Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Mundo

Día Mundial de las Ballenas y los Delfines: admirarlos no basta

Los cetáceos sostienen los océanos, pero enfrentan captura incidental, ruido submarino, cautiverio y pérdida de hábitat. México tiene una responsabilidad especial.

Cada 23 de julio, las imágenes de ballenas emergiendo entre las olas y grupos de delfines desplazándose junto a las embarcaciones vuelven a ocupar las pantallas. Hay algo comprensible en esa fascinación: pocos animales parecen reunir de manera tan poderosa la fuerza, la inteligencia, la vida social y el misterio. Las ballenas habitan profundidades que apenas conocemos, recorren miles de kilómetros y se comunican a través de enormes distancias; los delfines cooperan, juegan, aprenden y establecen vínculos complejos. Sin embargo, contemplarlos como criaturas extraordinarias no ha impedido que los océanos se conviertan en lugares cada vez más peligrosos para ellos.

El Día Mundial de las Ballenas y los Delfines surgió de una conmemoración dedicada originalmente a denunciar la caza de ballenas, una industria que durante el siglo XX llevó a numerosas poblaciones al borde de la desaparición. La Comisión Ballenera Internacional, creada en 1946, estableció décadas después una moratoria mundial sobre la caza comercial de grandes ballenas, que entró en vigor en 1986 y permanece vigente. Algunas poblaciones han logrado recuperarse desde entonces, pero el fin de la matanza industrial no significó el final de las amenazas. La pesca intensiva, el tráfico marítimo, la contaminación, la pérdida de hábitats y el cambio climático han ocupado su lugar.

Los animales que sostienen el océano

Durante mucho tiempo, la defensa de las ballenas y los delfines se apoyó principalmente en su belleza, su inteligencia o su capacidad para provocar empatía. Hoy sabemos también que cumplen funciones ecológicas decisivas. Las grandes ballenas transportan nutrientes entre las profundidades y la superficie cuando se sumergen para alimentarse y regresan para respirar. Sus desechos aportan nitrógeno, fósforo y hierro a las aguas iluminadas, donde favorecen el crecimiento del fitoplancton, base de numerosas cadenas alimentarias marinas y responsable de una parte considerable del oxígeno producido en el planeta.

Este desplazamiento vertical de nutrientes es conocido como la “bomba de las ballenas”. Sus migraciones también distribuyen materia orgánica entre zonas de alimentación y reproducción separadas por miles de kilómetros. Incluso después de morir continúan formando parte del ecosistema: cuando sus cuerpos se hunden hasta el lecho marino, alimentan durante años a comunidades enteras de organismos y mantienen parte del carbono contenido en sus tejidos lejos de la atmósfera. NOAA señala que las ballenas contribuyen tanto al almacenamiento directo de carbono en sus cuerpos como a la productividad del fitoplancton que lo absorbe.

Los delfines, por su parte, participan como depredadores en la regulación de peces, moluscos y crustáceos. Su estado de salud puede revelar transformaciones más amplias en el ambiente: disminución de presas, presencia de contaminantes, alteraciones de temperatura o deterioro de zonas costeras. Proteger a los cetáceos no significa, por lo tanto, conservar únicamente a un conjunto de animales carismáticos. Significa preservar los procesos biológicos que mantienen productivos y diversos a los océanos.

La red que nadie lanzó para ellos

La captura incidental es actualmente una de las amenazas más graves para ballenas, delfines y marsopas. Los animales quedan atrapados en redes, líneas, trampas y otros aparejos instalados para capturar especies comerciales. Al no poder subir a la superficie para respirar, muchos mueren ahogados; otros logran escapar con heridas, amputaciones o restos de redes adheridos al cuerpo que dificultan su movilidad y alimentación.

La Comisión Ballenera Internacional estima que más de 300 mil cetáceos mueren cada año en artes de pesca. El problema no depende necesariamente de una intención directa de cazarlos: es consecuencia de sistemas pesqueros capaces de extender barreras casi invisibles a través de sus rutas de alimentación y desplazamiento. Esa ausencia de intención no reduce la responsabilidad. Cuando una práctica productiva provoca de manera previsible la muerte de cientos de miles de animales, deja de ser un accidente aislado y se convierte en una falla estructural.

México conoce de manera especialmente dolorosa esta realidad. La vaquita marina, una pequeña marsopa que sólo vive en el Alto Golfo de California, se encuentra al borde de la extinción debido principalmente al uso de redes agalleras. La Comisión Ballenera Internacional calcula que sobreviven alrededor de diez ejemplares y advierte que su desaparición sólo podrá evitarse si estas redes son sustituidas completamente por métodos de pesca seguros para la especie. La vaquita no es un delfín, sino una marsopa, pero pertenece al mismo orden de los cetáceos y representa la expresión más extrema de una amenaza compartida.

Un océano donde ya no es posible guardar silencio

Para los seres humanos, el océano puede parecer silencioso desde la superficie. Para los cetáceos es un territorio acústico. Muchas especies dependen del sonido para orientarse, encontrar alimento, identificar peligros, reconocer a otros individuos y mantener contacto con su grupo. Las ballenas pueden emitir vocalizaciones que recorren enormes distancias; los delfines emplean silbidos y sistemas de ecolocalización para interpretar su entorno.

Pero ese espacio está siendo ocupado por motores, embarcaciones comerciales, exploraciones sísmicas, construcciones costeras, actividades industriales y tránsito turístico. El ruido submarino puede enmascarar las señales de los animales, alterar sus desplazamientos, interrumpir el descanso y la alimentación o separarlos de sus crías y compañeros. La exposición continua también puede producir estrés y aumentar su vulnerabilidad ante otros peligros. La Comisión Ballenera Internacional reconoce el ruido antropogénico como una de las presiones ambientales que requieren investigación y medidas específicas de reducción.

Las colisiones con barcos representan otra consecuencia de la expansión humana sobre el mar. En muchas ocasiones, las rutas de navegación coinciden con zonas de alimentación, crianza o migración. Las ballenas pueden no detectar a tiempo las embarcaciones o ser incapaces de apartarse de buques que avanzan a gran velocidad. A estas amenazas se suman los residuos plásticos, los contaminantes químicos y el calentamiento del océano, que modifica la distribución de las presas y obliga a numerosas especies a desplazarse hacia regiones diferentes.

México: santuario y contradicción

La ubicación de México entre el Pacífico, el Golfo de California, el Golfo de México y el mar Caribe permite la presencia de una diversidad excepcional de cetáceos. En aguas nacionales se han registrado más de 38 especies, entre ballenas, delfines y marsopas. La ballena gris llega cada año a las lagunas de Baja California para reproducirse y cuidar a sus crías; la ballena jorobada se desplaza hacia costas mexicanas durante su temporada reproductiva; también pueden encontrarse ballenas azules, rorcuales, cachalotes, orcas y numerosas especies de delfines.

Esta riqueza ha convertido algunas regiones del país en destinos internacionales de observación de ballenas. Cuando se realiza con distancia, límites de velocidad, operadores autorizados y respeto a los periodos de descanso, el turismo puede generar ingresos para las comunidades y fortalecer la valoración de los animales vivos. Pero el avistamiento tampoco es inocuo por definición. Demasiadas embarcaciones, persecuciones, acercamientos insistentes o intentos de tocar a los animales pueden interrumpir conductas esenciales y exponerlos a golpes de hélice. La observación responsable comienza cuando la experiencia humana deja de ser más importante que el bienestar del animal observado.

Del espectáculo a una transición pendiente

Durante décadas, la fascinación por los delfines también fue utilizada para justificar su encierro. Su inteligencia, sociabilidad y capacidad de aprendizaje los convirtieron en protagonistas de espectáculos, sesiones fotográficas y actividades de nado. Paradójicamente, las mismas cualidades utilizadas para admirarlos fueron aprovechadas para someterlos a rutinas de entrenamiento, interacción constante y confinamiento en espacios radicalmente menores que su hábitat.

En México comenzó recientemente una transformación legal importante. El decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 16 de julio de 2025 reformó la Ley General de Vida Silvestre para prohibir el aprovechamiento extractivo y comercial de mamíferos marinos, salvo excepciones relacionadas con investigación, protección y conservación. También prohibió su reproducción con fines de lucro y estableció un periodo de transición para que los cetáceos que permanecen bajo cuidado profesional sean trasladados a corrales marinos u otras instalaciones admitidas por la ley. Los ejemplares existentes no pueden simplemente ser liberados: muchos han pasado años o incluso toda su vida bajo cuidado humano y requieren evaluaciones individuales, atención veterinaria y procesos de adaptación. Pero la reforma establece algo esencial: el cautiverio recreativo no debe perpetuarse mediante nuevas generaciones.

El cambio legal no resuelve por sí solo todas las preguntas. Será necesario vigilar las condiciones de los traslados, la calidad de los corrales marinos, el financiamiento de los cuidados y el cumplimiento de las restricciones. Una transición mal ejecutada también puede producir sufrimiento. La protección verdadera no consiste en abandonar a los animales que ya están cautivos, sino en garantizarles la mejor vida posible mientras se impide que el modelo continúe.

Aprender a dejar espacio

Ballenas y delfines suelen aparecer como emblemas de libertad, aunque nuestra relación con ellos ha estado marcada por la persecución, la explotación y el deseo de acercarnos demasiado. Los hemos cazado para obtener materias primas, atrapado accidentalmente en redes, obligado a esquivar barcos, expuesto a un océano ensordecido y encerrado para convertir su comportamiento en entretenimiento.

El Día Mundial de las Ballenas y los Delfines no debería limitarse a celebrar su belleza. Debe servir para revisar la forma en que pescamos, navegamos, producimos, hacemos turismo y ocupamos el mar. También para reconocer que un océano saludable no es simplemente un paisaje azul: es un sistema vivo, acústico, móvil y profundamente conectado, donde cada especie participa en procesos que apenas comenzamos a comprender.

Proteger a los cetáceos exige algo más difícil que admirarlos. Exige modificar actividades humanas, asumir costos económicos, hacer cumplir las leyes y aceptar que no todo lo extraordinario debe ser tocado, poseído ni convertido en espectáculo. A veces, la forma más honesta de acercarnos a otro ser vivo consiste precisamente en aprender a guardar distancia.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Ciencia & Salud

El Día Mundial de los Océanos recuerda una verdad sencilla y extraordinaria: la historia de la humanidad siempre ha dependido del mar.

Mundo

La intervención humana representa la mayor amenaza para los océanos. Científicos y conservacionistas esperan que estas soluciones ayuden a cambiar la situación.

MX

Según cifras oficiales, existe un 76% de probabilidad de que el número total de vaquitas marinas sea entre 10 y 13 individuos.

Copyright © 2026 Brúxula News