Es necesario imaginarlo abierto: dieciocho folios de papel amate unidos en una tira que, desplegada, alcanza casi cinco metros. Dioses de perfiles imposibles, numerales, animales, días que avanzan dentro de pequeños recuadros. El tiempo convertido en imagen. Quien consultaba el Tonalámatl de Aubin no buscaba saber qué día era, al menos no en el sentido que hoy damos al calendario; buscaba comprender qué fuerzas acompañaban un nacimiento, un viaje, una unión, quizá una guerra. Sobre aquellas páginas, cada jornada tenía carácter.
Por siglos, sin embargo, hubo algo que el propio manuscrito parecía incapaz de revelar: su edad. El 31 de agosto de 2026, el Instituto Nacional de Antropología e Historia anunció que un fechamiento por carbono 14 sitúa la elaboración del Tonalámatl de Aubin a finales del siglo XV. Los investigadores proponen el año 1494, con el margen de variación propio del método. La conclusión modifica una discusión que había acompañado al documento durante buena parte de su historia moderna: desde el punto de vista de la datación científica, el códice es prehispánico.
Eso significa que alguien trabajó sobre esas hojas antes de que Hernán Cortés desembarcara en las costas de lo que hoy es México; antes de que Tenochtitlán fuera sitiada, antes también de que una parte inmensa de los libros indígenas desapareciera; quizás por eso importa tanto que este haya llegado hasta nosotros.

Una fecha escondida en el amate
El carbono 14 permite aproximarse a la edad de materiales orgánicos midiendo la disminución de un isótopo radiactivo a lo largo del tiempo. En el caso del Tonalámatl, el estudio fue producto de una colaboración entre la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia y la Universidad de Colorado en Boulder.
Los resultados requieren una precisión importante. 1494 es la fecha propuesta de elaboración del códice, no una especie de acta de nacimiento exacta. Baltazar Brito Guadarrama, director de la BNAH y uno de los coordinadores de las investigaciones, ha explicado que el análisis admite una variación de entre treinta y cuarenta años y permite establecer que el documento fue elaborado, cuando menos, después de 1450.
Hay otra fecha todavía más antigua. El estudio propone 1424 como el momento más probable de obtención de la materia prima empleada para fabricar el soporte. La distancia entre una cosa y otra es razonable: fechar la fibra significa aproximarse al momento en que existió el material orgánico; fechar culturalmente un manuscrito exige poner ese resultado en conversación con la manufactura, los pigmentos, la iconografía y su historia.
Esa conversación llevaba años produciéndose. En 2023, especialistas de distintas disciplinas se reunieron para estudiar el documento desde perspectivas que iban de la química de materiales a la historia del arte. Las investigaciones terminaron reunidas en Tonalámatl de Aubin. Nuevos estudios sobre un códice adivinatorio, coordinado por Guilhem Olivier y Baltazar Brito Guadarrama. El volumen examina el soporte, los pigmentos, los cambios realizados durante su elaboración y las figuras divinas que aparecen en sus páginas.
Un año después de aquel encuentro, investigadores de la UNAM adelantaban una pista significativa: los análisis no habían detectado materiales ni pigmentos de tradición europea. La vieja clasificación colonial empezaba a resultar cada vez más difícil de sostener.
Un libro para conversar con el tiempo
La palabra tonalámatl puede traducirse, de manera aproximada, como libro de los días o de los destinos. Su organización deriva del tonalpohualli, la cuenta ritual de 260 días utilizada por diversos pueblos mesoamericanos.
El sistema combinaba veinte signos con trece numerales. De esa sucesión surgían veinte periodos de trece días, las llamadas trecenas, asociados con determinadas deidades e influencias. En las páginas conservadas del Tonalámatl de Aubin aparecen los patronos de esas trecenas junto a los signos de los días, los señores de la noche y otras figuras que permitían interpretar el carácter de un momento.

Llamarlo “libro adivinatorio” puede inducir a imaginar una práctica parecida a nuestras formas contemporáneas de predecir el futuro. El manuscrito pertenecía a otra concepción del tiempo. Para sus usuarios, los días estaban vinculados con potencias específicas y conocerlas permitía orientar decisiones y rituales. El nacimiento de una persona ocurría dentro de esa trama; también los matrimonios, los desplazamientos o determinadas empresas políticas y militares.
El códice era, por ello, un instrumento de lectura, mirar sus imágenes significaba leer relaciones entre seres humanos, dioses y tiempo. Esto ayuda a entender por qué, después de la conquista española, un manuscrito semejante podía convertirse en algo peligroso.
El códice bajo sospecha
Durante mucho tiempo, la fecha de fabricación del Tonalámatl de Aubin permaneció abierta. Una de las hipótesis lo consideraba una obra colonial inspirada en el Códice Borbónico, con el que comparte semejanzas pictográficas y contenido calendárico-religioso. Su ejecución, juzgada por algunos estudiosos como menos refinada, alimentó incluso la posibilidad de que se tratara de una copia tardía o una falsificación basada en aquel otro manuscrito.
Había detalles concretos que provocaban dudas: la forma de ciertos glifos, algunas superposiciones de color y diferencias estilísticas difíciles de situar cronológicamente.
La incertidumbre llegó a instalarse incluso en las descripciones institucionales. La ficha histórica del sistema de códices del propio INAH todavía lo registra como una obra del siglo XVII y señala que pudo haber sido realizada en Tlaxcala durante la época prehispánica o poco después de la Conquista. La nueva datación obliga ahora a releer esa cronología.
Es uno de los aspectos fascinantes de la arqueometría: a veces el laboratorio interviene en discusiones que parecían pertenecer exclusivamente a historiadores e iconógrafos. Una fibra de amate puede conservar una información que ningún propietario escribió en los márgenes.
Aprender a desaparecer
La fecha de 1494 resuelve una parte de la biografía del códice. Lo que ocurrió después resulta quizá más extraordinario.
Los investigadores proponen que el Tonalámatl continuó circulando tras la conquista y que, conforme los antiguos libros rituales quedaron asociados con prácticas religiosas perseguidas por el nuevo orden colonial, su uso pasó a la clandestinidad.
Brito, junto con los arqueólogos Gerardo Gutiérrez y William Taylor, plantea que el manuscrito pudo haberse ocultado entre 1614 y 1648. Su conservación durante ese periodo habría sido también una manera de mantener conocimientos y prácticas vinculados con la antigua cosmovisión. Los autores interpretan ese ocultamiento como una forma de resistencia indígena frente a la imposición religiosa colonial.
No sabemos quién lo escondió; y ese vacío importa. Alguien tuvo que conservar un objeto voluminoso y reconocible cuando conservarlo podía resultar comprometedor; alguien decidió que aquellas imágenes todavía tenían algo que decir. Durante décadas, quizá generaciones, el códice sobrevivió porque dejó de ser visible.
Hacia 1740 reapareció en la historia documental, cuando el anticuario e historiador italiano Lorenzo Boturini supo de su existencia y lo incorporó a su célebre colección de manuscritos indígenas. A partir de entonces comenzó otra vida, esta vez entre coleccionistas, bibliotecas y fronteras.
Irse de México y volver
Después de que las autoridades novohispanas confiscaran la colección de Boturini, el Tonalámatl pasó por distintas manos. Estuvo relacionado con Antonio de León y Gama y, durante el siglo XIX, terminó en posesión del viajero Frédéric de Waldeck. En 1841 lo adquirió el coleccionista francés Joseph Marius Alexis Aubin, cuyo apellido permanece unido al manuscrito.
Más tarde pasó a Eugène Goupil y finalmente llegó a la Biblioteca Nacional de Francia. Allí permaneció hasta 1982, cuando protagonizó uno de los episodios más insólitos de la historia moderna del patrimonio mexicano.
José Luis Castañeda del Valle, abogado y periodista mexicano que había acudido a consultar el códice en París, lo sustrajo de la biblioteca y lo llevó a México. Francia reclamó el manuscrito; el caso tuvo repercusiones diplomáticas y Castañeda fue detenido a su regreso. El documento, sin embargo, permaneció en territorio mexicano. Según investigadores de la UNAM, un acuerdo posterior estableció su permanencia en México durante 99 años. Actualmente se encuentra resguardado en la bóveda de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.
La ironía es difícil de pasar por alto. Un libro que posiblemente sobrevivió a la Colonia escondiéndose volvió a cambiar de país siglos después mediante otro acto clandestino; su historia parece hecha de apariciones y desapariciones.
Lo que queda de 1494
Ahora sabemos algo que quienes lo estudiaron durante buena parte del siglo XX no podían demostrar: cuando Europa todavía ignoraba la existencia del territorio que pocos años después llamaría Nueva España, alguien estaba preparando estas imágenes sobre papel amate.
1494 puede parecer apenas una cifra colocada junto a una pieza de museo. En realidad, desplaza el códice hacia el mundo para el cual fue concebido. Sus dioses dejan de ser necesariamente la reconstrucción colonial de una religión derrotada; sus signos pudieron ser pintados cuando aquella religión seguía organizando nacimientos, ceremonias y decisiones cotidianas.
Quedan preguntas. Sobre quiénes fueron sus pintores, dónde exactamente trabajaron, cuánto tiempo permaneció activo antes de ser ocultado, quién decidió protegerlo cuando poseer un libro semejante podía despertar sospechas.
Quizá nunca encontremos todos esos nombres; e objeto, en cambio, permanece. Cinco siglos después, sus dieciocho folios todavía conservan la cuenta de unos días que terminaron hace mucho. El libro que servía para preguntar qué deparaba el tiempo consiguió algo que ninguno de sus lectores habría podido consultar en sus páginas: atravesarlo.






























































