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Manuel Puig: cuando el melodrama se convirtió en literatura

Convirtió el cine popular, el bolero y el chisme en literatura para narrar lo que la sociedad prefería callar: deseo, frustración, violencia e identidad.

Cuando Manuel Puig murió en Cuernavaca el 22 de julio de 1990, a los 57 años, llevaba décadas demostrando que la literatura podía construirse con materiales que buena parte de la crítica consideraba indignos de ella. Había escrito novelas con cartas, diálogos telefónicos, expedientes policiales, recortes periodísticos, monólogos, letras de canciones y recuerdos de películas. En lugar de una voz autoritaria que explicara el mundo desde arriba, dejó que hablaran los personajes: las madres, las vecinas, los presos, los enamorados, los frustrados y quienes habían aprendido a imaginar su vida con las palabras prestadas por el cine y las canciones. 

Puig no introdujo la cultura popular en la literatura para ennoblecerla ni para contemplarla con ironía. Comprendió que en aquellas historias sentimentales aparentemente ingenuas se escondían las fantasías, los prejuicios y las heridas de toda una sociedad. El melodrama no era, para él, lo contrario de la realidad. Era uno de los lugares donde la realidad confesaba aquello que no podía decir directamente.

Antes que escritor, espectador

Manuel Puig nació en 1932 en General Villegas, una localidad de la provincia de Buenos Aires que más tarde reaparecería, transformada, en sus primeras novelas. Desde niño acudía al cine con su madre y aprendió inglés para comprender mejor las películas estadounidenses que veía casi diariamente. Las estrellas de Hollywood no eran únicamente figuras lejanas proyectadas sobre una pantalla: ofrecían modelos de belleza, amor, masculinidad, feminidad y felicidad con los cuales los espectadores podían medir —y casi siempre encontrar insuficiente— su propia existencia. 

Durante años, Puig quiso dedicarse al cine. Estudió en Roma y escribió guiones inspirados en los grandes dramas de Hollywood, pero aquellos proyectos no terminaban de convencerlo. El problema no estaba en su fascinación por el melodrama, sino en que todavía imitaba sus formas sin examinar el efecto que producían sobre las personas. Cuando comenzó a trabajar con experiencias cercanas y trató de describir a los personajes de su infancia, descubrió que no quería narrarlos desde una tercera persona que los juzgara. Prefería escuchar sus voces y dejar que se revelaran a través de sus propias palabras. 

De ese descubrimiento nació La traición de Rita Hayworth, publicada en 1968. La novela reconstruye la vida de un pueblo provinciano mediante perspectivas fragmentarias, conversaciones, pensamientos y voces que se contradicen. Su protagonista, Toto, comparte con Puig la fascinación por el cine, la sensibilidad artística y la incomodidad frente a los modelos rígidos de masculinidad. Las películas ofrecen refugio frente a una realidad doméstica y social restrictiva, pero también producen una dolorosa comparación: la vida prometida por la pantalla parece siempre más intensa, hermosa y libre que la vida disponible fuera de ella. 

Puig había encontrado su verdadero tema. No era Hollywood, sino lo que Hollywood hacía dentro de quienes lo miraban.

El folletín como radiografía social

Un año después apareció Boquitas pintadas, la novela que convirtió el folletín sentimental en una de las formas más incisivas de la narrativa latinoamericana. En sus páginas hay amores frustrados, secretos, enfermedades, rivalidades, cartas, rumores y canciones. Todo parece responder a los códigos del melodrama: hombres seductores, mujeres abandonadas, promesas incumplidas y pasiones que sobreviven convertidas en resentimiento.

Sin embargo, Puig no reproduce esas convenciones de manera inocente. Las utiliza para mostrar cómo los personajes han aprendido a desear. Las mujeres imaginan el amor según el cine, el radioteatro y las revistas; los hombres reproducen una masculinidad edificada sobre la conquista, el prestigio y el silencio emocional. Todos parecen interpretar un papel escrito por alguien más. La cultura popular les proporciona un lenguaje para expresar lo que sienten, pero también limita aquello que pueden imaginar para sí mismos. En Boquitas pintadas, las fantasías románticas chocan continuamente con una sociedad patriarcal, provinciana y jerárquica, donde el amor no elimina las diferencias de clase ni protege a las mujeres de la humillación. 

Ese es uno de los movimientos más radicales de Puig: no se burla de quienes sueñan con las películas o lloran con una canción. Observa seriamente la necesidad que existe detrás de esas emociones. El sentimentalismo puede ser una forma de evasión, pero también revela una carencia verdadera. Quien sueña con un romance imposible quizá esté intentando imaginar una vida menos estrecha que la permitida por su familia, su género o su posición social.

El chisme cumple una función semejante. Puede ser cruel, invasivo y disciplinario, pero también circula como una forma de conocimiento entre quienes han sido excluidos de los discursos oficiales. En las novelas de Puig, la conversación aparentemente insignificante registra las presiones sociales que operan sobre cada gesto: quién puede amar a quién, qué debe ocultarse, qué comportamiento produce vergüenza y qué clase de vida merece ser reconocida.

El deseo también es político

La literatura de Puig apareció durante los años del llamado boom latinoamericano, pero nunca encajó cómodamente entre sus figuras dominantes. Mientras buena parte del prestigio literario se asociaba con grandes proyectos históricos, ambiciones continentales y escritores convertidos en autoridades públicas, Puig trabajaba con voces domésticas, sensibilidad camp, cultura de masas y personajes que no respondían al modelo heroico del intelectual masculino. Su escritura era experimental, aunque sus materiales parecieran populares; política, aunque desconfiara de los discursos que subordinaban la intimidad a una causa superior. 

Esa tensión alcanza una de sus expresiones más poderosas en El beso de la mujer araña, publicada en 1976. En una celda conviven Valentín, un preso político revolucionario, y Molina, encarcelado por su sexualidad. Para escapar temporalmente del encierro, Molina relata películas: melodramas, historias de amor y fantasías cinematográficas que Valentín considera al principio superficiales. Poco a poco, sin embargo, las narraciones transforman la relación entre ambos y erosionan las certezas con las que cada uno había organizado su identidad. 

Puig no enfrenta simplemente la política con el escapismo. Pregunta qué clase de revolución sería posible si no modifica también las relaciones íntimas, los modelos de masculinidad y las jerarquías del deseo. Valentín posee un lenguaje para explicar la explotación social, pero debe aprender a reconocer formas de opresión que su ideología no había considerado plenamente. Molina, por su parte, utiliza el cine para sobrevivir, pero sus fantasías están construidas con estereotipos románticos y femeninos que también lo aprisionan.

La conversación entre ambos demuestra que el deseo nunca es enteramente privado. Está atravesado por imágenes, normas, prohibiciones y relaciones de poder. Pero también puede abrir un espacio de reconocimiento entre personas que, en principio, parecen no compartir nada.

Una literatura sin voz dominante

La innovación de Puig no consistió solamente en introducir referencias cinematográficas o reproducir el lenguaje cotidiano. Su verdadera ruptura fue retirar la voz narrativa que tradicionalmente organizaba y juzgaba el relato. En muchas de sus novelas no existe un narrador dispuesto a explicar cuál personaje dice la verdad. El lector recibe cartas, conversaciones, informes, monólogos o fragmentos y debe reconstruir lo ocurrido a partir de versiones parciales.

Esa estructura produce una literatura profundamente democrática y, al mismo tiempo, incómoda. Ninguna voz posee por completo la realidad, pero todas revelan algo. Incluso los personajes prejuiciosos, crueles o limitados tienen una historia que explica —sin justificar— su manera de mirar el mundo. Puig quería mostrar la complejidad de la vida cotidiana y las tensiones sociales ocultas detrás de los actos más pequeños. La experimentación formal no era un juego separado de la experiencia humana: permitía escuchar aquello que una narración convencional habría corregido, ordenado o silenciado. 

El resultado parece espontáneo, como si las voces hubieran llegado directamente desde una cocina, un teléfono o una celda. Los manuscritos conservados en su archivo muestran, sin embargo, un proceso cuidadoso de revisión detrás de ese tono aparentemente natural. La oralidad de Puig no era improvisación: era una construcción minuciosa destinada a que cada personaje hablara desde su propio mundo. 

El escritor que hizo visible lo “menor”

La obra de Puig también estuvo marcada por la censura y el exilio. The Buenos Aires Affair, publicada en 1973, fue prohibida en Argentina, y el escritor abandonó el país. Vivió posteriormente en Estados Unidos, Brasil y México, sin regresar de manera permanente a su tierra natal. Incluso desde la distancia, continuó escribiendo sobre Argentina y sobre personas obligadas a vivir entre la memoria del lugar perdido y la dificultad de pertenecer a otro. 

Durante mucho tiempo, los mismos elementos que hicieron singular su literatura —el melodrama, la homosexualidad, el cine popular, las voces femeninas, el sentimentalismo— permitieron que algunos sectores críticos la consideraran menor. Pero Puig había entendido antes que muchos otros que las jerarquías culturales también son jerarquías sociales. Despreciar una canción romántica, una revista sentimental o una conversación doméstica significaba con frecuencia despreciar también a quienes habían encontrado allí una forma de reconocerse.

Su literatura no afirma que todo producto popular sea liberador. Al contrario: muestra cómo el cine, las canciones y los relatos románticos pueden reproducir ideales imposibles, estereotipos y formas de sometimiento. Pero también reconoce que las personas hacen algo con esas historias: las reinterpretan, las convierten en refugio, las comparten y, en ocasiones, encuentran dentro de ellas palabras para nombrar una vida que todavía no pueden vivir.

A más de tres décadas de su muerte, Manuel Puig sigue siendo contemporáneo porque nuestras identidades continúan construyéndose con relatos ajenos. Ya no provienen únicamente del cine, el bolero o el radioteatro, sino también de las series, las redes sociales y las imágenes que circulan sin descanso. Seguimos aprendiendo cómo debe verse el amor, el éxito, el cuerpo o la felicidad a través de ficciones que consumimos y repetimos.

Puig comprendió que esas ficciones no eran un decorado superficial alrededor de la vida. Eran parte de la vida misma. El melodrama podía exagerar las emociones, pero no necesariamente las inventaba. Bajo sus declaraciones excesivas, sus sacrificios y sus amores imposibles, aparecía una verdad social: muchas personas sólo podían confesar sus deseos cuando hablaban con las palabras de una película o de una canción.

Por eso convirtió el melodrama en literatura. No para demostrar que también podía ser culto, sino para revelar que, mientras la cultura respetable miraba hacia otro lado, allí llevaba mucho tiempo contándose la verdad.

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