Una sombra oscura se extiende sobre la pared. Debajo, un hombre levanta la mano como si intentara protegerse de aquello que se aproxima. La imagen pertenece a El fantasma del convento, película que Fernando de Fuentes dirigió en 1934, cuando el cine sonoro mexicano comenzaba a explorar las posibilidades de la voz, el silencio y el miedo. Casi un siglo después, aquella escena conserva algo inquietante. También plantea una pregunta menos evidente: ¿qué habría ocurrido si las imágenes hubieran desaparecido antes de llegar hasta nosotros?
El cine tiene una relación particularmente frágil con el tiempo. Durante buena parte de su historia dependió de soportes susceptibles al deterioro, a los incendios y a las condiciones de almacenamiento. Algunas películas sobrevivieron en copias incompletas; otras se perdieron definitivamente. Las que podemos ver hoy forman parte de una memoria que necesitó archivos, especialistas y decisiones de conservación para mantenerse accesible.
Este 27 de octubre, Día Mundial del Patrimonio Audiovisual, el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) celebra esa labor con una programación de siete títulos de su acervo. Entre el 27 de octubre y el 3 de noviembre, las películas llegarán a once espacios independientes de nueve entidades del país, cinco televisoras públicas y la plataforma Nuestro Cine Mx. La selección reúne obras que permiten observar cómo ha cambiado el cine mexicano a lo largo de distintas generaciones.
Una ciudad que vuelve a aparecer
Uno de los acontecimientos centrales de la programación es la presentación de una versión restaurada de Valle de México(1976), cortometraje documental de Rubén Gámez que registra el crecimiento urbano de la capital durante los años setenta.
Gámez, conocido por una filmografía experimental que incluye La fórmula secreta (1965), encontró en la ciudad un territorio de exploración visual. En Valle de México, las imágenes se suceden mediante un montaje que observa la velocidad de la transformación urbana. La expansión de la metrópoli, sus construcciones y su ritmo aparecen como fragmentos de una geografía sometida a cambios continuos.
El cortometraje adquiere hoy una dimensión documental que excede las intenciones de su época. Aquellas calles y extensiones urbanas pertenecen a una ciudad que ya no existe de la misma manera. Volver a sus imágenes permite reconocer cuánto se ha transformado el paisaje y cuánto de aquella transformación continúa.
La restauración fue realizada por el Imcine en colaboración con Estudios Churubusco, utilizando una copia positiva conservada en el acervo de la Cineteca Nacional. Ese dato resulta revelador: la supervivencia de una obra puede depender de un ejemplar resguardado durante décadas, cuya existencia permite emprender trabajos de recuperación cuando los materiales originales no están disponibles.
Restaurar una película implica examinar su estado, identificar daños y decidir cómo intervenir sin alterar indebidamente sus características. La digitalización facilita nuevas formas de acceso, aunque conservar los materiales físicos sigue siendo una responsabilidad de los archivos cinematográficos.
Siete películas, distintas maneras de mirar México
La programación del Imcine comienza, cronológicamente, con El fantasma del convento (1934), de Fernando de Fuentes, una de las obras tempranas del cine mexicano de terror sonoro. Su historia de viajeros que buscan refugio en un antiguo convento aprovecha la arquitectura, las sombras y los espacios cerrados para construir una atmósfera de inquietud.
Décadas después aparece Un cuento de ciudad (1986), de Laura Silvia Iñigo Dehud, una de las piezas que integran esta selección de cortometrajes. Su inclusión recuerda la importancia de conservar también obras de menor circulación, cuyos recorridos comerciales suelen ser mucho más limitados que los de los largometrajes.
La animación tiene una presencia especial. Amada (1988) y El héroe (1993), de Carlos Carrera, permiten observar dos momentos de un director que encontró en el dibujo un lenguaje para explorar emociones y conflictos humanos. En El héroe, premiado en Cannes, un incidente en el metro conduce a una amarga reflexión sobre la indiferencia y las consecuencias inesperadas de intentar ayudar a alguien.

Hasta los huesos (2001), de René Castillo, propone otra relación con la muerte. Inspirado en la iconografía popular mexicana, el cortometraje utiliza la animación cuadro por cuadro para acompañar a un hombre que descubre el mundo de los muertos. Sus figuras evocan la tradición gráfica de las calaveras y construyen un universo donde el humor convive con lo macabro.
También figura Cronos, el primer largometraje de Guillermo del Toro, estrenado en 1993. Su historia de un anticuario que encuentra un misterioso mecanismo capaz de prolongar la vida ya contenía algunas de las preocupaciones que reaparecerían en la filmografía del director: la relación entre el cuerpo y la transformación, el deseo de sobrevivir y la ternura que puede esconderse detrás de lo monstruoso.
Vistas en conjunto, estas obras revelan la variedad del patrimonio cinematográfico. En sus imágenes conviven distintas técnicas de animación, experimentos narrativos y maneras de representar las ciudades o imaginar lo sobrenatural.
La preservación permite que esas diferencias sigan siendo visibles y que nuevas generaciones puedan estudiarlas desde inquietudes distintas a las de sus primeros espectadores.
El trabajo invisible detrás de una imagen
La celebración tendrá también una función especial en la Cineteca Nacional de México, donde se estrenará en pantalla grande la restauración de Valle de México, acompañada por seis cortometrajes y materiales digitalizados del archivo de no ficción.
Entre ellos se encuentran fragmentos de las colecciones Harry Wright, Osorno Barrona y Miguel Alemán, además de La azotea (1953), de Jorge Durán Chávez, y Un fuego nuevo. Crónica de una comunidad (1973), de Adolfo Garnica, perteneciente a la colección de la Filmoteca de la UNAM.

Después de las proyecciones se celebrará la mesa «Donde la memoria permanece: conservar el patrimonio audiovisual», con la participación de Guadalupe León, restauradora de imagen; Felipe Meléndez, restaurador de sonido; el historiador Israel Rodríguez y la investigadora Catherine Bloch.
La conversación permitirá acercarse a un trabajo que ocurre habitualmente lejos de las salas. Una película puede requerir meses de revisión y tratamiento antes de volver a proyectarse. Hay decisiones técnicas sobre las imágenes y los sonidos que determinan cómo será recibida por quienes nunca conocieron su versión original.
El Día Mundial del Patrimonio Audiovisual, establecido por la Unesco en 2005, busca precisamente llamar la atención sobre estos esfuerzos y sobre la vulnerabilidad de las grabaciones que documentan la vida de distintas sociedades.
Lo que todavía podemos mirar
Las siete películas seleccionadas por el Imcine pertenecen a momentos distantes del siglo XX mexicano. Algunas fueron reconocidas internacionalmente; otras encontraron públicos pequeños o circularon durante años fuera de los grandes circuitos de exhibición.
Que hoy puedan presentarse juntas permite apreciar una continuidad construida por realizadores y por quienes han conservado sus obras. Cada copia recuperada amplía las posibilidades de estudiar cómo se filmaba, qué historias interesaban y qué imágenes se utilizaban para representar una época.

En El fantasma del convento, una sombra amenaza a un hombre que levanta la mano frente a lo desconocido. La escena continúa provocando inquietud noventa y dos años después de su estreno. El espectador puede volver a mirarla, detenerse en su composición y descubrir detalles que probablemente pasaron inadvertidos en las primeras proyecciones.
Hay películas que todavía esperan esa oportunidad, otras sobreviven únicamente en fragmentos, fotografías o documentos que confirman que alguna vez existieron. Mientras tanto, en una sala oscura, un proyector vuelve a encenderse y una ciudad de 1976 aparece ante espectadores que jamás la conocieron.













































