En un rincón de la casa hay una cama que nadie ha vuelto a ocupar. La tela conserva algunas marcas de uso y, entre sus pliegues, permanece un juguete que alguna vez fue inseparable de su dueño. A un lado, alguien ha colocado un plato con comida, unas flores de cempasúchil y una fotografía que quizá llevaba meses guardada. Apenas unos cuantos objetos cotidianos que, reunidos bajo la luz de una veladora, parecen recuperar por una noche la presencia de quien falta.
En distintos hogares mexicanos, escenas semejantes comienzan a formar parte de los preparativos del Día de Muertos. Cada 27 de octubre, una fecha popularizada para recordar a los animales de compañía fallecidos, las familias preparan ofrendas para sus perros, gatos, aves, conejos y otros seres con los que compartieron sus días. Según la creencia que acompaña esta conmemoración, sus almas regresan durante la madrugada, siguiendo el aroma de las flores y la luz que alguien dejó encendida para recibirlas.
La costumbre tiene una historia reciente, aunque dialoga con creencias funerarias mucho más antiguas. Su difusión permite observar cómo una celebración mexicana continúa incorporando experiencias que las familias consideran dignas de recuerdo. También invita a detenerse en una pérdida que todavía encuentra poco reconocimiento fuera del ámbito doméstico: la muerte de un animal cuya existencia había llegado a organizar buena parte de nuestra vida.
Una fecha que encontró su lugar
El calendario del Día de Muertos reúne prácticas indígenas, tradiciones católicas y expresiones regionales que han cambiado a lo largo de los siglos. En México, las ofrendas adquieren formas distintas según las comunidades y los recuerdos familiares. Algunas se preparan durante varios días; otras ocupan apenas una mesa dentro de la casa. Los alimentos, las fotografías y los objetos personales mantienen abierto, durante un tiempo determinado, el vínculo con quienes han muerto.
Dentro de ese calendario, el 27 de octubre comenzó a difundirse como una fecha dedicada a los animales de compañía. En 2019, la empresa mexicana de servicios funerarios Funeral Pet propuso reservar ese día para recordarlos. La iniciativa encontró impulso en medios de comunicación y redes sociales, donde comenzaron a circular fotografías de pequeñas ofrendas domésticas acompañadas de mensajes sobre el regreso simbólico de las mascotas fallecidas.

La fecha no corresponde a una celebración prehispánica documentada ni a una práctica uniforme en todo México. Su popularización tampoco significa que antes nadie hubiera recordado a sus animales mediante rituales particulares. Las personas han conservado fotografías, enterrado a sus compañeros y dedicado espacios a su memoria mucho antes de que existiera una conmemoración compartida.
Lo interesante es la rapidez con que esta costumbre encontró aceptación. En algunas casas se prepara una ofrenda independiente; en otras, la fotografía del animal se incorpora al altar familiar junto a los retratos de abuelos, padres y otros seres queridos. Hay quienes colocan las flores desde la noche del 26 de octubre, siguiendo la creencia de que las visitas comienzan durante la madrugada siguiente. Cada familia adapta los símbolos conocidos a una relación que tuvo sus propios hábitos y recuerdos.
Los perros que conocían el camino de los muertos
Mucho antes de que las ofrendas contemporáneas incorporaran fotografías de animales, los perros ya ocupaban un lugar particular en algunas concepciones mesoamericanas sobre la muerte. En la tradición nahua, el tránsito hacia el Mictlán implicaba atravesar un recorrido lleno de dificultades. Una de ellas consistía en cruzar un río para el que se necesitaba la ayuda de un perro, capaz de acompañar al difunto hacia el mundo de los muertos.
El xoloitzcuintle conserva una asociación especialmente reconocible con estas creencias. Su nombre remite a Xólotl, divinidad vinculada con la transformación y ciertos aspectos del inframundo. En diferentes relatos, el perro aparece como guía de las almas, mientras algunas tradiciones relacionan su disposición para ayudar con el trato que la persona hubiera dado a los animales durante su vida. La imagen ha perdurado en el imaginario mexicano: un compañero que conoce el camino cuando los caminos humanos terminan.

Las figuras caninas de cerámica encontradas en contextos funerarios del occidente de México muestran que estos animales también tuvieron importancia simbólica en otras sociedades prehispánicas. Algunas representan cuerpos redondeados, orejas erguidas y expresiones sorprendentemente familiares. Sus significados deben estudiarse dentro de cada contexto arqueológico, pues las creencias mesoamericanas fueron diversas y las piezas no pueden interpretarse todas de una misma manera.
Conviene distinguir estas historias de la conmemoración actual. La relación entre los perros y la muerte pertenece a tradiciones documentadas desde hace siglos; el 27 de octubre como fecha dedicada a las mascotas es una práctica contemporánea. Hoy, una familia puede recordar a un gato que dormía sobre los libros, una tortuga que vivió varias décadas o un pájaro cuyo canto marcaba el comienzo de cada mañana. Sus recuerdos encuentran lugar en la ofrenda sin necesidad de compartir una misma historia religiosa.
El duelo que durante mucho tiempo tuvo que vivirse en silencio
La muerte de un animal modifica la casa de maneras difíciles de advertir desde fuera. Desaparece el sonido de sus uñas contra el piso, la necesidad de dejar abierta determinada puerta o la costumbre de mirar hacia el lugar donde solía dormir. Algunas personas descubren que siguen despertando a la hora en que debían darle de comer. Otras conservan su cama durante meses, sin decidirse a moverla. Los objetos permanecen mientras las rutinas que les daban sentido han terminado.
Este duelo ha sido tratado con frecuencia como una experiencia menor. Expresiones destinadas a consolar, como la posibilidad de adoptar inmediatamente otro animal, pueden ignorar el carácter particular de cada vínculo. La convivencia cotidiana construye una familiaridad que prescinde de las palabras: aprendemos a reconocer movimientos, maneras de pedir atención y pequeños hábitos. Con el tiempo, su presencia se incorpora a nuestra manera de habitar el mundo.

La investigación psicológica ha comenzado a prestar mayor atención a estas pérdidas. Una revisión académica publicada en 2021, basada en 48 estudios sobre duelo por animales de compañía, identificó experiencias de soledad, vergüenza y falta de reconocimiento social. Entre las formas de afrontar la pérdida aparecían el apoyo de otras personas y los actos conmemorativos. La literatura especializada utiliza el concepto de duelo desautorizado para describir experiencias que una comunidad no reconoce plenamente como motivos legítimos de sufrimiento.
La ausencia puede resultar especialmente difícil después de años de cuidados. Hay quienes acompañaron enfermedades largas, administraron medicamentos o tuvieron que tomar decisiones veterinarias dolorosas. A veces, después de la muerte, aparece una pregunta persistente sobre si pudieron hacer algo distinto. El duelo reúne entonces la tristeza con el cansancio acumulado y el recuerdo de responsabilidades que ocuparon una parte considerable de la vida cotidiana.
Las ceremonias de despedida ofrecen un espacio para expresar sentimientos que suelen permanecer en privado. Guardar una fotografía, plantar un árbol o conservar las cenizas puede ayudar a reconocer una relación que merece ser recordada. Para algunas familias, preparar una ofrenda permite compartir recuerdos que difícilmente encontrarían otra ocasión para ser contados: el juguete que un perro llevaba a todas partes, la manta elegida por un gato o aquel rincón donde un animal solía esperar a sus humanos.
Una tradición que sigue haciendo espacio
Las ofrendas para animales suelen incorporar elementos de los altares familiares: fotografías, veladoras, agua y flores de cempasúchil. A ellos se añaden objetos particulares. Un plato con croquetas, semillas para un ave, un juguete de tela o el collar que un perro utilizó durante años. En ocasiones aparecen pequeñas urnas, dibujos hechos por niños o notas escritas a mano. La selección responde a los recuerdos que cada familia conserva del animal homenajeado.
El cempasúchil ocupa un lugar especial dentro de esta composición. Asociada desde hace generaciones con las celebraciones mexicanas de los muertos, la flor se utiliza para adornar las ofrendas y, según distintas creencias populares, para señalar simbólicamente el camino de regreso mediante su color y su aroma. Los pétalos pueden extenderse desde la puerta hasta una fotografía, rodear una cama o acompañar simplemente un plato de agua. La intención es personal, aunque se expresa mediante símbolos compartidos.
Las redes sociales han contribuido a difundir estas imágenes. Cada octubre aparecen fotografías de ofrendas dedicadas a animales, acompañadas de relatos sobre sus vidas. Algunas son elaboradas; otras consisten en una fotografía junto a unas cuantas flores. También participan refugios y personas dedicadas al rescate, que recuerdan a animales abandonados o fallecidos bajo su cuidado. La conmemoración adquiere dimensiones que van desde la memoria familiar hasta el reconocimiento de vidas que recibieron poca atención mientras transcurrían.

Su expansión también plantea preguntas sobre la manera en que cambian las tradiciones. Las celebraciones suelen presentarse como herencias estables, transmitidas sin alteraciones entre generaciones. La observación de sus prácticas cotidianas ofrece una historia distinta. Los altares incorporan fotografías, objetos contemporáneos y formas de recordar que responden a nuevas experiencias. El lugar reservado a los animales pertenece a ese proceso de adaptación, en el que las familias deciden qué ausencias desean hacer visibles.
El 27 de octubre tampoco necesita convertirse en una obligación para adquirir sentido. Algunas personas prefieren recordar a sus animales durante los días principales del Día de Muertos; otras mantienen un pequeño espacio permanente en casa. Cada familia encuentra su propia manera de conservar el vínculo con aquellos seres cuya existencia dejó huellas difíciles de borrar.
Cuando caiga la noche, en algunas casas habrá un plato lleno de comida que nadie tocará. Las flores comenzarán a desprender sus pétalos y la fotografía permanecerá junto a una veladora, mientras afuera continúa la vida habitual del barrio. Quizá alguien se detenga unos minutos frente a esa pequeña ofrenda para recordar un paseo, una travesura o la forma particular en que un animal buscaba compañía. Al día siguiente, la cama seguirá vacía y el juguete regresará a su lugar de siempre. Pero durante unas horas, entre las flores de cempasúchil, habrá un espacio preparado para recibir a quien todavía forma parte de la memoria de esa casa.













































