El casco hacía agua. Cuando la Victoria alcanzó Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, mantenerla a flote exigía trabajar continuamente con las bombas. Dos días antes habían divisado el cabo de San Vicente; después de meses de océano abierto, aquella línea de tierra era Europa. A bordo quedaban 18 hombres de los 239 que habían partido de Sevilla tres años atrás. Antonio Pigafetta, el cronista italiano que había sobrevivido con ellos, escribió una frase casi seca: «Llegamos 18 a Sanlúcar».
En las bodegas viajaba otra medida de lo ocurrido: sacos de clavo procedentes de las Molucas. La expedición había atravesado el Atlántico, encontrado un paso en el extremo de Sudamérica, cruzado un Pacífico cuya extensión sorprendió a sus navegantes y continuado por el Índico hasta rodear África. Fernando de Magallanes, que la había concebido y conducido durante su primera mitad, llevaba muerto más de un año. Juan Sebastián Elcano comandaba ahora la única nave que seguía navegando. La Victoria volvía al puerto del que había salido. El trayecto entre ambos puntos acababa de envolver el planeta.
Cinco naves en busca de clavo
El 10 de agosto de 1519 salieron de Sevilla la Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Santiago y la Victoria. Descendieron por el Guadalquivir y, después de preparar la partida definitiva en Sanlúcar, se hicieron a la mar el 20 de septiembre. Magallanes dirigía una expedición financiada por la Corona castellana y compuesta por marineros de procedencias diversas. El incentivo podía sostenerse entre dos dedos: un botón seco de clavo.

En las Molucas, las actuales islas indonesias asociadas durante siglos con el comercio de las especias, el clavo podía comprarse por una fracción de lo que alcanzaba después en Europa. National Geographic recoge una diferencia que permite entender por qué se aceptaban riesgos semejantes: un quintal adquirido allí por poco más de medio ducado podía valer 42 en Sevilla.
Portugal controlaba la ruta oriental que rodeaba África. La propuesta de Magallanes consistía en llegar a las islas navegando hacia occidente y encontrar un paso a través de América. La vuelta completa al planeta aparecería después, como resultado de decisiones tomadas sobre la marcha. La misión original era comercial.
Tampoco partían unos hombres convencidos de que la Tierra fuera plana. La concepción esférica del planeta llevaba siglos presente en la tradición científica europea; tratados medievales como la Sphaera mundi de Sacrobosco la enseñaban mucho antes del viaje. Lo que aquella navegación iba a poner bajo los pies de sus tripulantes era otra cosa: la distancia real entre continentes y, sobre todo, la inmensidad de los océanos que los mapas todavía acomodaban con demasiada facilidad.
El océano que parecía no terminar
Antes del Pacífico hubo meses de costa sudamericana. La expedición descendió hacia latitudes cada vez más frías buscando una abertura. En Patagonia enfrentó hambre, invierno y un motín. La Santiago naufragó mientras exploraba la costa; la San Antonio abandonó posteriormente la expedición y regresó a España. En octubre de 1520 aparecieron finalmente las entradas del paso que hoy lleva el nombre de Magallanes.

Al otro lado encontraron un océano. El nombre elegido —Pacífico— conserva algo de los primeros días tranquilos que encontraron sus naves. La experiencia posterior tuvo poco de benigna. La distancia resultó mucho mayor de lo calculado y las provisiones comenzaron a desaparecer. Aquel cruce obligó a los europeos a corregir de manera brutal su idea de la escala planetaria. El Pacífico ocupaba una porción del mundo que sus cálculos habían reducido.
En marzo de 1521 alcanzaron el archipiélago que después sería llamado Filipinas. Allí el viaje cambió de naturaleza. Magallanes intervino en las disputas políticas locales de Cebú y trató de someter a los habitantes de la vecina Mactán. El 27 de abril desembarcó con sus hombres frente a las fuerzas dirigidas por Lapulapu. Murió en la playa.
Pigafetta sobrevivió al combate. El cuerpo de Magallanes nunca fue recuperado. Poco después, nuevos enfrentamientos en Cebú redujeron todavía más una tripulación que ya carecía de hombres suficientes para mantener todas sus naves. La Concepción fue incendiada. Quedaban la Trinidad y la Victoria.
Cuando la Victoria quedó sola
Las Molucas aparecieron en noviembre de 1521. Habían tardado más de dos años en alcanzar el lugar que justificaba la expedición. Las bodegas comenzaron a llenarse de clavo. Algunos tripulantes vendieron incluso prendas personales para disponer de más espacio para la carga. El regreso podía pagar el viaje, siempre que consiguieran regresar.
Entonces la Trinidad reveló una avería seria. Las dos naves tomaron caminos diferentes. La Trinidad intentaría regresar hacia el este una vez reparada; no lo consiguió. Elcano tomó una decisión mucho más peligrosa al frente de la Victoria: seguir hacia occidente a través del Índico y rodear África. El trayecto atravesaba aguas portuguesas. Detenerse en sus puertos podía significar perder la nave, el cargamento y la libertad.

La Victoria zarpó de las Molucas el 21 de diciembre con unos 60 hombres. Durante meses evitó tierra firme. El océano ofrecía una salida política al riesgo de captura portuguesa, pero cobraba el precio en comida y enfermedad.
En mayo de 1522 consiguieron doblar el cabo de Buena Esperanza. Habían sobrevivido al Índico y ahora navegaban hacia el norte por el Atlántico. Los hombres morían. Según la documentación conservada por la Armada española, durante aquel tramo llegaron a quedarse prácticamente con trigo, arroz y agua.
La situación acabó obligándolos a entrar en Cabo Verde, territorio portugués, en julio. Allí ocurrió algo diminuto frente a meses de hambre y, al mismo tiempo, extraordinario: descubrieron que su calendario llevaba un día de retraso respecto al de quienes vivían en las islas. Habían contado cuidadosamente cada jornada y, pese a ello, una fecha había desaparecido. Navegar continuamente hacia occidente alrededor de la Tierra había producido el desfase que siglos después resolvería la línea internacional de cambio de fecha.
Los portugueses comenzaron a sospechar de ellos y retuvieron a 13 tripulantes. Elcano ordenó partir. La Victoria volvió a estar sola.
Dieciocho hombres y una bodega de especias
El 4 de septiembre apareció el cabo de San Vicente. Dos días después entraron en Sanlúcar. El estado de la nao permite imaginar el último tramo mejor que cualquier mapa. Su madera estaba tan deteriorada que las bombas debían funcionar continuamente para impedir que se hundiera. De los aproximadamente 60 hombres que habían salido de las Molucas en ella, llegaron 18. Elcano estaba entre ellos; Pigafetta también.
El 8 de septiembre remontaron el Guadalquivir hasta Sevilla. La Victoria disparó su artillería al entrar. Una pintura realizada cuatro siglos después por Elías Salaverría fijaría en el imaginario español otra escena: los supervivientes desembarcando con velones encendidos.

La carga sobrevivió bastante mejor que los hombres. La nao regresó con 381 sacos de clavo, cuyo valor superaba el coste de las cinco embarcaciones que habían iniciado la expedición. Desde el punto de vista comercial, aquel cargamento permitió que una empresa devastada por naufragios y muertes terminara dando beneficio. La ruta descubierta, demasiado larga y peligrosa, resultaba poco práctica como camino estable hacia las Molucas. Quedaba otra mercancía, imposible de pesar.
Los cuadernos de navegación contenían costas, latitudes y observaciones sobre mares que los cartógrafos europeos conocían mal. El Pacífico había adquirido una anchura. América aparecía separada de Asia por una masa oceánica cuya escala ya no podía resolverse dibujando unos centímetros más de pergamino.
El mismo 6 de septiembre, todavía en Sanlúcar, Elcano escribió al emperador Carlos V. En la carta resumió el viaje y pidió ayuda para liberar a los compañeros detenidos en Cabo Verde. La expedición había salido a buscar especias; el navegante eligió destacar otra cosa: habían recorrido «toda la redondez del mundo».
Carlos V concedería a Elcano un escudo con un globo y una frase latina: Primus circumdedisti me, «Fuiste el primero que me dio la vuelta». Tres años después, Elcano volvió al mar rumbo a las Molucas. Murió en el Pacífico en 1526 y su cuerpo fue arrojado al océano. La Victoria tampoco sobrevivió como reliquia: continuó navegando después de la expedición y desapareció de la historia pocos años más tarde. Durante un tiempo, sin embargo, aquella nao maltrecha había contenido algo imposible en 1519. Su ruta cerraba un círculo.






























































