Un continente antes del relato
En abril de 2009, Hugo Chávez llegó a una reunión con Barack Obama en Trinidad y Tobago y le puso un libro entre las manos. La fotografía recorrió el mundo: el presidente venezolano sonriendo, el estadounidense sosteniendo un volumen de tapas oscuras cuyo título, Las venas abiertas de América Latina, probablemente decía mucho más a quienes observaban la escena desde este lado del continente que al hombre que acababa de recibirlo. El libro tenía entonces casi cuarenta años. De pronto volvió a convertirse en objeto político, obsequio diplomático y contraseña ideológica; las ventas se dispararon y Eduardo Galeano, que para entonces llevaba décadas escribiendo libros muy distintos, quedó nuevamente asociado a aquella obra de juventud.
La escena ayuda a entender el tamaño del personaje que había creado. América Latina existía mucho antes de Galeano, desde luego, y también existía una extensa tradición intelectual empeñada en preguntarse qué podía unir territorios separados por fronteras, lenguas, poblaciones y experiencias históricas muy diferentes. José Martí había pensado “Nuestra América”; Bolívar había imaginado una comunidad continental; el siglo XX produjo indigenismos, nacionalismos, teorías de la dependencia, proyectos revolucionarios y discusiones interminables sobre la relación con Estados Unidos y Europa. Galeano llegó a una conversación que llevaba generaciones en marcha. Lo singular fue la extraordinaria eficacia narrativa con la que consiguió darle una imagen: América Latina como territorio de riqueza y despojo, pero también de memoria, dignidad, fiesta, violencia y supervivencia.
Nacido en Montevideo el 3 de septiembre de 1940, empezó a trabajar muy joven en periodismo y llegó a dirigir la redacción del influyente semanario Marcha. Cuando publicó Las venas abiertas en 1971 tenía apenas treinta y un años. Dos años después, el golpe de Estado uruguayo lo empujó al exilio; pasó primero por Argentina y luego por España, y no regresaría definitivamente a Montevideo hasta 1985. Ese movimiento forzado terminó dándole una experiencia muy latinoamericana del continente: comprender el país propio desde otro país, reconocer fronteras que podían cerrarse de pronto y descubrir, en ciudades distintas, historias políticas que se parecían demasiado entre sí. Su América Latina comenzó a adquirir entonces algo más que geografía. Se volvió personaje.

Las venas de una idea
Las venas abiertas de América Latina proponía una explicación de enorme potencia narrativa: desde la conquista, las riquezas del continente habían fluido hacia otros centros de poder. Oro y plata primero; después azúcar, caucho, café, cobre, petróleo. Una región extraordinariamente rica podía permanecer pobre porque su lugar dentro del sistema internacional había sido precisamente producir riqueza para otros. Galeano escribió el libro en pleno auge de la teoría de la dependencia y en una época en la que buena parte de América Latina entraba en uno de sus periodos políticos más brutales. Su interpretación encontró un público dispuesto a reconocerse en ella.
También encontró censores. El libro fue prohibido durante las dictaduras de Argentina, Chile, Brasil y Uruguay y terminó circulando con esa aura particular que adquieren algunos títulos cuando leerlos supone, además de leer, participar de una posición política. Décadas más tarde todavía podía aparecer en las manos de un presidente como resumen instantáneo de una relación histórica entre el norte y el sur.

Su influencia fue tan grande que a veces terminó sustituyendo al propio continente que intentaba explicar. Para varias generaciones de lectores, América Latina podía leerse como una larga continuidad entre conquista, dependencia y explotación. La claridad era seductora: permitía unir Potosí con las compañías bananeras, los ingenios azucareros con el petróleo, la colonia con el imperialismo contemporáneo. El problema de las grandes explicaciones es que aquello que las vuelve memorables —la posibilidad de ordenar el caos— suele ser también lo que empieza a incomodarlas con el paso del tiempo.
Galeano lo supo. En 2014, durante la Bienal del Libro de Brasilia, sorprendió a quienes habían convertido Las venas abiertas en una especie de escritura sagrada de la izquierda latinoamericana al reconocer que ya no soportaba su prosa y que, cuando lo escribió, no tenía la formación económica necesaria para la empresa que había intentado. No renegó del libro; dijo que pertenecía a una etapa superada de su trabajo. La observación tenía humor, pero también una rara honestidad para alguien cuya obra había terminado adquiriendo una vida política independiente de su autor.
Tal vez esa distancia permita leerlo ahora mejor. Las venas abiertas importa no porque constituya la explicación definitiva de América Latina —nunca lo fue—, sino porque consiguió algo que pocos ensayos económicos o históricos alcanzan: volverse parte de la imaginación con la que una región se narraba a sí misma. Sus errores, simplificaciones y zonas envejecidas pertenecen también a esa historia. Un continente no se inventa únicamente a partir de aquello que resulta exacto; también se construye con las metáforas que adopta, las explicaciones que discute y los libros contra los que una generación siente la necesidad de escribir los siguientes.
Y Galeano, de hecho, ya había empezado a escribir de otra manera.
La historia en fragmentos
Quien pasa directamente de Las venas abiertas a Memoria del fuego puede reconocer las obsesiones, pero difícilmente encuentra al mismo escritor. En la trilogía formada por Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento, publicada en los años ochenta, Galeano dejó de intentar contener América en una explicación continua. En lugar de una gran avenida narrativa abrió cientos de puertas pequeñas. Un episodio podía ocupar media página; el siguiente ocurrir tres siglos después o a miles de kilómetros. Aparecían emperadores y esclavos, conquistadores y mujeres desconocidas, dioses precolombinos, obreros, dictadores, poetas, soldados, inventores y niños. Siglo XXI describe la obra como un intento por recuperar una historia de las Américas hecha también de vida cotidiana, olores, sabores y dolores, más próxima a la experiencia que a la cronología monumental.
Allí se encuentra probablemente la forma literaria más característica de Galeano. No exactamente cuento, tampoco ensayo, crónica o poema en prosa. Él mismo terminó habitando con comodidad la infracción de esas fronteras. Sus textos podían apoyarse en documentación histórica y, en el párrafo siguiente, comportarse como una leyenda transmitida alrededor del fuego. Esa libertad le trajo admiración y reservas: el historiador podía preguntarse dónde terminaba el documento; el escritor, en cambio, reconocía una vieja posibilidad de la literatura, la de acercarse al pasado no para reproducirlo como expediente sino para devolverle temperatura.

En El libro de los abrazos llevó esa economía todavía más lejos. Hay sueños, conversaciones, recuerdos, pequeños sucesos, dibujos hechos por el propio Galeano y escenas capaces de caber en unas cuantas líneas. La editorial lo presenta como un conjunto de celebraciones, crónicas, memorias y “desmemorias”; la palabra parece inventada para él. Su literatura empezó a parecerse cada vez más a una mesa donde alguien ha ido dejando objetos encontrados durante años: una frase escuchada en un viaje, una injusticia anotada en un periódico, una historia que contó un amigo, un episodio remoto, una broma, una ausencia. Por separado pueden parecer insignificantes. Juntos empiezan a sugerir una forma.
Eso modifica también la América Latina que aparece en sus libros. Ya no se trata únicamente del continente herido que pierde sus riquezas hacia el exterior. En los fragmentos caben contradicciones que una tesis demasiado sólida habría tenido que ordenar. Hay crueldad y ternura, derrota y vanidad, pueblos sometidos que también someten, revoluciones capaces de traicionar aquello que prometieron. El continente deja de comportarse como argumento y empieza a adquirir algo más parecido a una memoria: irregular, selectiva, emotiva, llena de repeticiones y olvidos.
Galeano entendió muy bien que recordar tampoco es inocente. Quien decide qué historia merece conservarse decide, hasta cierto punto, quién podrá reconocerse después dentro de ella.
El continente también tenía cuerpo
Sería fácil dejar a Galeano atrapado entre minas de plata, golpes militares y derrotas populares. Él mismo se negó a vivir allí. Una de las razones por las que su América Latina continúa resultando reconocible es que la llenó también de cosas difíciles de colocar en una teoría política: la belleza de una jugada de fútbol, la conversación en un café, los cuerpos que se desean, las supersticiones, la risa, la calle y ese talento latinoamericano para encontrar una celebración bastante cerca de una catástrofe.
El fútbol ocupó un lugar especial. Galeano había querido ser futbolista cuando niño —según bromeaba, sólo jugaba realmente bien mientras dormía— y terminó haciendo con las manos aquello que no pudo hacer con las piernas. El fútbol a sol y sombra mira el deporte desde esa doble condición que suele acompañar sus libros: amor y sospecha. Celebra la imaginación del jugador capaz de romper un libreto y, al mismo tiempo, observa el negocio, la disciplina, la FIFA, la televisión y las estructuras que convierten el juego en industria.

Es importante que aparezca ese Galeano porque desmonta la caricatura del escritor que sólo sabía indignarse. Tenía una enorme capacidad para encontrar placer en aquello que observaba. Incluso cuando escribía sobre historias terribles, aparecían humor, deseo y una curiosidad casi infantil por los comportamientos humanos. Su continente podía estar saqueado y, sin embargo, no estaba reducido a su condición de víctima. Allí había personas que bailaban, mentían, hacían el amor, jugaban fútbol, contaban historias malas y buenas, se equivocaban y volvían a empezar.
Quizá ésta sea una diferencia fundamental entre una idea política de América Latina y una idea literaria. La primera necesita categorías; la segunda puede permitirse contradicciones. Galeano comenzó queriendo explicar por qué el continente era como era y terminó, con los años, acercándose a una tarea menos controlable: mostrar cómo se sentía vivir dentro de él.
La América Latina que nos dejó
Eduardo Galeano murió en Montevideo el 13 de abril de 2015, pero muchos de sus libros han seguido circulando con una intensidad que pocas obras asociadas tan estrechamente a un momento político conservan. Algunas de sus frases viajan hoy separadas de sus páginas, convertidas en epígrafes, carteles, publicaciones de redes sociales y atribuciones que no siempre son suyas. Es otro destino curioso de los escritores muy citables: la voz termina expandiéndose tanto que comienza a recibir palabras que nunca pronunció.
Su visión del continente también merece ser discutida. América Latina es demasiado grande para caber limpiamente dentro de una identidad común. México y Uruguay no comparten la misma historia; tampoco Haití y Argentina, Brasil y Guatemala. La experiencia indígena no puede reducirse a la afrodescendiente, ni las violencias del Caribe explicarse siempre con las mismas herramientas que las del Cono Sur. Las generaciones posteriores han vuelto más visible todo aquello que las narraciones continentales tendían a homogeneizar: género, raza, migración, ecología, diferencias regionales, nuevas formas de poder y también nuevas maneras de pertenecer.

Pero las obras importantes no tienen que ofrecer una descripción que permanezca intacta para seguir importando. A veces ocurre exactamente lo contrario: sobreviven porque seguimos necesitándolas para discutir. Galeano construyó una América Latina intensamente reconocible para millones de personas y después él mismo empezó a revisar las herramientas con las que la había construido. Pasó del gran diagnóstico de Las venas abiertas a la multitud de pequeñas ventanas de Memoria del fuego y El libro de los abrazos. Esa transformación dice mucho sobre su escritura: con los años pareció confiar menos en las respuestas que abarcan un continente y más en las historias capaces de iluminar una esquina.
Hoy, 3 de septiembre, habría cumplido 86 años. Recordarlo únicamente como el autor de Las venas abiertas de América Latina sería repetir la simplificación de la que él mismo intentó escapar. Galeano hizo algo más difícil de precisar. Durante décadas reunió derrotas, mitos, voces olvidadas, partidos de fútbol, revoluciones, amores y pequeñas escenas cotidianas hasta construir una América Latina que muchos lectores llegaron a sentir como propia, incluso cuando no estaban de acuerdo con ella.
Los mapas delimitan territorios; los libros hacen otra cosa. Nos dicen qué episodios recordar, qué heridas relacionar entre sí, a qué muertos considerar nuestros y qué desconocidos pueden parecernos familiares. La América Latina de Galeano nunca fue toda América Latina. Ningún escritor podría conseguir algo semejante. Fue una versión apasionada, discutible, incompleta y extraordinariamente persistente de ella. Tal vez por eso todavía estamos dentro de la conversación que abrió.






























































