Hay algo desconcertante en el rostro de una lechuza. Dos ojos oscuros permanecen inmóviles dentro de un corazón de plumas blancas, mientras el resto del cuerpo parece hecho para desaparecer entre las sombras. Puede permanecer largo rato sobre una rama, observando un territorio que conoce por sus sonidos. Cuando finalmente abre las alas, su vuelo es tan silencioso que resulta difícil advertir el momento exacto en que se ha marchado. Durante siglos, los seres humanos hemos imaginado historias alrededor de estas aves: les hemos atribuido presagios, conocimientos secretos y cierta familiaridad con aquello que sucede después del anochecer.
Ahora sabemos que también tienen una historia propia, mucho más antigua que cualquiera de nuestras leyendas. Comenzó hace millones de años, cuando los antepasados de las lechuzas americanas emprendieron una travesía desde Eurasia hacia el otro lado del Atlántico. Algunas de sus descendientes poblaron islas del Caribe, donde evolucionaron hasta adquirir tamaños extraordinarios. Otras continuaron su expansión hacia el continente americano. Casi todas aquellas especies insulares desaparecieron y, durante mucho tiempo, su historia permaneció dispersa entre huesos encontrados en cuevas y ejemplares conservados en museos.
Una investigación publicada el 21 de octubre de 2026 en Proceedings of the Royal Society B ha comenzado a reconstruir ese recorrido. Encabezado por Min Zhao, del Museo de Historia Natural de Florida, el equipo combinó información genética de lechuzas actuales, especímenes históricos y registros fósiles. Los resultados sugieren que el Caribe desempeñó un papel mucho más importante en la evolución de estas aves de lo que se había supuesto.
Un océano antes de los mapas
Imaginemos el Atlántico durante el Plioceno, mucho antes de que existieran las ciudades costeras que hoy conocemos. Las corrientes oceánicas y los vientos atravesaban una extensión de agua que para cualquier ave terrestre habría representado una dificultad considerable. En algún momento de aquel pasado remoto, uno o varios antepasados de las lechuzas americanas lograron llegar desde el hemisferio oriental hasta las islas del Caribe.

La travesía es una reconstrucción científica, no un acontecimiento observado. Los investigadores sitúan la separación evolutiva entre los linajes orientales y americanos alrededor de cinco millones de años atrás, aunque los márgenes de incertidumbre abarcan un periodo más amplio. Tampoco es posible conocer la ruta exacta, cuántas aves participaron o si el desplazamiento ocurrió en una sola etapa. Lo que revelan los datos es una ascendencia compartida y una historia de dispersión compatible con un cruce transatlántico.
Las lechuzas del género Tyto poseen capacidades notables para desplazarse por grandes distancias. Sus alas largas, su vuelo eficiente y su presencia en numerosos territorios insulares sugieren que pueden alcanzar lugares separados por extensiones considerables de agua. Aun así, imaginar su llegada a tierras desconocidas exige recordar que la evolución suele depender de acontecimientos improbables cuyos protagonistas nunca dejaron testimonio.
El nuevo estudio propone que las primeras poblaciones americanas se establecieron en las Antillas Mayores. Desde allí, diferentes linajes comenzaron a ocupar otras islas y, posteriormente, extensas regiones continentales. El Caribe, habitualmente interpretado como un destino para especies procedentes de América, aparece aquí como un punto de partida.
Las islas donde vivieron lechuzas gigantes
En las Bahamas existe una criatura legendaria conocida como chickcharney. Se dice que habita entre los árboles y que su encuentro puede traer buena o mala fortuna, dependiendo del comportamiento de quien se cruce con ella. Su apariencia recuerda a la de un ave semejante a una lechuza, pero de dimensiones insólitas.
La paleontóloga Jessica Oswald, que realizó expediciones a las Bahamas en 2017 y 2019, considera posible que algunos fósiles de lechuzas gigantes ayuden a explicar el origen de aquella tradición. No existe una correspondencia histórica demostrada entre el animal legendario y una especie determinada, pero las antiguas islas caribeñas estuvieron habitadas por aves que habrían resultado sorprendentes incluso para nosotros.

Una de ellas, Tyto pollens, vivió en Cuba y las Bahamas y pudo alcanzar aproximadamente un metro de altura. En La Española existió otra especie de gran tamaño, Tyto ostologa. Los restos conservados permiten imaginar depredadores muy distintos de las lechuzas que hoy sobrevuelan los campos y las zonas abiertas.
Aquellas aves compartieron su territorio con una fauna insular extraordinaria. Había jutías de diversos tamaños, grandes roedores y perezosos terrestres, algunos suficientemente pequeños para convertirse en presas de las lechuzas gigantes. Las islas ofrecían condiciones particulares: relativa separación de otros depredadores y oportunidades ecológicas que favorecieron la aparición de formas corporales poco habituales.
Durante miles de generaciones, cada población fue desarrollando su propia historia evolutiva. Algunas especies quedaron confinadas a una isla. Otras conservaron la capacidad de desplazarse. El resultado fue una diversidad que hoy solo podemos reconstruir parcialmente.
Lo que permaneció en los museos
Para investigar aquellos desplazamientos, Zhao y sus colaboradores recurrieron a materiales que habían sobrevivido durante décadas en colecciones científicas. Las pieles conservadas, los tejidos de ejemplares actuales y algunos restos históricos permitieron extraer secuencias de ADN. Mediante la comparación de regiones genéticas, el equipo reconstruyó relaciones de parentesco entre diferentes linajes.
La investigación utilizó genomas mitocondriales y regiones del ADN nuclear conocidas como elementos ultraconservados. Estos fragmentos permiten comparar organismos separados por largos periodos evolutivos. Con ellos, los científicos elaboraron árboles de parentesco y modelos que estiman dónde pudieron vivir los antepasados comunes.

Los fósiles añadieron otra dimensión: documentaron la existencia de especies que ya no podían incluirse directamente en el análisis genético. De las grandes lechuzas caribeñas extinguidas no se obtuvo ADN, una limitación importante para determinar con exactitud su posición dentro del árbol evolutivo.
Las colecciones de historia natural resultaron indispensables. Un ejemplar preservado hace más de un siglo puede ofrecer información para preguntas que nadie había formulado cuando fue recolectado. Su utilidad cambia conforme aparecen técnicas capaces de examinar lo que antes permanecía inaccesible.
Del Caribe a las Galápagos
El estudio encontró otro resultado inesperado: las lechuzas del género Tyto habrían colonizado las islas Galápagos en dos ocasiones independientes. Esto significa que poblaciones emparentadas alcanzaron el archipiélago a través de historias de dispersión distintas, en vez de proceder necesariamente de una única llegada ancestral.

La distancia entre unas islas y otras adquiere otra escala cuando se observa desde millones de años de evolución. Una población que logra establecerse puede permanecer aislada durante periodos prolongados, modificar sus características y convertirse en una rama propia. Otras pueden desaparecer antes de dejar descendientes.
El caso de las lechuzas americanas cuestiona una idea habitual sobre las islas: que su biodiversidad procede principalmente de especies llegadas desde los continentes. El Caribe también habría proporcionado linajes que después se extendieron hacia grandes masas terrestres. Las islas fueron territorios de origen y expansión, además de refugios para formas de vida singulares.
Las que nunca volvimos a ver
Buena parte de la diversidad que alguna vez existió entre las lechuzas caribeñas ha desaparecido. Sus extinciones ocurrieron durante diferentes periodos del Cuaternario, y los investigadores todavía intentan comprender sus causas y cronología. Algunas pudieron sobrevivir hasta épocas relativamente recientes, cuando los seres humanos ya habían llegado a las islas.
La desaparición de grandes mamíferos insulares, muchos de ellos presas potenciales de aquellas aves, pudo contribuir al declive de ciertas especies de lechuza. Pero el registro fósil continúa siendo incompleto y sería apresurado atribuir todas esas extinciones a un mismo acontecimiento.

Hoy las lechuzas americanas siguen habitando numerosos paisajes del continente. Se encuentran en campos abiertos, pastizales y territorios agrícolas, donde cazan pequeños mamíferos durante la noche. Sus poblaciones enfrentan amenazas diferentes según la región, desde la pérdida de hábitat hasta los peligros asociados con las actividades humanas.
En algún lugar del Caribe permanecen todavía fragmentos de huesos de las especies que desaparecieron. Quizá otros continúen enterrados, esperando ser encontrados. Los científicos conocen apenas una parte de aquella historia, construida mediante la comparación paciente de ejemplares que vivieron separados por miles o millones de años.
Mientras tanto, una lechuza se posa sobre una rama al caer la tarde. Su rostro conserva esa expresión que tantas generaciones humanas interpretaron como una señal de sabiduría. Ella no conoce los nombres de sus antepasados, las islas que poblaron ni el océano que sus linajes atravesaron. Pero lleva consigo una pequeña parte de aquel viaje, escrita en cada una de sus células.













































