En julio de 1955, el patio del Museo del Louvre se convirtió en escenario de una representación monumental de Romeo y Julieta. El Grand Ballet du Marquis de Cuevas había reunido a varios coreógrafos para una producción que incorporaba la música de Hector Berlioz, una orquesta de grandes dimensiones y un coro. Entre los intérpretes se encontraba una bailarina estadounidense de veintiocho años, nacida en Denver y criada en una pequeña población de Oklahoma. Su nombre era Marjorie Tallchief y aquella noche interpretaba a Julieta, uno de los personajes que terminarían definiendo su carrera. Dos años después ingresaría en el Ballet de la Ópera de París con la categoría de première danseuse étoile, convirtiéndose en la primera mujer indígena estadounidense en alcanzar ese rango.
El reconocimiento culminaba una trayectoria iniciada mucho antes, en una familia perteneciente a la nación Osage y en un momento en que el ballet estadounidense todavía buscaba establecer una identidad propia frente a las tradiciones europeas. Tallchief había atravesado el Atlántico, trabajado con algunos de los coreógrafos más exigentes de su generación y aprendido a desenvolverse en compañías cuyas giras podían prolongarse durante meses. Su nombre circulaba entre públicos que apenas conocían la existencia de artistas indígenas dentro de la danza clásica.
Este 19 de octubre de 2026 se cumplen cien años de su nacimiento. La efeméride permite regresar a una carrera que suele recordarse por aquel nombramiento parisino, aunque buena parte de su interés reside en los años anteriores y en la vida que construyó después de abandonar los escenarios.

Una infancia entre Oklahoma y California
Marjorie Louise Tallchief nació el 19 de octubre de 1926 en Denver, Colorado, durante un viaje familiar. Creció en Fairfax, Oklahoma, junto a sus hermanos Gerald y Maria. Su padre, Alexander Tall Chief, era miembro de la nación Osage; su madre, Ruth Porter, tenía ascendencia escocesa e irlandesa. La familia pertenecía a una comunidad cuya historia reciente había quedado marcada por el descubrimiento de petróleo en su territorio y por la violencia desatada alrededor de los derechos de explotación.
Durante la década de 1920, integrantes de la nación Osage fueron víctimas de una serie de asesinatos organizados para apropiarse de sus fortunas petroleras. El episodio, conocido como el Reinado del Terror Osage, coincidió con los primeros años de vida de las hermanas Tallchief. Aquella historia formaba parte del entorno social del que procedían, aunque las biografías de ambas suelen comenzar directamente con sus clases de danza.
En casa, la música ocupaba un lugar cotidiano. Maria estudiaba piano y las dos niñas recibían formación artística desde pequeñas. Sus padres advirtieron que Oklahoma ofrecía posibilidades limitadas para continuar una educación profesional en ballet y, en 1933, decidieron trasladarse a Los Ángeles. Marjorie tenía seis años.

California abrió las puertas de una tradición que había llegado a Estados Unidos gracias a la circulación de bailarines europeos. Las hermanas estudiaron con Ernest Belcher y posteriormente con Bronislava Nijinska, bailarina y coreógrafa formada en el ambiente de los Ballets Rusos. También recibieron enseñanzas de David Lichine, cuya carrera había transcurrido entre compañías internacionales.
Nijinska era una maestra especialmente rigurosa. Su trabajo exigía precisión técnica y atención a la estructura de cada movimiento, principios que marcaron a numerosos bailarines estadounidenses de aquella generación. Para Marjorie, esas clases proporcionaron una formación que más tarde le permitiría interpretar repertorios considerablemente distintos entre sí.
Las dos hermanas compartieron maestros y años de aprendizaje, aunque pronto comenzaron a recorrer caminos separados.
Vivir bajo un apellido conocido
Maria Tallchief, nacida en 1925, alcanzó reconocimiento internacional durante la década de 1940. Su relación artística con George Balanchine y su posterior posición como figura principal del New York City Ballet contribuyeron a convertirla en uno de los nombres centrales de la danza estadounidense. Entre sus interpretaciones más recordadas se encontraban The Firebird y The Nutcracker, obras que ayudaron a definir el repertorio de una compañía destinada a transformar la historia del ballet.
La celebridad de Maria podía resultar una circunstancia difícil para su hermana menor. Ambas compartían apellido y procedencia, habían recibido una educación semejante y pertenecían a una generación de mujeres estadounidenses que comenzaba a conquistar escenarios tradicionalmente dominados por intérpretes europeos. Las comparaciones eran prácticamente inevitables.

Marjorie inició su carrera profesional en 1944 con el Ballet Theatre, la compañía que posteriormente adoptaría el nombre de American Ballet Theatre. Pasó después por el Ballet Russe de Monte Carlo y, hacia finales de la década, se incorporó al Grand Ballet du Marquis de Cuevas, donde permaneció durante varios años.
La compañía del marqués de Cuevas tenía una estructura cosmopolita. Sus temporadas y giras reunían bailarines procedentes de diversas escuelas, mientras el repertorio alternaba obras clásicas con nuevas producciones. Fue allí donde Marjorie encontró oportunidades para trabajar con coreógrafos interesados en ampliar las posibilidades expresivas de la danza académica.
En 1947 se casó en Vichy, Francia, con George Skibine, bailarín y coreógrafo de origen ruso que se convertiría también en uno de sus colaboradores artísticos más cercanos. Skibine creó numerosas obras para ella, entre las cuales figuraron Annabel Lee, Idylle y versiones coreográficas de relatos dramáticos como Romeo y Julieta. Su colaboración se extendió durante décadas y permitió a Tallchief desarrollar personajes que requerían una capacidad interpretativa distinta de la exigida por los grandes ballets románticos.
Mientras Maria encontraba en Nueva York el centro de su carrera, Marjorie consolidaba la suya entre los teatros europeos. Las dos participarían en la renovación del ballet de mediados del siglo XX desde experiencias artísticas diferentes.
La estadounidense que llegó a ser étoile
Cuando Marjorie Tallchief ingresó en el Ballet de la Ópera de París en 1957, la institución acumulaba casi tres siglos de historia. Su tradición se remontaba a la academia de danza fundada bajo Luis XIV y había contribuido a establecer buena parte de las convenciones técnicas del ballet clásico. Para una intérprete extranjera, formar parte de aquella compañía representaba un reconocimiento extraordinario.
Tallchief fue contratada directamente como première danseuse étoile, la categoría asociada con las principales figuras del conjunto. Tenía treinta años y una experiencia considerable en los escenarios internacionales. Su nombramiento la convirtió en la primera estadounidense de ascendencia indígena en alcanzar esa posición.
La distinción adquiría especial relevancia dentro de una institución celosa de sus tradiciones. El ballet francés había desarrollado una escuela reconocible por su refinamiento técnico y por determinadas convenciones estilísticas que no siempre coincidían con las maneras de bailar cultivadas en Estados Unidos. Tallchief llegó con una formación internacional y una energía escénica que llamaron la atención de la crítica parisina.

El crítico de danza Roger Salas recordaría décadas después que su presencia contribuyó a modificar ciertas convenciones del repertorio clásico francés. Marjorie destacaba por su elasticidad y por una técnica capaz de adaptarse a coreografías de procedencias muy distintas. Su repertorio comprendía Giselle, El lago de los cisnes y Don Quijote, además de creaciones modernas como Concerto Barocco y La sonámbula, asociadas con el trabajo de Balanchine.
Durante su estancia en París compartió escenario con intérpretes formados dentro de la propia institución y participó en funciones presenciadas por personalidades como Charles de Gaulle y John F. Kennedy. George Skibine también se incorporó al trabajo artístico de la Ópera, donde desempeñó funciones como maestro de ballet.
La carrera de Tallchief continuó fuera de Francia a comienzos de los años sesenta. Su nombramiento parisino había ampliado su reconocimiento, pero todavía le quedaban temporadas importantes como intérprete. Entre 1964 y 1966 fue primera bailarina del Harkness Ballet, una compañía estadounidense cuyo proyecto artístico concedía considerable importancia a la creación coreográfica.
Las cinco lunas que salieron de Oklahoma
Marjorie perteneció a un grupo de bailarinas cuya historia ha adquirido especial atención durante las últimas décadas. Junto con Maria Tallchief, Rosella Hightower, Moscelyne Larkin e Yvonne Chouteau, integró el conjunto conocido como las Five Moons, las Cinco Lunas de Oklahoma.
Las cinco tenían vínculos con distintas naciones indígenas y alcanzaron carreras internacionales en un periodo durante el cual la representación de sus comunidades en las instituciones culturales estadounidenses era limitada. Procedían de localidades relativamente pequeñas y llegaron a compañías que actuaban en Nueva York, París y otras capitales de la danza.
Sus trayectorias tampoco respondieron a un único modelo. Hightower desarrolló una carrera destacada en Europa y fundó una escuela de ballet en Cannes. Chouteau contribuyó a establecer instituciones de enseñanza en Oklahoma, mientras Larkin participó en la fundación del Tulsa Ballet. Las hermanas Tallchief encontraron oportunidades particularmente importantes dentro de compañías estadounidenses y francesas.

En 1967, Larkin organizó un festival dedicado a las bailarinas indígenas de Oklahoma, un antecedente de los esfuerzos posteriores por reconocer sus aportaciones. Años después, sus figuras fueron reunidas en el mural Flight of Spirit, realizado por Mike Larsen para el Capitolio estatal, y en el Five Moons Garden de Tulsa, donde cinco esculturas recuerdan sus carreras.
El reconocimiento colectivo permite examinar una contradicción persistente en la historiografía del ballet. Las intérpretes indígenas participaron activamente en su desarrollo durante el siglo XX, pero durante mucho tiempo sus nombres aparecieron de manera aislada, desvinculados de una historia más amplia de formación artística y movilidad social.
En el caso de Marjorie, la pertenencia a la nación Osage formaba parte de su identidad familiar y de su historia personal. Su carrera transcurrió, al mismo tiempo, dentro de instituciones construidas sobre modelos europeos que rara vez incorporaban las experiencias culturales de los pueblos originarios de América.
Los años de enseñanza
Después de retirarse de los escenarios, Tallchief permaneció vinculada con la danza mediante la enseñanza y la dirección artística. Trabajó en Dallas y Chicago, donde participó en programas de formación profesional. En 1980 colaboró con su hermana Maria en la fundación del Chicago City Ballet, proyecto que reunió nuevamente sus experiencias tras décadas de trayectorias independientes.
Para una bailarina acostumbrada a interpretar obras de gran exigencia técnica, la enseñanza suponía trasladar el conocimiento del propio cuerpo al de otras personas. Las correcciones de postura, el estudio de las variaciones clásicas y la preparación de jóvenes intérpretes pasaron a ocupar el lugar de las funciones nocturnas y los ensayos de repertorio.
En 1989 asumió la dirección de danza del Harid Conservatory, en Boca Ratón, Florida. Permaneció allí hasta su retiro en 1993, cuando ya había dedicado casi medio siglo a la práctica profesional del ballet.

Su trayectoria recibió diversos reconocimientos, incluida su incorporación al Oklahoma Hall of Fame en 1991. Marjorie murió el 30 de noviembre de 2021, a los 95 años, y fue la última sobreviviente de las Cinco Lunas.
La memoria de aquellas bailarinas ha seguido encontrando nuevas formas de presencia pública. En 2023, la Casa de Moneda de Estados Unidos emitió una moneda dedicada a Maria Tallchief en la que también aparecen, representadas mediante siluetas, las otras cuatro integrantes del grupo. Ese mismo año, la nación Osage participó en actos de homenaje que incluyeron una nueva escultura de Marjorie.
Hay algo particularmente revelador en esa representación conjunta. Durante sus años de actividad, cada una había construido una carrera sometida a los juicios de críticos, maestros y directores de compañías. Sus nombres se imprimían en los programas de los teatros europeos junto a los de bailarines formados en instituciones rusas o francesas. Décadas después, la memoria de esas mismas mujeres ocupa espacios públicos en Oklahoma, el territorio desde el cual comenzaron sus viajes.
Una bailarina puede pasar años perfeccionando una posición que el público apenas contempla durante unos segundos. Los archivos conservan fotografías de Marjorie Tallchief suspendida en un salto o interpretando a alguno de sus personajes, imágenes que permiten distinguir la exigencia física escondida bajo la aparente facilidad de sus movimientos. El centenario devuelve la atención a ese trabajo, a los ballets que interpretó y a los coreógrafos que encontraron en ella una colaboradora capaz de llevar sus ideas al escenario.
En Fairfax, la ciudad de su infancia, el apellido Tallchief sigue vinculado con la historia de la nación Osage. En París, la palabra étoile continúa designando a las figuras principales de una compañía cuya tradición precede por siglos al nacimiento de Marjorie. Durante unos años, ambos mundos quedaron unidos por el nombre de una mujer que había comenzado a estudiar ballet a miles de kilómetros del Palais Garnier.































































