En una casa de Los Ángeles, Leonard Cohen canta sentado en una silla médica. Tiene 82 años, su espalda le provoca dolores intensos y desplazarse de una habitación a otra se ha convertido en una dificultad. Sobre la mesa hay equipos de grabación; su hijo Adam supervisa las sesiones mientras las canciones adquieren lentamente su forma definitiva. Cohen lleva décadas escribiendo sobre Dios, el amor y la muerte, aunque ahora las palabras parecen dirigirse hacia un horizonte más cercano. Todavía corrige versos, escucha arreglos y encuentra motivos para bromear. El cuerpo le impone límites que su imaginación se resiste a aceptar.
En octubre de 2016 aparece You Want It Darker, un disco de nueve canciones que parece compuesto desde la antesala de una despedida. Diecisiete días después, el 7 de noviembre, Cohen muere en su casa. La coincidencia modifica inevitablemente nuestra manera de escucharlo, pero hay algo que escapa a la interpretación testamentaria: el músico seguía trabajando, preocupado por concluir sus proyectos y atento a las pequeñas obligaciones de la vida cotidiana. Su última obra publicada en vida conserva la voz de alguien que conocía la proximidad del final y todavía tenía preguntas.
Antes de la oscuridad, hubo un poeta
Leonard Cohen nació en Montreal en 1934, dentro de una familia judía vinculada a las tradiciones religiosas de la ciudad. Su padre murió cuando él tenía nueve años y la literatura comenzó a ocupar un lugar importante en su juventud. Antes de convertirse en una figura de la música popular, había publicado poemarios como Let Us Compare Mythologies (1956) y novelas como The Favourite Game (1963) y Beautiful Losers (1966). Su escritura mostraba ya una fascinación por las escrituras sagradas, el deseo y las contradicciones de la experiencia espiritual.

Cuando publicó Songs of Leonard Cohen en 1967, tenía 33 años y una trayectoria literaria considerable. Suzanne trasladó al lenguaje de la canción aquella sensibilidad formada entre bibliotecas, calles de Montreal y lecturas religiosas. Con el tiempo llegarían Bird on the Wire, Famous Blue Raincoat y Hallelujah, composiciones donde la devoción podía confundirse con el erotismo y una plegaria terminar convertida en confesión amorosa.
Durante años, Cohen persiguió una forma de serenidad que parecía eludirlo. Su acercamiento al budismo zen, sus temporadas de retiro y su relación persistente con el judaísmo alimentaron una obra en la que Dios aparece frecuentemente como un interlocutor difícil. La fe podía ofrecer consuelo, aunque también provocaba reproches. Cohen nunca dejó de formularlos.
Hineni: aquí estoy
La canción que da título a You Want It Darker comienza con una solemnidad casi litúrgica. Un pulso grave sostiene la voz envejecida de Cohen mientras se incorporan el cantor Gideon Zelermyer y el coro de la sinagoga Shaar Hashomayim de Montreal, institución ligada a la historia familiar del músico. Las voces parecen llegar desde su infancia, como si las plegarias escuchadas décadas atrás hubieran encontrado finalmente un lugar dentro de aquella habitación de Los Ángeles.
En el centro aparece una palabra hebrea: Hineni, «Aquí estoy». En la tradición bíblica expresa la respuesta de quien se presenta ante un llamado divino; Abraham la pronuncia cuando Dios lo convoca, antes de exigirle el sacrificio de Isaac. Cohen recupera esa disposición para una canción que contiene aceptación, pero también una acusación dirigida al poder que permite el sufrimiento. La voz parece dispuesta a responder al llamado mientras se resiste a comprender las condiciones impuestas.

El resultado tiene una tensión difícil de resolver. Cohen conocía el lenguaje de la entrega religiosa y había dedicado buena parte de su vida a interrogarlo. Ahora lo pronunciaba desde un cuerpo debilitado, acompañado por músicos que recuperaban los sonidos de su propia genealogía. Hineni podía escucharse como una declaración de disponibilidad ante Dios o como la respuesta cansada de alguien que ha esperado demasiado.
El álbum conserva esa incertidumbre. Sus canciones permiten escuchar a un hombre que reconoce la cercanía de la muerte sin renunciar a discutir con aquello que considera sagrado.
Las canciones de un hombre que aprendió a envejecer
La vejez había comenzado a ocupar un lugar explícito en la discografía de Cohen mucho antes de 2016. En Old Ideas(2012), su voz parecía instalada en una habitación silenciosa desde la que observaba los restos de antiguas pasiones. Popular Problems (2014) incorporó nuevas meditaciones sobre el tiempo, la violencia y la fragilidad humana. Ambos discos tenían momentos sombríos, aunque la ironía continuaba apareciendo entre las frases con una naturalidad desconcertante.
En You Want It Darker, la voz desciende hasta convertirse casi en un murmullo. Leaving the Table presenta a un hombre que contempla el agotamiento de las disputas amorosas; Treaty vuelve sobre la difícil relación con lo divino, mientras Traveling Light encuentra una ligereza inesperada en la renuncia. Los arreglos son contenidos, construidos alrededor de una presencia vocal que necesita cada vez menos elementos para imponerse.
Sería sencillo escuchar estas piezas como anuncios de una muerte inminente, pero Cohen llevaba años escribiendo despedidas. La diferencia estaba en el cuerpo que ahora las interpretaba y en la manera en que el tiempo había modificado su voz. Aquella aspereza, lejos de ocultar las limitaciones de la edad, las incorporaba a la música.
Adam Cohen y las canciones que faltaban
La participación de Adam Cohen fue decisiva para concluir el álbum. Leonard había trabajado durante más de un año en las composiciones, varias de ellas junto al músico Patrick Leonard, hasta que los problemas de salud interrumpieron el proceso. Adam reorganizó la producción y convirtió la casa familiar en un estudio improvisado, con equipos instalados en la sala y una silla adaptada a las necesidades físicas de su padre.

La relación entre ambos adquirió entonces una intimidad distinta. Adam, también compositor e intérprete, debía cuidar las decisiones musicales de un artista acostumbrado a revisar cada palabra y cada arreglo. Las sesiones podían resultar agotadoras, pero el trabajo ofrecía a Leonard una actividad concreta alrededor de la cual organizar sus días.
En las notas del disco, Cohen agradeció a su hijo haber recuperado un proyecto que había quedado detenido. Años después, Adam recordaría la experiencia como una oportunidad excepcional para trabajar junto a su padre en circunstancias que ninguno habría elegido. La enfermedad estaba presente, aunque las conversaciones seguían girando alrededor de canciones, instrumentos y posibilidades de grabación. En aquella sala, la relación entre padre e hijo encontró una forma de colaboración que sobreviviría a ambos lados de la despedida.
Diecisiete días
En octubre de 2016, durante una entrevista con David Remnick para The New Yorker, Cohen habló abiertamente de su disposición ante la muerte. La declaración recorrió los medios y reforzó la interpretación del nuevo álbum como una despedida consciente. Poco después, durante una presentación pública, el músico matizó sus palabras con una broma: quizá había exagerado y, después de todo, pretendía vivir eternamente.

La respuesta revelaba algo que los homenajes solemnes suelen olvidar. Cohen disfrutaba de la ironía y conservó hasta sus últimos días una capacidad extraordinaria para burlarse de sí mismo. Incluso cuando hablaba de asuntos terribles, parecía encontrar una pequeña rendija por la que podía entrar el humor.
Murió el 7 de noviembre de 2016, a los 82 años, después de sufrir una caída nocturna en su domicilio. Su representante describió la muerte como repentina, inesperada y pacífica. Fue sepultado en Montreal, junto a sus padres, en una ceremonia íntima.
Desde entonces, escuchar You Want It Darker implica conocer un desenlace que sus primeros oyentes todavía ignoraban. Las canciones permanecen iguales; nosotros llegamos a ellas con una información que cambia el significado de sus silencios.
Thanks for the Dance: una voz después de la muerte
En noviembre de 2019 apareció Thanks for the Dance, un álbum póstumo construido por Adam Cohen a partir de grabaciones vocales y composiciones que su padre había dejado sin terminar. El proyecto reunió colaboradores como Jennifer Warnes, Javier Mas, Beck y Feist. Cada arreglo debía encontrar un equilibrio delicado entre completar las piezas y respetar las decisiones de un músico que ya no podía escucharlas.
Adam recordaría el desconcierto de regresar al estudio y encontrarse nuevamente con la voz de su padre, conservada en los archivos de grabación. Aquellas sesiones permitieron continuar una conversación interrumpida, aunque cada elección musical exigía imaginar qué habría aprobado Leonard. El disco terminó convertido en una prolongación de su trabajo compartido.

Su última canción, Listen to the Hummingbird, nació de un poema que Cohen había recitado durante su última aparición pública. Adam recuperó aquella grabación y construyó a su alrededor una composición de apenas dos minutos. En ella aparece un colibrí, criatura diminuta cuyo canto reclama la atención que normalmente concedemos a las grandes voces.
Después de décadas escribiendo sobre el deseo, Dios y la muerte, Cohen dejó aquellas palabras pronunciadas ante un micrófono de conferencia, lejos de la solemnidad de un estudio. Su hijo las encontró entre los archivos y decidió darles un lugar al final del disco. Allí permanece el colibrí, ajeno a los homenajes y a la celebridad, mientras la voz del poeta termina por guardar silencio.















































