Vincent Price tenía una manera peculiar de anunciar una desgracia. Podía recibir a sus invitados con una sonrisa impecable, ofrecerles una copa de vino y conversar sobre pintura mientras el espectador comenzaba a sospechar que ninguno saldría con vida de aquella habitación. Su voz, pausada y ligeramente musical, parecía disfrutar de cada palabra. Incluso cuando interpretaba a un asesino, conservaba los modales de un anfitrión que conocía demasiado bien las reglas de la cortesía como para abandonarlas en mitad de una atrocidad.
Durante buena parte del siglo XX, aquel hombre alto, de bigote cuidadosamente recortado y mirada inquisitiva, fue uno de los rostros más reconocibles del cine de terror. Sus personajes habitaban castillos en ruinas, museos de cera y mansiones donde las familias escondían secretos imposibles de enterrar. Podían estar enloquecidos por los celos, el duelo o una obsesión estética, pero Price encontraba en ellos cierta humanidad, a veces ridícula y otras dolorosamente reconocible. Tenía el talento de provocar una carcajada apenas unos segundos antes de hacernos sentir incómodos por haber reído.
El 25 de octubre de 1993, Vincent Price murió en Los Ángeles a los 82 años. Había participado en más de un centenar de películas, trabajado en teatro y televisión, escrito sobre arte y gastronomía, y prestado su inconfundible voz a una de las canciones más famosas de Michael Jackson. A 33 años de su muerte, su carrera permite recordar una época en la que el horror podía presentarse vestido de etiqueta, pronunciar versos de Edgar Allan Poe y despedirse con una sonrisa que dejaba al público preguntándose de qué, exactamente, se había reído.
Un caballero entre pinturas y monstruos
Vincent Leonard Price Jr. nació el 27 de mayo de 1911 en St. Louis, Missouri, en una familia acomodada vinculada a la industria alimentaria. Creció rodeado de libros y tuvo la oportunidad de viajar a Europa siendo adolescente, donde visitó museos y descubrió algunas de las obras que alimentarían su interés por la historia del arte. Aquella educación dejó una huella que persistiría mucho después de que Hollywood comenzara a ofrecerle papeles de científicos extravagantes y aristócratas homicidas.
Estudió inglés e historia del arte en la Universidad de Yale y continuó su formación en Londres. En Inglaterra descubrió el teatro y terminó por abandonar el camino académico que parecía destinado a seguir. Su aparición en la obra Victoria Regina, donde interpretó al príncipe Alberto, le abrió las puertas de Broadway. Su formación escénica aportó a sus posteriores interpretaciones cinematográficas una dicción precisa y un dominio del gesto que podía resultar solemne o deliberadamente exagerado según lo exigiera la escena.

Su debut en el cine llegó en 1938 con Service de Luxe, una comedia protagonizada por Constance Bennett. Durante los años siguientes interpretó personajes secundarios y participó en producciones tan diferentes como The Song of Bernadette (1943) y Laura (1944), el célebre melodrama negro de Otto Preminger. En esta última apareció como Shelby Carpenter, un hombre encantador cuya elegancia encubría una personalidad bastante menos admirable. Todavía faltaban algunos años para que su nombre quedara asociado definitivamente al género de terror.
Fuera de los estudios, Price cultivaba sus intereses artísticos con una dedicación que sorprendía a quienes únicamente lo conocían por sus películas. Coleccionaba pintura, impartía conferencias y defendía la posibilidad de acercar las obras de arte a públicos que rara vez podían adquirirlas. Durante la década de 1960 colaboró con Sears en un programa de venta de arte original, una iniciativa que trasladaba la experiencia de comprar pinturas y grabados a un espacio comercial poco habitual para ese propósito. También contribuyó al desarrollo de una colección artística vinculada al East Los Angeles College, institución donde actualmente se encuentra el Vincent Price Art Museum.
Su relación con el arte ocupó una parte considerable de su vida pública. En una entrevista realizada en 1992 para los Archives of American Art del Smithsonian, Price recordó sus experiencias como coleccionista, sus amistades con artistas y el ambiente cultural de Los Ángeles durante las décadas de 1940 y 1950. La conversación revela a un hombre interesado en las condiciones materiales que permiten producir y conservar las obras, alguien que podía pasar de un rodaje a una exposición sin sentir que estaba abandonando uno de sus mundos por el otro.
La belleza también puede ser monstruosa
En 1953, House of Wax, dirigida por André de Toth, transformó la trayectoria de Price. La película, estrenada en el auge del cine tridimensional, contaba la historia de Henry Jarrod, un escultor que dedicaba su vida a crear figuras de cera de extraordinario parecido humano. Después de sufrir un incendio que destruye su trabajo y desfigura su cuerpo, el artista reconstruye su museo mediante procedimientos que convierten la búsqueda de perfección en una forma de asesinato.

La elección de Price resultó especialmente apropiada para un personaje incapaz de separar su amor por la belleza de su deseo de poseerla. Jarrod observa las figuras con una delicadeza que parece corresponder a un conservador de museo, aunque detrás de sus modales se descubre una violencia aterradora. La película aprovecha esa contradicción mediante escenarios recargados y figuras inmóviles que obligan al espectador a preguntarse dónde termina la representación y comienza el cuerpo humano.
El éxito de House of Wax convirtió a Price en una figura habitual del terror cinematográfico. Llegaron títulos como The Fly (1958) y House on Haunted Hill (1959), donde su presencia adquirió una cualidad cada vez más reconocible. En esta última interpretó a Frederick Loren, un millonario que invita a varias personas a pasar una noche en una casa supuestamente embrujada a cambio de una considerable recompensa económica. Price disfruta cada insinuación sobre los peligros que aguardan a sus invitados, como si todo formara parte de un juego privado cuyas reglas únicamente él conoce.
La asociación con el horror también dependía de su capacidad para comprender el carácter artificial del espectáculo. Price podía habitar una película repleta de efectos extravagantes sin tratar de convencer al público de que sus acontecimientos debían aceptarse con absoluta seriedad. Reconocía el placer de la exageración, el decorado teatral y las convenciones del género. Esa complicidad con el espectador sería decisiva en sus colaboraciones posteriores.
Edgar Allan Poe encuentra su voz
En 1960, el director Roger Corman estrenó House of Usher, adaptación libre del relato de Edgar Allan Poe protagonizada por Price como Roderick Usher. La película inauguró una serie de producciones de American International Pictures inspiradas en la obra del escritor estadounidense, entre ellas The Pit and the Pendulum (1961), The Raven (1963) y The Masque of the Red Death (1964).
En esos largometrajes, Price encontró personajes que parecían escritos para su peculiar sensibilidad escénica. Roderick Usher vive atormentado por una percepción extrema de los sonidos y por la convicción de que su familia está condenada. Su figura delgada, la expresión fatigada y una voz que oscila entre la fragilidad y la amenaza producen la impresión de un hombre consumido lentamente por su propia imaginación.

Corman aprovechó los presupuestos limitados mediante decorados elaborados, colores intensos y una fotografía que convertía las mansiones en espacios de pesadilla. Los personajes de Price recorrían corredores cubiertos de terciopelo, habitaciones iluminadas por candelabros y criptas donde el pasado parecía resistirse a permanecer enterrado. La influencia del expresionismo y de la tradición gótica permitía construir mundos en los que el miedo nacía de la arquitectura tanto como de los acontecimientos.
En The Masque of the Red Death, Price interpretó al príncipe Próspero, un aristócrata cruel que se refugia en su castillo mientras una epidemia devasta los pueblos cercanos. Rodeado de lujo, celebra fiestas y somete a sus invitados a juegos que revelan su desprecio por el sufrimiento ajeno. La interpretación posee una frialdad distinta de la angustia de Roderick Usher. Próspero disfruta de su poder y observa la muerte con la indiferencia de quien supone que sus privilegios le permitirán mantenerse a salvo.
Las adaptaciones de Corman distaban de ser transcripciones fieles de Poe. Mezclaban relatos, ampliaban personajes y añadían imágenes concebidas para el espectáculo cinematográfico. Price aportaba una continuidad emocional a esos universos mediante su voz, capaz de convertir un parlamento excesivo en una confesión íntima. Su dominio de las pausas y su atención al ritmo de las palabras hicieron que Poe encontrara en él uno de sus intérpretes populares más reconocibles.
El placer de reírse de la muerte
A comienzos de los años setenta, Price llevó su inclinación por el humor negro hacia personajes cada vez más extravagantes. En The Abominable Dr. Phibes (1971), interpretó a un médico y organista que organiza una serie de asesinatos inspirados en las plagas bíblicas. El personaje vive rodeado de autómatas, instrumentos musicales y una decoración art déco que convierte su guarida en una fantasía macabra. Su rostro desfigurado le impide hablar normalmente, por lo que utiliza un dispositivo para producir una voz artificial. Incluso privado de uno de sus recursos interpretativos más reconocibles, Price consigue dotarlo de personalidad mediante la postura y los movimientos.
Dos años después protagonizó Theatre of Blood (1973), una de las películas que mejor aprovecharon su sentido de la ironía. Allí interpreta a Edward Lionheart, un actor shakespeariano que decide vengarse de los críticos teatrales responsables de humillarlo profesionalmente. Sus asesinatos reproducen episodios de las obras de Shakespeare, transformando cada crimen en una representación elaborada.

La película ofrece una lectura particularmente divertida de las susceptibilidades del mundo artístico. Lionheart es un intérprete convencido de su propio talento, incapaz de aceptar que los críticos tengan derecho a cuestionarlo. Price lo interpreta con una mezcla de vanidad, resentimiento y entusiasmo teatral que permite reconocer la fragilidad de un hombre entregado por completo a su oficio. La violencia resulta grotesca, aunque la película reserva buena parte de su crueldad para quienes creen que una reseña puede decidir el valor definitivo de una vida dedicada al escenario.
Price parecía disfrutar especialmente de esos personajes conscientes de su propia teatralidad. Su actuación podía ser deliberadamente excesiva, pero cada exageración tenía un ritmo. Una ceja ligeramente levantada o una pausa antes de pronunciar una amenaza bastaban para provocar una reacción. Sabía cuánto podía prolongarse una escena antes de transformarse en comedia y cuándo convenía dejar que el silencio recuperara el control.
De Michael Jackson al niño que quería ser Vincent Price
En 1982, Tim Burton dirigió Vincent, un cortometraje de animación en stop motion sobre un niño de siete años llamado Vincent Malloy que sueña con convertirse en Vincent Price. El pequeño imagina habitaciones sombrías, experimentos científicos y destinos trágicos inspirados en los relatos góticos que tanto admira. La historia se desarrolla mediante imágenes en blanco y negro, figuras angulosas y una narración que oscila entre la fantasía infantil y el homenaje cinematográfico.
Burton consiguió que el propio Price prestara su voz al relato. El resultado tiene algo de encuentro entre generaciones: un actor cuya carrera había alimentado durante décadas la imaginación de espectadores jóvenes narra las fantasías de un niño que desea parecerse a él. Price comprendió el afecto que contenía aquella pequeña película, y su participación inauguró una relación artística que continuaría años después.
En 1983, millones de oyentes escucharon su voz en Thriller, la canción de Michael Jackson producida por Quincy Jones. El monólogo final, escrito por Rod Temperton, culminaba con la célebre carcajada del actor. Price se incorporó así a una obra que trasladaba la iconografía del cine de terror a la cultura musical de masas. Para una generación que quizá nunca había visto House of Wax o las películas de Roger Corman, aquella intervención ofrecía un primer encuentro con su peculiar manera de pronunciar palabras aterradoras.
También participó en la película animada de Disney The Great Mouse Detective (1986), dando voz al extravagante villano Ratigan. El personaje reunía cualidades que Price había cultivado durante toda su carrera: vanidad, inteligencia y una cortesía que podía desaparecer ante la menor provocación.
En 1990, Burton volvió a convocarlo para Edward Scissorhands. Price interpretó al inventor que crea a Edward, un muchacho artificial cuyas manos todavía no han sido terminadas cuando su creador muere. Su aparición es breve, pero transmite una ternura que contrasta con los numerosos científicos amenazantes que había interpretado durante décadas. En lugar de diseñar una criatura para destruir el mundo, construye a alguien que desea conocerlo y ser amado. Fue su última interpretación para un largometraje estrenado durante su vida, aunque continuó realizando algunos trabajos posteriores para otras producciones.
La voz que permanece encendida
Vincent Price murió en su casa de Hollywood Hills el 25 de octubre de 1993, después de padecer cáncer de pulmón. Tenía 82 años y una carrera que había atravesado varias transformaciones de la industria cinematográfica, desde el sistema clásico de estudios hasta el auge del videoclip y la animación contemporánea. Había sido galán, villano, narrador y presentador; también había encontrado tiempo para publicar libros de cocina, impartir conferencias y defender el acceso público a las artes.
Una parte de su legado permanece en el Vincent Price Art Museum de California, institución vinculada al East Los Angeles College que conserva y exhibe obras de distintas tradiciones artísticas. Resulta apropiado que un hombre recordado por interpretar a coleccionistas obsesivos y artistas enloquecidos haya dejado también una contribución concreta a la educación artística. Su interés por los objetos hermosos no terminaba cuando se apagaban las cámaras.

En sus películas todavía podemos observar la manera en que levantaba ligeramente la mirada antes de responder, el placer con que pronunciaba ciertas palabras o la sonrisa apenas contenida de alguien que conocía perfectamente el efecto que estaba provocando. Su carrera pertenece a una tradición cinematográfica donde la actuación conservaba una relación estrecha con el escenario teatral, aunque Price aprendió a modularla para una cámara capaz de descubrir el movimiento más pequeño.
Quizá por eso su aparición en Edward Scissorhands conserva una emoción particular. El inventor trabaja en silencio, rodeado de mecanismos y objetos inacabados, mientras prepara unas manos humanas para el muchacho que ha creado. Sus gestos son delicados y su voz parece haber abandonado por un momento toda inclinación hacia la amenaza. Durante décadas, Vincent Price había representado a hombres que utilizaban su inteligencia para fabricar monstruos. En aquella habitación de Tim Burton, el viejo actor interpretaba a alguien que intentaba enseñar a una criatura cómo tocar el mundo sin lastimarlo.













































