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La difícil tarea de admirar a Picasso

A 145 años de su nacimiento, el legado de Picasso invita a reflexionar sobre su genio artístico, contradicciones y mujeres que marcaron su vida.

En una fotografía tomada por Robert Capa, Françoise Gilot camina por la playa con un sombrero de paja mientras Pablo Picasso sostiene una sombrilla sobre ella. La joven sonríe, el Mediterráneo se extiende detrás de ambos y el pintor, considerablemente mayor, parece disfrutar de una escena doméstica despreocupada. La imagen pertenece a esos archivos familiares de los grandes artistas que suelen reproducirse como testimonios de una felicidad compartida. Vista desde el presente, adquiere otros matices. Gilot abandonaría a Picasso en 1953, después de diez años de relación, y dedicaría buena parte de su vida a construir una carrera artística que durante décadas quedó ensombrecida por el apellido de quien había sido su compañero.

Hoy, 25 de octubre de 2026, se cumplen 145 años del nacimiento de Pablo Picasso en Málaga. Su aniversario encuentra a los museos examinando distintas dimensiones de una biografía que parecía suficientemente conocida. En su ciudad natal, la exposición Picasso. Propaganda y activismo político, inaugurada el 7 de octubre, revisa la participación del artista en campañas contra el fascismo y la guerra, así como su defensa pública de la paz. Es una faceta documentada de quien convirtió Guernica en una de las imágenes más reconocibles del sufrimiento civil del siglo XX. Pero junto a esa historia persiste otra, recogida en cartas, testimonios y memorias: la de sus relaciones con mujeres que fueron pintoras, fotógrafas o bailarinas antes de convertirse, para buena parte de la historiografía, en personajes secundarios de su vida.

La distancia entre ambas historias plantea un problema que ninguna retrospectiva puede resolver mediante una etiqueta. ¿Cómo mirar una obra que amplió radicalmente las posibilidades de la pintura cuando conocemos aspectos dolorosos de la conducta de su autor? ¿Qué hacemos con la admiración cuando exige reconocer algo que preferiríamos ignorar?

El artista que dio forma al sufrimiento

En abril de 1937, la aviación alemana e italiana bombardeó la localidad vasca de Gernika durante la Guerra Civil española. Picasso, que había recibido un encargo del gobierno republicano para el pabellón español de la Exposición Internacional de París, encontró en la noticia el motivo de una pintura monumental. Durante las semanas siguientes trabajó en un lienzo donde una madre sostiene a su hijo muerto, un caballo abre la boca en un grito imposible y los cuerpos aparecen quebrados entre formas angulosas.

Guernica (1937), de Pablo Picasso. Inspirada en el bombardeo de la localidad vasca durante la Guerra Civil española, la pintura se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la denuncia contra la guerra. Museo Reina Sofía, Madrid.

Guernica renunciaba a representar la guerra mediante una batalla reconocible. Su violencia está contenida en las deformaciones de los cuerpos, en la distribución de las figuras y en una escala de grises que recuerda las fotografías de prensa. La pintura convirtió un acontecimiento localizado en una imagen que podía ser reconocida por personas que desconocían el lugar del bombardeo. Desde su presentación en París, la obra circuló internacionalmente como denuncia de la destrucción causada por la guerra.

Aquel compromiso continuó después. Picasso se vinculó al Partido Comunista Francés en 1944 y participó en iniciativas pacifistas. Su célebre paloma, presentada en el contexto del Congreso Mundial de Partidarios de la Paz de 1949, adquirió una circulación que desbordó los museos. El artista utilizó su prestigio para intervenir en debates políticos y contribuyó a convertir ciertas imágenes en símbolos compartidos por movimientos internacionales.

Sería injusto tratar esas intervenciones como simples gestos destinados a mejorar su reputación. También sería insuficiente utilizarlas como prueba de una rectitud personal que deba extenderse automáticamente a todas las esferas de su vida. Las obras permiten examinar las convicciones públicas de Picasso; sus relaciones personales requieren escuchar a quienes participaron en ellas.

Dora Maar: la mujer detrás de la cámara

Cuando Dora Maar conoció a Picasso en 1935, ya era una fotógrafa reconocida dentro de los círculos surrealistas parisinos. Había abierto un estudio comercial, trabajado con procedimientos experimentales y realizado imágenes urbanas donde la pobreza y las desigualdades sociales ocupaban un lugar importante. Su obra fotográfica incorporaba montajes inquietantes y perspectivas inesperadas, muy lejos de la imagen pasiva que suele sugerir la palabra musa.

En mayo de 1937, Maar comenzó a fotografiar las distintas etapas de Guernica en el taller de la rue des Grands-Augustins. Sus imágenes registraron correcciones y desplazamientos de las figuras, modificaciones en la composición y soluciones que Picasso descartó antes de terminar el cuadro. El Museo Reina Sofía conserva veintiocho fotografías de aquel proceso. Gracias a ellas podemos estudiar una pintura que conocemos terminada como una sucesión de decisiones todavía abiertas.

Pablo Picasso trabajando en Guernica en su taller parisino, 1937. Fotografía de Dora Maar, quien registró distintas etapas de la creación de la pintura. Colección del Centre Pompidou, París.

Durante mucho tiempo, sin embargo, Maar fue recordada principalmente como la mujer que lloraba en los retratos de Picasso. La identificación con La mujer que llora terminó ocupando un espacio desproporcionado en su biografía. La fotógrafa cuestionó posteriormente aquellos retratos: consideraba que representaban la visión del pintor, sin conseguir mostrar quién era ella.

Su relación con Picasso fue turbulenta, y su trayectoria artística sufrió cambios durante aquellos años. Las investigaciones y exposiciones dedicadas a Maar han recuperado el alcance de sus fotografías surrealistas, sus compromisos políticos y su producción pictórica. Ese trabajo curatorial permite revisar una historia en la que la fama del retratista había terminado por ocultar a la persona retratada.

La contribución de Maar a Guernica tampoco debería confundirse con la autoría de la pintura. Picasso concibió y ejecutó el lienzo; ella produjo un registro documental excepcional y participó en un ambiente de intercambio artístico e intelectual. Reconocer cada intervención con precisión ayuda a comprender cómo se construye una obra y qué nombres permanecen visibles cuando llega al museo.

Françoise Gilot y el derecho a marcharse

Françoise Gilot conoció a Picasso en 1943, cuando ella tenía 21 años y él 61. También era pintora. Había estudiado distintas disciplinas y comenzaba a encontrar su propio lenguaje plástico. Durante los diez años que compartieron tuvieron dos hijos, Claude y Paloma, y desarrollaron una relación artística en la que ambos trabajaban, observaban y discutían sus respectivas obras. Gilot expuso individualmente en la galería Louise Leiris en 1952, antes de abandonar la relación al año siguiente.

Françoise Gilot trabajando frente a un caballete, hacia 1970. Después de separarse de Picasso, la artista francesa continuó desarrollando una extensa obra pictórica y construyó una trayectoria independiente.

En 1964 publicó, junto con Carlton Lake, Life with Picasso, un libro que provocó una considerable controversia. Gilot describió el magnetismo intelectual del artista, su disciplina de trabajo y episodios de ternura, pero también sus celos, sus conductas de control y una concepción de las relaciones marcada por la desigualdad. Picasso intentó impedir la publicación. El testimonio alteraba una narrativa construida alrededor del genio masculino, donde las mujeres aparecían principalmente como destinatarias de su afecto o como estímulos para sus transformaciones estilísticas.

Gilot continuó pintando durante décadas, desarrolló una obra que transitó entre la figuración y la abstracción, y murió en 2023 a los 101 años. Su trayectoria obliga a reconsiderar una pregunta frecuente en las biografías de Picasso: qué mujeres inspiraron determinados periodos de su pintura. Quizá resulte igualmente necesario preguntarse qué crearon ellas mientras compartían su vida con él y qué ocurrió con sus carreras después de marcharse.

La historia del arte y sus silencios

Picasso modificó el curso de la pintura moderna. Junto con Georges Braque desarrolló el cubismo, una investigación visual que fragmentó los objetos y cuestionó la perspectiva heredada del Renacimiento. Sus experimentos con el collage incorporaron materiales cotidianos a la superficie pictórica. A lo largo de su carrera trabajó también en escultura, grabado y cerámica, y regresó repetidamente a los maestros del pasado para discutir con ellos mediante sus propias obras.

Nada de esto desaparece cuando examinamos su biografía. Las innovaciones permanecen en los lienzos y en los artistas que encontraron nuevas posibilidades gracias a ellas. Las experiencias relatadas por Gilot, la trayectoria de Maar y las historias de otras mujeres de su entorno también forman parte del registro histórico. Deben estudiarse con atención a sus diferencias, evitando convertir vidas complejas en ejemplos intercambiables de una misma acusación.

Mujer con mandolina (1910), de Georges Braque. El cubismo, desarrollado junto con Pablo Picasso, fragmentó las formas y transformó la representación tradicional del espacio pictórico.

Durante décadas, los museos presentaron a muchas de estas mujeres como acompañantes de las transformaciones artísticas de Picasso. La recuperación de sus obras ha comenzado a modificar esa perspectiva. En 2026, el Museo Casa Natal Picasso dedicó la exposición Ni musas ni modelos a mujeres artistas presentes en sus colecciones, mientras otras instituciones continúan investigando la producción independiente de Maar y Gilot.

Esta revisión también alcanza nuestra manera de observar las pinturas. Un retrato puede ser una obra extraordinaria y, al mismo tiempo, testimonio de la mirada particular de quien lo realizó. La mujer representada posee una biografía que comienza antes del cuadro y continúa después de él. Sus gestos, sus decisiones y sus obras no quedan agotados por la interpretación del pintor.

Lo que hacemos con la admiración

En la fotografía de la playa, Françoise Gilot sonríe bajo la sombrilla. La imagen conserva un instante de alegría cuya autenticidad sería absurdo negar porque conocemos el desenlace de la relación. Tampoco basta esa sonrisa para reconstruir los diez años que compartió con Picasso. Una fotografía registra aquello que estuvo frente al objetivo durante una fracción de segundo; el resto debe buscarse en otros documentos.

Quizá la dificultad de admirar a Picasso comience precisamente allí, en aceptar que ninguna imagen contiene por completo a una persona. Guernica continúa denunciando la devastación de la guerra. Las innovaciones de sus primeras décadas conservan su lugar en la historia de la pintura. Las mujeres que compartieron su vida merecen ser estudiadas a partir de sus propias palabras y creaciones.

Françoise Gilot sobrevivió cincuenta años a Picasso. En ese tiempo continuó pintando, expuso internacionalmente y vio cómo sus cuadros ingresaban a colecciones museísticas. Cuando murió, a los 101 años, había dejado una obra extensa que todavía exige atención. Tal vez una de las consecuencias más interesantes de revisar el legado de Picasso sea descubrir cuántas otras historias estaban ocurriendo, simultáneamente, fuera de su estudio.

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