En una habitación de la Ciudad de México, un pavo real desplegaba su plumaje entre muebles de madera tallada y ornamentos caprichosos. En las revistas literarias aparecían mujeres rodeadas de flores, criaturas inquietantes y figuras que parecían escapadas de algún sueño. Era el tránsito entre los siglos XIX y XX, cuando México descubría otras maneras de representar el mundo, mientras sus artistas miraban hacia París, encontraban inspiración en las estampas japonesas y exploraban las posibilidades de una belleza que podía resultar tan seductora como perturbadora.
De aquel universo sobreviven pinturas, páginas impresas y fragmentos de habitaciones desaparecidas. El arte nuevo. Simbolismo y Art Nouveau en México, exposición presentada en el Museo Kaluz del 30 de octubre de 2026 al 8 de marzo de 2027, reúne alrededor de 130 obras procedentes de más de 40 colecciones públicas y privadas. Bajo el concepto curatorial de Luis Rius Caso, la muestra recupera un capítulo menos frecuentado de la historia del arte mexicano, situado en las décadas anteriores a la consolidación del muralismo y atravesado por una fascinación compartida hacia el misterio, la naturaleza y las formas de la imaginación.
La belleza de lo extraño
A finales del siglo XIX, la confianza en la ciencia y el progreso convivía con una curiosidad creciente por aquello que parecía escapar de sus explicaciones. El simbolismo europeo encontró en los sueños, los mitos y las inquietudes espirituales un territorio artístico especialmente fértil. Sus imágenes rara vez ofrecían respuestas definitivas; preferían sugerir, inquietar, dejar que el espectador completara aquello que la pintura apenas insinuaba.
En México, Julio Ruelas fue uno de los intérpretes más singulares de esa sensibilidad. Sus dibujos y grabados revelan un mundo habitado por seres híbridos, figuras atormentadas y alegorías de una sensualidad frecuentemente sombría. Formado en contacto con las corrientes artísticas europeas, Ruelas desarrolló una iconografía donde la belleza podía adquirir rasgos crueles y la muerte aparecía como una presencia familiar. Sus criaturas parecen pertenecer a una mitología privada, aunque sus obsesiones dialogaban con las de los escritores modernistas que cuestionaban las convenciones morales y estéticas de su tiempo.
Roberto Montenegro, Alfredo Ramos Martínez, Ángel Zárraga y Saturnino Herrán participaron, desde búsquedas diferentes, de aquella apertura hacia nuevos lenguajes visuales. En algunas obras, la figura femenina adquiría una presencia casi ceremonial; en otras, las flores y las líneas sinuosas alteraban los límites entre el cuerpo y su entorno. El Art Nouveau aportó una gramática ornamental que encontró expresión tanto en la pintura como en los objetos cotidianos, mientras el simbolismo ofrecía una libertad narrativa que permitía representar sentimientos sin describirlos literalmente.
La exposición establece correspondencias con artistas internacionales como Aubrey Beardsley y Edward Burne-Jones, cuyas imágenes circularon en un ambiente cultural cada vez más atento a los movimientos europeos. Aquellas influencias adquirieron matices particulares al llegar a México, donde convivieron con tradiciones locales y con las tensiones de una sociedad que se aproximaba a una transformación política decisiva.
Cuando las revistas también eran obras de arte
Antes de que las imágenes circularan instantáneamente, las revistas eran pequeñas galerías portátiles. En ellas podían encontrarse poemas, ensayos y dibujos que proponían una manera distinta de mirar. Sus lectores descubrían autores extranjeros, reconocían afinidades entre artistas distantes y participaban de conversaciones estéticas que cruzaban el Atlántico mediante publicaciones cuidadosamente editadas.
Azul, Revista Moderna y El Mundo Ilustrado ocuparon lugares importantes en esa cultura impresa. Sus páginas registraron el encuentro entre literatura y artes visuales durante una época en que la ilustración comenzaba a reclamar mayor autonomía. En Revista Moderna, los dibujos de Julio Ruelas construyeron una identidad reconocible, ligada al decadentismo y a las inquietudes de los escritores que acompañaba. A veces, las imágenes parecían prolongar los poemas hacia regiones que las palabras preferían dejar intactas.
Entre las piezas reunidas por el Museo Kaluz destaca Vingt dessins (Veinte dibujos), un álbum de Roberto Montenegro publicado en París en 1910 con un tiraje de apenas cincuenta ejemplares. Sus ilustraciones permiten reconocer afinidades con el trabajo de Aubrey Beardsley, particularmente con las imágenes que este realizó para Salomé, de Oscar Wilde. La economía de las líneas, el contraste y el tratamiento ornamental de las figuras revelan hasta qué punto el dibujo podía desarrollar una voz independiente.

El papel impreso se convirtió en uno de los vehículos privilegiados del modernismo. Una revista podía conservar, entre sus cubiertas, el rastro de una conversación entre un poeta mexicano y un ilustrador británico que jamás llegaron a conocerse. También podía acercar al lector a las estampas japonesas, cuya organización del espacio y atención al contorno ejercieron una influencia considerable sobre artistas como Adolfo Best Maugard.
Resulta difícil imaginar hoy la novedad de aquellas páginas. Para sus primeros lectores, las imágenes constituían una invitación a descubrir una sensibilidad que todavía estaba buscando su nombre.
El pavo real que habitaba una casa
En la antigua Casa Requena, ubicada en la calle de Santa Veracruz, en la colonia Guerrero, el Art Nouveau encontró una de sus expresiones domésticas más singulares. La residencia albergó habitaciones cuyos muebles y decoraciones parecían haber sido concebidos para un escenario fantástico. Entre ellas sobresalía el Cuarto del Pavo Real, diseñado por Ramón Cantó, donde la figura del ave presidía un ambiente dominado por el gusto ornamental de principios del siglo XX.
El Museo Kaluz exhibe un elemento original del armario de aquella habitación. Su presencia adquiere un carácter particular al conocer el destino de la residencia, considerada hoy un ejemplo de patrimonio parcialmente perdido. Parte de su mobiliario se conserva en la Quinta Gameros, en Chihuahua, mientras otros componentes desaparecieron o quedaron separados del espacio para el que fueron creados.

La suerte de estos interiores revela una dimensión menos conocida del Art Nouveau mexicano. El movimiento encontró lugar en residencias particulares, fachadas, vitrales y objetos diseñados para acompañar la vida cotidiana. Sus motivos vegetales se extendían por superficies de madera y metal; los animales adquirían una presencia ornamental que parecía desafiar la rigidez de los muebles y las habitaciones.
Otro de los espacios recuperados por la exposición es la desaparecida Sala de Armas de Porfirio Díaz, diseñada por Antonio Fabrés. Su decoración incluía plumas de pavo real y libélulas multicolores, conocidas actualmente gracias a documentos y descripciones de la época. A partir de ese material, el museo presenta una recreación digital que permite imaginar cómo pudo haber lucido el recinto.
Estas habitaciones pertenecían a un México donde las élites urbanas expresaban sus aspiraciones modernas mediante el diseño de sus espacios privados. Había en sus interiores una voluntad de distinción y un gusto por la fantasía que, con el paso de las décadas, terminarían pareciendo ajenos a la imagen más difundida del país. El fragmento del armario de la Casa Requena permite acercarse a esa historia desde una escala íntima: la de alguien que alguna vez abrió una puerta de madera decorada con un pavo real.
La modernidad que quedó a la sombra
La Revolución mexicana modificó las condiciones políticas y culturales bajo las cuales se producía el arte. Durante las décadas siguientes, el muralismo adquirió una presencia institucional extraordinaria y contribuyó a construir una narrativa visual centrada en la historia nacional, las luchas sociales y las culturas populares. Aquel proyecto terminó ocupando un lugar dominante en la memoria artística del siglo XX, aunque las búsquedas anteriores continuaron dejando huellas en generaciones posteriores.

La exposición del Kaluz permite regresar a ese periodo sin contemplarlo únicamente como un preludio. Sus artistas experimentaron con lenguajes internacionales, encontraron nuevas posibilidades en la ilustración editorial y llevaron sus inquietudes estéticas a habitaciones y edificios. Algunas de esas experiencias desaparecieron bajo las transformaciones urbanas; otras sobrevivieron en colecciones particulares o en publicaciones que rara vez abandonan los archivos.
El recorrido incorpora una maqueta interactiva que identifica ejemplos de arquitectura Art Nouveau en distintas colonias de la Ciudad de México. También establece un diálogo con Alphonse Mucha. La magia de la línea, exposición dedicada al artista checo que comparte temporalmente las salas del museo. Ambas propuestas permiten observar cómo circulaban las imágenes en una época que comenzaba a reconocer en el diseño una forma de intervenir en la vida moderna.
Quedan, fuera del museo, algunas fachadas que todavía conservan sus curvas de hierro y motivos vegetales. Entre edificios posteriores y comercios que han cambiado de nombre numerosas veces, esos detalles sobreviven a una ciudad que rara vez se detiene a mirarlos. Tal vez en alguna vieja casa permanezca una puerta cuya decoración nadie ha podido identificar, una flor tallada o la silueta de un ave que perteneció a una habitación muy distinta de la que conocemos ahora.















































