Hay pérdidas para las que las sociedades han inventado palabras, ceremonias y lugares. Se vela a los muertos, se pronuncian sus nombres, se guarda una fotografía, se visita una tumba. El dolor puede permanecer durante toda una vida, pero existe al menos una certeza alrededor de la cual comenzar a organizarlo… la desaparición rompe también esa posibilidad.
Cuando alguien desaparece, una pregunta aparentemente sencilla —¿dónde está?— puede ocupar años, décadas, generaciones enteras. No hay cuerpo que despedir ni noticia definitiva que permita dejar de esperar. Una puerta puede seguir abriéndose con la esperanza absurda y comprensible de que quien salió hace diez o veinte años aparezca de pronto. El teléfono conserva su capacidad de alterar el pulso. Los familiares aprenden a vivir entre dos tiempos incompatibles: el de la vida que necesariamente continúa y el de aquella persona para quien, de alguna manera, el reloj se detuvo.
Cada 30 de agosto, el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas recuerda precisamente esa ausencia. En 2026 la fecha adquiere un significado particular: se cumplen veinte años de la adopción de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, el único tratado universal dedicado específicamente a prevenir y erradicar esta práctica. Naciones Unidas ha elegido para el aniversario un llamado sencillo y urgente: “Las víctimas primero. Acciones ya”. Dos décadas después, las desapariciones forzadas continúan ocurriendo en todas las regiones del planeta.
Un verbo sin pasado
Decimos desapareció, pero el verbo engaña. Una persona desaparecida no necesariamente pertenece al pasado, puede estar viva, puede encontrarse detenida en algún lugar desconocido, puede haber muerto, puede haber sido trasladada, ocultada, enterrada bajo otro nombre. Precisamente no saberlo constituye una parte esencial de la violencia.
En términos jurídicos, además, una desaparición forzada no es sinónimo de cualquier desaparición. La Convención internacional la define como la detención, secuestro o privación de libertad realizada por agentes del Estado —o por personas o grupos que actúan con su autorización, apoyo o aquiescencia— seguida de la negativa a reconocer esa privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona. El resultado es especialmente grave: alguien queda sustraído de la protección de la ley.
Por eso desaparecer a alguien implica mucho más que ocultar un cuerpo o mantener secreta una detención. Significa borrar información, negar hechos, interrumpir vínculos y fabricar incertidumbre. La víctima pierde la posibilidad de defenderse; sus familiares pierden la posibilidad de saber; y el silencio se convierte en parte del mecanismo.
Borrar a una persona
Durante buena parte del siglo XX, la imagen de la desaparición forzada quedó asociada a las dictaduras militares latinoamericanas. Argentina y Chile dejaron algunas de sus representaciones más reconocibles: fotografías levantadas en manifestaciones, nombres repetidos en las plazas, madres y abuelas que transformaron una búsqueda privada en una pregunta pública, pero la práctica nunca perteneció únicamente a una época ni a un continente.

Naciones Unidas advierte que las desapariciones forzadas son hoy un problema mundial. Pueden aparecer bajo regímenes autoritarios, durante conflictos armados, en operaciones de seguridad o como instrumentos de persecución política. La ONU señala que cientos de miles de personas han desaparecido durante conflictos o periodos de represión en al menos 85 países. También persisten el hostigamiento contra familiares, defensores de derechos humanos, testigos y abogados que buscan esclarecer los casos, junto con uno de los elementos que permiten que la práctica sobreviva: la impunidad.
Las geografías cambian; el mecanismo conserva una semejanza inquietante: primero desaparece una persona, después puede desaparecer un expediente, un registro, el video de una cámara, el nombre de una lista, una declaración. Luego, alguien asegura no haberla visto, alguien más dice no saber quién la detuvo… una oficina envía a otra; y los años comienzan a acumularse.
La desaparición forzada posee así una aspiración todavía más profunda: no únicamente ejercer violencia contra un cuerpo, sino intentar destruir el rastro de que esa violencia ocurrió.
La vida alrededor de una ausencia
Sin embargo, una persona no desaparece sola. A su alrededor quedan padres, hijos, parejas, hermanos, amigos. Quedan trabajos interrumpidos, habitaciones, objetos personales, fotografías que adquieren un significado que nunca tuvieron mientras fueron tomadas. También quedan familias obligadas a convertirse en investigadoras, archivistas, buscadoras, litigantes.
La incertidumbre produce una forma particular de sufrimiento. Naciones Unidas describe cómo los familiares pueden oscilar durante años entre la esperanza y la desesperación, incapaces de saber si la persona sigue viva, dónde está o en qué condiciones se encuentra. La desaparición puede afectar además la economía familiar y extender sus consecuencias a comunidades enteras.
Incluso el lenguaje cotidiano se vuelve difícil: ¿se dice era o es? ¿Se celebra un cumpleaños? ¿Cuándo se deja intacta una habitación? ¿Cuánto tiempo debe permanecer activo un número telefónico? ¿Cómo se acepta una muerte que nadie ha podido demostrar? ¿Cómo se renuncia a una esperanza que tampoco puede demostrarse equivocada?
En esa incertidumbre quizá se encuentre una de las diferencias más crueles entre la muerte conocida y la desaparición: la primera obliga a enfrentar una ausencia; la segunda obliga a preguntarse continuamente si esa ausencia es definitiva; por eso quienes buscan repiten nombres.
Una fotografía sostenida durante una marcha parece un gesto sencillo, pero contiene una resistencia profunda: esta persona existió. Tiene un rostro. Tiene una historia. Alguien sabe que falta.

El derecho a saber
Buscar no debería ser únicamente una tarea de las familias. El derecho internacional reconoce a las víctimas el derecho a conocer la verdad sobre las circunstancias de una desaparición y sobre la suerte de la persona desaparecida, además del acceso a justicia y reparación. Cuando la desaparición forzada forma parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil puede constituir, además, un crimen contra la humanidad.
Veinte años después de que la Asamblea General de Naciones Unidas adoptara la Convención, su promesa continúa incompleta. En agosto de 2026, solo 78 Estados miembros de la ONU son parte del tratado. La distancia entre reconocer un derecho y hacerlo efectivo sigue midiéndose, demasiadas veces, en años de búsqueda.
Hay además que distinguir las cifras. El Comité Internacional de la Cruz Roja informó en 2025 que alrededor de 284,000 personas estaban registradas como desaparecidas ante la red mundial de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, casi 70% más que cinco años antes. No todas son víctimas de desaparición forzada: la categoría incluye también personas cuyo paradero se perdió durante guerras, migraciones y otras circunstancias. El propio organismo advierte que esos registros representan apenas una parte del fenómeno real.
Detrás de cada número, sin embargo, existe la misma pregunta elemental:
¿dónde está?
Mientras alguien siga buscando
Quizá por eso las imágenes más poderosas alrededor de los desaparecidos no sean las de la ausencia, sino las de la búsqueda. Personas caminando con fotografías pegadas al pecho. Familias revisando archivos. Madres recorriendo terrenos. Asociaciones reconstruyendo listas de nombres. Antropólogos identificando restos. Abogados abriendo expedientes que alguien creyó cerrados. Hijos preguntando por personas que desaparecieron antes incluso de que ellos pudieran recordarlas.
Buscar puede parecer un verbo frágil frente al poder que hizo posible una desaparición. Sin embargo, contiene algo que esa violencia intenta destruir: memoria. Porque desaparecer a alguien pretende romper la relación entre una persona y el mundo. Convertir una vida concreta en incertidumbre, un nombre en expediente, una historia en silencio.
Quienes buscan hacen exactamente lo contrario: conservan fotografías, recuerdan fechas, repiten nombres, reconstruyen trayectos, hacen preguntas. Insisten en que detrás de cada ausencia hubo una persona que ocupó un sitio preciso en el mundo y que alguien continúa esperando saber qué ocurrió con ella.
Hay quienes regresan, quienes son encontrados muertos, quienes siguen desaparecidos tras décadas. Para sus familias, el tiempo no resuelve necesariamente la pregunta, a veces solo la vuelve más vieja; y mientras exista alguien preguntando dónde están, quienes faltan todavía conservan un lugar entre nosotros.






























































