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La brutal explosión volcánica que inspiró la obra más dramática de Edvard Munch

Un día de 1893, cuando Edvard Munch tenía 29 años, el cielo se inundó de sangre. Esa vista inspiró su cuadro más famoso: “El grito”.

Edvard Munch pasó la mayor parte de su vida adulta en Oslo. Como capital de Noruega, era el punto álgido de contacto cultural con otros países europeos. Sin embargo, el pintor no tuvo que salir de la capital para asombrarse con la naturaleza. Por el contrario, una tarde verano, mientras el cielo se encendía en tonalidades naranjas, rojas y doradas, le llegó una revelación: la naturaleza lo estaba llamando.

Acudir al llamado de la naturaleza

el grito Edvard Munch
Ésta es la última fotografía que se le hizo a Edvard Munch en su estudio de Oslo (1943). Crédito: APIC/Getty Images

Edvard Munch era de una ciudad pequeña en Noruega: Løten. Durante sus primeros años de vida,sufrió graves pérdidas: familiares, amigos y seres queridos le fueron arrebatados siendo apenas un niño, según documenta HA! Historia/Arte. Aterrorizado por contraer tuberculosis, su padre lo mantuvo en un régimen estricto, alejado de todo el mundo. Por eso, también, prefirió mantenerse en contacto con el entorno natural.

Al alcanzar la mayoría de edad, abandonó su pueblo natal para estudiar ingeniería en Oslo. Muy pronto abandonó el sueño de ser ingeniero, y decidió seguir los pasos del pintor francés Paul Gauguin. Admiraba la destreza con la que combinaba el movimiento con el color, así que se propuso adecuar la estética modernista al estilo sórdido de su propio país.

En el mismo contexto, los primeros influjos de la corriente filosófica existencialista se extendían por toda Europa. Aunque el movimiento expresionista ni siquiera se había consolidado bien todavía, a Edvard Munch le parecía adecuado que las grandes penas que acongojan al ser humano puedan ser representadas por medio del tempera:

“[…] una técnica similar a la acuarela”, explica Valeria Flores López-Araiza, historiadora del Arte de la Universidad Iberoamericana. “Es el pigmento con goma arábiga que se diluye en agua. El color se satura mucho más que en la acuarela y por eso se logran texturas y tonos más vibrantes“.

Este dinamismo entre el color, la saturación y el movimiento era lo que Munch necesitaba para expresar la angustia existencial. Aunque originalmente su intención era acudir al llamado de la naturaleza —tras años de encierro, para evitar contagiarse de tuberculosis—, su estilo “nada naturalista llamó la atención“, según documenta el historiador Miguel Calvo Santos.

Un día, cuando el pintor tenía 29 años, el cielo se inundó de sangre.

Llamas en el cielo

el grito Edvard Munch
Terje Pedersen / NTB / AFP

Años más tarde, Edvard Munch escribiría una carta a sí mismo. En ella, cuenta cómo estaba caminando al ocaso con unos amigos en Oslo. De pronto, el cielo se encendió en contabilidades de cobre y sangre. Así lo describió en 1893:

“Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio – sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad – mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”.

El impacto que generó la violencia de los colores en el cielo inspiró a Edvard Munch a pintar su obra más enigmática: El grito (1893). De acuerdo con la BBC, es natural que el pintor se haya asombrado con el fenómeno atmosférico. Se trata de “un raro tipo de nube que aparece de tanto en tanto a grandes alturas en el norte de Europa”, explica el medio.

Con toda la fuerza de un volcán

Coloquialmente, se les conoce como ‘nubes nacaradas‘, por las tonalidades que adoptan al filtrar la luz del Sol. Generalmente, esto sucede después de explosiones volcánicas muy potentes. Historiadores del arte atribuyen este suceso en especifico a la erupción del Krakatoa, que se dio más o menos en la misma época.

Aunque hoy existe más información al respecto, en aquel entonces “él seguramente nunca había visto” ese fenómeno, explica Helene Muri, investigadora de la Universidad de Oslo.

‘El grito’, de Edvard Munch, no está gritando

El Grito Edvard Munch
Edvard Munch (1893), The Scream (Skrik), oil, tempera and pastel on cardboard, 91 x 73 cm, Nasjonalgalleriet, Oslo, Norway

El mismo impacto que generó el cielo en Edvard Munch se imprimió en las personas que fueron a ver El grito en masa: filas y filas de personas esperaban a ver el cuadro en persona. La controversia fue tal, que se aconsejaba que las mujeres embarazadas no estuvieran cerca de la pintura.

Hace un par de años, el Museo Británico desmintió la creencia popular de que el personje en Skrik no está gritando. Por el contrario, como asegura National Geographic en Español,  “el protagonista de la pintura está realmente reaccionando” al grito de alguien más. La institución llegó a esta conclusión después de analizar una litografía en blanco y negro de la misma obra.

En ella, Munch dejó escrito lo siguiente:

“Sentí el gran grito en toda la naturaleza”.

Con esta evidencia, el equipo de historiadores del arte en el museo infirió que el personaje realmente no estaba emitiendo sonido alguno. Por el contrario, se asombraba —u horrorizaba— ante el sentimiento de otra persona, hasta hoy desconocida.

Fuente: Muy Interesante

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