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Tilda Swinton & el arte de no pertenecer a un solo universo

A sus 66 años, recorremos las múltiples vidas de una artista que ha hallado en cine, moda y performance, formas de reinventarse.

En septiembre de 1995, una mujer dormía dentro de una vitrina de cristal en la Serpentine Gallery de Londres. Llevaba ropa corriente, permanecía inmóvil durante horas y estaba rodeada de objetos que alguna vez habían pertenecido a otras personas. Los visitantes podían acercarse, observar su respiración y preguntarse qué hacía una persona viva entre las piezas de un museo. La mujer era Tilda Swinton, entonces una actriz relativamente conocida por su trabajo en el cine independiente británico. La instalación se llamaba The Maybe y durante siete días convirtió el sueño, o su apariencia, en una experiencia pública.

Treinta y un años después, resulta difícil encontrar una categoría que alcance para describir su trayectoria. Nacida el 5 de noviembre de 1960, Katherine Matilda Swinton ha interpretado aristócratas, vampiros, hechiceras y personajes que parecen llegados de un mundo todavía por inventarse. También ha participado en performances, intervenido archivos de vestuario y desarrollado proyectos junto a artistas que trabajan lejos de los estudios cinematográficos. Su rostro aparece en películas de Hollywood y en instalaciones de museos, con una familiaridad desconcertante en ambos territorios.

A los 66 años, Swinton continúa ocupando ese lugar difícil de clasificar, aunque acaso la clasificación nunca haya sido una de sus preocupaciones.

Una mujer duerme en un museo

The Maybe nació de una idea de Swinton y fue presentada inicialmente en colaboración con la artista británica Cornelia Parker. Durante ocho horas al día, su cuerpo permanecía encerrado en una estructura transparente, expuesto a las miradas de quienes recorrían la galería. No había diálogos ni una narración que explicara lo que estaba ocurriendo. La posibilidad de que estuviera dormida bastaba para convertir una acción cotidiana en un acontecimiento extraño.

Tilda Swinton presenta The Maybe en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en 2013, una performance que transforma el descanso en una experiencia de observación pública. Fotografía publicada por Artnet.

La instalación regresó en 1996, esta vez en Roma, y reapareció en 2013 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En el MoMA, sus intervenciones no se anunciaban previamente, de manera que los visitantes podían encontrarse inesperadamente con Swinton dentro de la vitrina. Una figura conocida por su presencia cinematográfica se ofrecía a la observación sin interpretar un personaje identificable.

La obra planteaba una inquietud que reaparecería en buena parte de sus proyectos posteriores: qué sucede cuando un cuerpo cambia de contexto y, con ello, de significado. Una persona dormida en su habitación apenas llamaría la atención; trasladada al museo, se convierte en un objeto de contemplación. Swinton parecía interesada en esa distancia entre lo que vemos y lo que creemos estar viendo.

Derek Jarman y la libertad de mirar de otra manera

Su relación con el cine comenzó lejos de los mecanismos habituales de la industria. Después de estudiar en Cambridge y pasar por el teatro, conoció al cineasta y artista británico Derek Jarman, quien la incorporó a Caravaggio (1986), una película que reconstruía libremente la vida del pintor italiano mediante imágenes deliberadamente anacrónicas.

Jarman mezclaba referencias históricas con objetos contemporáneos, exploraba la sexualidad y utilizaba el lenguaje cinematográfico para desafiar las convenciones narrativas. Swinton encontró allí una forma de trabajo que marcaría sus decisiones posteriores. Durante los años siguientes participó en siete largometrajes del director, entre ellos The Last of England (1987), War Requiem (1989), Edward II (1991) y Wittgenstein (1993).

Tilda Swinton en Caravaggio (1986), de Derek Jarman, la película que inauguró una colaboración decisiva para su trayectoria artística. Imagen: Österreichisches Filmmuseum.

Su colaboración estuvo atravesada por la amistad y por un momento particularmente doloroso de la historia británica. Jarman fue una figura central del cine queer durante la crisis del sida, enfermedad de la que murió en 1994. Sus películas respondían a la violencia política y social de aquellos años, pero también conservaban una sensibilidad hacia la belleza de los objetos, los paisajes y los cuerpos.

Para Swinton, aquella experiencia significó trabajar dentro de una comunidad artística donde las funciones podían mezclarse y donde una película surgía del diálogo entre personas que compartían inquietudes. Décadas después, Jarman sigue apareciendo en sus proyectos, como una presencia que se resiste a quedar confinada al pasado.

Orlando y el cuerpo que atraviesa los siglos

En Orlando (1992), Sally Potter encontró una intérprete capaz de habitar cuatrocientos años de historia sin perder la continuidad de una misma persona. La película, basada en la novela de Virginia Woolf publicada en 1928, sigue a un joven aristócrata inglés que atraviesa distintas épocas y, después de un largo sueño, despierta convertido en mujer.

Swinton interpreta ambas etapas con una naturalidad que vuelve secundaria la explicación de lo ocurrido. La transformación sucede sin efectos espectaculares; el personaje contempla su nuevo cuerpo y continúa viviendo. Lo que cambia de manera más dramática es la relación del mundo con Orlando. La propiedad, el matrimonio y las libertades que parecían garantizadas adquieren otro significado cuando la sociedad comienza a reconocerlo como mujer.

Tilda Swinton como Orlando en la adaptación cinematográfica de Sally Potter de 1992, basada en la novela de Virginia Woolf. El vestuario fue diseñado por Sandy Powell. Imagen publicada por The Arts Desk.

El vestuario diseñado por Sandy Powell participa directamente en esa transformación. Los bordados, las estructuras rígidas y las telas voluminosas permiten observar cómo cada época impone determinadas formas al cuerpo. Un vestido puede convertirse en una arquitectura que condiciona el movimiento; una prenda masculina puede otorgar autoridad antes de que el personaje pronuncie una palabra.

La película también introdujo una característica que acompañaría a Swinton durante décadas: su capacidad para mirar directamente al espectador y romper, por un instante, el acuerdo silencioso de la ficción. Orlando parece saber que estamos ahí, contemplando una existencia imposible.

Vestirse también puede ser una performance

La relación de Swinton con la moda ha producido algunas de sus colaboraciones artísticas más interesantes. Desde 2012 trabaja con el historiador y curador francés Olivier Saillard en proyectos que recuperan prendas de archivos y colecciones para devolverles movimiento.

En The Impossible Wardrobe, presentada en París, Swinton manipulaba y mostraba piezas históricas procedentes del Palais Galliera. Su presencia sustituía al maniquí tradicional y permitía observar los vestidos como objetos que alguna vez estuvieron en contacto con cuerpos concretos. En Embodying Pasolini, la atención se trasladó al vestuario de las películas del director italiano, recuperando prendas cuyo destino parecía inseparable de las imágenes cinematográficas donde habían aparecido.

Tilda Swinton durante The Impossible Wardrobe (2012), performance creada junto a Olivier Saillard para explorar la memoria de las prendas conservadas en archivos de moda. Imagen publicada por The Symbol.

Durante 2026, Swinton y Saillard continuaron esa investigación con House of Gestures, presentada en el Guggenheim Bilbao. La propuesta giraba alrededor del gesto, la presencia y la transformación, cuestiones que han acompañado buena parte de su trabajo conjunto.

Hay una diferencia entre usar ropa para construir una imagen pública y examinar aquello que una prenda conserva después de haber sido utilizada. Swinton parece especialmente atraída por lo segundo. Una costura, un doblez o las dimensiones de una antigua chaqueta pueden revelar costumbres desaparecidas y maneras de habitar el cuerpo que resultan extrañas desde el presente.

La artista que trabaja con otros artistas

En septiembre de 2025, el Eye Filmmuseum de Ámsterdam inauguró Tilda Swinton – Ongoing, una exposición concebida alrededor de sus colaboraciones artísticas. El proyecto, que permaneció abierto hasta marzo de 2026, reunió trabajos con Pedro Almodóvar, Luca Guadagnino, Joanna Hogg, Jim Jarmusch, Apichatpong Weerasethakul, Tim Walker y Olivier Saillard, además de materiales relacionados con Derek Jarman.

La exposición permitía observar una característica persistente de su trayectoria: la importancia de las relaciones creativas prolongadas. Con Joanna Hogg, amiga desde la infancia, desarrolló Flat 19, una reconstrucción multimedia de su antiguo apartamento londinense durante los años ochenta. El espacio doméstico se convirtió en una forma de explorar la memoria y las personas que habían pasado por él.

Vista de Tilda Swinton – Ongoing, exposición presentada en el Eye Filmmuseum de Ámsterdam entre septiembre de 2025 y marzo de 2026, dedicada a sus colaboraciones artísticas. Cortesía: Eye Filmmuseum.

Esa disposición a construir proyectos colectivos también ha aparecido fuera de las galerías. En 2008, junto con el cineasta Mark Cousins, impulsó el Ballerina Ballroom Cinema of Dreams, un festival celebrado en la localidad escocesa de Nairn. Al año siguiente participaron en una peregrinación cinematográfica que llevó una sala móvil por distintas comunidades de las Highlands. La imagen de un grupo de personas tirando de un cine ambulante resulta particularmente apropiada para entender una parte de su relación con las películas: el deseo de acercarlas a públicos y lugares que suelen quedar fuera de los grandes circuitos.

El rostro que nunca pertenece a una sola época

En Only Lovers Left Alive (2013), de Jim Jarmusch, Swinton interpreta a Eve, una vampira que ha atravesado siglos de cultura humana y contempla el presente con una mezcla de curiosidad y cansancio. Su cabello blanco, sus movimientos pausados y una mirada que parece reconocer cosas que los demás ignoran construyen la impresión de una criatura que ha vivido demasiado tiempo.

Ese mismo rostro puede aparecer bajo el maquillaje de una anciana en The Grand Budapest Hotel (2014), transformarse en Madame Blanc en Suspiria (2018) o adquirir la severidad de una figura aristocrática en The Eternal Daughter (2022), donde interpreta a una madre y a su hija. Cada película encuentra una manera distinta de utilizar su presencia física, aunque en todas permanece algo reconocible.

Tilda Swinton interpreta a Eve, una vampira que ha atravesado siglos de historia, en Only Lovers Left Alive (2013), dirigida por Jim Jarmusch. Fotograma de la película.

Su trayectoria incluye un Óscar por Michael Clayton (2007), producciones de grandes estudios y películas experimentales que difícilmente compartirían espacio en una cartelera convencional. Esa amplitud responde, en parte, a una disposición poco frecuente a regresar al trabajo de cineastas con quienes mantiene una relación creativa. Swinton parece encontrar en esas colaboraciones la posibilidad de continuar conversaciones iniciadas muchos años atrás.

Quizá por eso The Maybe conserva tanta pertinencia dentro de su obra. La mujer inmóvil detrás del cristal podía ser observada durante horas sin entregar ninguna explicación sobre sí misma. El público aportaba sus preguntas y sus expectativas; ella permanecía allí, respirando, mientras el tiempo transcurría.

En el cine, los museos o frente a una prenda rescatada de algún archivo, Swinton sigue explorando cuánto puede cambiar una imagen antes de que dejemos de reconocer a quien la habita. Y cuánto de una persona permanece fuera de nuestro alcance, incluso cuando creemos haberla visto innumerables veces.

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