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Los muchos caminos que toman los muertos para volver a casa

Del Hanal Pixán maya a las ceremonias purépechas y otomíes, un recorrido por las distintas tradiciones mexicanas para recibir a los muertos.

En algunas casas de Yucatán, la llegada de los muertos se anuncia con la preparación de una comida que pasará horas bajo tierra. En los pueblos de la ribera del lago de Pátzcuaro, las familias llevan arcos de flores y velas a los cementerios, donde permanecerán hasta el amanecer. Más al norte, en la Huasteca, los hombres se cubren el rostro con máscaras y salen a bailar por las calles. Cada gesto responde a una manera particular de comprender la muerte; cada comunidad ha aprendido a reconocer las señales de quienes regresan.

El Día de Muertos suele representarse mediante un repertorio reconocible: cempasúchil, papel picado, calaveras y altares presididos por fotografías familiares. Esta imagen, convertida en emblema nacional, deja fuera buena parte de las diferencias culturales que existen entre los pueblos de México. Los calendarios cambian, los alimentos adquieren sentidos distintos y las obligaciones hacia los difuntos pueden extenderse durante semanas. Incluso aquello que significa recibir a un muerto varía de una región a otra.

En 2003, la UNESCO proclamó las fiestas indígenas dedicadas a los muertos Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad; cinco años después fueron incorporadas a su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. El reconocimiento abarca celebraciones vinculadas con las creencias indígenas, el calendario católico y el cierre del ciclo agrícola del maíz. Detrás de esa denominación compartida permanecen numerosas tradiciones que han encontrado formas propias de relacionarse con sus antepasados.

Hanal Pixán: cuando las ánimas vuelven a comer

En la península de Yucatán, la celebración recibe el nombre de Hanal Pixán, expresión maya que suele traducirse como «comida de las ánimas». El banquete organiza el encuentro entre los vivos y sus familiares fallecidos. Las mesas se preparan con manteles, jícaras de agua, velas y alimentos que alguna vez pertenecieron a la vida cotidiana de quienes ahora son recordados.

El calendario distingue a sus visitantes. El 31 de octubre está dedicado a las almas de los niños, el 1 de noviembre a los adultos y el día 2 reúne las conmemoraciones de los fieles difuntos. En los altares infantiles aparecen dulces y alimentos apropiados para los pequeños; en los destinados a los mayores pueden encontrarse chocolate, bebidas tradicionales y los platillos que preferían en vida.

Altar de Hanal Pixán durante el Festival de las Ánimas en Mérida, Yucatán, en octubre de 2019. Fotografía: Ivan Alexis Huerta Reyna

Uno de los alimentos más representativos es el mucbipollo, también llamado pib, una preparación de masa de maíz con relleno que se envuelve en hojas de plátano y tradicionalmente se cocina en un horno excavado en la tierra. Su elaboración requiere tiempo y trabajo familiar. La comida destinada a los difuntos procede de los mismos ingredientes, manos y cocinas que alimentan a quienes siguen vivos.

Existe también una consideración para las ánimas que carecen de familiares encargados de recibirlas. En ciertas prácticas yucatecas se dispone una ofrenda para el ánima sola, aquella que podría regresar sin encontrar comida ni compañía. Es una de las expresiones más conmovedoras de la celebración: la hospitalidad alcanza incluso a los muertos desconocidos.

El calendario tampoco concluye necesariamente el 2 de noviembre. Algunas familias observan una despedida a finales del mes, cuando preparan nuevas ofrendas y encienden velas para acompañar el regreso de las ánimas a su lugar de origen. La visita exige una bienvenida, pero también una partida cuidadosamente atendida.

Michoacán: una noche junto a quienes se fueron

En la región lacustre de Pátzcuaro, las ceremonias purépechas adquieren una presencia particular durante las noches de finales de octubre y principios de noviembre. Las fotografías de cementerios iluminados por cientos de velas han dado fama internacional a estas celebraciones, especialmente en lugares como Janitzio. Su dimensión comunitaria, sin embargo, se comprende mejor al observar los compromisos familiares que hacen posible cada ofrenda.

En Jarácuaro, municipio de Erongarícuaro, las prácticas documentadas por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas conceden especial atención a quienes cumplen su primer aniversario luctuoso. Las familias organizan un novenario y preparan alimentos para compartir con parientes y acompañantes. Los padrinos de bautizo del difunto participan llevando un arco de carrizo adornado con flores, que posteriormente se traslada al cementerio.

La velación puede prolongarse hasta el amanecer. Mientras tanto, el altar doméstico permanece dispuesto durante algunos días más. Las flores, los frutos y el pan circulan entre la casa y la tumba, dos espacios unidos por las obligaciones que continúan después de la muerte.

La antropóloga Aída Castilleja, en sus investigaciones sobre las ofrendas purépechas, ha señalado la importancia de las relaciones de parentesco y reciprocidad dentro de estos rituales. Preparar una ofrenda implica cumplir compromisos con otras personas de la comunidad, distribuir tareas y reconocer vínculos que atraviesan generaciones.

Por eso resulta insuficiente reducir la Noche de Ánimas a la imagen de un cementerio iluminado. Detrás de cada arco floral existe una historia de parentescos, acuerdos y responsabilidades. Las velas permiten contemplar la celebración desde lejos; sus preparativos revelan cómo participa una comunidad entera.

Celebración de la Noche de Ánimas en el cementerio de Janitzio, Michoacán, el 2 de noviembre de 2013. Fotografía: Miguel Ángel Mandujano Contreras

Xantolo: los muertos regresan bailando

En la Huasteca, el regreso de los difuntos puede anunciarse con música. Durante el Xantolo, nombre asociado a la fiesta de Todos Santos, las comparsas recorren calles y comunidades mientras sus integrantes representan personajes mediante máscaras y vestimentas ceremoniales. El baile forma parte del encuentro con las ánimas y de una tradición que reúne prácticas nahuas y de otros pueblos de la región.

La preparación comienza mucho antes de noviembre. En comunidades de la Huasteca hidalguense se siembra cempasúchil desde junio, de modo que las flores estén listas cuando llegue la temporada de los muertos. Los altares domésticos incorporan arcos elaborados con caña de azúcar y vegetación, acompañados de frutos, panes y alimentos preparados para los visitantes.

Los últimos días de octubre tienen destinatarios específicos. Se reciben primero las almas infantiles y después las adultas, a las que se ofrecen tamales, chocolate y otros alimentos. Los caminos de pétalos conducen hacia los altares mientras el copal y la luz de las velas acompañan la bienvenida.

Las máscaras introducen una relación particular entre la identidad y la muerte. En algunas comparsas, los participantes representan ancianos y otros personajes reconocibles, con movimientos que alternan la solemnidad ceremonial y el humor. Los vivos prestan temporalmente sus cuerpos a figuras vinculadas con el mundo de los antepasados, dentro de representaciones cuyo sentido cambia según la comunidad.

El 2 de noviembre se realizan visitas y ceremonias en los cementerios, aunque la despedida puede continuar bastante después. En distintas localidades, los arcos se retiran a finales de noviembre o durante los primeros días de diciembre. Hay hogares donde las flores permanecen cuando el resto del país ya ha desmontado sus altares.

El Xantolo conserva una dimensión festiva difícil de comprender desde la idea occidental del duelo como una experiencia necesariamente silenciosa. Aquí la música acompaña una relación que la muerte ha modificado, pero que sigue reclamando atención entre los vivos.

Danzantes durante la celebración de Xantolo en Atlapexco, Hidalgo, en octubre de 2010. Las comparsas forman parte de las festividades dedicadas a los difuntos en la Huasteca. Fotografía: EstherWikipedian

Los caminos de las ánimas en la tradición otomí

Entre los pueblos otomíes, también llamados hñähñu, ñähñu u otros nombres según la región, las prácticas funerarias muestran una diversidad considerable. Sus comunidades se distribuyen por varios estados del centro del país y mantienen tradiciones que responden a historias y territorios diferentes.

En algunas comunidades otomíes del Estado de México, las conmemoraciones empiezan el 28 de octubre, fecha dedicada a quienes murieron de manera violenta. El día siguiente puede reservarse para las almas de quienes fallecieron sin recibir el bautismo, mientras el 31 se espera a los niños bautizados. Flores, velas y alimentos de la cosecha acompañan estas visitas.

La distinción entre los difuntos revela una preocupación por las circunstancias de cada muerte. El modo en que alguien abandonó la vida puede determinar cuándo se le espera y qué atenciones deben prepararse. En ciertas tradiciones se cree que las ánimas encuentran el camino de vuelta con la ayuda de guías espirituales.

La relación con los muertos tampoco queda confinada a estas fechas. Investigaciones antropológicas sobre comunidades otomíes de la Sierra Madre Oriental describen el culto a las animitas, antepasados venerados mediante sistemas de mayordomías a lo largo del año. Los difuntos participan simbólicamente en la vida comunitaria, asociados con la protección y el bienestar colectivo.

Estas creencias permiten reconocer otra dimensión del regreso: la memoria de quienes murieron se incorpora a obligaciones que sobreviven a las personas. Una familia recibe una costumbre de sus mayores y aprende a cumplirla, sabiendo que algún día otros deberán continuarla.

¿Quién enseña a los muertos el camino de regreso?

Las celebraciones dedicadas a los difuntos se encuentran estrechamente relacionadas con la transmisión de conocimientos. Alguien enseña a preparar el alimento, señala dónde colocar las velas y recuerda las fechas. Los niños participan antes de comprender por completo las creencias que organizan esos gestos. Con los años, algunos terminarán encargándose del altar que antes preparaban sus padres o abuelos.

Los rituales también cambian. La migración modifica las reuniones familiares, las ciudades alteran el acceso a determinados materiales y las celebraciones públicas introducen imágenes que circulan por todo el país. Las comunidades negocian estas transformaciones mientras conservan prácticas que consideran propias.

Quizá una de las preguntas más interesantes del Día de Muertos sea quién mantiene abiertos esos caminos. Las flores se cortan y las velas terminan por consumirse; la continuidad depende de personas que recuerdan cómo disponerlas y deciden volver a hacerlo.

En algunas casas de Yucatán todavía habrá una comida preparada para despedir a las ánimas cuando noviembre esté por terminar. En la Huasteca, ciertos arcos permanecerán levantados hasta diciembre. Mientras tanto, en otras regiones las familias ya habrán guardado sus fotografías y limpiado las tumbas. El calendario marca fechas distintas para una misma expectativa: que, llegado el momento, alguien sepa recibir a quienes regresan.

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