Hay lugares cuyo nombre deja de designar únicamente un punto en el mapa. Srebrenica es uno de ellos. Desde julio de 1995, esa pequeña ciudad del este de Bosnia y Herzegovina nombra también una herida europea, una derrota de la comunidad internacional y una advertencia sobre lo que ocurre cuando la propaganda, el odio étnico y la indiferencia encuentran tiempo suficiente para convertirse en método.
La contradicción que la rodea sigue siendo brutal. En abril de 1993, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas declaró Srebrenica “zona segura” ante el deterioro de la crisis humanitaria. Decenas de miles de musulmanes bosnios se habían refugiado allí mientras las fuerzas serbobosnias atacaban poblaciones cercanas, bloqueaban suministros y agravaban la escasez de agua, alimento, medicinas y vivienda. La protección internacional, sin embargo, resultó insuficiente. El 11 de julio de 1995, las fuerzas serbobosnias al mando de Ratko Mladić tomaron la ciudad.
Una zona segura que dejó de serlo
La expresión “zona segura” prometía amparo. En Srebrenica terminó describiendo el espacio exacto donde la seguridad no llegó.
Tras la caída del enclave, hombres y adolescentes bosníacos fueron separados de sus familias. Miles fueron detenidos y trasladados a escuelas, almacenes, campos y otros centros improvisados antes de ser ejecutados sistemáticamente. Mujeres, niños y personas mayores fueron expulsados por la fuerza. El Mecanismo Residual Internacional para los Tribunales Penales señala que hasta ocho mil hombres y niños fueron asesinados o desaparecieron, mientras alrededor de treinta mil mujeres, menores y ancianos fueron desplazados. Muchos cuerpos fueron exhumados después y trasladados a fosas secundarias y terciarias para ocultar el crimen.
El Centro Memorial de Srebrenica calcula que más de ocho mil hombres bosníacos fueron asesinados en poco más de una semana. Las ejecuciones no fueron un estallido caótico de violencia, sino una operación organizada: separación, detención, transporte, asesinato y ocultamiento de cadáveres.
En ello reside una de las características más perturbadoras del genocidio: su capacidad para convertir el asesinato masivo en procedimiento. Antes de las fosas hubo listas, vehículos, órdenes, edificios, rutas y personas dispuestas a hacer funcionar cada parte de la maquinaria.
El fracaso de quienes debían proteger
Srebrenica también obliga a mirar el papel de la comunidad internacional. La presencia de fuerzas de paz neerlandesas bajo mandato de Naciones Unidas no impidió la toma del enclave ni la separación de las familias que habían buscado refugio en las instalaciones de Potočari.
La tragedia no fue consecuencia de una ausencia completa de advertencias. La población llevaba años soportando asedio, hacinamiento y privaciones. En marzo de 1995, una directiva de Radovan Karadžić ordenó crear para los habitantes de Srebrenica una situación de inseguridad total y sin esperanza de supervivencia. Meses después, el enclave cayó.
Por eso, recordar Srebrenica no consiste únicamente en condenar a los perpetradores. También exige examinar las promesas internacionales que no fueron sostenidas, los mandatos que resultaron insuficientes y la distancia entre declarar protegido un territorio y proteger realmente a quienes viven en él.
La memoria incómoda no permite dividir la historia entre monstruos y espectadores inocentes. Pregunta además quién supo, quién pudo actuar, quién dudó y quién decidió que todavía no era el momento.
Llamarlo por su nombre
Los crímenes de Srebrenica fueron reconocidos jurídicamente como genocidio por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y por la Corte Internacional de Justicia. Los tribunales internacionales juzgaron a veinte personas por delitos vinculados con Srebrenica; dieciocho fueron condenadas y siete recibieron condenas por genocidio. Entre ellas se encuentran figuras de alto rango como Radovan Karadžić y Ratko Mladić, ambos sentenciados a cadena perpetua.
Nombrar el genocidio importa porque las palabras establecen responsabilidades. “Tragedia”, “masacre” o “exceso de guerra” pueden describir parte del horror, pero también pueden diluir su intención. El término genocidio reconoce que existió un propósito dirigido a destruir, al menos en parte, a una comunidad concreta.
La precisión histórica y jurídica no es una disputa semántica. Es una barrera contra el intento de convertir hechos probados en opiniones discutibles.
La negación como última violencia
Después del asesinato llega con frecuencia una segunda agresión: negar lo ocurrido, minimizar el número de víctimas, relativizar las sentencias o presentar a los responsables como héroes. La negación no devuelve la vida a nadie, pero intenta arrebatar a las víctimas su lugar en la historia.
Por eso la memoria no debe entenderse como un ritual pasivo. Conservar nombres, testimonios, objetos personales, sentencias y fosas identificadas forma parte de una lucha por la verdad. En Srebrenica, muchas familias han tenido que enterrar restos recuperados en diferentes momentos, porque los cuerpos fueron desmembrados y trasladados entre fosas para dificultar su identificación.
La negación busca cansar a la memoria. Espera que el paso del tiempo vuelva confuso lo documentado, discutible lo juzgado y lejano lo que todavía duele. Frente a ella, recordar significa insistir en los hechos.
Una fecha para el presente
En mayo de 2024, la Asamblea General de Naciones Unidas designó el 11 de julio como Día Internacional de Reflexión y Conmemoración del Genocidio de Srebrenica de 1995. La resolución también pidió crear un programa de divulgación dedicado al genocidio y a la responsabilidad de Naciones Unidas.
La conmemoración no pertenece sólo a Bosnia y Herzegovina. Habla a cualquier sociedad en la que el odio se normaliza, las minorías son descritas como amenazas y la violencia comienza a presentarse como defensa necesaria. Los genocidios no empiezan con fosas comunes. Empiezan cuando ciertas vidas se vuelven menos dignas de duelo, menos protegibles y más fáciles de excluir del lenguaje de lo humano.
Srebrenica recuerda también que la verdad judicial, por sólida que sea, no se conserva sola. Necesita escuelas, archivos, periodistas, memoriales, sobrevivientes y ciudadanos dispuestos a sostenerla cuando la mentira se vuelve políticamente útil.
Treinta y un años después, el deber de la memoria no es contemplar el pasado desde una distancia segura. Es reconocer sus mecanismos cuando reaparecen. Nombrar Srebrenica sigue siendo una forma de impedir que el último refugio de los perpetradores —la negación— termine de borrar a quienes ya intentaron borrar de la tierra.
Mesa editorial | BrúxulaNews💫






























































