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Las edades de Lulú, el viaje al final de la noche de Almudena Grandes

El debut de la novelista cambió la historia del erotismo en la literatura española.

Una contradicción casi graciosa: según datos tomados de una tesis doctoral de Estrella Díaz Fernández sobre la colección La Sonrisa Vertical, sólo uno de cada seis libros publicados por el sello rosa fue escrito por mujeres. Sin embargo, todos sus best sellers fueron femeninos: Wilhelmine Shroeder-Devrient, Mercedes Abad, Elizabeth McNeill, Pauline Réage… Y, sobre todo, Almudena Grandes. La escritora madrileña, fallecida hoy en Madrid a los 61 años, debutó en 1989 con Las edades de Lulú, una novela erótica que llegó a las 25 ediciones (eso sin contar sus vidas posteriores en Tusquets, ya fuera de la colección) y que cambió la cultura del erotismo en España.

¿Qué se entendía por «cultura del erotismo en España» antes de Las edades de Lulú? Dos cosas: por un lado, el gran filón del cine del destape, vodevilesco, cómico y un poco zafio. Por el otro, la literatura elitista y afrancesada de todos los admiradores de Bataille y Sade que habían salido de las universidades españolas de los años 60 y 70. Frente a ellos, Las edades de Lulú fue un salto histórico: a través del erotismo, Grandes hablaba de la sociedad y de la política de la España de los 80, dibujaba una novela de iniciación a la edad adulta ajena a todos los tópicos y, en su afán realista, renunciaba al lenguaje figurado, más o menos pinturero: Lulú hablaba de coños y de pollas y no de badajos ni de gateras.

Ha salido la palabra realista y es justo decir que sí, que Las edades de Lulútiene algo profundamente realista en su historia, pero no es conformista como gran parte de la literatura de aquella época de vuelta al orden. Por eso, 32 años después de su publicación, aún turba. 

Un resumen: al principio de la novela, Lulú también se llama María Luisa, Pato y Marisa y es una adolescente a la que asalta como verdad revelada la certeza de que el placer sexual, el amor, la humillación y el dolor son habitaciones que se comunican a través de puertas secretas, igual que ocurre en las mansiones de las películas de terror. Una noche, Lulú iba con Pablo, el amigo de uno de sus hermanos, al concierto de un cantautor en el antiguo Pabellón del Real Madrid, al norte de La Castellana. Ella llevaba el uniforme del colegio y una parka porque la salida había surgido de repente; tenía acné y andaba un poco triste en la vida porque nadie le hacía caso en su familia de ocho hermanos. Tenía 15 años y Pablo 26. En el tumulto de la cola, los dos amigos accidentales se apretaban, se cogían de la mano, se besaban y se marchaban enredados sin entrar al concierto. Después, Lulú cruzaba la frontera del besuqueo y descubría como en una epifanía la relación entre el vértigo y el placer, entre el juego sexual y el juego de poder. En varias escenas de la novela ocurría que cualquier levísimo cambio en la densidad del aire convertía a la sometida en reina y, un segundo después, a la reina en sometida.

Durante los siguientes 15 años, Lulú indagará en su descubrimiento. Primero junto a Pablo, que se convertía en el marido/maestro/hermano que la guiaba y cuidaba en sus transgresiones. Y después sola, porque Lulú quería llevar al límite su viaje hasta el final de la noche, aunque eso significase humillarse y hacerse daño a sí misma a menudo. Lo que se dice un viaje de autoconocimiento.

El autoconocimiento también era social y político. Lulú y Pablo, tan madrileños como Almudena Grandes, probablemente chamberileros (ella más de clase media apolítica; él más de burguesía universitaria), empezaban la novela como chicos progres y la terminaban como adultos más bien descreídos e individualistas. Pablo, que era poeta y profesor universitario, que mentía con gracia y jugaba a la crueldad y a la ternura con alegría, que se presentaba ante el mundo como una cosa pero no estaba seguro de lo que realmente era, podría ser un retrato de la década de los 80 y, probablemente, una evocación del padre de la autora. No hay por qué ser severos con aquel hombre locuaz, simpático y, hoy, un poco anacrónico. Pero la heroína de verdad era Lulú, la mujer que, en busca de algo de verdad, bajaba a los sótanos acompañada de Ely, Mercedes y compañía, sus compañeras de transgresión. 

Lulú, 1989: travestis, pornografía gay en cintas VHS, peleas en los bares, divorcios, aburguesamiento, desencanto político, emancipación femenina y reevaluación vital… Si hubiesen pasado del papel a la vida, Lulú y Pablo andarían hoy por los 60, 70; es gracioso pensar que serían señores de una cierta edad de los que sería nadie sospecharía el tipo de sabiduría del que serían portadores.

Fuente: elmundo.es

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