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Historia

Harry Houdini & la última escapatoria

A cien años de su muerte, la historia del ilusionista que combatió el espiritismo y prometió regresar del más allá.

La noche del 31 de octubre de 1936, diez años después de la muerte de Harry Houdini, un grupo de personas se reunió en la azotea del hotel Knickerbocker, en Hollywood. Había una fotografía del ilusionista, una silla vacía y una mujer que esperaba recibir noticias de su esposo muerto. Beatrice «Bess» Houdini había participado en aquel ritual durante una década. Esa noche sería la última vez que intentaría comunicarse públicamente con él.

La escena parecía concebida para uno de los espectáculos de Houdini: una audiencia expectante, objetos cuidadosamente dispuestos y la promesa de presenciar algo imposible. Pero faltaba el protagonista. El hombre que había conseguido escapar de esposas, prisiones y recipientes sumergidos bajo el agua llevaba diez años enterrado en Nueva York. Si existía alguna forma de regresar del más allá, había prometido encontrarla.

Nadie recibió la señal convenida. Bess apagó la luz que simbolizaba su espera y se despidió de Harry.

Un siglo después de su muerte, ocurrida el 31 de octubre de 1926, aquella promesa permite acercarse a una de las figuras más fascinantes del espectáculo moderno. Houdini conocía los secretos de la ilusión, había estudiado las maneras de engañar a los sentidos y dedicó buena parte de sus últimos años a combatir a quienes aseguraban tener poderes sobrenaturales. Su historia terminó convirtiéndose en una disputa acerca de aquello que los seres humanos estamos dispuestos a creer cuando alguien nos ofrece la posibilidad de vencer a la muerte.

El hombre que aprendió a escapar

Antes de convertirse en Harry Houdini, se llamaba Erik Weisz. Había nacido en Budapest, en 1874, y llegó a Estados Unidos siendo niño, cuando su familia emigró desde Europa. Su padre era rabino y la infancia del futuro ilusionista estuvo marcada por las dificultades económicas. El espectáculo apareció pronto como una posibilidad de ganarse la vida.

Todavía adolescente, comenzó a presentarse con el nombre de Ehrich, el Príncipe del Aire. Años después adoptó el apellido artístico Houdini en homenaje al ilusionista francés Jean-Eugène Robert-Houdin. Conoció a Bess, quien se convertiría en su esposa y compañera de escenario, y juntos recorrieron los circuitos estadounidenses de variedades. Durante años fueron una pareja de artistas que intentaba abrirse camino entre numerosos números de entretenimiento.

Harry Houdini durante una demostración de su célebre celda de tortura de agua, hacia 1913. Suspendido boca abajo, convirtió el peligro de ahogamiento en uno de los espectáculos más reconocibles de su carrera. Fotografía: Library of Congress / Wikimedia Commons.

El reconocimiento llegó cuando Houdini concentró su trabajo en el escapismo. En 1899, el empresario teatral Martin Beck advirtió las posibilidades de aquellos actos y lo incorporó a circuitos de mayor prestigio. Pronto comenzaron las giras internacionales.

En una época fascinada por los inventos mecánicos y las demostraciones públicas de destreza, Houdini ofrecía una experiencia difícil de clasificar. Se dejaba esposar por policías, aceptaba ser encerrado en celdas y solicitaba que los espectadores examinaran las cerraduras. Después desaparecía detrás de una cortina o permanecía a la vista, según el acto, hasta que conseguía liberarse. El público podía sospechar que existía un truco, pero no encontraba la manera de explicarlo.

Houdini comprendió que la expectación comenzaba mucho antes de que se levantara el telón. Invitaba a periodistas a presenciar sus desafíos, anunciaba escapatorias en lugares públicos y convertía los intentos de sus adversarios por retenerlo en nuevas oportunidades de publicidad. Cada esposamiento parecía fortalecer su reputación.

Su cuerpo era el instrumento central de aquellos números. Debía conocer el funcionamiento de las cerraduras, entrenar su flexibilidad y controlar la respiración, pero también calcular los riesgos de permanecer bajo el agua o suspendido a varios metros de altura. En 1912 presentó su célebre cámara de tortura china, un tanque transparente donde era introducido cabeza abajo, con los tobillos sujetos. Una cortina ocultaba los instantes decisivos de la escapatoria.

Para el espectador, el tiempo adquiría una dimensión física. Cada segundo de espera sugería una catástrofe. Houdini convirtió esa posibilidad en parte de su lenguaje artístico. Su éxito dependía de la precisión de sus preparativos y de la capacidad de hacer creer al público que, por una vez, quizá no conseguiría salir.

Los fantasmas de una época

A comienzos del siglo XX, las sesiones espiritistas habían encontrado un público numeroso en Europa y Estados Unidos. Las mesas que parecían moverse por voluntad propia, los mensajes atribuidos a los fallecidos y las fotografías de supuestas apariciones circulaban en una sociedad que también asistía al nacimiento de nuevas tecnologías de comunicación.

El teléfono y la radio habían vuelto posible escuchar voces procedentes de lugares invisibles. Para algunos defensores del espiritismo, la comunicación con los muertos parecía una frontera que la ciencia terminaría por conquistar. La Primera Guerra Mundial y la pandemia de influenza de 1918 dejaron millones de familias en duelo. En ese contexto, los médiums ofrecían la posibilidad de escuchar nuevamente a un hijo, una madre o un esposo.

Houdini conocía bien los mecanismos de aquellas demostraciones. Había trabajado con ilusiones semejantes al comienzo de su carrera y podía reproducir algunos de sus efectos mediante procedimientos escénicos. En sus conferencias mostró cómo producir ruidos aparentemente inexplicables, manipular objetos a oscuras y aprovechar la vulnerabilidad de una persona que deseaba recibir noticias de alguien fallecido.

Harry Houdini junto a su madre, Cecilia Steiner Weiss, y su esposa, Beatrice «Bess» Houdini, hacia 1907. La muerte de Cecilia en 1913 marcó al ilusionista y alimentó su interés por las afirmaciones de quienes aseguraban poder comunicarse con los difuntos. Fotografía: Library of Congress / Wikimedia Commons.

Su oposición al espiritismo tenía también una dimensión íntima. La muerte de su madre, Cecilia, en 1913, lo había afectado intensamente. Aunque buscó pruebas de que fuera posible establecer contacto con los muertos, sus investigaciones lo convencieron de que numerosos médiums explotaban el dolor de sus clientes.

Una de sus disputas más célebres ocurrió con Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Los dos hombres se conocieron y desarrollaron una amistad atravesada por sus diferencias sobre el espiritismo. Conan Doyle defendía la posibilidad de comunicarse con los muertos y llegó a creer que Houdini poseía poderes que se negaba a reconocer.

El desacuerdo se volvió personal cuando Jean, esposa de Conan Doyle, afirmó haber recibido mediante escritura automática un mensaje de la madre fallecida del mago. Houdini observó elementos que le resultaban incongruentes: el texto estaba escrito en inglés, una lengua que su madre apenas dominaba, e incorporaba símbolos cristianos ajenos a su tradición judía.

La amistad acabó deteriorándose entre discusiones públicas. Resultaba llamativo que el creador del detective literario más identificado con la deducción defendiera fenómenos que Houdini consideraba fraudulentos. El ilusionista, acostumbrado a hacer aparecer lo imposible ante los ojos del público, insistía en que sus actos podían explicarse mediante habilidades humanas.

El último espectáculo

En octubre de 1926, Houdini se encontraba de gira por Canadá. Durante su estancia en Montreal recibió la visita de varios estudiantes. Uno de ellos, J. Gordon Whitehead, quiso comprobar la resistencia de sus músculos abdominales y le propinó varios golpes en el estómago.

La versión más conocida sostiene que el mago no estaba preparado para recibirlos. Poco después comenzó a experimentar fuertes dolores, pero continuó viajando y cumpliendo sus compromisos profesionales.

El 24 de octubre llegó a Detroit. A pesar de su deteriorado estado de salud, ofreció una última función en el teatro Garrick. La fiebre y el dolor ya habían alcanzado una intensidad alarmante. Cuando finalmente fue intervenido quirúrgicamente, los médicos encontraron el apéndice perforado y una infección extendida por la cavidad abdominal. Houdini murió el 31 de octubre de 1926, a los 52 años. La causa oficialmente registrada fue peritonitis provocada por la perforación del apéndice.

Una multitud observa a Harry Houdini durante una escapatoria con camisa de fuerza, suspendido frente al teatro B. F. Keith de Washington, en 1922. Sus actuaciones al aire libre convertían las calles en escenarios y atraían a miles de espectadores. Fotografía: National Photo Company / Library of Congress.

Durante décadas, la historia del estudiante que había golpeado al hombre más difícil de inmovilizar se repitió como una explicación definitiva. La relación causal, sin embargo, nunca quedó demostrada. Las investigaciones médicas e históricas posteriores han cuestionado que aquellos golpes provocaran directamente la apendicitis. Es posible que agravaran su malestar o contribuyeran a retrasar el reconocimiento de la enfermedad, aunque no puede establecerse con certeza.

Su negativa a interrumpir las actuaciones y la demora en recibir tratamiento resultaron especialmente peligrosas en una época anterior a la disponibilidad de los antibióticos modernos. El relato del puñetazo sobrevivió porque contenía una ironía irresistible: el escapista que había desafiado situaciones aparentemente mortales habría sucumbido a un gesto cotidiano. La historia es memorable, pero la documentación médica obliga a ser cautelosos.

Una promesa para después de la muerte

Houdini y Bess habían acordado una forma de reconocerse si alguno conseguía comunicarse desde el más allá. Utilizarían un código privado, relacionado con una canción que formaba parte de su historia como pareja: Rosabelle. La palabra «Believe» —«cree»— ocupaba un lugar central en aquella clave.

La elección era apropiada para dos personas que habían compartido tantos años de trabajo sobre el escenario. Un mensaje podía ser imitado por un médium; el código pretendía ofrecer una manera de verificar su procedencia. Después de la muerte de Harry, Bess participó en sesiones organizadas para intentar recibirlo. Diversos espiritistas afirmaron haber establecido contacto con él, pero ninguna de aquellas declaraciones proporcionó una demostración que terminara con las dudas.

El 31 de octubre de 1936, en el décimo aniversario de su fallecimiento, Bess decidió cerrar públicamente la espera. La sesión celebrada en Hollywood fue transmitida por radio y siguió una puesta en escena cuidadosamente preparada. Entre sus últimas palabras hubo una despedida que ha permanecido asociada a la historia del ilusionista: «Good night, Harry».

La documentación conservada por la Biblioteca del Congreso revela hasta qué punto aquella ceremonia estaba organizada como una representación. Existía un guion con indicaciones para los participantes y el desarrollo de la transmisión. Incluso el último intento de encontrar a Houdini después de muerto participaba de las convenciones del espectáculo que lo había hecho famoso.

Bess abandonó las sesiones públicas, pero otros magos continuaron la tradición. Cada Halloween, grupos de admiradores y profesionales del ilusionismo volvieron a reunirse para conmemorar al escapista y repetir la pregunta que él había dejado abierta.

Cien años después

En 2026, el centenario de su muerte devolvió la figura de Houdini a archivos, publicaciones y encuentros dedicados a su memoria. También reabrió discusiones sobre las circunstancias médicas de sus últimos días. Incluso han surgido nuevas interpretaciones que cuestionan aspectos de la cronología tradicional de su fallecimiento.

La persistencia de estas controversias resulta reveladora de la manera en que Houdini construyó su personaje. Desde sus primeros espectáculos había convertido la incertidumbre en una parte esencial de la experiencia del público. Nadie podía estar completamente seguro de lo que iba a suceder, aunque todos conocieran de antemano el desenlace esperado.

Sus escapatorias todavía se estudian como ejemplos de técnica, disciplina corporal y dominio de la atención. Sus campañas contra los médiums también pertenecen a la historia del escepticismo moderno, especialmente por su empeño en demostrar cómo una ilusión bien ejecutada podía confundirse con una manifestación sobrenatural.

Hay una fotografía de Houdini suspendido cabeza abajo, con los brazos inmovilizados y el cuerpo convertido en una figura aparentemente indefensa. El público que asistía a aquellos desafíos sabía que se encontraba frente a un artista, pero durante unos instantes aceptaba la posibilidad de que algo saliera mal.

La silla vacía de la sesión de 1936 conserva una incertidumbre distinta. Bess había pasado diez años esperando una señal que pudiera reconocer entre todas las voces del mundo. Cuando apagó la luz, terminó una promesa privada; los espectadores, en cambio, conservaron el ritual. Cada Halloween se repite la ausencia de Houdini, y alguien vuelve a ocupar el lugar de quien espera.

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