Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Mundo

Van Gogh vuelve a la luz: la pintura que pasó 60 años lejos del público

Pintada en los últimos meses de su vida, la obra reaparece en Hong Kong antes de una subasta que podría romper todos los récords.

El 13 de octubre, cientos de personas hicieron fila frente a las instalaciones de Sotheby’s en Hong Kong. Algunas habían viajado desde otras ciudades para encontrarse con una pintura que conocían apenas por reproducciones; otras, como Li Shanshan, un visitante de 50 años que recorrió unas dos horas y media desde Shenzhen, ni siquiera habían oído hablar de ella hasta que se anunció su exhibición. La espera tenía una razón poco habitual: frente a ellos se encontraba Châtaigniers en fleurs (Castaños en flor), una obra que Vincent van Gogh pintó en mayo de 1890 y que llevaba más de seis décadas sin mostrarse públicamente.

La última vez que había formado parte de una exposición fue en 1964, en el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York. Desde entonces, la pintura había permanecido fuera de los circuitos habituales de exhibición, custodiada durante buena parte de ese periodo por una familia argentina. Su reaparición forma parte de una gira organizada por Sotheby’s antes de la subasta del próximo 18 de noviembre, donde podría alcanzar los 180 millones de dólares y establecer un nuevo récord para el artista neerlandés.

En las fotografías de la presentación, dos especialistas con guantes blancos sostienen el marco dorado. Dentro aparece una calle de Auvers-sur-Oise, dominada por las copas floridas de unos castaños. El azul intenso del cielo se abre detrás del follaje, mientras unas pequeñas figuras recorren el camino. La pintura conserva algo de la vida cotidiana que Van Gogh encontró en aquel pueblo francés durante las últimas semanas de su existencia. Hoy, esa misma calle conduce a una historia que atraviesa más de un siglo de coleccionismo, herencias familiares y circulación del arte.

Los castaños de Auvers-sur-Oise

Van Gogh llegó a Auvers-sur-Oise en mayo de 1890, después de abandonar el hospital psiquiátrico de Saint-Rémy-de-Provence. Había pasado allí aproximadamente un año, marcado por periodos de enfermedad y una producción artística extraordinariamente activa. Ahora vivía en una habitación de la posada Ravoux, a unos treinta kilómetros de París, bajo la atención del doctor Paul Gachet.

El cambio de escenario fue inmediato en su pintura. Auvers ofrecía caminos, jardines, campos de trigo y construcciones que el artista podía recorrer a pie. Durante los aproximadamente setenta días que pasó en el pueblo produjo una cantidad excepcional de obras. Entre ellas figura Châtaigniers en fleurs, realizada poco después de su llegada, cuando los árboles todavía estaban cubiertos por las flores de primavera.

El 25 de mayo escribió a su hermano Theo y mencionó que acababa de terminar un estudio de castaños. La pintura que hoy reaparece en Hong Kong pertenece a ese momento. Su composición se organiza alrededor de una masa de follaje que ocupa buena parte del lienzo, construida mediante pequeñas pinceladas verdes, amarillas y azuladas. Debajo aparecen tres mujeres de vestidos coloridos, asociadas por algunos especialistas con la influencia japonesa que tanto interesaba al pintor. A la izquierda, una figura vestida de azul y con sombrero de paja camina por el sendero.

Vincent van Gogh, Châtaigniers en fleurs (1890). Pintada durante sus primeras semanas en Auvers-sur-Oise, la obra permaneció fuera de las exhibiciones públicas desde 1964.

El historiador Martin Bailey, especialista en Van Gogh y colaborador de The Art Newspaper, ha identificado el lugar representado con una calle próxima a la posada donde se alojaba el artista. Uno de los edificios que aparecen al fondo albergaba un establecimiento que vendía bebidas y tabaco. La construcción continúa existiendo y actualmente funciona como un bar-tabac llamado Le Balto.

Ese detalle modifica nuestra relación con el cuadro. Los castaños ya desaparecieron de aquel tramo de la calle y el paisaje cambió con las décadas, pero algunas construcciones han sobrevivido. Van Gogh estaba pintando un lugar que podía recorrer en unos minutos, un fragmento de su nueva rutina. El pequeño personaje del sendero, que Bailey considera una posible alusión al propio artista, permanece allí, suspendido en una tarde de mayo.

La pintura también contradice la costumbre de interpretar toda la producción final de Van Gogh desde su muerte. En Castaños en flor hay una atención minuciosa a la vegetación y una libertad cromática que corresponde al entusiasmo de sus primeros días en Auvers. El pintor moriría el 29 de julio de 1890, a los 37 años, apenas dos meses después de realizarla. Es una proximidad que conocemos nosotros, pero que no debe imponerse retrospectivamente sobre cada pincelada.

Sesenta años detrás de las puertas del coleccionismo

Después de la muerte del artista, la pintura pasó a su hermano Theo y posteriormente a Johanna van Gogh-Bonger, viuda de este último y figura decisiva en la conservación y difusión de la obra de Vincent. En 1905 fue vendida a través de un marchante al príncipe de Wagram, miembro de una rama aristocrática vinculada a los Rothschild.

Cuatro años después llegó a manos de Samuel Fischer, el editor alemán cuya casa editorial publicaría a autores como Thomas Mann y Hermann Hesse. Tras la muerte de Fischer, en 1934, la obra permaneció inicialmente vinculada a su familia. Luego atravesó otras colecciones europeas antes de llegar a Estados Unidos, donde estuvo en posesión de George Gard «Buddy» DeSylva, compositor, productor cinematográfico y uno de los fundadores de Capitol Records.

En 1953 la adquirió Harriet Harris-Jonas, coleccionista neoyorquina cuya colección era tan apreciada que el Metropolitan Museum of Art llegó a organizar visitas para que algunos de sus benefactores conocieran las obras expuestas en su apartamento de la Quinta Avenida.

La Auberge Ravoux, en Auvers-sur-Oise, donde Vincent van Gogh vivió sus últimas semanas en 1890. El edificio conserva su relación con la memoria del pintor.

La pintura todavía podía verse ocasionalmente. En 1964 fue incluida en una exposición del Guggenheim dedicada a Van Gogh y el expresionismo. Después llegó el largo silencio público.

En 1975, Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta de Blaquier la compraron al marchante Wildenstein. Ambos habían reunido una colección de arte impresionista y moderno que permanecería vinculada durante décadas a su familia en Argentina. Entre sus adquisiciones había pinturas de Claude Monet, Paul Cézanne, Camille Pissarro y Pierre-Auguste Renoir. Las obras pasaron a formar parte de un patrimonio privado al que pocas personas podían acceder.

La procedencia de esta colección también contiene episodios que exceden la historia del mercado del arte. Carlos Pedro Blaquier, empresario azucarero, fue investigado judicialmente en Argentina por su presunta participación en detenciones ilegales durante la dictadura militar de 1976. Negó las acusaciones y murió en 2023 sin haber sido juzgado. La familia afrontó posteriormente una controversia aduanera relacionada con la exportación de algunas pinturas, incluida la de Van Gogh; la sanción correspondiente fue levantada en julio de 2026.

Durante todos esos años, Castaños en flor siguió existiendo dentro de una colección reconocida por su calidad, aunque prácticamente ausente de la experiencia directa del público. Incluso para los historiadores del arte, las reproducciones disponibles eran limitadas y, en ocasiones, de escasa fidelidad cromática. Una pintura que se distingue precisamente por su uso del color había quedado reducida, para buena parte de sus espectadores potenciales, a fotografías insuficientes.

El precio de volver a aparecer

La dispersión de la colección Blaquier-Arrieta ha puesto nuevamente en circulación doce pinturas que Sotheby’s valora en conjunto en unos 450 millones de dólares. Entre las piezas anunciadas se encuentra Arlequin, de Cézanne, con una estimación cercana a los 120 millones de dólares, junto a obras de Monet, Renoir y Pissarro.

Castaños en flor concentra buena parte de la atención. Su valoración ronda los 180 millones de dólares antes de las comisiones de compra; de alcanzar esa cifra de martillo, el importe final podría aproximarse a los 207 millones. La cantidad superaría ampliamente el récord vigente para Van Gogh en una subasta pública, establecido en 2022, cuando Orchard with Cypresses se vendió en Christie’s por aproximadamente 117 millones de dólares, incluidas las comisiones.

Vincent van Gogh, Horse Chestnut Tree in Blossom (1890). Esta pintura, distinta de Châtaigniers en fleurs, muestra el interés del artista por los castaños durante su estancia en Auvers-sur-Oise.

El interés comercial responde también a su escasez. De los aproximadamente cincuenta paisajes que Van Gogh pintó en Auvers-sur-Oise, solamente ocho permanecen en manos privadas, según la investigación publicada por Bailey. Buena parte de los demás pertenece a museos y colecciones institucionales, donde difícilmente volverán a ofrecerse en el mercado.

La subasta, programada para el 18 de noviembre en Nueva York, llega en un momento en que las grandes casas de remates buscan atraer a compradores capaces de pagar cantidades extraordinarias por piezas con procedencias documentadas. Una pintura que ha permanecido durante décadas en la misma colección resulta especialmente atractiva para ese mercado: su rareza se mide también por el tiempo transcurrido desde la última oportunidad de adquirirla.

Pero el entusiasmo financiero introduce una tensión difícil de ignorar. Mientras los posibles compradores estudian estimaciones, garantías y condiciones de venta, en Hong Kong centenares de visitantes esperan para observar una obra que podría regresar pronto a una residencia privada. La exhibición, abierta del 13 al 15 de octubre, ofrece apenas una ventana de tres días para contemplarla allí.

Lo que ocurre cuando una pintura desaparece

Los museos han contribuido durante generaciones a construir la imagen pública de Van Gogh. Los girasoles, La noche estrellada y sus numerosos autorretratos han circulado por libros, exposiciones, reproducciones y pantallas hasta convertirse en imágenes familiares. Esa familiaridad puede hacernos olvidar la cantidad de obras cuya historia transcurre lejos de las salas de exhibición.

La situación de Castaños en flor permite observar esa diferencia. La pintura estaba catalogada, tenía una procedencia conocida y figuraba en estudios especializados. Su existencia no constituía un misterio. Lo que había desaparecido durante sesenta y dos años era la posibilidad de situarse frente a ella y comprobar su escala, el relieve de sus pinceladas o los contrastes cromáticos que las fotografías habían registrado imperfectamente.

Ver una pintura exige una proximidad que ninguna reproducción termina de resolver. En el caso de Van Gogh, cuya superficie pictórica contiene movimientos de pincel particularmente visibles, las variaciones de luz pueden revelar detalles que pasan inadvertidos en una imagen impresa. El encuentro también depende del espacio: una misma obra cambia cuando se observa aislada en una sala, rodeada de otras pinturas o sostenida por especialistas durante su instalación.

Vincent van Gogh, Blossoming Chestnut Branches (1890). Las ramas florecidas reaparecen en distintas pinturas realizadas durante sus últimos meses de vida. Colección Fundación E. G. Bührle. Fotografía: Membeth

En Hong Kong, esa oportunidad se convirtió en noticia porque había sido excepcionalmente escasa. Algunas personas esperaron durante horas para ver durante unos minutos una escena cotidiana pintada ciento treinta y seis años atrás. La pintura no había cambiado de manera sustancial; lo que cambió fue su accesibilidad.

Después de Hong Kong, Castaños en flor tiene previstas nuevas exhibiciones antes de llegar a la sala de subastas en noviembre. Allí encontrará otro público y, probablemente, un nuevo propietario. Sotheby’s podrá anunciar el resultado de la venta, identificar el precio alcanzado y celebrar cualquier récord que se produzca. El nombre del comprador, en cambio, podría permanecer reservado.

En Auvers-sur-Oise, la calle que Van Gogh pintó sigue recibiendo peatones. Los árboles originales desaparecieron hace mucho, el entorno fue modificado y la vida del pueblo continuó sin esperar a que el cuadro regresara. Dentro de la pintura, los castaños permanecen en flor y un hombre cruza el camino mientras tres mujeres conversan bajo las ramas.

Todavía no sabemos dónde estará colgada esa escena dentro de un año. Tampoco si el público que hoy espera frente a Sotheby’s tendrá otra oportunidad de verla.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Mundo

Van Gogh, Cézanne, Monet, Degas y Renoir forman parte de una colección privada que estuvo oculta por décadasy será subastada por Sotheby’s.

Arte & Cultura

En sus últimos paisajes, Vincent van Gogh volvió angustia, encierro y duda en color, ritmo y una materia pictórica que aún parece respirar.

Arte & Cultura

Su pincel sigue latiendo como un corazón abierto. Este aniversario nos recuerda que hay fuegos que no se apagan: sólo cambian de cielo.

Arte & Cultura

Debido a una carta mal interpretada, muchos creen que Vincent se comía la pintura amarilla para ser más feliz. Conoce la verdad de esto.

BRUXA Ad Astra / Todos los derechos reservados © 2026 Brúxula News