Una silla puede comenzar con una estructura de cartón que apenas se sostiene. La curva de una lámpara puede necesitar varios intentos antes de encontrar la inclinación adecuada, mientras que un objeto destinado a fabricarse en serie quizá pase semanas sobre una mesa, convertido en una sucesión de pequeñas modificaciones. Algunos modelos terminan arrinconados en un estante cuando cumplen su propósito. Otros se conservan durante años, como testigos de decisiones que difícilmente podrían reconocerse en el producto terminado.
Es precisamente ese territorio, habitualmente reservado a los talleres y estudios de diseño, el que Jorge Diego Etienne lleva al Museo Franz Mayer de Ciudad de México. Inaugurada el 16 de octubre de 2026, Mockups before fuckups. Maquetas, prototipos y el oficio del diseño reúne más de 300 maquetas, prototipos y experimentos desarrollados por JDE design driven consultancy, el estudio fundado por el diseñador industrial regiomontano.

La exposición propone observar los objetos desde una perspectiva poco habitual: cuando todavía son preguntas materiales, versiones provisionales o intentos que necesitan corregirse. Algunos de estos modelos pertenecen a proyectos que llegaron a producirse; otros documentan caminos descartados durante su desarrollo. En ambos casos, su presencia permite recuperar una parte del trabajo que suele desaparecer cuando el diseño alcanza su forma definitiva.
La muestra también inaugura la nueva Sala de Diseño y Procesos y la Biblioteca Viva de Diseño del Museo Franz Mayer. Que estos espacios abran con una exposición dedicada al ensayo y al error resulta revelador de una preocupación museística: cómo conservar aquello que ocurre durante la creación de un objeto y que raramente sobrevive en los relatos tradicionales sobre sus autores.
Antes del objeto terminado
Cuando contemplamos una pieza de mobiliario en una exposición, normalmente encontramos una forma que ha sido resuelta. La ficha nos informa quién la diseñó, cuándo fue fabricada y cuáles son sus materiales. En ocasiones podemos conocer su contexto histórico o las innovaciones técnicas que introdujo. Lo que rara vez aparece es la secuencia de decisiones que permitió llegar hasta ella.
El diseño industrial depende de una relación constante entre las ideas y las condiciones materiales. Una línea dibujada sobre el papel puede parecer elegante, pero al trasladarla a una estructura de tamaño natural quizá descubra problemas de equilibrio. Una superficie concebida para resultar cómoda puede volverse incómoda después de algunos minutos de uso. Incluso una solución técnicamente viable puede necesitar modificaciones si su producción exige demasiados recursos.
Las maquetas permiten anticipar estas dificultades. A través de modelos a escala, ensayos de materiales y pruebas funcionales, el diseñador comprueba cómo responde una idea cuando adquiere volumen. Cada prototipo representa una hipótesis sometida a evaluación, aunque su resultado no siempre implique una equivocación. En ocasiones confirma que una solución funciona; en otras obliga a reconsiderar decisiones que parecían definitivas.
Esta diferencia resulta importante para comprender la propuesta de Etienne. Las piezas expuestas no constituyen una colección de fracasos, porque muchas cumplieron exactamente la función para la que fueron creadas. Su valor reside en haber permitido avanzar hacia otras versiones, tomar decisiones informadas o reconocer los límites de una propuesta.
El objeto final conserva las soluciones elegidas. Sus versiones anteriores permiten observar las preguntas que hubo que formular para encontrarlas.
Un estudio de Monterrey abre sus archivos
Antes de instalarse en el Museo Franz Mayer, Mockups before fuckups tuvo una primera presentación en noviembre de 2025, en el Centro Cultural Plaza Fátima de San Pedro Garza García, Nuevo León, como parte del festival Cuadrante Takeover.
El proyecto nació de una reflexión sobre las maquetas, los errores y los procesos dentro del estudio JDE. Lo que inicialmente se planteaba como una conversación acerca de las herramientas del diseñador terminó convirtiéndose en una exposición que reúne materiales acumulados durante más de una década de trabajo.
Jorge Diego Etienne, egresado del Tecnológico de Monterrey y con estudios de posgrado en Parsons School of Design de Nueva York, ha desarrollado proyectos para empresas como Cemex, TANE, Formica, Tupperware y Coca-Cola. Su práctica comprende objetos de uso cotidiano y propuestas vinculadas con diferentes escalas de producción. Parte de su trabajo también se encuentra en colecciones como las del Museo Universitario de Arte Contemporáneo y el Denver Art Museum.

Esta trayectoria permite comprender el interés del archivo presentado. Los procesos de un estudio de diseño no siguen necesariamente una ruta uniforme; las decisiones dependen del cliente, los materiales, las posibilidades de fabricación y las necesidades de quienes utilizarán cada producto. Una misma idea puede cambiar numerosas veces antes de convertirse en un objeto disponible para el público.
En la exposición, el visitante encuentra rastros de esas transformaciones. Maquetas y prototipos muestran cómo se ensayaron formas, se examinaron posibilidades y se reconsideraron soluciones. También aparecen experimentos que conservaron su utilidad como herramientas de aprendizaje, aunque no desembocaran en productos comerciales.
Hay algo especialmente interesante en el traslado de estos materiales a un espacio museístico. Dentro del taller, un modelo provisional invita a intervenirlo: cortarlo, añadirle una pieza, modificar sus proporciones. Una vez incorporado a una exposición, ese mismo objeto puede observarse como documento. Sus imperfecciones dejan de ser asuntos pendientes y se convierten en indicios de cómo se desarrolló una idea.
La posibilidad de equivocarse
El título Mockups before fuckups introduce el humor como una manera de hablar de una actividad que suele asociarse con la precisión. La expresión juega con la necesidad de realizar modelos y pruebas antes de que una equivocación tenga consecuencias mayores. En el fondo, describe una práctica cotidiana dentro del diseño: comprobar antes de fabricar.
Un prototipo puede romperse, resultar incómodo o demostrar que una solución imaginada no funciona. La información obtenida de esa experiencia ayuda a modificar el proyecto mientras todavía es posible hacerlo. El margen para equivocarse constituye una de las razones por las que se elaboran maquetas y pruebas preliminares.

Esto no significa que cualquier error produzca automáticamente una buena idea. Algunas decisiones equivocadas pueden evitarse mediante conocimientos técnicos, investigación y experiencia. Otras aparecen porque determinados problemas únicamente se vuelven evidentes al manipular un material o utilizar un objeto.
El proceso creativo consiste también en aprender a distinguir unas de otras. Durante décadas, la cultura visual vinculada con el diseño industrial ha privilegiado las fotografías cuidadosamente iluminadas, los espacios ordenados y los productos presentados como soluciones acabadas. Los catálogos suelen mostrar una versión limpia del objeto, desprovista de las dificultades que acompañaron su elaboración. Esa presentación cumple una función comercial, aunque puede transmitir una imagen incompleta del trabajo que existe detrás.
Mostrar prototipos introduce una lectura diferente. Permite reconocer las dudas que sobreviven incluso dentro de estudios experimentados y observar cómo las respuestas surgen del contacto con los materiales. La habilidad del diseñador se manifiesta tanto en las soluciones encontradas como en su capacidad para identificar cuándo una propuesta necesita modificarse.
El museo como taller y archivo
Los museos han conservado durante siglos bocetos, estudios preparatorios y modelos arquitectónicos. Estos documentos permiten reconstruir decisiones que las obras terminadas no siempre explican. En el caso del diseño industrial, la conservación de prototipos plantea preguntas particulares, porque muchas piezas fueron fabricadas con materiales económicos o provisionales, destinados a utilizarse durante un periodo breve.
Un modelo de cartón puede deteriorarse con relativa facilidad. Una prueba realizada con componentes industriales puede depender de tecnologías que dejan de utilizarse. Incluso cuando el objeto sobrevive, comprender su función dentro del proceso exige conservar información complementaria: fotografías, planos, notas y registros de las modificaciones.
La apertura de la Sala de Diseño y Procesos y la Biblioteca Viva de Diseño del Museo Franz Mayer ofrece un contexto pertinente para estas discusiones. La institución, dedicada históricamente a las artes decorativas y al diseño, incorpora espacios desde los cuales puede examinarse la manera en que se conciben y desarrollan los objetos.

Resulta interesante pensar qué sucede cuando una maqueta deja de ser una herramienta de trabajo y pasa a formar parte de una exposición. Su función cambia. Ya no necesita demostrar que una estructura puede sostenerse ni comprobar la comodidad de una superficie. Ahora permite a otras personas estudiar las decisiones que condujeron a un resultado.
Ese desplazamiento también afecta nuestra idea de qué merece conservarse. Los museos suelen recibir objetos elegidos por su calidad estética, relevancia histórica o capacidad para representar una época. Una prueba descartada rara vez reúne esas características de manera evidente, aunque puede proporcionar información que ninguna pieza final conserva.
La exposición de Etienne participa de ese interés por documentar los procedimientos y las condiciones de producción. Al abrir el archivo del estudio, reconoce el trabajo acumulado en objetos que originalmente no fueron concebidos para exhibirse.
Lo que aprendemos al mirar los intentos
El interés por los procesos de creación también aparece en otros oficios. Un manuscrito corregido permite reconocer cómo un escritor modificó una frase; una prueba de impresión revela las decisiones de color tomadas antes de publicar una imagen. En el cine, los dibujos preparatorios pueden mostrar escenas que nunca llegaron a filmarse. Cada archivo conserva un conjunto distinto de posibilidades, modificaciones y renuncias.
Estos materiales ofrecen una perspectiva menos ordenada de la creación. Permiten descubrir que las decisiones finales responden a circunstancias concretas y que, en ocasiones, una pequeña modificación transforma el rumbo de un proyecto. También recuerdan la participación de fabricantes, técnicos y colaboradores cuyo trabajo puede quedar fuera de la historia pública de una obra.
Dentro del diseño, esa dimensión colectiva resulta especialmente visible. Concebir un objeto implica considerar a quienes lo producirán y a las personas que deberán utilizarlo. Las pruebas ayudan a confrontar las ideas originales con esas condiciones, donde incluso una modificación aparentemente menor puede tener consecuencias sobre su fabricación o funcionamiento.
Por eso la exposición del Franz Mayer resulta pertinente para estudiantes, profesionales y visitantes que quizá nunca hayan entrado en un estudio de diseño. Observar una secuencia de prototipos permite acercarse a un trabajo que normalmente se conoce a través de sus resultados. También ayuda a reconocer que la corrección forma parte de una práctica que exige conocimientos acumulados y atención a los detalles.
Entre las más de 300 piezas reunidas por Etienne existen pruebas relacionadas con objetos que finalmente encontraron su forma. Otras pertenecen a alternativas abandonadas o experimentos cuyo destino fue permanecer dentro del archivo del estudio. La exposición permite que convivan sin reducir su interés al éxito comercial de los proyectos.
Quizá uno de sus gestos más interesantes sea precisamente ese: conservar modelos que ya cumplieron su propósito y permitir que sigan enseñando algo. Las piezas fueron creadas para resolver preguntas específicas; años después, pueden ayudar a formular otras acerca del oficio, la autoría y la manera en que aprendemos a construir.
Al recorrerla, es posible que una maqueta torcida o una unión corregida termine capturando la atención durante más tiempo que la fotografía de un producto perfectamente terminado. Allí permanece una decisión suspendida, un instante en el que alguien todavía podía cambiar de opinión. Y acaso sea ese uno de los aspectos más reveladores de abrir las puertas de un taller: descubrir que incluso los objetos que hoy nos parecen inevitables pudieron haber tenido otra forma.






























































