En las novelas de Ryū Murakami, la violencia podía comenzar en una habitación cualquiera. A veces había música, botellas vacías y jóvenes que parecían haber olvidado qué estaban esperando. Afuera, Japón construía una de las economías más admiradas del planeta. Adentro, los personajes se hacían daño con una naturalidad que resultaba difícil de soportar. Murakami escribió durante medio siglo sobre esa distancia y dejó que sus lectores decidieran cuánto estaban dispuestos a mirar.
El escritor japonés falleció el 17 de octubre de 2026, a los 74 años, en su domicilio. La noticia fue anunciada seis días después por la editorial Gentosha, que recordó su empeño por publicar obras capaces de sacudir a las generaciones más jóvenes. Su funeral se celebró en privado, acompañado por sus familiares cercanos, mientras la causa de su muerte permanecía sin hacerse pública.
Resulta extraño imaginar una despedida silenciosa para alguien cuya literatura estuvo atravesada por el ruido. El de los aviones militares, los clubes nocturnos, el rock, las conversaciones que se vuelven amenazas y los cuerpos que parecen incapaces de encontrar reposo. Durante décadas, Murakami examinó las grietas de una sociedad que había aprendido a medir su éxito mediante el crecimiento económico, mientras algunos de sus habitantes parecían quedarse fuera de aquella promesa. Su obra nunca ofreció demasiadas garantías de consuelo. Había que entrar en ella sabiendo que las cosas podían empeorar.

Una juventud bajo la sombra de los aviones
Ryūnosuke Murakami nació el 19 de febrero de 1952 en Sasebo, una ciudad portuaria de la prefectura de Nagasaki marcada por la presencia militar estadounidense. Japón llevaba apenas unos años intentando reconstruirse tras la Segunda Guerra Mundial, y la ocupación norteamericana había dejado una influencia que podía reconocerse en la música, la ropa, las aspiraciones juveniles y las tensiones políticas de la época.
Murakami creció en ese territorio de intercambio y fricción. Durante su juventud participó en protestas estudiantiles y se acercó a la contracultura, mientras el rock y las nuevas formas de expresión artística ofrecían a su generación un vocabulario distinto al de sus padres. Aquella experiencia acabaría infiltrándose en su literatura, donde la influencia estadounidense aparecería con frecuencia como una presencia ambigua, asociada tanto al deseo de libertad como a distintas formas de dependencia y destrucción.

En 1976, mientras estudiaba en la Universidad de Arte de Musashino, publicó Azul casi transparente, una novela que lo convirtió de inmediato en una figura polémica. Tenía 24 años. El libro obtuvo el prestigioso premio Akutagawa y encontró un público considerable, aunque también despertó rechazo por su representación explícita de las drogas, el sexo y la violencia.
La historia sigue a un grupo de jóvenes que vive cerca de una base militar estadounidense. Sus días transcurren entre fiestas, relaciones fugaces y episodios de autodestrucción. Apenas existe una dirección reconocible en sus vidas, y la narración tampoco parece interesada en conducirlos hacia una revelación moral.
Lo inquietante está en la manera de contar. Murakami observa con una frialdad que a veces parece indiferencia, aunque entre los excesos deja aparecer pequeños detalles sensoriales: colores, sonidos, objetos abandonados después de una fiesta. El título mismo sugiere una condición difícil de precisar, la de algo que todavía conserva su forma mientras comienza a desaparecer.
Para una sociedad acostumbrada a celebrar su recuperación, aquellos personajes ofrecían una imagen desagradable. Eran jóvenes que habían heredado las posibilidades materiales del nuevo Japón, pero parecían desconocer qué hacer con ellas.
Los niños que nadie fue a buscar
Cuatro años después, Murakami publicó Los chicos de las taquillas (1980), una de sus novelas más reconocidas y quizá una de las expresiones más extremas de su imaginación literaria.
La premisa posee una crueldad inmediata: dos bebés son abandonados en taquillas de estaciones ferroviarias. Sobreviven y crecen marcados por una experiencia que precede incluso a sus primeros recuerdos. Sus nombres son Kiku y Hashi, y sus trayectorias se desarrollan en un mundo cada vez más extraño, donde la música, la violencia y la posibilidad de una catástrofe parecen formar parte del mismo paisaje.
Hay algo particularmente perturbador en la elección de una taquilla. Un compartimento destinado a guardar temporalmente maletas se convierte en el primer espacio que conoce un ser humano. El objeto conserva su función cotidiana, pero su presencia cambia para siempre después de leer la novela.

Murakami tenía una habilidad singular para producir ese desplazamiento. Podía tomar elementos reconocibles de la vida urbana y volverlos insoportables sin desprenderlos de su apariencia ordinaria.
En Los chicos de las taquillas, el abandono se convierte en una fuerza que acompaña a los personajes hasta la edad adulta. La ciudad parece extender aquella primera experiencia de encierro, mientras el cuerpo funciona como un territorio donde permanecen inscritas las consecuencias de una violencia temprana.
La novela también revela una característica decisiva de su escritura: el desorden puede resultar deliberadamente excesivo. Sus historias se desvían, se deforman y avanzan hacia escenarios improbables. Murakami parece dispuesto a sacrificar la armonía narrativa cuando encuentra una imagen capaz de transmitir el estado de sus personajes.
Tokio después de medianoche
En Sopa de miso, publicada en 1997, la ciudad adquiere otro rostro. Kenji, un joven japonés que trabaja como guía de extranjeros por los distritos nocturnos de Tokio, acepta acompañar a Frank, un turista estadounidense cuya conducta comienza a despertar sospechas.
La historia transcurre durante unas pocas noches. Los restaurantes, bares y establecimientos sexuales ofrecen un escenario donde casi todo parece estar disponible mediante una transacción. Frank observa ese mundo con una mezcla de curiosidad y extrañeza; Kenji intenta descifrar a un hombre cuya presencia se vuelve progresivamente amenazante.
Murakami construye el suspenso mediante la acumulación de gestos mínimos. Una respuesta que llega demasiado tarde, una expresión facial difícil de interpretar o una conversación que se prolonga más de lo necesario pueden producir una inquietud mayor que la violencia explícita. Cuando esta finalmente aparece, el lector ya ha comprendido que algo estaba mal desde mucho antes.

La novela también funciona como un retrato de las relaciones entre Japón y Estados Unidos, dos países unidos por décadas de influencia cultural y económica, pero separados por expectativas y prejuicios que los personajes apenas consiguen expresar. La ciudad nocturna se convierte en un espacio donde la intimidad tiene precio y la comunicación resulta sorprendentemente difícil.
En Piercing (1994), esa amenaza se traslada al ámbito doméstico mediante la historia de un hombre atormentado por el impulso de herir a su hija recién nacida. Audition (1997), por su parte, explora las consecuencias de una falsa audición organizada por un viudo que busca una nueva esposa, una premisa que acabaría encontrando una adaptación cinematográfica especialmente conocida, dirigida por Takashi Miike en 1999.
En estas obras, Murakami convirtió la expectativa del horror en una herramienta narrativa. El lector sabe que algo terrible puede suceder, pero desconoce cuándo comenzará a reconocerlo.
La incomodidad de mirar
La relación entre violencia y literatura plantea preguntas que la obra de Murakami nunca termina de resolver. Sus novelas fueron celebradas por la libertad con la que retrataban experiencias apartadas de la respetabilidad social. También pueden despertar reservas legítimas, especialmente cuando el sufrimiento de los personajes parece convertirse en espectáculo o cuando las mujeres aparecen sometidas a una mirada que las reduce a objetos de deseo, amenaza o castigo.
Esa incomodidad merece permanecer dentro de cualquier lectura crítica de su obra. La transgresión, por sí misma, tampoco garantiza una observación lúcida.

Murakami podía resultar cruel, grotesco y deliberadamente provocador. En ocasiones, el impacto de una escena parece imponerse sobre la complejidad psicológica de quienes la protagonizan. En otras, su frialdad narrativa permite advertir cómo una sociedad normaliza distintas formas de humillación hasta volverlas prácticamente invisibles.
Leerlo implica aceptar una tensión que no siempre resulta agradable. Es posible admirar su capacidad para construir atmósferas y cuestionar, al mismo tiempo, algunas de las decisiones con las que las construye.
Hay una diferencia importante entre representar la violencia y comprenderla. Murakami recorría ese espacio sin ofrecer explicaciones tranquilizadoras. Sus libros rara vez concedían a los personajes la oportunidad de justificar por completo sus actos, y tampoco permitían al lector refugiarse fácilmente en la superioridad moral. En su literatura, el horror suele instalarse allí donde alguien ha dejado de reconocer la humanidad de otra persona.
La música, el cine y una sociedad en transformación
Aunque la literatura ocupó el centro de su trayectoria, Murakami también trabajó como cineasta, participó en proyectos musicales y condujo programas de televisión. Dirigió adaptaciones de sus propias obras y realizó películas como Tokyo Decadence, estrenada en 1992, donde exploró nuevamente las relaciones entre sexualidad, poder y soledad.
Su interés por la música atravesó buena parte de su producción. El rock aparece asociado a la rebeldía juvenil, mientras distintos ritmos populares acompañan escenas de desencanto y desorientación. Incluso su manera de narrar parece conservar algo de esa experiencia sonora, especialmente cuando las imágenes se suceden con una velocidad que deja al lector sin demasiado tiempo para acomodarse.
También desarrolló una faceta pública menos conocida entre sus lectores internacionales. Durante cerca de dos décadas participó como entrevistador principal en Cambrian Palace, un programa japonés dedicado a examinar el mundo empresarial y las transformaciones económicas del país.
Puede parecer una ocupación inesperada para un escritor habituado a retratar los márgenes más violentos de la sociedad. Aunque existe cierta continuidad en esa curiosidad: Murakami quería comprender los mecanismos que organizaban la vida japonesa, desde las decisiones de sus dirigentes empresariales hasta las frustraciones de quienes nunca llegaron a beneficiarse de ellas.
Su obra también conoció otras temperaturas. 69, publicada en 1987, recuperó la adolescencia y la efervescencia cultural de finales de los años sesenta mediante una mirada más humorística. Allí aparece un Murakami capaz de recordar el deseo de rebelarse sin convertir cada gesto juvenil en una sentencia de destrucción. Era una faceta necesaria de un escritor al que con frecuencia se ha reducido a sus escenas más brutales.
Lo que permanece cuando termina el ruido
Ryū Murakami murió en un Japón considerablemente distinto al que recibió Azul casi transparente en 1976. La prosperidad económica de aquellos años quedó atrás, la población envejeció y las promesas que acompañaron la modernización del país adquirieron otros significados. Sus personajes, en cambio, conservan una extraña actualidad.
El aislamiento, la precariedad emocional, las relaciones convertidas en transacciones y la dificultad de imaginar un futuro aparecen una y otra vez en sus páginas. Algunas de sus imágenes han envejecido con aspereza; otras parecen escritas para un presente en el que la abundancia de estímulos convive con formas cada vez más persistentes de soledad.

Quizá por eso convenga regresar a Murakami sin buscar una explicación definitiva de su violencia. Su literatura admite desacuerdos y necesita lectores dispuestos a discutirla. Hay momentos en que sus excesos parecen agotarse en sí mismos, y otros en los que una imagen permanece mucho después de cerrar el libro: dos bebés dentro de unas taquillas, un hombre que observa a un desconocido durante una noche interminable, un grupo de jóvenes rodeado de música, incapaz de descubrir qué espera del día siguiente.
Murakami dejó esas escenas abiertas, como habitaciones de las que alguien acaba de salir. Los objetos siguen donde estaban, la luz permanece encendida; y afuera, indiferente, la ciudad continúa funcionando.














































