Antes de que existieran las palabras
Hay injusticias que empiezan mucho antes de que sepamos cómo llamarlas. Una mujer podía salir de la oficina después de que su jefe le hubiera hecho una proposición que no podía rechazar sin poner en riesgo su empleo; podía descubrir que el hombre sentado a su lado cobraba más por hacer el mismo trabajo; podía vivir con miedo dentro de su propia casa o quedar embarazada cuando hacerlo significaba renunciar a casi cualquier otra posibilidad. Todo aquello ocurría mucho antes de que expresiones hoy corrientes —acoso sexual, discriminación laboral, violencia doméstica, derechos reproductivos— circularan con naturalidad por periódicos, tribunales y conversaciones familiares. La experiencia estaba ahí. Lo que faltaba era una lengua pública capaz de reconocerla.
Gloria Steinem pasó buena parte de su vida trabajando precisamente sobre esa distancia. Murió el 2 de septiembre de 2026, a los 92 años, en su casa de Nueva York, después de más de seis décadas como periodista, escritora, organizadora política y una de las figuras más visibles del feminismo estadounidense. Su imagen terminó siendo tan reconocible —el cabello largo, las gafas ligeramente teñidas, las fotografías en manifestaciones— que a veces resulta difícil volver a verla antes del icono: una periodista joven tratando de conseguir encargos en las redacciones neoyorquinas de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, donde las mujeres podían escribir, desde luego, siempre que no pretendieran escribir sobre demasiadas cosas.

Había una distribución del mundo que parecía perfectamente normal. Los hombres cubrían política, economía, conflictos sociales; a las periodistas podían ofrecerles las llamadas women’s pages, donde cabían moda, hogar, belleza y consumo. Steinem, graduada en gobierno por Smith College y recién llegada de una estancia de dos años en India, escribió sobre medias de nailon mientras intentaba abrirse camino hacia otro tipo de historias. Recordaría después que, al proponer temas políticos, un editor podía responderle simplemente que no la veía “de esa manera”. La frase dice mucho sobre una época: no hacía falta prohibir que una mujer escribiera sobre política cuando bastaba con no imaginarla haciéndolo.
En 1963 encontró una grieta. La revista Show le propuso infiltrarse como trabajadora en uno de los clubes Playboy de Nueva York y Steinem aceptó. Pasó por las pruebas de selección, se puso el uniforme de “Bunny” y trabajó durante semanas observando desde dentro un negocio construido alrededor de una fantasía masculina que, vista desde el vestidor y no desde las mesas, tenía bastante menos glamour: salarios escasos, largas jornadas, controles sobre el cuerpo y una sexualización de las empleadas presentada como parte natural del empleo. El reportaje la hizo conocida, pero también tuvo una consecuencia absurda: durante un tiempo, algunos editores la asociaron tanto con el disfraz de conejita que conseguir encargos serios se volvió todavía más difícil. Había hecho buen periodismo y el premio consistió, en parte, en que la confundieran con el objeto de su investigación.
Entrar donde no se suponía que debía mirar
Aquella experiencia contiene algo que reaparecería una y otra vez en su trabajo: Steinem tenía facilidad para mirar hacia lugares que el periodismo consideraba secundarios y descubrir que allí se encontraban algunas de las estructuras más importantes de la vida social. El trabajo de las mujeres, el sexo, el matrimonio, la maternidad o la apariencia podían parecer temas menores precisamente porque se había decidido de antemano que pertenecían al territorio de lo femenino. Mirarlos con seriedad significaba alterar esa jerarquía; no convertir todo lo privado en político por consigna, sino preguntarse por qué ciertas experiencias habían sido expulsadas de la conversación política desde el principio.
Para finales de los sesenta, Steinem ya escribía sobre política y asuntos sociales en New York. En 1969 asistió a un acto en el que varias mujeres hablaron públicamente sobre sus abortos, una experiencia que conocía personalmente: ella misma había abortado a los 22 años. Escucharlas produjo un desplazamiento importante en su pensamiento. Una situación que cada mujer había vivido como secreto, miedo o asunto estrictamente personal aparecía de pronto repetida en muchas otras vidas; y esa repetición volvía difícil seguir fingiendo que todo se reducía a una suma de decisiones individuales. Poco después comenzó a hablar públicamente de su propia experiencia y se involucró cada vez más en el movimiento de liberación de las mujeres.

Conviene no convertir esos años en la biografía de una sola mujer. El feminismo estadounidense de la segunda ola fue una conversación enorme, conflictiva y a menudo incómoda entre mujeres que no pensaban igual y tampoco ocupaban el mismo lugar social. Betty Friedan, Shirley Chisholm, Dorothy Pitman Hughes, Florynce Kennedy, Audre Lorde, Alice Walker y muchas otras discutían el trabajo, la raza, la sexualidad, la maternidad, la pobreza y el poder desde experiencias que podían acercarlas o enfrentarlas. Steinem fue una figura extraordinariamente visible dentro de ese paisaje, pero parte de su importancia consistió precisamente en su capacidad para llevar ideas que nacían en colectivos, reuniones y movimientos hacia espacios donde todavía parecían extrañas.
El cambio se percibe mejor cuando uno recuerda que buena parte del vocabulario actual aún no estaba asentado. Había comportamientos que podían reconocerse como humillantes o abusivos sin que existiera todavía una expresión ampliamente compartida para describirlos; había mujeres que se sentían agotadas por trabajar fuera y dentro de casa sin que el trabajo doméstico tuviera demasiado lugar en la discusión económica. Encontrar las palabras no resolvía esas situaciones, pero producía algo menos espectacular y muy útil: permitía compararlas. Una experiencia aislada podía parecer mala suerte; miles de experiencias semejantes comenzaban a revelar una estructura.
Cuando lo personal llegó a la imprenta
En 1971, Steinem y un grupo de periodistas y editoras comenzaron a trabajar en una revista feminista de circulación nacional. La idea tenía algo de temerario porque la industria editorial ya poseía una definición bastante estable de lo que una revista “para mujeres” debía ofrecer. Las lectoras eran tratadas sobre todo como consumidoras interesadas en matrimonio, crianza, belleza, cocina y hogar; incluso cuando esas publicaciones tenían excelente periodismo, la imaginación comercial que las sostenía seguía organizando buena parte de la vida femenina alrededor de esos territorios. Ms. quería hablarle a la misma mujer como trabajadora, ciudadana, votante, amante, madre o no madre, y hacerlo sin asumir que cualquiera de esas identidades debía imponerse sobre las otras.
Hasta el nombre planteaba un problema lingüístico. “Miss” y “Mrs.” informaban si una mujer estaba casada; “Mr.” no hacía lo mismo con los hombres. Adoptar “Ms.” significaba disponer de una forma de tratamiento que no obligara a presentar el estado civil como parte del nombre de una mujer. Hoy la palabra pasa casi inadvertida, que probablemente sea una de las formas más curiosas del éxito: una pequeña disputa lingüística puede parecer exagerada mientras ocurre y volverse invisible cuando termina incorporándose al idioma. The New York Times, por ejemplo, no adoptaría “Ms.” de manera regular hasta 1986.

La primera muestra de la revista apareció en New York en diciembre de 1971 y el número de prueba llegó a los quioscos poco después. Se imprimieron 300,000 ejemplares; se agotaron en ocho días. Llegaron aproximadamente 26,000 solicitudes de suscripción y más de 20,000 cartas de lectoras en cuestión de semanas. Los números impresionan, pero las cartas cuentan una historia más interesante: muchas mujeres escribían páginas enteras porque habían encontrado en una publicación nacional experiencias de las que apenas hablaban fuera de determinados círculos. La redacción terminó recibiendo bolsas de correspondencia. Steinem recordaría décadas después que algunas cartas parecían pequeñas novelas, como si la revista hubiera entrado en las casas no sólo como publicación sino como una interlocutora.
Ms. publicó sobre aborto, violación, violencia doméstica, salarios, representación política, sexualidad, racismo, trabajo doméstico y lesbianismo; también sobre literatura, cultura, lenguaje y las contradicciones del propio feminismo. No siempre acertó y fue cuestionada desde dentro del movimiento por sus límites, entre ellos la representación de mujeres negras, lesbianas o de otras clases y experiencias. Pero modificó algo importante en el ecosistema periodístico estadounidense: demostró que había una audiencia masiva para historias que muchos editores habían supuesto demasiado especializadas porque hablaban principalmente de la vida de la mitad de la población. Con el tiempo, la revista llevaría a portada asuntos como la violencia doméstica y el acoso sexual cuando todavía resultaba poco común encontrarlos tratados con esa centralidad en publicaciones nacionales.
Es difícil percibir la dimensión de ese cambio desde un presente en el que esos temas forman parte rutinaria de periódicos, revistas, noticiarios y redes sociales. Precisamente por eso vale la pena volver a aquellas páginas. La influencia de Steinem no consiste en haber inventado las experiencias sobre las que escribió, ni siquiera muchas de las ideas que defendió, sino en haber entendido muy pronto que el lugar donde se publica algo modifica también la importancia que una sociedad le concede. Una conversación entre amigas puede ser íntima; la misma conversación reproducida en cientos de miles de ejemplares empieza a adquirir otra condición. De pronto alguien en Ohio, California o Nuevo México podía abrir una revista y descubrir que aquello que creía una rareza de su propia vida tenía nombre, antecedentes y compañía.
Las palabras que quedaron
Steinem pasó las décadas siguientes moviéndose constantemente entre periodismo y activismo. Ayudó a fundar organizaciones como el National Women’s Political Caucus y la Ms. Foundation for Women, escribió libros, dio conferencias, participó en campañas por los derechos reproductivos y continuó defendiendo una idea del feminismo que intentaba relacionar el sexismo con otras formas de desigualdad. En 2013 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad; para entonces habían pasado cincuenta años desde el reportaje de Playboy y más de cuarenta desde la aparición de Ms.. También había cambiado el movimiento al que durante tanto tiempo estuvo asociada, y generaciones más jóvenes habían comenzado a discutir algunas de las prioridades, omisiones y lenguajes heredados de la segunda ola.
Eso vuelve más interesante su vejez. Steinem no quedó congelada en los años setenta, aunque las fotografías más reproducidas parecieran insistir en dejarla allí. Continuó escribiendo, reuniéndose con activistas jóvenes y participando en conversaciones que ya no controlaba. Hay algo saludable en esa pérdida de propiedad: si una idea consigue sobrevivir durante medio siglo, inevitablemente acaba en manos de personas que la reformulan, la contradicen y la llevan a lugares que sus primeros defensores quizá no imaginaron. El lenguaje que una generación conquista puede convertirse en el punto de partida desde el que la siguiente señala todo lo que todavía falta nombrar.

Su último libro introduce ahora una extraña coda. An Unexpected Life, unas nuevas memorias anunciadas por Random House el pasado marzo, cuando Steinem cumplió 92 años, tiene prevista su publicación para el 22 de septiembre. El libro vuelve sobre su infancia, sus viajes, las personas que moldearon su pensamiento y el itinerario improbable que terminó convirtiéndola en una de las figuras políticas y culturales más reconocibles de su tiempo. Llegará a las librerías apenas veinte días después de su muerte, de modo que la última aparición pública importante de Gloria Steinem será también un regreso a aquello con lo que empezó: sentarse frente a una página e intentar comprender una vida poniéndola en palabras.
Quizá sea ahí, más que en las fotografías del puño levantado o en la acumulación inevitable de homenajes, donde conviene buscarla ahora. Una parte importante de su trabajo consistió en prestar atención a historias que parecían pequeñas porque habían ocurrido durante demasiado tiempo en cocinas, dormitorios, oficinas y conversaciones entre mujeres. El periodismo no solucionó esas vidas, pero les dio una superficie común donde podían reconocerse unas a otras. Muchas palabras que hoy utilizamos sin pensar demasiado tuvieron primero que sonar exageradas, molestas o innecesarias. Después se volvieron familiares. Y cuando una palabra finalmente consigue describir con precisión algo que llevábamos años viviendo, suele ocurrir una cosa muy sencilla: descubrimos que aquello que creíamos sólo nuestro también le estaba pasando a alguien más.






























































