Hay libros a los que una llega tarde y, sin embargo, parecen haber estado esperando. Los niños del agua, de Hiram Ruvalcaba, fue uno de esos para mí. Apenas iba en la segunda página cuando ya estaba llorando. No porque el libro busque provocar el llanto —de hecho, una de sus mayores virtudes es que nunca explota el dolor que contiene—, sino porque desde el principio encuentra palabras para una experiencia que casi siempre parece quedar fuera del lenguaje: la de seguir amando a alguien que ya no está.
El libro está compuesto por siete capítulos —El teléfono del viento, Paraíso en el mar del dolor, Jizo san, La bella durmiente, Los niños del agua, La carpa de mis sueños y Butsudan— que podrían leerse como estaciones de un viaje entre Japón y México, pero también como distintas aproximaciones al duelo. Ruvalcaba escribe desde una pérdida concreta, íntima y devastadora: la muerte de un hijo al que no pudo conocer. A partir de allí comienza a buscar en otras culturas, otros libros, otras religiones y otros paisajes alguna forma de entender qué hacemos los vivos con aquellos a quienes ya no podemos tocar.
Esa búsqueda empieza incluso en las palabras. En El teléfono del viento aparece una distinción japonesa que me resultó tan inquietante como hermosa: no todo dolor puede reducirse a kanashimi. Hay momentos en que es necesario decir hiai, porque existen tristezas que pertenecen a otra profundidad. Parece un detalle lingüístico, pero contiene buena parte del proyecto del libro. A veces nuestro idioma no basta. Entonces buscamos otra palabra, otro rito, otra historia. No necesariamente para comprender la pérdida, quizá ni siquiera para aceptarla, sino simplemente para poder permanecer junto a ella.

En ese primer capítulo aparece también una frase que alguien le dice al autor: “Vivir no es otra cosa que caminar de la mano de nuestros muertos amados hasta que se funden con nosotros mismos”. Para quien ha perdido a alguien, resulta difícil leerla con distancia. Hay una familiaridad inmediata en esa idea. ¿Quién no ha dicho alguna vez, aunque sea en secreto, algo semejante a “guárdame una silla del otro lado”? Es una manera ingenua y terrible de imaginar que la separación sólo es provisional.
Pero en Ruvalcaba existe además otro pesar: no haber conocido el rostro de su hijo, no haber escuchado su voz, no poseer una memoria compartida a la cual regresar. En uno de los momentos más dolorosos del libro escribe que sabe perfectamente qué clase de mar es su hijo para él, pero prefiere no nombrarlo. Esa negativa me parece importante. Tendemos a interpretar la evasión como una incapacidad para enfrentarnos a aquello que duele; Los niños del aguarecuerda que a veces callar no es negar. A veces no nombrar es una forma de sobrevivir.
Un dolor que deja de ser solamente nuestro
El libro podría haberse quedado en la intimidad del duelo familiar. Ruvalcaba hace algo mucho más complejo: permite que ese dolor se ensanche hasta rozar otras vidas.
En Paraíso en el mar del dolor, cuyo título remite a la obra de Ishimure Michiko sobre Minamata, aparecen comunidades pesqueras japonesas destruidas por la contaminación industrial y, al otro lado del mundo, El Mentidero, una comunidad rural de Jalisco donde niños fueron intoxicados por plaguicidas agrícolas. El dolor cambia de escala. Ya no estamos únicamente frente a la muerte que irrumpe inexplicablemente en una familia, sino ante vidas expuestas a la enfermedad y al abandono porque alguien decidió que ciertas comunidades podían ser ignoradas.

Aquí el libro plantea, sin formularla de manera solemne, una pregunta incómoda: ¿qué vidas consideramos dignas de duelo? Ruvalcaba cruza además estas historias con Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich, y la reflexión se expande hacia los animales y hacia nuestra facilidad para llamar “plaga” a aquello que estorba nuestros planes. Basta una palabra para quitarle individualidad a un ser vivo. Plaga. Daño colateral. Población marginal. Las palabras también pueden servir para alejarnos de aquello cuya muerte preferiríamos no mirar.
Ese movimiento —de un hijo a otros niños, de una comunidad a otra, de los humanos a los animales— impide que el libro se vuelva ensimismado. El duelo personal termina convirtiéndose en una sensibilidad hacia la fragilidad ajena.
¿Quién cuida de los niños muertos?
En Jizo san aparece una de las imágenes más conmovedoras del libro. Jizō, una de las figuras más queridas de la tradición budista japonesa, es protector de los viajeros, las mujeres embarazadas, los niños y los mizuko: aquellos bebés que no llegaron a nacer o murieron muy pequeños.

Las estatuillas de Jizō pueden encontrarse en caminos, montañas, bosques y cementerios. Hay algo profundamente consolador en imaginar a una figura solitaria encargándose de acompañar precisamente a quienes quedaron solos.
Ruvalcaba lleva entonces la mirada hacia México y encuentra un eco sorprendente en el Chichihualcuauhco de la tradición mexica: el árbol nodriza del que los niños muertos antes de tiempo podían alimentarse mientras esperaban volver a nacer. Las cosmologías son distintas y están separadas por enormes distancias históricas y geográficas. Sin embargo, ambas parecen responder a la misma angustia.

¿Quién cuida de nuestros niños cuando nosotros ya no podemos hacerlo?
Ese es uno de los grandes hallazgos de Los niños del agua: los cruces culturales nunca se sienten como ejercicios de erudición. Japón y México no aparecen colocados uno junto al otro para demostrar semejanzas curiosas. El autor va encontrando, de un lado y del otro, respuestas humanas a preguntas que probablemente nos han acompañado desde que comenzamos a enterrar a nuestros muertos.
Una biblioteca donde los muertos conversan
La bella durmiente lleva esa búsqueda hacia la literatura. El título proviene de Kawabata Yasunari, pero pronto aparecen Ōe Kenzaburō, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Akira Kurosawa.
Uno de los pasajes que más me sorprendió fue descubrir la admiración de Ōe por Rulfo y la importancia que atribuía a Pedro Páramo para comprender ciertas atmósferas literarias. Ruvalcaba no se detiene allí: aparecen Comala, El llano en llamas, recuerdos familiares de Rulfo, García Márquez fascinado por Japón y su deseo de que Kurosawa llevara El otoño del patriarca al cine. De pronto el libro se convierte en una biblioteca donde autores que vivieron a miles de kilómetros parecen estar hablando entre sí.

Hay un vínculo especialmente hermoso entre Kawabata, Rulfo y García Márquez: los tres entendieron que el sueño puede funcionar como una frontera extraña entre la vida y la muerte. En sus mundos, los muertos nunca están completamente muertos y los vivos tampoco parecen pertenecer del todo a la vigilia. Quizá por eso Rulfo entra tan naturalmente en un libro sobre el duelo. Comala es, después de todo, un lugar en el que nadie ha terminado de irse.
Volver a casa
Después de atravesar Japón, el libro vuelve hacia la infancia del propio Ruvalcaba. En Los niños del agua aparece el Santo Niño de Atocha, al que sus padres acudieron cuando él mismo padeció una enfermedad durante su niñez. El paralelismo con Jizō es inevitable, pero aquí ya no estamos frente a un descubrimiento cultural. Estamos dentro de una memoria familiar.
Y entonces ocurre un giro hermoso: el autor comienza a pensar la misericordia divina también a través de Naím, su hijo vivo. El libro nunca convierte esa vida en compensación por la otra muerte. Un hijo no sustituye a otro. Pero la presencia de Naím introduce algo distinto: la posibilidad de que el duelo y la gratitud puedan coexistir.
Más adelante, en La carpa de mis sueños, las fronteras vuelven a diluirse. El capítulo toma su título de Ugetsu monogatari y encuentra un inesperado reflejo en Axolotl, de Julio Cortázar. Peces, ajolotes, agua: seres que habitan espacios donde las formas parecen poder transformarse unas en otras.
Es difícil no pensar entonces que el agua del título ha estado haciendo eso desde el comienzo. El agua separa y comunica, guarda reflejos pero nunca los retiene, cambia de forma sin dejar de ser la misma… como la memoria.
El altar dentro de casa
El último capítulo se llama Butsudan. No podría haber un cierre más preciso. El libro había comenzado con un teléfono: un objeto construido para hablar con alguien que ya no está. El célebre teléfono del viento permite levantar el auricular y dirigir palabras hacia los muertos aunque no exista ninguna línea al otro extremo.
Al final aparece un altar doméstico. El movimiento es pequeño, pero cambia el sentido de todo el recorrido. Primero hay que viajar para buscar a los muertos. Hay que subir montañas, conocer otros rituales, abrir libros, aprender palabras japonesas, mirar estatuillas, escuchar historias ajenas. Poco a poco, sin embargo, la distancia parece reducirse, hasta que el muerto puede tener un lugar dentro de casa.

Quizá aquella frase de las primeras páginas —caminar junto a nuestros muertos hasta que se fundan con nosotros— no era solamente una de las ideas del libro. Era su arquitectura secreta.
Los niños del agua no propone superar el duelo. Tampoco promete reconciliación ni ofrece respuestas sobre lo que ocurre después de la muerte. Su gesto es mucho más humilde. Busca formas de convivencia: aprender a hablar con quienes no responden, encontrar palabras cuando las propias ya no alcanzan, construir pequeños rituales, recordar, permitir que otras culturas nos presten durante un momento sus imágenes para comprender nuestras propias pérdidas; y finalmente… hacer lugar.
Tal vez por eso terminé el libro llorando, pero no exactamente devastada. Hay una ternura enorme detrás de estas páginas. La sensación de que quizá amar a alguien después de su muerte no consista en aprender a dejarlo atrás. Quizá consista en algo mucho más difícil: aprender a llevarlo con nosotros.































































