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Historia

El perro cuyo nombre sobrevivió 3,500 años

Una inscripción desgastada en una tumba egipcia permitió recuperar el nombre de un perro y una historia de cariño que resistió a los siglos.

Hace aproximadamente 3,500 años, un hombre llamado User mandó decorar su tumba en la necrópolis de Tebas. Había sido escriba y administrador durante el reinado de Tutmosis I, y las paredes de su sepultura debían conservar algo de la vida que había conocido: las ofrendas destinadas a alimentarlo en el más allá, los objetos asociados con su posición social y las imágenes que asegurarían su continuidad después de la muerte. En una de aquellas escenas aparece sentado frente a una mesa de alimentos, con un ramo de flores cerca del rostro. Debajo de su silla, casi oculto entre las patas del mueble, permanece un perro de cuerpo esbelto y orejas caídas, con un collar alrededor del cuello y unas manchas rojizas que recorren su pelaje blanco.

La imagen sobrevivió mientras desaparecían las dinastías que habían gobernado Egipto, se abandonaban templos y cambiaba el paisaje de las antiguas ciudades del Nilo. Los colores perdieron intensidad y algunas inscripciones dejaron de ser legibles. Durante décadas, quienes estudiaron aquella tumba pudieron reconocer al perro sin advertir que junto a su cabeza todavía quedaban rastros de una palabra. Una inscripción tan desvanecida que parecía confundirse con la superficie de la pared.

En septiembre de 2026, la egiptóloga Chelsea Kaufman publicó una investigación que permitió recuperar esa palabra mediante técnicas de análisis digital de imágenes. Su lectura reveló un nombre que hasta entonces había pasado inadvertido: dwȝ.ty, traducido como «El del Más Allá». El descubrimiento incorporó una nueva identidad al pequeño repertorio de perros cuyos nombres conocemos del antiguo Egipto. También devolvió una pregunta a la escena funeraria: ¿por qué alguien había considerado importante que aquel animal fuera recordado por su nombre?

El perro debajo de la silla

La tumba de User, identificada por los arqueólogos como TT21, se encuentra en Sheikh Abd el-Qurna, dentro de la necrópolis tebana, cerca de la actual ciudad de Luxor. Su propietario perteneció a la élite administrativa de la dinastía XVIII, una época durante la cual Egipto consolidó su poder político y desarrolló algunas de las expresiones funerarias más reconocibles del Imperio Nuevo. Aunque la datación exacta de la sepultura sigue siendo objeto de discusión, los estudios la relacionan con el reinado de Tutmosis I y, posiblemente, con los años posteriores.

Escena de ofrendas en la tumba de User (TT21), en la necrópolis de Tebas. Bajo la silla del funcionario aparece uno de los perros representados en la decoración funeraria. Fotografía: J. J. Shirley, reproducida en la investigación de Chelsea Kaufman (2026).

En la cámara interior sobreviven varias escenas de ofrendas. Al menos tres representan a un perro sentado debajo de la silla de su propietario. Los animales comparten una apariencia semejante a la de los lebreles: cuerpos delgados, hocicos alargados, orejas caídas y colas curvadas. Era un tipo de perro frecuente en las representaciones del Imperio Nuevo, asociado con actividades como la caza, aunque su presencia en ambientes domésticos y funerarios permite reconocer otras funciones dentro de la sociedad egipcia.

Dos de aquellos perros ya eran conocidos por sus nombres gracias a la documentación arqueológica anterior. Uno se llamaba «El fuerte» y el otro, «El fiel», denominaciones que sugieren cualidades apreciadas por quienes convivían con ellos. El tercero permanecía anónimo. Su representación se encontraba relativamente bien conservada, pero los trazos que lo identificaban habían perdido suficiente pigmento como para escapar a las primeras transcripciones de la tumba.

Hay algo particular en su apariencia. Kaufman observó que el pelaje blanco del animal está atravesado por marcas rojizas onduladas, una combinación inusual en las representaciones caninas egipcias conocidas. Las líneas recuerdan los pliegues del manto que viste User en la misma escena. La semejanza podría obedecer a una decisión deliberada del artista, aunque resulta imposible establecer con certeza su intención. Tal vez buscó reproducir características reconocibles de un animal concreto; quizá quiso establecer una correspondencia visual entre el perro y su propietario. La pintura conserva el detalle, pero guarda silencio sobre sus motivos.

Una palabra que esperaba ser leída

Para recuperar la inscripción, Chelsea Kaufman examinó fotografías de la tumba mediante DStretch, una herramienta de procesamiento digital que permite realzar diferencias cromáticas difíciles de percibir a simple vista. El programa se ha utilizado en investigaciones arqueológicas para estudiar pinturas rupestres, murales y otras superficies cuyos pigmentos han sufrido alteraciones. Su funcionamiento permite destacar ciertas variaciones de color sin intervenir físicamente en el objeto estudiado.

En este caso, los filtros hicieron visibles los signos que se encontraban detrás de la cabeza del perro. La lectura propuesta fue dwȝ.ty, una forma que Kaufman interpreta como «El del Más Allá» y relaciona con un epíteto del dios Anubis. El nombre aparece escrito horizontalmente, de izquierda a derecha, y termina con un signo determinativo que representa a un perro sentado. En la escritura egipcia, estos signos podían ayudar a precisar el significado de las palabras sin formar necesariamente parte de su pronunciación.

Imagen de uno de los perros de la tumba TT21 procesada mediante DStretch. El tratamiento digital permitió destacar los restos de pigmento y facilitar la lectura del nombre dwȝ.ty, traducido como «El del Más Allá». Fotografía: J. J. Shirley. Procesamiento: Chelsea Kaufman.

La postura de ese pequeño signo resulta particularmente interesante. Entre los nombres caninos documentados, los determinativos suelen representar perros de pie, con las orejas erguidas y la cola curvada. El de User reproduce, en cambio, la posición sentada del animal pintado debajo de la silla. Kaufman señala que se trata de uno de los escasos ejemplos conocidos de esta variante. La inscripción contiene, por lo tanto, una atención al aspecto del perro que va más allá de escribir correctamente su nombre.

La investigadora también considera una lectura lingüística alternativa relacionada con la palabra «alumno» o «discípulo», pero encuentra más convincente la asociación con el inframundo, especialmente por el contexto funerario y la relación de los perros con Anubis. La interpretación no permite conocer por qué recibió ese nombre. Pudo expresar una creencia religiosa, una referencia simbólica o algún significado particular para quienes lo conocieron. Tampoco sabemos si la inscripción fue realizada durante la vida del animal o después de su muerte. Lo que sí puede establecerse es que alguien quiso distinguirlo entre las figuras pintadas en la tumba.

Los perros que tuvieron nombre en el antiguo Egipto

El nuevo hallazgo elevó a 97 el número de nombres de perros registrados en el repertorio estudiado por Kaufman. La cifra es pequeña si se considera la enorme cantidad de imágenes de animales que sobrevivieron del antiguo Egipto, desde relieves y pinturas funerarias hasta esculturas y objetos domésticos. Su importancia reside precisamente en esa escasez: cada nombre documentado permite acercarse a una relación individual que las representaciones genéricas difícilmente revelan.

Los egipcios convivieron con perros durante milenios. Algunas imágenes los muestran participando en expediciones de caza, sujetos con correas o acompañando a sus propietarios. En diferentes contextos aparecen como guardianes y animales de compañía. Los nombres conservados aluden con frecuencia a características físicas o rasgos de comportamiento, aunque también existen referencias religiosas y denominaciones que podían utilizarse para seres humanos. Dar nombre a un perro parece haber respondido a prácticas reconocibles dentro de la vida cotidiana, incluso si las formas de entender esa convivencia eran distintas de las actuales.

Relieve funerario egipcio de la V dinastía, hacia 2400 a. C. El perro, representado junto a su propietario, fue identificado mediante una inscripción con el nombre de Beha. Colección del Walters Art Museum, Baltimore.

Resulta revelador que más de la mitad de los nombres caninos conocidos procedan de tumbas privadas. En aquellos espacios, las imágenes estaban destinadas a permanecer junto a sus propietarios y a participar simbólicamente de su existencia futura. Los perros representados bajo una silla podían evocar una escena habitual: un animal que permanecía cerca de su dueño mientras este descansaba, recibía visitas o participaba en alguna actividad doméstica. La posición elegida por los pintores permitía reconocer una cercanía que no necesitaba ocupar el centro de la composición.

La arqueología permite identificar esas formas de proximidad, aunque debemos ser cuidadosos al interpretarlas. No tenemos diarios personales donde User describiera a sus perros, ni relatos que expliquen cómo llegaron a su casa. Desconocemos cuánto vivieron, qué comían o si sus nombres eran pronunciados con afecto, orgullo o familiaridad. Sería tentador imaginar al funcionario regresando a casa mientras sus animales corrían a recibirlo. La pintura, por hermosa que resulte, no documenta semejante escena.

Conserva, en cambio, una decisión extraordinariamente concreta. User aparece acompañado por perros a los que se identificó individualmente, y las representaciones contienen detalles que permiten diferenciarlos. En una cultura donde las imágenes funerarias respondían a convenciones cuidadosamente establecidas, concederles un lugar y un nombre sugiere que su presencia tenía importancia para quienes encargaron la decoración. El nuevo descubrimiento añade un individuo más a esa historia.

Un lugar para los animales en la eternidad

Para los antiguos egipcios, el nombre poseía una importancia que iba más allá de identificar a una persona. Su preservación contribuía a mantener viva su memoria y formaba parte de las prácticas destinadas a asegurar la continuidad de la existencia después de la muerte. Las inscripciones funerarias, las estatuas y las imágenes desempeñaban funciones relacionadas con esas creencias. Ser representado y recordado podía adquirir un sentido religioso que difícilmente encontramos en la manera contemporánea de pensar los retratos.

La presencia de perros identificados por sus nombres dentro de las tumbas introduce una posibilidad sugerente. Kaufman plantea que sus propietarios pudieron haber deseado asegurar también la supervivencia de aquellos animales en el más allá. La combinación de imagen y nombre habría contribuido a preservar su identidad para las generaciones futuras. Se trata de una interpretación sustentada en el contexto funerario egipcio, aunque las evidencias disponibles no permiten conocer las creencias personales de User ni establecer cómo imaginaba el destino de sus perros.

El nombre «El del Más Allá» vuelve especialmente interesante esa posibilidad. Anubis, representado habitualmente con rasgos de cánido, estaba vinculado con los cementerios, la momificación y la protección de los muertos. La relación lingüística propuesta por Kaufman sitúa al perro dentro de un universo religioso en el que los animales podían compartir atributos con determinadas divinidades. Pero sería apresurado concluir que User consideraba sagrado a su perro o que el nombre revela una ceremonia particular. La inscripción ofrece una referencia posible, cuyos alcances todavía desconocemos.

Estatuilla de Anubis representado como un cánido recostado, realizada en madera estucada y pintada durante la Baja Época egipcia. La divinidad estaba vinculada con la protección de los muertos y los rituales funerarios. Museo Egizio, Turín. Imagen: Museo Egizio, CC0.

La investigación también recuerda que la supervivencia de estas historias depende muchas veces de circunstancias materiales. Una pared puede desprenderse, la humedad puede alterar sus pigmentos y una inscripción puede desaparecer antes de que alguien llegue a documentarla. En la tumba TT21, una de las escenas de ofrendas perdió la parte inferior de su muro, precisamente donde podría haber existido otra representación canina. Nadie podrá asegurar si allí estuvo pintado un cuarto perro o si también tenía un nombre. La pérdida forma parte de aquello que conocemos sobre el pasado.

En cambio, una pequeña secuencia de jeroglíficos sobrevivió detrás de la cabeza de otro animal. Las fotografías de la tumba permitieron estudiarla nuevamente y una herramienta digital volvió perceptibles las huellas de pigmento que habían quedado sobre la superficie. Los signos seguían allí, aunque durante mucho tiempo nadie había conseguido leerlos. El nombre de un perro que vivió hace unos treinta y cinco siglos pudo incorporarse otra vez a los registros de la historia.

No sabemos si «El del Más Allá» murió antes que User, si lo acompañó durante años o si fue recordado por alguna característica que ya nadie puede reconocer. Tampoco conocemos el motivo exacto de las marcas rojizas que recorren su cuerpo. Permaneció sentado bajo aquella silla durante generaciones enteras, entre ofrendas pintadas para alimentar a un muerto y signos escritos para preservar su existencia. Mientras los nombres de innumerables gobernantes fueron grabados en monumentos de piedra, el suyo quedó en una pared relativamente discreta de una tumba privada. Alguien había dejado espacio para escribirlo, y la pintura consiguió guardar ese gesto hasta nuestros días.

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