Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Actualidad

Monet y los últimos iris de Giverny

Una pintura realizada en los últimos años de Claude Monet reapareció luego de un siglo oculta y alcanzó los 50 mde en París.

En los últimos años de su vida, Claude Monet había comenzado a pintar flores que parecían desprenderse de la tierra. Los tallos se confundían con el agua, las hojas adquirían tonalidades inesperadas y la luz dejaba de iluminar los objetos para mezclarse con ellos. El jardín de Giverny, que durante décadas había sido su lugar de trabajo, se convirtió en un territorio cada vez más difícil de delimitar sobre el lienzo. Allí, entre los iris que crecían junto al estanque y los senderos que conocía de memoria, el pintor francés continuó trabajando mientras su vista se deterioraba. Una de aquellas pinturas, realizada entre 1924 y 1925, permaneció durante generaciones fuera de las exposiciones públicas. El pasado 22 de octubre, casi un siglo después de su creación, volvió a ocupar un lugar ante los espectadores.

La obra se titula Iris y mide aproximadamente 160 por 180 centímetros. Su aparición formó parte de Le Temps retrouvé, la subasta de la colección Schlumberger organizada por Sotheby’s en París. Seis postores compitieron durante cerca de 45 minutos hasta que el cuadro fue adjudicado por 50 millones de euros, incluidas las comisiones. La cifra estableció un récord nominal para una obra de arte vendida en subasta en Francia, aunque, al considerar la inflación, existen antecedentes que superan ese resultado. La pintura fue adquirida por un coleccionista privado de Asia.

La noticia devolvió la atención a una etapa de Monet que durante mucho tiempo desconcertó incluso a quienes admiraban su obra. El artista que había enseñado a mirar los cambios de la luz sobre una fachada o un campo de amapolas estaba llegando a una pintura de superficies agitadas, donde las formas parecían perder su estabilidad. Para comprender aquellos iris hay que regresar a Giverny, a los años en que el jardín comenzó a ocupar casi todo su horizonte.

El jardín que Monet construyó para pintar

Cuando Monet se instaló en Giverny, en 1883, todavía no existía el jardín que hoy atrae a visitantes de todo el mundo. Había una casa, un terreno y las posibilidades que ofrecía una propiedad rural en Normandía. Con el tiempo, el pintor adquirió terrenos adicionales, modificó el curso de pequeñas corrientes de agua y organizó plantaciones que respondían a sus preferencias cromáticas. Le interesaban las flores tanto por sus formas como por las relaciones que podían establecer entre ellas. Su jardín fue creciendo mediante decisiones que recordaban el trabajo sobre una composición pictórica.

En 1893 obtuvo el terreno donde desarrollaría el jardín acuático, con su estanque, sus nenúfares y el puente de inspiración japonesa. También cultivó iris de distintas variedades, cuyas hojas alargadas y flores de pétalos irregulares ofrecían posibilidades diferentes a las de los nenúfares. Mientras estos extendían sus superficies sobre el agua, los iris introducían movimientos verticales, tallos que podían cruzarse y desaparecer entre otras plantas. Monet los pintó en distintos momentos de su vida, pero adquirieron una presencia particular durante sus últimas investigaciones sobre el jardín.

Claude Monet, El jardín de Monet en Giverny (1895). El pintor convirtió su propiedad en Normandía en un laboratorio de observación de la luz y las transformaciones de la naturaleza. Fuente: Wikimedia Commons / Colección Emil Bührle.

El pintor había recorrido buena parte de Francia buscando motivos que cambiaran con la luz. En las décadas anteriores había trabajado frente a la catedral de Ruan, los almiares de los campos normandos y el Parlamento de Londres, regresando a un mismo lugar para registrar sus variaciones atmosféricas. En Giverny encontró una posibilidad distinta: permanecer. Podía observar durante meses una misma planta, esperar a que cambiara la estación y volver a trabajar sobre un lienzo comenzado mucho antes. El jardín le permitía estudiar transformaciones mínimas sin necesidad de desplazarse.

A partir de la Primera Guerra Mundial, su mundo cotidiano se concentró cada vez más en aquella propiedad. La muerte de su segunda esposa, Alice, en 1911, y la de su hijo Jean, en 1914, habían marcado sus últimos años. Mientras Europa atravesaba la guerra, Monet continuó trabajando en sus grandes composiciones de nenúfares y en pinturas de flores que adquirían una escala cada vez más envolvente. Los iris pertenecen a ese periodo en que el jardín se convirtió en una fuente casi inagotable de imágenes.

Pintar cuando los ojos comienzan a fallar

En 1912, Monet recibió un diagnóstico de cataratas. La enfermedad fue alterando su percepción de los colores y la nitidez de las formas, hasta afectar considerablemente su capacidad para trabajar. Sus dificultades visuales aparecen documentadas en la correspondencia de aquellos años, donde expresó su frustración ante la imposibilidad de distinguir los tonos con la precisión a la que estaba acostumbrado.

Claude Monet frente a su casa de Giverny, en 1921. Esta fotografía en color, realizada mediante la técnica del autocromo, muestra al artista durante sus últimos años. Fuente: Musée d’Orsay / Wikimedia Commons. La reproducción está acreditada a RMN / Patrice Schmidt; conviene revisar sus condiciones de uso editorial.

En 1923 se sometió a intervenciones quirúrgicas en uno de sus ojos. La recuperación resultó complicada y necesitó lentes especiales para compensar los cambios en su visión. Las cataratas habían afectado su percepción cromática, especialmente en determinadas zonas del espectro, y la cirugía introdujo nuevas dificultades de adaptación. Algunas pinturas de esta época muestran colores intensos y contrastes que durante mucho tiempo fueron explicados exclusivamente a partir de sus problemas oculares. Sin embargo, la relación entre la enfermedad y sus decisiones artísticas requiere cautela. Monet llevaba décadas experimentando con la disolución de los contornos, las variaciones de luz y la acumulación de pinceladas.

Iris, pintada entre 1924 y 1925, pertenece precisamente a los años posteriores a aquellas operaciones. En el lienzo, los verdes ascienden desde la parte inferior mientras los azules y violetas atraviesan una superficie donde las flores apenas conservan límites definidos. Hay manchas amarillas que permiten reconocer algunos iris, pero la mirada encuentra dificultades para separar los pétalos del follaje. Hacia la derecha, las pinceladas blancas forman una zona luminosa que parece extenderse sobre el resto de la composición.

Claude Monet, El sendero entre los iris (1917). Los tallos y las flores comienzan a fundirse en una composición donde el color adquiere una creciente autonomía. Fuente: The Metropolitan Museum of Art / Wikimedia Commons.

La pintura conserva la presencia física del jardín, aunque su organización responde a una libertad que Monet había conquistado después de décadas de trabajo. Algunas pinceladas son anchas y rápidas; otras parecen corregir o prolongar movimientos anteriores. La superficie permite seguir el recorrido de la mano, las capas de color y los lugares donde una forma quedó parcialmente cubierta por otra. El espectador reconoce flores y hojas, pero también puede detenerse en la materia pictórica sin necesidad de identificar cada elemento.

La modernidad de un pintor anciano

Cuando Monet murió el 5 de diciembre de 1926, a los 86 años, su reputación estaba firmemente establecida. Había sido una figura decisiva del impresionismo, aunque sus últimas pinturas todavía no ocupaban el lugar que adquirirían durante la segunda mitad del siglo XX. Los grandes paneles de nenúfares que había ofrecido al Estado francés fueron instalados en el Museo de la Orangerie e inaugurados en mayo de 1927, pocos meses después de su muerte.

Aquellas composiciones monumentales desconcertaron a parte del público. Su escala y la ausencia de referencias espaciales tradicionales resultaban difíciles de conciliar con la imagen más conocida del impresionismo. Durante años, numerosos cuadros tardíos permanecieron en el estudio de Giverny, bajo la custodia de Michel Monet, hijo del pintor. Su valoración comenzó a cambiar cuando artistas y críticos de mediados del siglo XX encontraron afinidades entre aquellas superficies y las búsquedas de la pintura abstracta.

Claude Monet, Nenúfares, Museo de la Orangerie, París. Sus grandes composiciones envolventes fueron fundamentales para la revaloración de la última etapa del impresionista francés. Fuente: fotografía de Sailko / Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0

La relación con el expresionismo abstracto estadounidense se convirtió en una de las interpretaciones más influyentes de este periodo. Las grandes dimensiones, las pinceladas visibles y la reducción de las referencias espaciales permitían establecer conexiones con la obra de artistas como Jackson Pollock o Mark Rothko. Esas comparaciones ayudaron a recuperar el interés por el último Monet, aunque también plantearon el riesgo de juzgar sus pinturas únicamente por lo que otros artistas harían después.

Monet había llegado a aquellas soluciones siguiendo sus propias preguntas sobre la naturaleza y la percepción. En sus iris todavía persiste la observación de las plantas, la memoria de sus colores y el movimiento de las hojas bajo la luz. La libertad de la pincelada procede de una experiencia acumulada durante más de sesenta años. Su pintura tardía puede dialogar con la abstracción sin perder la relación con el jardín que la hizo posible.

Una pintura que permaneció en silencio

La historia posterior de Iris estuvo ligada a dos mujeres que reconocieron el interés de aquellas obras cuando todavía despertaban reservas. La galerista Katia Granoff participó en la recuperación y circulación de pinturas conservadas por la familia Monet. Entre sus compradoras estuvo Jeanne Schlumberger, coleccionista francesa que comenzó a formar su conjunto artístico durante la década de 1950.

Schlumberger adquirió Iris y otras obras tardías de Monet para su residencia parisina. Su colección reunía también pinturas y esculturas de artistas como Pierre Bonnard, Gustave Moreau y Camille Claudel. Aunque se trataba de piezas importantes, la coleccionista prefería conservarlas en un entorno doméstico y evitaba prestarlas para exposiciones. En consecuencia, Iris permaneció prácticamente desconocida para el público y durante mucho tiempo circuló únicamente mediante una reproducción fotográfica en blanco y negro.

Su conservación ofrece otro detalle singular. Según Sotheby’s, el cuadro mantiene su tela original y nunca fue barnizado. Esta circunstancia permite observar una superficie especialmente cercana a la que dejó Monet, aunque cualquier interpretación de su estado debe considerar los procesos naturales de envejecimiento de los materiales. La pintura reapareció en un momento en que la obra tardía del artista ocupa un lugar central en museos y colecciones internacionales.

La subasta del 22 de octubre reunió 27 obras de la colección Schlumberger y alcanzó un total de 74.4 millones de euros. Iris concentró la mayor parte de la atención, pero la venta también incluyó otros cuadros de Monet. Tres pinturas tempranas de Cézanne fueron retiradas antes de la sesión ante la posibilidad de que regresen a Aix-en-Provence mediante una adquisición destinada al Museo Granet.

El destino inmediato de Iris vuelve a ser una colección privada. Su venta tampoco garantiza que permanezca accesible para los visitantes de un museo, una incertidumbre que acompaña a muchas obras maestras cuando cambian de propietario. Durante unos días, sin embargo, el público pudo contemplar una pintura que había atravesado casi un siglo lejos de las salas de exposición.

En Giverny, Monet había dedicado sus últimos años a observar flores que regresaban cada primavera y desaparecían al terminar la estación. Las pintó mientras su vista cambiaba y mientras el jardín, cuidadosamente construido durante décadas, continuaba creciendo a su alrededor. Los iris de 1924 y 1925 pertenecen a ese tiempo de persistencia, cuando el artista seguía encontrando motivos para trabajar en un lugar que conocía mejor que ningún otro. Un siglo después, la pintura ha cambiado de manos por una suma extraordinaria. Sobre el lienzo permanecen las flores que Monet vio, recordó y volvió a pintar hasta casi el final de su vida.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Artes

Pintada en los últimos meses de su vida, la obra reaparece en Hong Kong antes de una subasta que podría romper todos los récords.

Actualidad

Van Gogh, Cézanne, Monet, Degas y Renoir forman parte de una colección privada que estuvo oculta por décadasy será subastada por Sotheby’s.

Artes

Bailarinas, bañistas y caballos aparecen como si la escena hubiera empezado antes de que miráramos; Degas hizo del recorte una forma de modernidad.

Artes

Tardó décadas en llegar a sus campos de color. En el camino dejó figuras, paisajes y relatos, hasta quedarse con luz, escala y silencio.

BRUXA Ad Astra / Todos los derechos reservados © 2026 Brúxula News