Álvaro Mutis nació en Bogotá el 25 de agosto de 1923, pero una fecha y una ciudad dicen poco de un escritor cuya literatura parece haber pasado la vida entera tratando de escapar de los lugares fijos. Su infancia transcurrió entre Bruselas y la Tierra Caliente colombiana; después vinieron los barcos, los ríos, las ciudades, México. Incluso su personaje más perdurable carece de una nacionalidad precisa. Maqroll el Gaviero pertenece a los puertos en los que desembarca, a las habitaciones donde duerme unas noches, a los negocios improbables que acepta y a los caminos que abandona antes de que puedan convertirse en hogar. A 103 años del nacimiento de Mutis, quizá ésa siga siendo una de las razones por las que volvemos a él: pocas obras han entendido con tanta lucidez que a veces continuar no significa saber adónde se va.
Antes del viaje, la voz
Maqroll no nació en una novela. Cuando apareció por primera vez en Los elementos del desastre, publicado en 1953, pertenecía todavía a la poesía. Era una presencia más que un personaje: un nombre extraño, un gaviero —el marinero encargado de observar el horizonte desde lo alto de la embarcación— y una voz asociada desde el principio con la intemperie, la enfermedad, el viaje y la conciencia del deterioro. Durante décadas siguió apareciendo en los poemas de Mutis, en libros como Reseña de los hospitales de ultramar, Caravansary y Los emisarios, hasta que en 1986, con La nieve del almirante, entró definitivamente en la novela. Vendrían después otros seis libros narrativos hasta formar Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero.
Que un personaje necesite más de treinta años para pasar del poema a la novela dice algo sobre su naturaleza. Maqroll nunca parece del todo construido: se lo encuentra. Aparece en relatos, recuerdos, papeles encontrados, testimonios y versiones que a veces se contradicen, como sucede con esas personas cuya vida hemos conocido a través de historias contadas por otros. Mutis se negó a concederle una patria reconocible. Explicó alguna vez que buscó incluso un nombre que pudiera pronunciarse de manera semejante en distintas lenguas. Maqroll debía estar “al margen de todo”. Esa falta de origen no lo vacía de identidad; por el contrario, le permite llevar consigo todas sus pérdidas.
Hay algo de la propia infancia de Mutis en esa geografía inestable. Su padre era diplomático y la familia se trasladó a Bruselas cuando él tenía dos años. Cada año regresaban desde Europa a Colombia en barco, y el niño aprendió pronto que entre dos lugares podía existir todo un mundo: Amberes, el Atlántico, los puertos tropicales, los ríos y finalmente Coello, la finca familiar en Tolima. El regreso era tan importante como el destino. Cuando ese mundo desapareció —su padre murió, la finca terminó perdiéndose y Mutis dejó posteriormente Colombia—, la memoria comenzó a reconstruirlo. Los ríos de su poesía y los puertos de Maqroll parecen provenir de esa experiencia temprana: saber que un lugar puede amarse intensamente y, aun así, dejar de existir.
Maqroll, el hombre que siempre parte
El oficio de gaviero contiene casi una teoría de la literatura. Quien ocupa la gavia está apartado de los demás y mira desde arriba hacia un horizonte que todavía no existe para quienes permanecen en cubierta. Mutis llegó a describirlo como “la conciencia del barco”: aquel que ve más lejos y anuncia lo que viene. La imagen tiene algo heroico, pero Maqroll está muy lejos del héroe tradicional; no conquista territorios, no acumula fortuna y rara vez consigue aquello que se propone. Su experiencia se mide mejor en cicatrices, fiebres, amistades, cuerpos amados y lugares que probablemente nunca volverá a visitar.
Por eso sus novelas tienen algo de los viejos relatos de aventuras y, al mismo tiempo, los contradicen. En ellas existen selvas, minas, embarcaciones, contrabandistas, cargamentos y negocios peligrosos; se percibe la sombra de Conrad y Melville, autores que Mutis leyó con devoción.
Pero el viaje no conduce necesariamente al descubrimiento ni a la victoria. En La nieve del almirante, Maqroll remonta un río buscando unos aserraderos cuya existencia se vuelve cada vez más incierta. En Amirbar se interna en una mina. En otros libros seguirá navíos, amores y empresas que contienen desde el comienzo la posibilidad de desaparecer. La aventura persiste, sólo que ha perdido la inocencia de creer que al final del mapa espera una recompensa.
Maqroll sabe demasiado para ser optimista y ha vivido demasiado para entregarse completamente al cinismo: esa zona intermedia es quizá uno de los grandes logros de Mutis. Su personaje conoce la precariedad de cada empresa humana, pero continúa embarcándose en ellas, se enamora aunque sabe que perderá, hace negocios aun cuando sospecha el desastre, regresa a ciertos lugares aun sabiendo que ya no serán los mismos. Su desesperanza no produce inmovilidad, produce movimiento.
La geografía del fracaso
En buena parte de la literatura moderna, el fracaso aparece como una interrupción: algo salió mal y hay que reconstruir la vida. Para Maqroll, en cambio, es casi el estado natural de las cosas. Los negocios fracasan, las rutas se interrumpen, los cuerpos enferman, los amigos mueren, los barcos envejecen y los paisajes son transformados por el tiempo. Nada garantiza permanencia… la verdadera extravagancia sería esperar lo contrario.
Mutis convierte esa certeza en una ética peculiar. El fracaso no vuelve ridículo a Maqroll porque su dignidad nunca dependió demasiado de triunfar, tampoco extrae de sus derrotas una lección edificante. Hay empresas que sencillamente terminan mal y pérdidas que no traen consigo ninguna recompensa moral, lo que permanece es la manera de atravesarlas. En ese sentido, Maqroll pertenece menos a la tradición del aventurero que conquista el mundo que a la del viajero que aprende a leer sus ruinas.
De ahí la presencia constante de hoteles modestos, hospitales, muelles, cantinas, embarcaciones de carga y habitaciones provisionales. Son lugares de paso, espacios donde nadie termina de instalarse. También son los lugares donde una vida puede mostrar su verdadero tamaño.
Mutis desconfiaba de las grandes promesas de progreso y de la idea de que la historia avanzara necesariamente hacia algo mejor. Maqroll contempla el mundo desde esa sospecha, pero encuentra pequeños refugios: una amistad, una mujer, una conversación, una botella compartida, el recuerdo de un paisaje. No salvan al hombre de la pérdida. Le permiten, durante un tiempo, habitarla.
México, otra patria para la deriva
Mutis llegó a México en 1956 y vivió aquí hasta su muerte, en 2013. El país que comenzó como destino de una salida difícil de Colombia terminó convirtiéndose en el lugar donde pasó más de medio siglo, formó amistades decisivas y escribió buena parte de su obra. Poco después de establecerse fue encarcelado en Lecumberri durante quince meses a raíz de un proceso iniciado en Colombia. De esa experiencia salió Diario de Lecumberri, publicado en México en 1960. Mucho tiempo después recordaría que Luis Buñuel iba a visitarlo los domingos: una de esas amistades que, en la vida de Mutis, parecen tener tanta importancia como cualquier reconocimiento literario.
México fue también el lugar desde donde su obra alcanzó una dimensión internacional. Aquí trabajó durante años en empresas mientras escribía, colaboró con publicaciones vinculadas a Octavio Paz y publicó libros fundamentales; aquí recibió el Premio Xavier Villaurrutia en 1988. Después llegarían el Príncipe de Asturias y el Reina Sofía en 1997, el Cervantes en 2001 y el Neustadt en 2002. Para entonces Maqroll, aquel personaje aparecido discretamente en un libro de poemas de 1953, era ya uno de los grandes viajeros de la literatura en español.
Hay una correspondencia difícil de ignorar: Mutis, colombiano criado parcialmente en Europa y convertido en habitante definitivo de México, escribió durante toda su vida sobre un hombre sin nacionalidad precisa. No hace falta confundir autor y personaje para advertir que ambos conocían la experiencia de mirar un país desde otro y la imposibilidad de regresar intacto a aquello que se dejó atrás. En Maqroll, la patria termina siendo menos un territorio que una colección de recuerdos.
Seguir adelante cuando ya no queda destino
Quizá Maqroll resulte especialmente contemporáneo porque vivimos rodeados de discursos que exigen dirección; hay que saber adónde se va, qué se quiere, cuál será el siguiente paso. La vida se presenta con frecuencia como una sucesión de metas cumplidas, y hasta el fracaso debe justificar su existencia convirtiéndose después en aprendizaje o éxito. Mutis escribió desde otro lugar, en su mundo es posible caminar sin que el camino prometa nada.
Eso no significa renunciar. Maqroll sigue viajando precisamente porque sabe que ningún puerto será definitivo, en esa insistencia hay una forma de libertad y también una aceptación bastante sobria de la vida: amar algo no garantiza conservarlo, comenzar una empresa no garantiza terminarla, llegar a un sitio no significa pertenecer a él. Aun así, se ama, se comienza y se llega.
Mutis pasó más de medio siglo escribiendo alrededor de ese viajero. Lo hizo en poemas y novelas, entre ríos tropicales, puertos europeos, minas, hospitales y barcos que envejecen. Maqroll fue cambiando con él, aunque nunca terminó de revelarse por completo, tal vez no podía hacerlo; un gaviero existe para mirar hacia lo que todavía está lejos.
Y ésa puede ser la imagen que queda de Álvaro Mutis a 103 años de su nacimiento: un hombre que hizo de la literatura una gavia desde la cual contemplar el horizonte, no para asegurar que detrás de él hubiera una tierra prometida, sino para aceptar que quizá no la hubiera… y seguir mirando.






























































