Es la madrugada del 26 de octubre de 1985. En el estacionamiento de un centro comercial de California, un adolescente con chaleco rojo contempla cómo un automóvil de acero inoxidable se prepara para desafiar las leyes de la física. Frente a él, un científico de cabello blanco manipula controles, revisa instrumentos y explica con entusiasmo una invención que parece salida de una novela de ciencia ficción. Cuando el velocímetro alcanza las 88 millas por hora, el vehículo desaparece entre destellos de luz y deja dos surcos de fuego sobre el pavimento. Unos minutos después, Marty McFly tendrá que conducir aquella máquina para salvar su vida. Su destino será el 5 de noviembre de 1955.
Han transcurrido 41 años desde aquella noche imaginaria y, aunque conocemos de memoria lo que sucede después, seguimos disfrutando la escena como si Doc Brown estuviera a punto de mostrarnos su invento por primera vez. Volver al futuro, estrenada el 3 de julio de 1985, pertenece a esa pequeña colección de películas que parecen conservar intacta su capacidad de entusiasmo. Sus efectos especiales han envejecido, algunas de sus bromas revelan las convenciones de otra época y buena parte del futuro que imaginó su secuela ya quedó atrás. Aun así, el sonido de un motor, las puertas de un DeLorean y los primeros acordes de Alan Silvestri bastan para devolvernos a Hill Valley.
Una máquina del tiempo construida en Hollywood
La idea surgió de una pregunta bastante doméstica. Bob Gale encontró un antiguo anuario escolar de su padre y comenzó a preguntarse si habrían sido amigos de haber coincidido en la preparatoria. De aquella curiosidad nació, junto con Robert Zemeckis, una historia sobre un muchacho que conoce a sus padres cuando todavía son adolescentes y descubre que las personas encargadas de criarlo también tuvieron inseguridades, deseos y oportunidades perdidas.
El proyecto atravesó numerosos rechazos antes de encontrar financiación. Algunos estudios consideraban que su historia era demasiado familiar para una comedia juvenil de los ochenta, mientras otros desconfiaban de sus elementos románticos. El éxito de Romancing the Stone en 1984 permitió que Zemeckis recuperara el guion y finalmente lo desarrollara con Amblin Entertainment, la compañía vinculada a Steven Spielberg. Incluso después de comenzar el rodaje hubo dificultades. Eric Stoltz interpretó originalmente a Marty McFly durante varias semanas, hasta que los responsables concluyeron que su actuación no respondía al tono cómico que buscaban. Michael J. Fox asumió el papel mientras continuaba trabajando en la serie Family Ties, alternando grabaciones televisivas durante el día con jornadas cinematográficas por la noche.

También cambió la máquina del tiempo. En una versión temprana del proyecto, los personajes viajarían mediante un refrigerador, una idea descartada por motivos prácticos y de seguridad. El automóvil deportivo DeLorean DMC-12 terminó ofreciendo una solución mucho más memorable. Sus puertas de ala de gaviota parecían apropiadas para una invención extravagante, mientras que su carrocería metálica permitía imaginar un vehículo transformado por las manos de un científico obsesivo. El condensador de flujo, los cables expuestos y los dispositivos instalados alrededor del motor le dieron un aspecto artesanal que contrastaba con la precisión de sus extraordinarios resultados.
La elección tuvo una consecuencia inesperada. El DeLorean, un automóvil asociado originalmente con una empresa de vida comercial accidentada, encontró en el cine una segunda existencia. Resulta difícil observar uno sin buscar mentalmente el condensador de flujo o imaginar el instante en que sus ruedas comenzarían a dejar fuego sobre el asfalto.
Hill Valley, una ciudad atrapada entre dos épocas
Cuando Marty llega a 1955, descubre una versión de su ciudad que apenas reconoce. Los comercios tienen otros nombres, los automóviles parecen recién salidos de un catálogo antiguo y la plaza principal conserva el orden impecable de una postal estadounidense. En las fachadas aparecen anuncios que prometen comodidad doméstica y prosperidad. Hill Valley representa una imagen del pasado construida desde 1985, con toda la fascinación y las simplificaciones que implica mirar tres décadas hacia atrás.
La película encuentra buena parte de su humor en esas diferencias. Marty desconoce las costumbres de sus futuros padres, se sorprende ante las expectativas de quienes los rodean y descubre que su propia existencia depende de un encuentro que ha interrumpido accidentalmente. George McFly, el hombre tímido y resignado que conoce en 1985, aparece treinta años antes como un adolescente incapaz de defenderse de Biff Tannen. Lorraine, su madre, tiene una personalidad que contradice muchas de las historias familiares que le había contado.

Hay cierta ternura en descubrir a nuestros padres antes de que fueran padres. Quizá por eso la premisa conserva su eficacia incluso para espectadores que nunca han visto un teléfono de disco o escuchado música en una rocola. Marty dispone de una oportunidad imposible: observar la juventud de las personas que lo criaron, reconocer sus defectos y comprender que muchas de sus decisiones pudieron haber sido diferentes.
La película también revela las limitaciones de su mirada nostálgica. El Estados Unidos de los cincuenta aparece representado mediante una visión predominantemente blanca y suburbana, donde los conflictos raciales y sociales permanecen en los márgenes. Una escena especialmente ingeniosa muestra a Marty sugiriendo que Goldie Wilson algún día podría convertirse en alcalde, posibilidad que los habitantes de 1955 reciben con incredulidad. El pasado resulta acogedor para algunos personajes, aunque esa comodidad nunca estuvo igualmente distribuida.
El rock and roll también necesitaba viajar
Entre las escenas más recordadas está aquella en la que Marty sube al escenario durante el baile escolar y toma prestada una guitarra. Comienza interpretando Johnny B. Goode, la canción que Chuck Berry publicaría en 1958, tres años después del momento en que transcurre la escena. Los adolescentes bailan entusiasmados hasta que Marty se abandona a una improvisación eléctrica, cargada de gestos y sonidos que pertenecen a décadas posteriores. El entusiasmo desaparece gradualmente. Su público todavía no está preparado para escuchar semejante futuro.

La secuencia resume el sentido del humor de Zemeckis, aunque también contiene una broma discutible sobre los orígenes del rock and roll. Mientras Marty toca, Marvin Berry llama a su primo Chuck para que escuche aquella música, un recurso cómico que termina atribuyendo indirectamente a un adolescente blanco una innovación musical estrechamente vinculada con la tradición afroamericana. Vista cuatro décadas después, la escena permite reconocer tanto la inventiva cinematográfica de la película como las convenciones culturales de Hollywood.
La música ayudó a convertir la aventura en un recuerdo compartido. The Power of Love, interpretada por Huey Lewis and the News, acompañó el estreno y se convirtió en uno de sus emblemas, mientras que la partitura de Alan Silvestri aportó el sentido de aventura que necesitaban las imágenes. La melodía principal conserva una cualidad casi física: al escucharla, resulta sencillo imaginar el reloj de la torre, los relámpagos que iluminan Hill Valley y la carrera desesperada para regresar a 1985.
Cuando el futuro se convirtió en pasado
Cuatro años después del estreno original, Volver al futuro II llevó a Marty, Doc y Jennifer hasta el 21 de octubre de 2015. Aquella fecha ofrecía un terreno extraordinario para imaginar la vida cotidiana treinta años después: automóviles que circulaban por el aire, patinetas flotantes, ropa capaz de ajustarse automáticamente y anuncios publicitarios que parecían desprenderse de las pantallas. También había videollamadas, dispositivos biométricos y otras tecnologías que encontraron equivalentes, aunque imperfectos, en nuestra vida diaria.

El 21 de octubre de 2015, millones de espectadores celebraron la llegada simbólica de Marty McFly al futuro. Las marcas recuperaron productos ficticios, los medios compararon las predicciones de la película con los avances tecnológicos y las redes sociales se llenaron de fotografías de los protagonistas. Por un día, el calendario pareció ponerse de acuerdo con Hollywood. Aquel futuro que durante veintiséis años había permanecido fuera de nuestro alcance finalmente tenía una fecha presente.
Hoy, en 2026, ese mañana imaginado lleva once años perteneciendo al pasado. Las videollamadas dejaron de parecernos extraordinarias y las pantallas ocupan mucho más espacio del que quizá hubiéramos deseado. Los automóviles voladores siguen siendo excepcionales y las patinetas flotantes de Marty todavía pertenecen, en la forma mostrada por la película, a la ficción. La tecnología avanzó por caminos que los guionistas no anticiparon, mientras algunas de sus fantasías más vistosas continúan esperando materializarse.
Resulta curioso que una película obsesionada con el porvenir haya terminado convertida en uno de nuestros objetos favoritos de nostalgia. Quienes la descubrieron durante su estreno ahora pueden reconocer en 1985 un mundo tan lejano como el de 1955 parecía para Marty. Los espectadores más jóvenes encuentran en ambas épocas costumbres, aparatos y maneras de relacionarse que pertenecen a una historia anterior a la suya. Cada generación mira Hill Valley desde una distancia diferente.
Los caminos que todavía podemos recorrer
El final de la primera película contiene una promesa que explica buena parte de su encanto. Marty consigue regresar a su época después de modificar algunos acontecimientos de la juventud de sus padres. Encuentra una familia diferente, una casa transformada y una vida que parece ofrecerle mejores posibilidades. La fantasía resulta irresistible: regresar a un momento preciso, corregir aquello que salió mal y descubrir que una decisión puede alterar todo lo que viene después.
Con el paso de los años, esa posibilidad adquiere otro sentido. La idea de visitar el pasado puede despertar curiosidad por nuestros padres adolescentes, por una ciudad que ya desapareció o por alguien a quien quisiéramos encontrar una vez más. También permite imaginar conversaciones pendientes y decisiones que acaso tomaríamos de otro modo. La película conserva una ligereza que hace llevaderas esas preguntas, incluso cuando algunas resultan difíciles de responder.

La amistad entre Marty y Doc Brown participa de ese encanto. Uno vive pendiente de los problemas inmediatos de su adolescencia, mientras el otro parece incapaz de aceptar los límites del conocimiento científico. Sus diferencias producen escenas cómicas, pero también una confianza inusual. Doc cree en las posibilidades de Marty incluso cuando el muchacho duda de sí mismo, y Marty acompaña los experimentos de su amigo a pesar de sus frecuentes desastres. La relación sobrevive a décadas que ninguno de los dos experimenta en el mismo orden.
En aquella madrugada del 26 de octubre de 1985, Marty McFly todavía ignoraba que terminaría conociendo a sus padres adolescentes, tocando rock and roll antes de tiempo y visitando un año que para nosotros ya quedó atrás. Su viaje comenzó en un estacionamiento casi vacío, ante la mirada de un científico convencido de que acababa de realizar el descubrimiento de su vida.
Nosotros hemos llegado hasta 2026 sin un condensador de flujo que permita regresar a esa noche. Podemos, eso sí, volver a encender la pantalla, escuchar el motor del DeLorean y observar cómo desaparece entre dos líneas de fuego. Durante unos minutos, el calendario pierde importancia. Es octubre de 1985 otra vez, las puertas del automóvil están abiertas y todavía quedan muchos caminos por recorrer.













































