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Cómo dejamos desaparecer al tilacino

Durante décadas Tasmania pagó recompensas por matarlo. En 1936 decidió protegerlo; 59 días después murió el último ejemplar conocido.

En una película de 1933, el animal camina junto a la cerca de su recinto en el zoológico de Beaumaris, en Hobart. Se detiene, olfatea el aire, se rasca. En otro momento abre la mandíbula hasta un ángulo que parece imposible. No hay sonido. El naturalista David Fleay sostiene la cámara frente a él y registra unos segundos que terminarán cargando con un peso que nadie podía calcular todavía: probablemente está filmando al último tilacino conocido en cautiverio. 

Quedan menos de tres minutos de imágenes cinematográficas conocidas de tilacinos vivos. Todas fueron tomadas en zoológicos; no existe una sola fotografía confirmada de uno viviendo en libertad. En las películas vemos cuerpos encerrados, barrotes, cemento, cuidadores que atraviesan ocasionalmente el cuadro. El bosque de Tasmania, donde aquellos animales cazaban al anochecer, quedó fuera de cámara. 

Al último ejemplar se le ha llamado durante décadas Benjamin. También se repitió que era macho. Investigaciones recientes no han encontrado respaldo documental para ninguna de las dos cosas. Hasta el nombre con el que solemos recordar al último individuo de la especie parece haber llegado después de su muerte. 

Lo que sí conocemos con precisión es una fecha: 7 de septiembre de 1936. Cincuenta y nueve días antes, Tasmania había decidido finalmente proteger al tilacino.

Una hembra de tilacino y su cría en cautiverio en el National Zoo de Washington, hacia 1904. La fotografía pertenece a una época en que la especie todavía podía verse viva fuera de Tasmania; pocas décadas después, quedaría reducida a archivos, recuerdos y unos cuantos minutos de película.

Fabricar un enemigo

El Thylacinus cynocephalus tenía el cuerpo de un animal difícil de colocar dentro de las categorías europeas. Cabeza parecida a la de un perro, cola rígida, vientre marsupial y entre quince y veinte franjas oscuras cruzándole el lomo. De ahí vinieron sus nombres coloniales: tigre de Tasmania, lobo de Tasmania. No era ninguna de las dos cosas. Era el último representante moderno de una antigua familia de marsupiales carnívoros.

Mucho antes de la llegada europea había desaparecido de Australia continental y Nueva Guinea. Tasmania, separada del continente por el estrecho de Bass, conservaba su última población. Allí prefería un mosaico de bosques secos de eucalipto, humedales y pastizales; salía a cazar durante la tarde, la noche y las primeras horas de la mañana. Wallabies y animales pequeños formaban buena parte de su dieta. Luego llegaron las ovejas.

La ganadería ovina comenzó a expandirse en Tasmania durante las primeras décadas del siglo XIX. Los colonos atribuyeron al tilacino muchas pérdidas de ganado, aunque la magnitud de esa depredación fue probablemente exagerada y los perros asilvestrados estuvieron detrás de parte de los ataques. El animal adquirió una reputación que resultaría muy difícil de deshacer: competidor, ladrón de ovejas, obstáculo para las granjas. 

Un cazador posa junto a un tilacino muerto en Tasmania, hacia 1869. Décadas antes de que el gobierno estableciera su propia recompensa, los propietarios de tierras ya pagaban por matar a un animal al que se atribuían las pérdidas de ganado.

En 1830, la Van Diemen’s Land Company empezó a ofrecer recompensas privadas por matarlo. El gobierno de Tasmania convirtió esa práctica en política pública en 1888. Entregaba una libra por cada tilacino adulto muerto y diez chelines por una cría. Bastaba presentar el cadáver para cobrar. El sistema funcionó.

Cuando terminó en 1909, el gobierno había pagado más de 2,180 recompensas. El National Museum of Australia calcula que, sumando la persecución privada y pública, al menos 3,500 tilacinos fueron cazados entre 1830 y la década de 1920. 

La caza tampoco explica por sí misma todo el descenso. La transformación del hábitat, enfermedades introducidas y la competencia con perros asilvestrados pudieron contribuir. Los especialistas continúan discutiendo cuánto pesó cada factor. En un punto existe bastante menos ambigüedad: la persecución humana fue una presión continua sobre una población que nunca había sido enorme. El Australian Museum la considera la principal causa de su desaparición en Tasmania… y hubo advertencias mientras ocurría.

Cuando empezó a escasear

Al final del programa de recompensas, conseguir un cadáver ya era difícil. Durante las primeras décadas del siglo XX se produjo un extraño cambio de valor. El mismo animal que los ganaderos querían eliminar empezó a ser solicitado por zoológicos y colecciones científicas. En 1910 ya era considerado raro. En 1926, el zoológico de Londres pagó 150 libras por su último ejemplar. 

La escasez comenzaba a verse, aunque todavía no conseguía traducirse en protección. Desde el siglo XIX hubo naturalistas que avisaron del peligro. John Gould había contemplado ya en la década de 1860 la posibilidad de que el tilacino desapareciera. En los años veinte, Clive Lord, director del Tasmanian Museum and Art Gallery, insistió en la necesidad de conservarlo. Otros naturalistas australianos y extranjeros pidieron reservas donde pudieran sobrevivir poblaciones reproductoras.

Una hembra de tilacino con tres crías en el zoológico de Hobart, en 1909. Mientras la especie desaparecía del paisaje tasmano, algunos de los ejemplares restantes empezaban a adquirir otro valor: zoológicos y colecciones científicas los buscaban precisamente porque se estaban volviendo raros.

Tasmania hizo algo distinto. Su Animals and Birds Protection Act de 1928 colocó al tilacino entre los animales wholly unprotected: completamente desprotegidos. 

Dos años después ocurrió la última muerte confirmada de un tilacino salvaje. En 1930, un granjero llamado Wilf Batty disparó a uno cerca de Mawbanna, en el noroeste de Tasmania. Para entonces los encuentros con la especie se habían vuelto excepcionales. En 1933 fue capturado otro animal en Florentine Valley y vendido al zoológico de Beaumaris. Es el que aparece detrás de las rejas en aquellas películas.

59 días

La protección llegó el 10 de julio de 1936. Después de más de un siglo de persecución, el tilacino pasó finalmente a ser una especie protegida en Tasmania. La decisión había tardado tanto que ya no estaba claro cuántos quedaban fuera de los zoológicos, si quedaba alguno. El animal de Beaumaris vivió otros 59 días. El 7 de septiembre apareció muerto.

Durante años se ha contado que quedó accidentalmente fuera de su refugio nocturno y murió expuesto al clima de Hobart. El National Museum of Australia mantiene esa posibilidad —exposición y negligencia—, aunque las circunstancias exactas no pueden reconstruirse con certeza. Su muerte apenas produjo noticia en aquel momento. Investigaciones históricas de la Universidad de Tasmania señalan que no hubo cobertura periodística inmediata y que sus restos no fueron conservados como correspondería hoy al último individuo conocido de una especie. 

El último tilacino conocido, fotografiado por Ben Sheppard en el zoológico de Beaumaris, Hobart, en 1936. Tasmania declaró protegida a la especie el 10 de julio; el animal murió 59 días después, el 7 de septiembre.

Ese detalle resulta difícil de separar de todo lo anterior. Ahora un tilacino disecado puede ocupar una vitrina de museo como advertencia ambiental. En 1936, el cuerpo del último ejemplar conocido podía desaparecer sin ceremonia.

Las autoridades todavía esperaban encontrar otros: organizaron búsquedas, llegaron testimonios; durante décadas, habitantes de Tasmania describieron animales rayados cruzando caminos o moviéndose entre la vegetación. Ningún avistamiento produjo la evidencia que habría hecho falta para confirmar la supervivencia de la especie. Pasaron cincuenta años antes de que Tasmania la declarara oficialmente extinta, en 1986. 

Una extinción con fecha incierta

La historia conserva una pequeña incomodidad. Decir que el tilacino se extinguió el 7 de septiembre de 1936 supone que aquel animal del zoológico era también el último de todos. Sabemos que fue el último ejemplar confirmado. No sabemos con absoluta certeza cuándo murió el último individuo salvaje.

En 2023, investigadores de la Universidad de Tasmania analizaron 1,237 registros de avistamientos y evidencias posteriores a 1910 mediante modelos de incertidumbre. Su estimación planteó que una pequeña población pudo persistir en zonas remotas del suroeste de Tasmania durante varias décadas después de 1936, quizá hasta algún momento entre los años cuarenta y setenta; algunos modelos extendían la posibilidad aún más. Ninguna de esas estimaciones equivale a haber encontrado un tilacino vivo. Son intentos estadísticos de reconstruir el final de una población para la que faltan datos. 

Avistamientos de tilacinos reportados en Tasmania entre 1936 y 1980. Tras la muerte del último ejemplar conocido, centenares de testimonios mantuvieron abierta durante décadas la posibilidad de una población superviviente; ninguno produjo una evidencia concluyente.

La diferencia importa. También vuelve más inquietantes las películas. En 2020, el National Film and Sound Archive de Australia identificó y digitalizó 21 segundos filmados en 1935, las últimas imágenes en movimiento conocidas del animal. El fragmento estaba escondido dentro de un viejo documental turístico titulado Tasmania the Wonderland. Durante décadas había permanecido prácticamente olvidado.  El tilacino aparece otra vez detrás de una cerca; camina, da la vuelta, sigue caminando.

Cada 7 de septiembre, Australia conmemora ahora el National Threatened Species Day, instaurado precisamente en el aniversario de aquella muerte. El país que pagó una libra por matar un tilacino utiliza hoy al mismo animal como uno de sus símbolos más reconocibles de la extinción causada por seres humanos. 

En algún punto de ese recorrido cambió nuestra manera de mirar las viejas filmaciones. Fleay creyó estar registrando un animal raro en un zoológico. Nosotros conocemos lo que ocurrió después.

Por eso resulta tan difícil apartar la vista cuando abre la boca, olfatea el aire o se acerca a los barrotes. Afuera de ese cuadro pudo quedar todavía algún tilacino caminando entre los eucaliptos de Tasmania. La cámara nunca llegó hasta él.

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