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El arte de desaparecer de la poesía

A 155 años de su nacimiento, la historia del poeta que dejó de escribir por 20 años y volvió para interrogar a la muerte.

En octubre de 1892, durante una estancia en Génova, Paul Valéry atravesó una noche que terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más comentados de su biografía. Tenía veinte años, estaba a punto de cumplir veintiuno y llevaba algún tiempo debatiéndose entre sus ambiciones literarias y una vida sentimental que lo perturbaba. Según evocaría después, una tormenta acompañó aquella crisis. La tradición biográfica ha querido imaginarlo despierto mientras los relámpagos iluminaban la ciudad italiana, decidido a romper con las pasiones que amenazaban su independencia intelectual. Lo que ocurrió exactamente en aquellas horas pertenece, en parte, a la reconstrucción posterior del propio escritor; sus consecuencias, en cambio, pueden seguirse a lo largo de las décadas siguientes. Valéry decidió apartarse de la poesía.

El gesto resultaba extraño en alguien que había comenzado a ganarse el reconocimiento de sus contemporáneos. Había publicado versos, frecuentaba los círculos simbolistas y mantenía correspondencia con escritores que marcarían su formación. Durante los siguientes veinte años compuso muy poca poesía, aunque nunca abandonó la escritura. Al contrario, comenzó una investigación íntima que llegaría a ocupar miles de páginas. Cuando finalmente regresó a los versos, lo hizo con una obra de una exigencia casi intimidante. De aquel largo intervalo surgiría uno de los poetas más celebrados de Francia y, con el tiempo, el autor de El cementerio marino, una meditación sobre la conciencia de morir escrita frente a un mar que nunca termina de moverse. 

Antes del silencio

Paul Ambroise Valéry nació el 30 de octubre de 1871 en Sète, una ciudad portuaria del Mediterráneo francés. Su infancia transcurrió entre el puerto y el horizonte marino, un paisaje al que regresaría en su escritura incluso después de instalarse en París. Estudió Derecho en Montpellier, aunque pronto encontró en la literatura una ocupación mucho más absorbente. Su amistad con Pierre Louÿs lo acercó a André Gide y a Stéphane Mallarmé, cuya poesía ejercería sobre él una influencia decisiva.

Paul Valéry retratado hacia 1910 por Georges d’Espagnat, durante los años en que permaneció alejado de la composición poética. Óleo sobre lienzo, colección particular.

La Francia literaria de finales del siglo XIX discutía las posibilidades del lenguaje. Los simbolistas desconfiaban de la descripción directa y buscaban en la música de las palabras formas de sugerir aquello que parecía escapar a la expresión ordinaria. Valéry se sintió atraído por esa concepción de la poesía, pero también por Edgar Allan Poe y su interés en los procedimientos de composición. La obra literaria podía estudiarse como el resultado de una serie de elecciones conscientes, una perspectiva que modificaría su manera de entender el trabajo del poeta.

En sus primeros versos ya aparecían algunas obsesiones duraderas, particularmente la relación entre la mirada y el conocimiento. Narciso, el joven enamorado de su reflejo, se convertiría en una de sus figuras recurrentes. La imagen parecía apropiada para un escritor que pronto dirigiría su atención hacia el funcionamiento de su propia conciencia.

La decisión de callar

La crisis de Génova interrumpió aquella trayectoria. Valéry había experimentado una pasión amorosa que lo dejó profundamente inquieto y comenzó a considerar que las emociones podían someter la inteligencia a fuerzas imposibles de gobernar. Su respuesta fue radical: concentrarse en el estudio de la mente y desconfiar de las concesiones sentimentales que creía encontrar en la literatura.

Hay algo excesivo en aquella resolución juvenil, aunque sería injusto reducirla a una extravagancia. Valéry vivía en una época fascinada por la ciencia y por la posibilidad de descubrir leyes detrás de los fenómenos humanos. Para él, la conciencia se convirtió en un territorio de observación. Quería estudiar cómo nacía una idea, qué hacía posible un recuerdo y hasta dónde podía llegar una inteligencia empeñada en comprenderse.

Paul Valéry fotografiado por Henri Manuel hacia 1925. El escritor dedicó buena parte de su vida al estudio de la conciencia y los mecanismos del pensamiento.

Su existencia cotidiana estuvo lejos de la imagen romántica del poeta retirado del mundo. Se instaló en París, trabajó en el Ministerio de Guerra y posteriormente como secretario de Édouard Lebey, vinculado a la agencia Havas. En 1900 se casó con Jeannie Gobillard, con quien tuvo tres hijos. Continuó relacionado con el ambiente intelectual y publicó obras en prosa como Introducción al método de Leonardo da Vinci y La velada con Monsieur Teste, donde ya exploraba los límites de una inteligencia excepcional.

El silencio, por tanto, fue selectivo. Valéry dejó de cultivar públicamente la poesía durante un largo periodo, pero siguió escribiendo con una regularidad que pocos escritores consiguen sostener a lo largo de su vida. 

Todo lo que se escribe cuando nadie mira

Cada mañana, aproximadamente a las cinco, Valéry se sentaba a escribir en sus cuadernos. Lo hizo durante décadas, antes de atender las obligaciones que reclamaban el resto del día. Aquellas páginas podían contener reflexiones sobre los sueños, problemas matemáticos, observaciones acerca de la memoria o preguntas sobre la percepción del tiempo. También incluían dibujos y esquemas, rastros de una inteligencia que encontraba insuficiente cualquier disciplina aislada.

Los Cahiers llegaron a reunir más de 250 cuadernos manuscritos. Su escala resulta difícil de imaginar: un archivo personal construido mediante pequeñas sesiones de trabajo que se repitieron durante buena parte de medio siglo. Valéry no los concibió inicialmente como una obra destinada al público. Escribía para investigar sus propias capacidades, registrar errores y volver sobre cuestiones que continuaban sin respuesta.

Página manuscrita de los Cahiers de Paul Valéry, fechada entre 1897 y 1899. Las anotaciones, fórmulas y dibujos muestran el trabajo intelectual que el poeta desarrolló durante sus años de retiro de la poesía. Bibliothèque nationale de France

Esa práctica introduce una contradicción fascinante en su biografía. Mientras el poeta parecía haberse retirado, el escritor producía algunas de las páginas que terminarían definiendo su legado intelectual. Los cuadernos, publicados extensamente después de su muerte, revelaron una curiosidad que desbordaba las convenciones de la literatura. Valéry observaba la conciencia con una mezcla de disciplina y perplejidad; cuanto más examinaba sus mecanismos, nuevas dificultades aparecían. Quizá por eso su renuncia nunca llegó a ser definitiva. La poesía permanecía cerca, incluso cuando se resistía a escribirla. 

El regreso de un poeta

En 1917 apareció La joven Parca, un largo poema cuya elaboración había ocupado varios años. André Gide figuró entre quienes alentaron su regreso a la poesía. La obra presentaba la voz de una mujer que, durante una noche de vigilia, examina las tensiones de su conciencia y la fragilidad de su existencia. La escritura avanzaba mediante imágenes difíciles, desplazamientos del pensamiento y una arquitectura verbal cuidadosamente construida.

Borrador de La joven Parca, con versos, correcciones y dibujos de Paul Valéry. Publicado en 1917, el poema marcó su regreso a la poesía después de un largo periodo de silencio. Bibliothèque nationale de France.

Valéry tenía 45 años. Su regreso fue recibido con admiración y lo situó entre las figuras centrales de la poesía francesa. Resultaba tentador interpretar las décadas anteriores como una preparación silenciosa para aquel momento, aunque esa lectura convertiría una vida llena de decisiones e incertidumbres en un destino inevitable. La publicación de La joven Parca tampoco significó que hubiera resuelto sus dudas acerca de la literatura.

Al contrario, continuó interrogándose sobre la distancia entre aquello que un poeta pretende escribir y lo que finalmente aparece sobre la página. Desconfiaba de la inspiración como explicación suficiente del trabajo artístico. La escritura exigía correcciones, paciencia y una atención minuciosa al sonido de las palabras. El pensamiento podía impulsar un poema, pero el lenguaje terminaba imponiendo condiciones propias. 

El mar no deja de moverse

En junio de 1920, La Nouvelle Revue Française publicó por primera vez El cementerio marino, un poema de veinticuatro estrofas que aparecería en volumen aquel agosto y, posteriormente, en Charmes (1922). Su escenario remite al cementerio de Sète, situado sobre el Mediterráneo, donde las tumbas permanecen expuestas al sol mientras el agua se extiende hacia el horizonte. 

El poema comienza con una contemplación aparentemente serena. El mar parece inmóvil desde la altura, aunque su superficie nunca deja de cambiar. Las tumbas sugieren permanencia, pero contienen cuerpos sometidos al tiempo. El sol ilumina un paisaje donde cada elemento parece contradecir al siguiente. La conciencia del poeta intenta encontrar un orden en esa visión y descubre que ninguna explicación consigue detener el movimiento.

Valéry escribió el poema en versos decasílabos franceses, organizados en estrofas de seis líneas. Esa elección métrica sostiene una reflexión que podría dispersarse en numerosas direcciones. Las repeticiones producen la impresión de un pensamiento que vuelve una y otra vez sobre sus propias preguntas, mientras la cadencia parece reproducir las oscilaciones del agua.

El Cementerio Marino de Sète, frente al Mediterráneo. Este paisaje inspiró a Paul Valéry para escribir El cementerio marino, publicado en 1920.

Hacia el final, la contemplación cede ante un impulso de movimiento. El poema convoca al cuerpo y a la vida después de haber examinado la seducción del reposo. Su desenlace contiene una afirmación inesperada: conocer la muerte no obliga a permanecer inmóvil frente a ella.

Para un escritor que había dedicado décadas a estudiar su conciencia, aquella invitación a actuar posee una resonancia particular. Hay experiencias que el pensamiento puede describir sin llegar a sustituirlas. La luz sobre el Mediterráneo, el viento y el cuerpo que todavía respira pertenecen a ese territorio. 

El hombre que regresó al mar

Paul Valéry murió en París el 20 de julio de 1945, mientras Europa comenzaba a salir de la Segunda Guerra Mundial. Francia le rindió funerales nacionales y su cuerpo fue trasladado a Sète, donde recibió sepultura el 27 de julio. Al año siguiente, el antiguo cementerio de Saint-Charles adoptó el nombre de Cementerio Marino, perpetuando su relación con el poema. 

La coincidencia parece concebida por un novelista, aunque Valéry probablemente habría desconfiado de una interpretación demasiado complaciente. Había dedicado buena parte de su vida a examinar las formas en que la mente construye significados, incluso cuando los acontecimientos se resisten a ellos.

Desde su tumba, el Mediterráneo sigue ocupando el horizonte que conoció durante la infancia. Los visitantes pueden encontrar allí el nombre de un poeta que quiso comprender cómo nacían sus pensamientos y que, después de veinte años de silencio, volvió a escribir versos. Frente a las piedras permanece ese mar cambiante que había observado desde joven, indiferente a las preguntas que sus poemas todavía nos enseñan a formular.

Sepultura de Paul Valéry en el Cementerio Marino de Sète. El poeta fue enterrado en 1945, frente al paisaje mediterráneo que había inspirado uno de sus poemas más conocidos. Fotografía: Paris la douce.
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