, visitó después a su hermana María en Shamórdino y empezó a considerar otros destinos. La fuga tenía algo insólito: uno de los escritores más famosos de Europa intentaba desaparecer cuando casi todo en su vida hacía imposible el anonimato.
Tolstói había nacido el 9 de septiembre de 1828 —28 de agosto según el calendario juliano ruso— en aquella misma Yásnaia Poliana. Ochenta y dos años después salía de allí para no volver. Entre esas dos escenas caben Guerra y paz, Anna Karénina, una transformación religiosa, el enfrentamiento con la Iglesia y décadas de discusión consigo mismo sobre una pregunta bastante menos literaria: cómo vivir de acuerdo con lo que uno dice creer.

Después de la gloria
Guerra y paz ocupó buena parte de la década de 1860. Tolstói la escribió entre 1863 y 1869; Anna Karénina llegaría después, trabajada entre 1873 y 1877 y publicada en forma de libro completo en 1878. Para entonces el conde rural que había combatido en Crimea y abierto una escuela para campesinos en su propiedad era ya una figura literaria extraordinariamente reconocible.
En apariencia, había obtenido aquello que un escritor podía desear: libros leídos, dinero, prestigio, una familia numerosa y una finca heredada donde trabajar. La incomodidad apareció dentro de esa misma vida.

Tolstói comenzó a mirar sus éxitos con sospecha. En Confesión, escrita entre 1879 y 1882, recuerda un periodo en el que la escritura le proporcionaba dinero y aplausos mientras las preguntas sobre el sentido de la existencia seguían sin respuesta. La literatura que había organizado tantos años de su vida empezó a parecerle insuficiente frente a la muerte. El hombre que podía describir cientos de personajes, batallas, matrimonios y pequeñas humillaciones sociales descubría que no encontraba una explicación satisfactoria para levantarse cada mañana.
Fue una crisis que alcanzó incluso la manera en que juzgaba aquello que había producido. Su relación posterior con el arte se volvió severa, a veces desconcertante. Tolstói empezó a preguntarse para quién se escribía, qué utilidad tenía una obra admirada por las clases acomodadas y qué podía justificar una vida sostenida por el trabajo de otras personas. La fama siguió allí; él había cambiado de lugar frente a ella.
La crisis
Durante aquellos años Tolstói buscó respuestas en la religión ortodoxa, asistió a servicios, observó ayunos y estudió teología. La reconciliación duró poco. Terminó convencido de que las instituciones eclesiásticas habían cubierto con dogmas aquello que él buscaba en los Evangelios: una ética concreta de la vida diaria.
Su cristianismo acabó siendo difícil de acomodar en una Iglesia o un Estado. Rechazó la violencia, el servicio militar y la pena de muerte; leyó el Sermón de la Montaña como una exigencia literal de no responder al mal con violencia. También empezó a considerar moralmente sospechosos el lujo y buena parte del orden social en el que había nacido.

El conflicto con la Iglesia llegó a su expresión pública en 1901. El Santo Sínodo ruso declaró que las creencias de Tolstói eran incompatibles con la Iglesia Ortodoxa y que él mismo se había apartado de su comunión, decisión que pasaría a conocerse como su excomunión. Tolstói respondió aceptando una parte esencial de la acusación: efectivamente había rechazado la autoridad de aquella Iglesia. Lo que negaba era haber abandonado la búsqueda religiosa; afirmaba que precisamente esa búsqueda lo había llevado a romper con ella.
Para entonces, Tolstói ya era algo incómodo de clasificar. Seguía escribiendo ficción —Resurrección apareció en 1899—, pero también tratados religiosos, ensayos contra la violencia y textos políticos. Recibía visitantes que llegaban a Yásnaia Poliana buscando consejo. Otros intentaban convertir sus ideas en una doctrina: empezaban a existir “tolstoianos”. Él, mientras tanto, todavía vivía en Yásnaia Poliana.
Vivir contra la propia vida
Ahí estaba la contradicción más difícil de resolver. Tolstói podía ponerse ropa campesina, trabajar con las manos y condenar el privilegio, pero su apellido seguía siendo el de una familia aristocrática. Podía denunciar la propiedad y desear que sus textos circularan libremente, mientras los derechos de autor representaban dinero real para una casa con hijos, empleados y gastos.
Sofía Andréyevna quedó atrapada en ese conflicto junto con él. Durante décadas había administrado aspectos materiales de la vida familiar y participado de cerca en su trabajo literario. Lo que para Tolstói podía presentarse como una renuncia moral tenía consecuencias económicas para ella y para sus hijos.
Los derechos de autor se convirtieron en un campo de batalla. En 1910 Tolstói hizo público que las obras escritas después de enero de 1881 podían reproducirse libremente, mientras Sofía mantenía la administración de determinados derechos sobre los textos anteriores. Paralelamente había preparado en secreto disposiciones testamentarias para garantizar que una parte de su obra quedara disponible para todos.

La figura de Vladímir Chertkov, discípulo y colaborador cercano de Tolstói, complicó todavía más la casa. Sofía desconfiaba de su influencia y temía perder el control de manuscritos y derechos que consideraba patrimonio familiar. Tolstói se sentía vigilado. En sus diarios aparecen cada vez con mayor frecuencia el cansancio y el deseo de marcharse.
Reducir aquella pelea a un matrimonio desgraciado sería cómodo. También sería pobre. Sofía veía cómo su esposo convertía principios filosóficos en decisiones que afectaban la seguridad de la familia; Tolstói veía una vida doméstica sostenida por formas de propiedad que llevaba años denunciando. Ambos podían encontrar pruebas de que el otro no comprendía lo que estaba en juego.
Yásnaia Poliana se llenó de visitantes, discípulos, secretarios y discusiones. La casa del escritor que defendía la sencillez se había convertido en un pequeño centro de peregrinación.
Astápovo
La fuga de octubre duró apenas unos días. Después de abandonar Shamórdino, Tolstói tomó un tren con la intención de continuar hacia el sur. Su salud empeoró durante el viaje. Con fiebre alta, tuvo que descender en Astápovo, una estación ferroviaria pequeña de la línea Riazán-Urales. El jefe de estación, Iván Ozolin, cedió una habitación de su casa al viajero enfermo.
Entonces ocurrió aquello de lo que Tolstói probablemente tenía pocas posibilidades de escapar. La noticia corrió.

Llegaron médicos, familiares y periodistas de distintos lugares de Rusia así como corresponsales extranjeros. Telegramas salían de Astápovo con actualizaciones sobre la respiración, la temperatura y el estado de conciencia del escritor. El mundo siguió desde fuera de una estación rural los últimos días de un hombre que había salido de casa intentando reducir su vida.
Sofía también llegó. Durante buena parte de la enfermedad, los médicos y los hijos evitaron que entrara en la habitación por temor a alterar al enfermo. Solo pudo acercarse cuando Tolstói estaba ya inconsciente. Murió la mañana del 20 de noviembre de 1910, 7 de noviembre según el calendario ruso entonces vigente. Después, su cuerpo regresó a Yásnaia Poliana. Fue enterrado en el bosque, sin ceremonia religiosa, junto al barranco donde una leyenda de su infancia situaba una pequeña vara verde que guardaba el secreto para hacer felices a todos los hombres.
En Astápovo había querido seguir viajando. Afuera de la habitación, los reporteros esperaban noticias. Sobre las vías entraban y salían trenes. Tolstói había conseguido abandonar la finca; su nombre, en cambio, había llegado antes que él.































































