Después de Babel
En el Génesis, la diversidad de las lenguas comienza con una obra de construcción. Los hombres llegan a la llanura de Sinar, fabrican ladrillos, levantan una ciudad y proyectan una torre cuya cima alcance el cielo. Hasta entonces, cuenta el relato, toda la tierra compartía una sola lengua y unas mismas palabras. Dios confunde su habla, los hombres dejan de entenderse y terminan dispersos. La torre queda inconclusa; Babel se convierte en el nombre de aquella interrupción.
Leída fuera de cualquier pretensión de explicar históricamente el origen de los idiomas, la escena conserva una intuición formidable: hablar de lenguas distintas supone hablar también de una distancia. Durante siglos, esa distancia ha sido recorrida por comerciantes, diplomáticos, religiosos, viajeros, escritores, exiliados y traductores. A veces bastaba con averiguar cuánto costaba una mercancía. Otras, había que trasladar un poema, una plegaria o una novela completa a una lengua en la que sus sonidos, dobles sentidos y asociaciones nunca habían existido.
La traducción comienza precisamente en ese espacio incómodo: alguien tiene delante unas palabras que comprende y necesita producir otras para un lector que jamás verá las primeras; puede acercarse mucho. Nunca llega con las manos vacías, pero tampoco transporta intacto aquello que encontró, basta una de las frases más famosas de la literatura estadounidense para comprobarlo.

Llámame Ismael
Call me Ishmael. Cuatro palabras abren Moby-Dick. Parecen sencillas hasta que alguien tiene que moverlas al español: Llámame Ismael. Llamadme Ismael. Incluso la elección entre esas dos posibilidades modifica la temperatura de la frase: una acerca al narrador; la otra introduce una distancia que puede sonar antigua, solemne o simplemente ajena a ciertos lectores contemporáneos. Ninguna palabra ha cambiado de argumento; la voz, en cambio, ya empieza a ser otra.
Ese es uno de los pequeños engaños del oficio. Desde fuera, traducir puede parecer una operación de equivalencias: whale significa ballena, house significa casa, night significa noche. Los problemas interesantes comienzan cuando una palabra significa también la época en que fue escrita, la educación de quien la pronuncia, la región de donde procede, una broma anterior o un sonido que regresará veinte páginas después.

Hay expresiones que muestran ese límite de manera casi cómica. Pensemos en el mexicano “ya merito”. Un diccionario podría aproximarlo a “casi” o “muy pronto”; una conversación lo vuelve mucho más escurridizo. “Ya merito llegamos” puede anunciar cinco minutos o media hora. Dicho por alguien que lleva semanas prometiendo terminar algo, puede contener incluso una pequeña confesión de fracaso. Traducirlo exige saber qué está ocurriendo alrededor de esas dos palabras.
Las famosas listas de términos “intraducibles” —saudade, hygge, sobremesa— suelen exagerar el misterio. Casi todo puede explicarse, lo que no siempre existe es una palabra que ocupe exactamente el mismo espacio. Entonces el traductor expande, recorta, compensa o acepta que algo se pierda. La pregunta deja de ser “¿qué significa esto?” y pasa a ser bastante más incómoda: ¿qué parte de esto necesito salvar?
Dante y el problema de conservar la música
En prosa, esa pregunta puede esconderse durante páginas. En poesía se vuelve visible enseguida. Dante construyó la Divina Comedia mediante tercetos encadenados, la célebre terza rima: un sistema en el que una rima llama a la siguiente y empuja el poema hacia delante. Traducir esos versos implica elegir entre exigencias que pronto empiezan a competir. Conservar la rima puede obligar a alterar el orden, sustituir una imagen o apartarse del sentido literal; renunciar a ella permite mayor exactitud semántica, pero modifica la experiencia sonora con la que Dante organizó el viaje.

Una traducción puede ser filológicamente escrupulosa y perder la música; otra, puede producir un poema espléndido en español y tomar libertades que irritarían a un lector empeñado en seguir palabra por palabra el italiano. El traductor permanece entre ambas posibilidades, sabiendo que reproducir todos los efectos del original al mismo tiempo suele ser imposible. La discusión sobre cómo trasladar poesía lleva siglos precisamente porque forma y significado se resisten a separarse limpiamente.
Aquí aparece una de las rarezas de nuestra relación con los clásicos: millones de lectores dicen haber leído a Homero, Dante, Tolstói o Kafka sin haber leído una sola frase escrita por ellos en la lengua original. Lo que recuerdan pertenece también a otra persona cuyo nombre suele aparecer en una página legal que casi nadie mira. El traductor está escondido a plena vista.
Borges del otro lado de la página
Jorge Luis Borges conocía bien esa posición. Mucho antes de que sus laberintos circularan en decenas de idiomas, trabajó intensamente con literatura escrita en inglés. Entre las traducciones históricamente publicadas bajo su nombre figuran Orlando, de Virginia Woolf, aparecida en español en 1937, y Las palmeras salvajes, de William Faulkner, de 1940. Ambas han producido una bibliografía crítica considerable.

El caso de Orlando contiene además una historia muy borgiana: la propia autoría de la traducción se ha vuelto objeto de discusión. Investigaciones y testimonios posteriores han señalado la participación de Leonor Acevedo, madre de Borges, y el grado exacto de intervención de cada uno continúa siendo discutido. Esa incertidumbre resulta casi demasiado apropiada para un escritor fascinado por autores dudosos, libros atribuidos a otros y textos que cambian mientras pasan de una mano a otra.
Lo interesante está también dentro de las frases. Los estudios sobre el Orlando en español han examinado omisiones, cambios de registro y decisiones que alteran algunos juegos lingüísticos y marcas de género de Woolf. Una traducción puede convertirse, de ese modo, en el registro involuntario de las preferencias de otra época. El lector no recibe únicamente a Virginia Woolf: recibe a Woolf atravesada por Buenos Aires, por la editorial Sur, por un determinado español literario y por las elecciones de quien tuvo el texto inglés abierto sobre la mesa.
Borges desconfiaba, además, de una idea muy arraigada: que la traducción debía ser necesariamente inferior al original. Para un escritor que imaginó a Pierre Menard reescribiendo palabra por palabra el Quijote y produciendo, por razones históricas, un texto diferente, ninguna frase podía separarse completamente del momento y del lector que la encontraba. Traducir también es leer con consecuencias.
Decir casi lo mismo
Umberto Eco encontró una fórmula menos solemne para describir el problema. Tituló uno de sus libros sobre traducción Decir casi lo mismo, el adverbio carga con buena parte de la teoría.
Eco había conocido la traducción desde ambos lados: como estudioso del lenguaje y como escritor cuyas novelas circulaban por países que él podía leer en distintas lenguas. En el libro insiste en una dificultad aparentemente elemental: ¿qué significa encontrar un “equivalente”? Dos expresiones pueden señalar a la misma persona u objeto y, aun así, despertar asociaciones distintas en quien las escucha.

Ese casi permite entender por qué las traducciones envejecen y vuelven a hacerse. El original permanece, aunque nuestra manera de leerlo cambie; las traducciones llevan la fecha de su idioma mucho más visiblemente. Un tratamiento que sonaba natural en 1930 puede adquirir décadas después una solemnidad que el texto original nunca tuvo. Una palabra entonces corriente puede desaparecer. También cambian nuestras preguntas: aspectos del género, la clase o la sexualidad que una versión antigua suavizó pueden reaparecer cuando otro traductor vuelve al libro.
Por eso existen muchas veces varios Shakespeare, varios Kafka, varios Homero en una misma lengua. Cada nueva traducción conversa con el original y también con sus predecesoras. El lector elige entre ellas aunque rara vez sea consciente de estar haciéndolo.
La máquina entra en la habitación
Hoy hay otro invitado frente al texto. Un párrafo puede pasar del japonés al español en segundos; una aplicación traduce un menú apuntándole con la cámara; un modelo de inteligencia artificial puede conservar el tono formal de una carta, explicar una expresión idiomática y producir varias alternativas casi instantáneamente. Para una enorme cantidad de comunicaciones cotidianas, aquella confusión de Babel parece haberse reducido a una caja de texto y un botón.
Sería absurdo negar la capacidad de estas herramientas. También sería extraño confundir fluidez con una respuesta definitiva.
El propio Eco, escribiendo mucho antes del actual auge de la inteligencia artificial generativa, experimentó con sistemas de traducción automática para mostrar el problema de confiar en equivalencias aisladas. Su conclusión no dependía de que las máquinas fueran torpes, sino de algo bastante más persistente: las palabras adquieren sentido en contextos y esos contextos obligan a negociar.
Una máquina puede ofrecer varias versiones de una frase. Alguien todavía debe decidir cuál pertenece a ese personaje, a ese siglo, a esa página. En un contrato quizá importe eliminar cualquier ambigüedad; en un poema, eliminarla podría destruir precisamente aquello que merece conservarse. Una blasfemia puede traducirse correctamente y sonar demasiado violenta. Un chiste puede explicarse y dejar de ser gracioso. Una frase deliberadamente torpe puede regresar convertida en una prosa impecable que traiciona al personaje que debía pronunciarla. La dificultad aparece justamente cuando hay varias respuestas defendibles.
El hombre que tradujo la Biblia
El Día Internacional de la Traducción se celebra cada 30 de septiembre por Jerónimo de Estridón, San Jerónimo, cuya festividad cae en esa fecha. Estudió latín, griego y hebreo y quedó ligado para siempre a la traducción de la Biblia al latín; murió cerca de Belén en el año 420. En 2017, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció oficialmente el 30 de septiembre como Día Internacional de la Traducción mediante la resolución 71/288.
Hay algo apropiado en que la efeméride recuerde a un hombre inclinado sobre textos antiguos. Durante buena parte de la historia, traducir fue exactamente eso: leer una palabra, consultar otra fuente, tachar una posibilidad, probar una frase y descubrir que todavía no funcionaba. Las herramientas han cambiado; la escena, menos de lo que parece.
En algún lugar hay todavía una persona frente a una oración escrita por alguien que quizá murió hace quinientos años o que vive esta misma mañana al otro lado del planeta. Tiene delante varias palabras posibles. Elige una, sigue leyendo y vuelve atrás… la cambia. Babel continúa ahí, aunque ahora podamos atravesarla en segundos.































































