Un hombre despierta sobre una playa desconocida. Intenta incorporarse, pero descubre que sus brazos, piernas y cabellos están sujetos al suelo mediante cientos de diminutas cuerdas. Sobre su pecho caminan criaturas que apenas alcanzan quince centímetros de altura. Algunas llevan arcos, otras lanzas; todas parecen convencidas de que aquel cuerpo gigantesco constituye un problema de Estado. La escena pertenece a uno de los episodios más célebres de la literatura universal y ha sobrevivido en ilustraciones, películas y adaptaciones infantiles. Lo que suele olvidarse es que Jonathan Swift imaginó aquel espectáculo para burlarse de una humanidad que convierte sus mezquindades en asuntos de enorme trascendencia.
El 28 de octubre de 1726 apareció en Londres Los viajes de Gulliver, una novela que durante tres siglos ha cambiado de lectores sin perder su capacidad de incomodarlos. Detrás de sus criaturas fantásticas se encuentra una sátira despiadada sobre la política, el conocimiento y las pretensiones de superioridad de nuestra especie. Swift nos invita a recorrer países imposibles, aunque cada nuevo territorio termina pareciéndose sospechosamente al nuestro.
Un libro demasiado peligroso para firmarlo
La primera edición apareció bajo un título considerablemente más largo: Travels into Several Remote Nations of the World. Su supuesto autor era Lemuel Gulliver, cirujano y capitán de diversos barcos. Jonathan Swift, escritor irlandés y deán de la catedral de San Patricio de Dublín, permanecía cuidadosamente oculto detrás de aquella identidad ficticia.

La precaución tenía motivos. Inglaterra atravesaba disputas políticas y religiosas que Swift conocía de cerca. Su relación con el poder había dejado una huella amarga en su escritura, particularmente después de los cambios políticos de 1714. Benjamin Motte, responsable de publicar la novela, llegó a modificar algunos pasajes para reducir el riesgo de represalias. El autor reaccionaría con disgusto ante aquellas intervenciones.
El libro fue un éxito inmediato. Aquellos lectores del siglo XVIII podían reconocer entre los habitantes de países imaginarios las costumbres de ministros, cortesanos y autoridades de su tiempo. Swift había encontrado una forma especialmente cruel de retratar a sus contemporáneos: cambiarles la estatura, trasladarlos al otro extremo del mundo y permitir que sus comportamientos hablaran por ellos.
La grandeza de los hombres pequeños
En Liliput, Gulliver descubre una sociedad minúscula que reproduce con extraordinaria solemnidad las costumbres de las grandes potencias. Sus funcionarios disputan cargos mediante ejercicios absurdos; las diferencias políticas pueden depender de la altura de los tacones y una controversia sobre el extremo correcto por el que debe romperse un huevo ha provocado persecuciones y enfrentamientos con el reino vecino de Blefuscu.
La sátira apuntaba a conflictos reconocibles para los contemporáneos de Swift, incluidas las rivalidades religiosas y las luchas entre facciones inglesas. Pero el mecanismo conserva su eficacia: basta observar la facilidad con que una institución puede envolver una disputa insignificante en vocabulario solemne. Los liliputienses consideran razonables sus propias extravagancias. Gulliver, obligado a contemplarlas desde una altura descomunal, advierte su ridículo.

El segundo viaje invierte la perspectiva. En Brobdingnag, Gulliver queda reducido a una criatura vulnerable entre gigantes. Aquello que en Liliput parecía enorme adquiere dimensiones insignificantes. Incluso el cuerpo humano, observado de cerca, pierde cualquier pretensión de perfección: la piel revela imperfecciones, los rostros se vuelven desagradables y la belleza depende, en buena medida, de la distancia.
Cuando Gulliver describe orgullosamente las instituciones europeas, el rey de Brobdingnag escucha sus explicaciones con creciente horror. La historia de guerras, ambiciones y engaños que el viajero considera prueba de civilización produce en su interlocutor una impresión bastante menos favorable. Swift deja que el entusiasmo patriótico de Gulliver lo incrimine. Pocas cosas resultan tan cómicas como alguien convencido de estar ofreciendo argumentos a su favor mientras enumera sus peores defectos.
La inteligencia también puede hacer el ridículo
En su tercer viaje, Gulliver conoce Laputa, una isla flotante cuyos habitantes viven obsesionados con las matemáticas y la música. Sus pensamientos se encuentran tan alejados de los asuntos cotidianos que necesitan asistentes encargados de llamarles la atención mediante pequeños golpes. Más adelante visita la academia de Lagado, donde investigadores dedican sus esfuerzos a proyectos tan extravagantes como extraer rayos de sol de los pepinos o transformar excrementos en alimentos.

Swift escribía durante una época fascinada por las posibilidades de la ciencia moderna. Su burla se concentra en las pretensiones de ciertos sabios, en el conocimiento convertido en espectáculo y en la confianza de quienes confunden la complejidad de un procedimiento con su utilidad. La academia funciona como un museo de ideas que han perdido contacto con aquello que pretendían mejorar. Sus investigadores perseveran, indiferentes al fracaso, mientras el mundo continúa deteriorándose a su alrededor.
El episodio conserva una ironía incómoda para nuestro presente, cuando la novedad tecnológica suele celebrarse antes de comprender sus consecuencias. Swift parece especialmente interesado en ese instante en que una persona deja de preguntarse para qué sirve lo que hace porque está demasiado ocupada demostrando que puede hacerlo.
El país donde los caballos tienen razón
El cuarto viaje abandona buena parte de la ligereza anterior. Gulliver llega a una tierra gobernada por los houyhnhnms, caballos dotados de razón que desconocen muchas de las pasiones humanas. Allí también viven los yahoos, criaturas sucias, violentas y codiciosas cuya semejanza física con los seres humanos resulta imposible de ignorar.
Gulliver admira progresivamente la organización de los caballos y comienza a despreciar a los miembros de su propia especie. La fascinación adquiere dimensiones inquietantes cuando comprende que su cuerpo lo aproxima a los yahoos. Su deseo de pertenecer al mundo de los houyhnhnms termina enfrentándolo a una imposibilidad: jamás podrá convertirse en aquello que admira.

Conviene desconfiar también de esa sociedad aparentemente ejemplar. La racionalidad de los caballos admite una frialdad considerable, y su tratamiento de los yahoos plantea preguntas sobre los límites de una comunidad que organiza su existencia alrededor de una idea inflexible de superioridad. Swift complica deliberadamente la lectura. El desprecio de Gulliver hacia los humanos podría parecer comprensible después de sus experiencias, pero su conversión en misántropo tampoco constituye una victoria moral.
De regreso en Inglaterra, el viajero apenas soporta la compañía de su familia. El olor de los seres humanos le resulta repugnante. Prefiere pasar horas conversando con los caballos de su establo, criaturas que le recuerdan la sociedad perdida. El hombre que había cruzado océanos movido por la curiosidad termina encerrado en una forma de aislamiento que ninguna expedición podrá remediar.
Lo que la infancia dejó fuera del libro
La posteridad hizo con Los viajes de Gulliver algo que seguramente habría divertido y exasperado a Swift: convirtió una de las sátiras más mordaces de su siglo en una aventura para niños. Las versiones abreviadas privilegiaron las cuerdas de Liliput, los gigantes y los peligros del viaje. Las zonas más desagradables, las alusiones políticas y la creciente misantropía del protagonista quedaron frecuentemente fuera de escena.

Quizá esa transformación explique parte de la longevidad del libro. Sus imágenes tienen suficiente fuerza para sobrevivir separadas de las ideas que las originaron. Pero regresar al texto completo permite reconocer la violencia intelectual que sostiene aquellas fantasías. Swift desarma nuestra confianza en la civilización y luego examina las consecuencias de perderla por completo.
Trescientos años después, Gulliver continúa tendido sobre aquella playa, rodeado de pequeñas figuras que discuten cómo enfrentarse al extraño. Resulta tentador identificarnos con el gigante, convencidos de observar desde arriba las absurdas preocupaciones de los demás. Swift dejó abierta una posibilidad bastante menos halagadora: que también nosotros seamos los liliputienses, ocupadísimos en defender la importancia de nuestras diminutas disputas.













































