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Cuando Halloween todavía no tenía calabazas

De los rituales de Samhain a las linternas talladas en nabos, la historia de una celebración que cruzó el Atlántico y cambió de rostro.

En una vitrina del Museo Nacional de Irlanda se conserva el rostro de una criatura difícil de identificar. Tiene la cabeza redondeada, los ojos hundidos y una boca irregular que deja entrever una hilera de dientes diminutos. Su expresión resulta incómodamente humana, aunque está hecha a partir de algo que cualquiera podría encontrar en un mercado: un nabo. La pieza es una reproducción en yeso de las linternas que se utilizaban hacia 1900 en el condado de Donegal, al noroeste de Irlanda. Antes de que las calabazas anaranjadas conquistaran los escaparates de octubre, algunas familias vaciaban estos tubérculos, les abrían un rostro y colocaban una vela en su interior. La luz atravesaba las cavidades y convertía una hortaliza corriente en una aparición nocturna.

En 1943, una maestra llamada Rois Ní Braonáin entregó al museo un ejemplar que documentaba aquella costumbre. La artista Eileen Barnes realizó posteriormente el modelo que hoy forma parte de la colección. Su aspecto conserva algo que las decoraciones contemporáneas han perdido: la incomodidad de encontrarse con un objeto familiar que, por una noche, parece adquirir vida propia.

La historia de Halloween está llena de desplazamientos semejantes. Sus símbolos han atravesado fronteras, cambiado de materiales y sobrevivido a religiones distintas. Para comprender cómo una noche asociada con la llegada del invierno terminó convertida en una celebración internacional conviene regresar a un tiempo en que la oscuridad todavía imponía sus propias reglas.

Samhain, cuando comenzaba el invierno

En la antigua Irlanda, el comienzo de noviembre señalaba una transición decisiva para las comunidades agrícolas. Las cosechas habían terminado, los animales debían resguardarse y los meses fríos obligaban a organizar las reservas de alimento. Samhain, cuyo nombre suele relacionarse con el final del verano, marcaba el inicio de la estación invernal en el calendario tradicional irlandés. Como sucedía con otras festividades estacionales, las celebraciones comenzaban durante la víspera, el 31 de octubre.

Los relatos medievales irlandeses vincularon Samhain con acontecimientos extraordinarios y encuentros con seres del Otro Mundo. En ese imaginario, ciertos lugares y fechas permitían que las fronteras habituales se volvieran inestables. La noche ofrecía un territorio propicio para apariciones, peligros y encuentros imposibles.

Snap-Apple Night (1833), de Daniel Maclise.

Conviene distinguir, sin embargo, entre las prácticas documentadas y las interpretaciones posteriores. Aunque Samhain tiene antecedentes precristianos, buena parte de lo que conocemos procede de textos redactados cuando Irlanda ya estaba cristianizada. No existe un registro completo de cómo se celebraba durante la Antigüedad, ni pruebas suficientes para atribuirle todas las costumbres que hoy asociamos con Halloween. La imagen de una ceremonia celta idéntica a una fiesta moderna de disfraces pertenece, en buena medida, a reconstrucciones retrospectivas.

Lo que sí puede seguirse a través del folclore irlandés es la persistencia de una fecha rodeada de precauciones. Durante generaciones se creyó que los espíritus podían recorrer los caminos, que determinadas presencias amenazaban los hogares y que convenía proteger las puertas. El fuego, las máscaras y los gestos rituales adquirieron distintas funciones según la época y la comunidad. La noche también invitaba al juego: las manzanas, las nueces y ciertos alimentos servían para realizar adivinaciones sobre el matrimonio o la fortuna del año siguiente.

Había miedo, desde luego, pero también reuniones familiares y diversiones compartidas. Los niños podían encontrar en las mismas costumbres que inquietaban a sus mayores una oportunidad para hacer travesuras.

De Samhain a la víspera de Todos los Santos

La expansión del cristianismo modificó el calendario religioso de Europa y proporcionó nuevos significados a celebraciones que ya ocupaban un lugar en la vida de las comunidades. La festividad de Todos los Santos terminó estableciéndose el 1 de noviembre en la tradición occidental; su víspera recibió en inglés el nombre de All Hallows’ Eve, expresión de la que derivó Halloween.

El proceso fue gradual y sus causas históricas siguen siendo objeto de discusión. La coincidencia entre Samhain y Todos los Santos favoreció la convivencia de costumbres cristianas y prácticas populares anteriores, aunque resulta difícil demostrar que el calendario eclesiástico se modificara exclusivamente para sustituir una festividad pagana. Durante siglos, la transmisión de las celebraciones dependió de parroquias, familias y comunidades que incorporaban nuevas creencias sin abandonar necesariamente los hábitos heredados.

The Forerunners of Christ with Saints and Martyrs, de Fra Angelico, hacia 1424-1425.

El 2 de noviembre se consolidó, por otra parte, como una fecha dedicada a la conmemoración de los fieles difuntos. En distintos lugares de Europa aparecieron prácticas relacionadas con las oraciones por los muertos, las visitas a los hogares y la entrega de alimentos. Una de ellas, conocida en Inglaterra como souling, consistía en solicitar pequeños pasteles a cambio de rezar por las almas de familiares fallecidos.

De esta convivencia surgió una cultura popular en la que la muerte podía aparecer tanto en las ceremonias religiosas como en las diversiones de la víspera. Las campanas y las oraciones pertenecían al mundo de la iglesia; fuera de sus muros continuaban las máscaras, los relatos de apariciones y las reuniones alrededor del fuego.

El hombre condenado a caminar con una linterna

Mucho antes de que las calabazas recibieran expresiones sonrientes, las linternas de Halloween podían ser objetos verdaderamente desagradables. Los nabos tenían una superficie rugosa, una pulpa difícil de vaciar y formas que rara vez resultaban simétricas. Iluminados desde dentro, sus rostros parecían deformarse con cada movimiento de la llama.

La tradición irlandesa relacionó estas linternas con una figura conocida como Jack, protagonista de distintas versiones de un cuento popular. Según una de ellas, Jack era un hombre astuto que consiguió engañar al diablo, pero terminó condenado a vagar eternamente porque no podía entrar al cielo ni al infierno. Para alumbrar su camino recibió una brasa que colocó dentro de un nabo ahuecado.

De ahí procedería una de las explicaciones folclóricas del nombre jack-o’-lantern, expresión que también estuvo vinculada con las luces misteriosas observadas en zonas pantanosas, conocidas como fuegos fatuos. La leyenda de Jack, cuyas versiones impresas se difundieron durante el siglo XIX, ayudó a dar un rostro narrativo a una tradición popular que había adquirido diferentes formas.

Linterna tradicional irlandesa tallada en un nabo, fotografiada en el Museum of Country Life.

En Irlanda también se tallaban patatas y otros vegetales para fabricar linternas destinadas a los caminos o las ventanas. Algunas buscaban espantar a los espíritus; otras servían para asustar a los vecinos. En una época anterior a la iluminación eléctrica, bastaba una pequeña llama dentro de una cabeza deformada para provocar un sobresalto.

La pieza conservada en el Museo Nacional de Irlanda permite reconocer ese efecto. Su boca parece tensarse y los ojos carecen de la expresión amable que hoy predomina en muchas decoraciones. Resulta fácil imaginarla al otro lado de una ventana, suspendida en la oscuridad.

El viaje a América y la aparición de las calabazas

Durante el siglo XIX, la inmigración irlandesa llevó a Estados Unidos numerosas costumbres relacionadas con Halloween. La Gran Hambruna de Irlanda, entre 1845 y 1852, aceleró la emigración y contribuyó a que estas tradiciones circularan entre comunidades que intentaban mantener sus vínculos con el lugar de origen.

En América encontraron una hortaliza particularmente adecuada para fabricar linternas: la calabaza. Era abundante en otoño, tenía mayor tamaño y resultaba considerablemente más fácil de vaciar que un nabo. Su superficie permitía tallar expresiones visibles a distancia, mientras que su color encajaba con el paisaje de las cosechas norteamericanas.

Las calabazas ya ocupaban un lugar en la cultura agrícola de Estados Unidos, pero durante el siglo XIX comenzaron a asociarse cada vez más con las celebraciones de Halloween. La transformación fue práctica y visual. Las linternas pudieron hacerse más grandes y reconocibles, y acabaron por convertirse en uno de los símbolos más difundidos de la festividad.

El cambio también modificó su carácter. Aquellos rostros que habían servido para intimidar podían ahora recibir sonrisas exageradas o expresiones humorísticas. La amenaza empezó a convivir con la caricatura. El miedo, convertido en entretenimiento, encontraba un objeto perfecto para instalarse en los porches de las casas.

Tarjeta estadounidense de Halloween, hacia 1900, de la colección de Middlebury College.

De las máscaras al «dulce o truco»

La costumbre de disfrazarse y recorrer las calles tiene una genealogía igualmente compleja. En Irlanda y Escocia existía el guising, práctica en la que personas disfrazadas visitaban las casas y ofrecían canciones, bromas o pequeñas actuaciones a cambio de comida y otros regalos. Estas tradiciones convivieron con las visitas rituales y las peticiones de alimentos vinculadas con el calendario cristiano.

En Estados Unidos, Halloween adquirió durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX una reputación considerablemente traviesa. Las bromas podían incluir ventanas enjabonadas, puertas alteradas y objetos trasladados de lugar. Algunas ciudades comenzaron a organizar celebraciones comunitarias con la intención de reducir los daños y ofrecer actividades supervisadas a los jóvenes.

La expresión trick or treat comenzó a difundirse durante la primera mitad del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento de los suburbios estadounidenses y la disponibilidad de dulces empaquetados favorecieron la expansión de la costumbre. Las calles residenciales se convirtieron en recorridos donde los niños podían tocar las puertas y recibir caramelos de sus vecinos.

El cine, la televisión y la publicidad terminaron por fijar una iconografía reconocible: brujas de sombrero puntiagudo, esqueletos, fantasmas cubiertos con sábanas y calabazas iluminadas. La industria del entretenimiento incorporó Halloween a sus calendarios y el comercio encontró una temporada capaz de renovar sus productos cada año.

La celebración que hoy conocemos se formó mediante esas adaptaciones sucesivas. Cada generación conservó algunos elementos y abandonó otros, mientras nuevas imágenes se incorporaban a una noche que seguía reservando un espacio para lo insólito.

Lo que permanece detrás de las máscaras

En México, Halloween comparte fechas con el Día de Muertos, aunque ambas celebraciones poseen trayectorias históricas diferentes. Las conmemoraciones mexicanas reúnen prácticas indígenas, tradiciones católicas y expresiones comunitarias desarrolladas a lo largo de varios siglos. Su cercanía en el calendario permite encuentros e intercambios, pero sus símbolos y significados requieren ser comprendidos dentro de sus propios contextos.

Quizá por eso el viejo nabo irlandés resulte tan revelador. Su rostro conserva una idea anterior a las tiendas de disfraces y las películas de terror: la posibilidad de que la oscuridad transforme algo conocido en una presencia extraña. Hace más de un siglo, alguien podía encontrar una de esas cabezas iluminadas junto al camino y detenerse unos instantes, incapaz de distinguir si lo que veía era una broma o una advertencia.

Hoy la reproducción de Donegal permanece bajo la iluminación controlada de un museo. La vela ha desaparecido, las manos que tallaron su modelo original también. Queda una boca entreabierta y la expresión incómoda de algo que, incluso a plena luz, todavía parece estar mirando.

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