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Sylvia Plath & todas las vidas que no vivimos

A 94 años de su nacimiento, la higuera de La Campana de Cristal, nos recuerda las vidas que imaginamos y miedo a elegir una.

En una de las escenas más recordadas de La campana de cristal, Esther Greenwood contempla una higuera cuyas ramas sostienen distintos futuros. Uno de sus frutos representa el matrimonio y los hijos; otro, convertirse en una poeta reconocida; uno más contiene una carrera académica, mientras otros prometen viajes, amantes y aventuras que todavía desconoce. Cada higo parece al alcance de su mano, pero Esther permanece inmóvil. Desea todas esas vidas y teme que, al escoger una, las demás desaparezcan. Mientras intenta decidir, los frutos maduran, se arrugan y terminan cayendo a sus pies.

La imagen pertenece a la única novela de Sylvia Plath, nacida el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts. Noventa y cuatro años después, aquella higuera conserva una inquietante familiaridad. ¿Cuántas posibilidades dejamos marchitar mientras esperamos tener la certeza de estar eligiendo correctamente?

La pregunta atraviesa una obra escrita por una mujer que conoció de cerca la ambición, las expectativas ajenas y la dificultad de conciliar los deseos propios. Plath murió a los treinta años, pero su biografía contiene mucho más que el desenlace que durante décadas ha condicionado la lectura de sus libros.

La joven que quería todos los higos

Desde niña, Sylvia Plath escribió con una determinación poco común. Publicó su primer poema a los ocho años, la misma edad a la que perdió a su padre, Otto Plath, profesor universitario y especialista en abejas. Su madre, Aurelia, alentó su educación en un entorno donde el rendimiento académico ocupaba un lugar importante. La joven Sylvia destacó en Smith College, publicó en revistas y acumuló reconocimientos mientras construía una imagen de éxito que exigía sostener incluso cuando comenzaba a agotarla.

Sylvia Plath durante sus años como estudiante en Smith College, hacia 1952. Su temprana vocación literaria estuvo acompañada de una intensa actividad académica.

En 1953 llegó a Nueva York como editora invitada de la revista Mademoiselle. La experiencia, aparentemente ideal para una estudiante interesada en la literatura, acabaría proporcionando parte del material de La campana de cristal. Aquel verano sufrió una grave crisis depresiva, recibió tratamientos psiquiátricos y sobrevivió a un intento de suicidio. Después regresó a sus estudios, se graduó con honores en 1955 y obtuvo una beca Fulbright para continuar su formación en Cambridge.

La trayectoria permite reconocer una contradicción que alimentaría su escritura: Plath deseaba sobresalir en un mundo que ofrecía a las mujeres oportunidades educativas cada vez mayores, pero seguía esperando de ellas una determinada conducta doméstica y sentimental. Quería escribir libros, conocer el mundo y enamorarse. También quería decidir cuánto espacio ocuparía cada deseo.

La campana de cristal y el miedo a elegir

Publicada en enero de 1963 bajo el seudónimo de Victoria Lucas, La campana de cristal sigue a Esther Greenwood durante un verano que comienza entre fiestas, vestidos y oportunidades profesionales, pero pronto adquiere una atmósfera de extrañamiento. Nueva York se vuelve un escenario donde la protagonista observa la vida que supuestamente debería entusiasmarla sin conseguir reconocerse en ella.

La novela recoge experiencias de Plath, aunque confundir a Esther con su autora empobrecería el trabajo literario. Su voz alterna ironía, incomodidad y observaciones de una precisión casi cruel. Esther advierte las contradicciones de una sociedad que celebra a las mujeres inteligentes mientras les exige adaptar sus aspiraciones a los planes de los hombres.

Primera edición de The Bell Jar, publicada en 1963 bajo el seudónimo de Victoria Lucas. La cubierta original presenta una figura femenina encerrada bajo una campana de cristal.

La higuera concentra ese conflicto. Cada fruto promete una existencia completa y parece exigir una renuncia definitiva. La angustia de Esther nace también de imaginar que las distintas versiones de sí misma jamás podrían convivir. Su indecisión está atravesada por la depresión, que altera su percepción del tiempo y vuelve insoportable cualquier posibilidad de pérdida.

Resulta tentador convertir este pasaje en una lección sobre la importancia de tomar decisiones. La novela ofrece una experiencia bastante menos consoladora: la de alguien que observa desaparecer su futuro mientras pierde la capacidad de alcanzarlo.

Escribir mientras la vida sucede

En Cambridge, Plath conoció al poeta británico Ted Hughes, con quien se casó en 1956. Ambos compartieron intereses literarios, manuscritos y una vida marcada por las exigencias de la escritura. Tuvieron dos hijos, Frieda y Nicholas. En 1960 apareció The Colossus, el primer libro de poemas de Plath, que recibió una atención crítica favorable.

Sus diarios y cartas muestran una escritora preocupada por cuestiones concretas: encontrar horas para trabajar, publicar en revistas, revisar versos y conseguir ingresos. La literatura tenía un lugar cotidiano, frecuentemente disputado por otras responsabilidades.

Máquina de escribir Royal utilizada por Sylvia Plath, exhibida en Smith College. La escritura ocupó un lugar constante en su vida desde sus años universitarios.

La relación con Hughes se deterioró y ambos se separaron en 1962, después de que Plath descubriera su infidelidad. Aquellos meses coincidieron con una actividad poética extraordinaria. La convivencia entre dificultades personales y creación literaria ha favorecido interpretaciones que convierten cada poema en un documento de sufrimiento, aunque semejante lectura deja en segundo plano las decisiones formales de una autora que trabajaba meticulosamente con el sonido, las imágenes y el ritmo.

Plath conocía las posibilidades de su oficio. Incluso en sus momentos más difíciles, escribía con la conciencia de estar construyendo una obra.

Ariel y la voz que encontró su forma

Durante el otoño de 1962, Sylvia Plath produjo buena parte de los poemas que integrarían Ariel. Algunos surgieron con una rapidez sorprendente, pero su intensidad responde a años de práctica y experimentación.

En Lady Lazarus, la voz poética convierte la exposición del sufrimiento en una representación desafiante; Daddy emplea un lenguaje deliberadamente perturbador para explorar relaciones de poder y recuerdos familiares, mientras Arieltransforma una experiencia ecuestre en una sucesión vertiginosa de imágenes.

Primera edición de Ariel, publicada por Faber and Faber en 1965, dos años después de la muerte de Sylvia Plath. El poemario reúne algunas de las composiciones más reconocidas de su trayectoria.

Su poesía desconcierta porque desplaza continuamente las fronteras entre confesión, invención y representación. Quien intenta encontrar una correspondencia literal entre cada verso y un episodio biográfico termina perdiendo de vista sus recursos literarios.

Plath había encontrado un lenguaje capaz de combinar violencia verbal con un extraordinario control técnico. También escribió sobre la maternidad, las flores, los animales y los objetos domésticos, a los que concedió una presencia extraña, a veces amenazante. En sus poemas, las cosas familiares rara vez permanecen quietas.

Quién cuenta la historia de Sylvia Plath

Sylvia Plath murió por suicidio el 11 de febrero de 1963, pocas semanas después de la publicación de La campana de cristal. Su muerte condicionó la recepción de sus escritos, especialmente cuando Ariel apareció póstumamente en 1965.

Ted Hughes, responsable de aquella edición, modificó la selección y el orden de los poemas que Plath había preparado. Durante décadas, millones de lectores conocieron una organización del libro distinta de la concebida por su autora. En 2004, una edición restaurada, presentada por su hija Frieda Hughes, permitió recuperar aquella disposición original.

Sylvia Plath y Ted Hughes fotografiados por Rollie McKenna en 1959. Tras la muerte de Plath, Hughes intervino en la edición y publicación de parte de su legado literario.

La diferencia importa. El orden de un poemario establece relaciones entre sus imágenes y modifica la experiencia de lectura. La versión de Plath terminaba con Wintering, un poema donde las abejas sobreviven al invierno y se anuncia la primavera. Esa conclusión abre una interpretación distinta de la trayectoria del libro.

Las disputas alrededor de sus manuscritos y diarios recuerdan cuánto puede intervenir la edición en la memoria de un escritor. Plath dejó una obra abundante, pero durante años parte de ella llegó al público a través de decisiones ajenas.

Los higos que todavía nos esperan

Hay lectores que encuentran la higuera de Esther Greenwood por primera vez durante la adolescencia y regresan a ella cuando algunas decisiones ya parecen irreversibles. Entonces los frutos adquieren otros nombres: una ciudad donde nunca vivimos, una carrera abandonada, una relación que pudo prosperar o una versión de nosotros mismos que apenas alcanzamos a imaginar.

La metáfora conserva algo incómodo porque describe una forma de pensar el futuro como una colección de vidas incompatibles. Quizá algunas elecciones efectivamente cierran caminos. Otras nos conducen hacia posibilidades que antes ni siquiera sabíamos nombrar.

Sylvia Plath escribió sobre esa angustia cuando todavía tenía por delante una obra que desconocía. Su protagonista observa caer los higos, convencida de que cada fruto perdido representa una vida entera. Nosotros podemos volver a la novela, cerrar el libro y mirar de otro modo las ramas que permanecen sobre nuestras cabezas. Tal vez el árbol todavía esté creciendo.

Higos en distintas etapas de maduración. En La campana de cristal, cada fruto representa un futuro posible que Esther Greenwood teme perder al elegir su camino.

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