Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Arte & Cultura

Quino: el humorista que convirtió la infancia en conciencia política

En Mafalda. Todas las tiras, Quino confronta guerras, desigualdad y consumo. Seis décadas después, sus preguntas aún incomodan al mundo adulto.

Un libro que no se termina de leer

En el 2014, durante una visita a la Feria del Libro, apareció ante mí uno de esos volúmenes que parecen contener mucho más que sus propias páginas: Mafalda. Todas las tiras, la monumental recopilación publicada por Lumen con las historietas que Quino dedicó a su personaje más entrañable. Aquel año se celebraba el cincuentenario de Mafalda y el libro parecía la forma perfecta de volver a ella: no mediante citas aisladas ni viñetas compartidas fuera de contexto, sino recorriendo, de principio a fin, el universo que la convirtió en una de las grandes figuras culturales de América Latina.

En ese entonces, en el departamento que vivía (CDMX) conservaba algunos volúmenes antiguos, incompletos y ajados de tanto uso. Sin embargo, tener todas las tiras reunidas permitía algo distinto: observar cómo crecía el mundo alrededor de Mafalda, cómo llegaban sus amigos, cómo cambiaban los dibujos y cómo las preocupaciones de una niña de seis años comenzaban a abarcar desde la economía familiar hasta la paz mundial.

Su lectura me acompañó durante varios meses. Porque Mafalda no es un libro para devorar de una sentada. Es preferible leerlo con cuentagotas: una tira hoy, otra mañana; detenerse en los silencios, en las expresiones de los personajes y en esos últimos cuadros donde una pregunta aparentemente inocente termina desmontando toda la lógica del mundo adulto.

Doce años después de aquella primera lectura, regresar al volumen en 2026 produce una sensación extraña. Algunas referencias pertenecen claramente a los años sesenta y setenta; otras parecen haber sido dibujadas esta misma mañana.

El dibujante que se cansó de las ánforas

Joaquín Salvador Lavado Tejón nació en Mendoza, Argentina, el 17 de julio de 1932. Desde pequeño fue llamado Quino para diferenciarlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y diseñador gráfico que despertó su vocación cuando apenas tenía tres años. A los trece ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza, pero en 1949 decidió abandonarla: estaba, según recordaría, cansado de dibujar ánforas y figuras de yeso. Quería hacer historietas y humor.

Después de varios años buscando oportunidades en Buenos Aires, publicó su primera página de humor en 1954. En 1963 apareció Mundo Quino, su primer libro, integrado por dibujos de humor gráfico mudo. Ese mismo año recibió el encargo de crear una historieta para una campaña publicitaria de electrodomésticos Mansfield. Los nombres de los personajes debían comenzar con la letra M. La campaña nunca se realizó, pero de aquellas primeras pruebas sobrevivió una niña llamada Mafalda.

Su aparición pública regular ocurrió el 29 de septiembre de 1964 en la revista Primera Plana. Poco después pasó al diario El Mundo, donde Quino llegó a publicar seis tiras semanales. El primer libro recopilatorio apareció en Argentina en 1966 y sus cinco mil ejemplares se agotaron en sólo dos días. Para entonces, Mafalda comenzaba a cruzar fronteras y a convertirse en un fenómeno editorial que llegaría a Europa, Asia y buena parte de América Latina.

Sin embargo, reducir a Quino al éxito de Mafalda sería injusto. Antes, durante y después de ella produjo una obra inmensa de humor gráfico en la que examinó el poder, la burocracia, el autoritarismo, la desigualdad, las relaciones laborales, el matrimonio y las pequeñas crueldades de la vida cotidiana. Sus viñetas sin palabras demostraron que un gesto, una puerta cerrada o una mesa demasiado larga podían explicar con precisión una estructura completa de dominación.

Quino no fue únicamente un dibujante ingenioso. Fue un observador moral.

Una niña frente al mundo adulto

Las primeras tiras mostraban a Mafalda junto a sus padres, formulando preguntas que ellos no sabían responder. Los demás personajes fueron apareciendo poco a poco, según las necesidades del relato. El propio Quino explicó que aquella pandilla se construyó gradualmente para ampliar las posibilidades de la historia y evitar que la tira se volviera previsible.

Mafalda pertenece a una familia urbana de clase media. Su padre trabaja para sostener un hogar cuyas facturas parecen multiplicarse; su madre, Raquel, abandonó los estudios para dedicarse a las tareas domésticas. En medio de esa normalidad aparece una niña curiosa, inconforme y dotada de una conciencia social que desborda a los adultos. Escucha las noticias, observa el globo terráqueo como si fuera un paciente enfermo, se preocupa por las guerras, desconfía del poder y sueña con que la humanidad encuentre alguna forma razonable de organizarse.

Su rechazo a la sopa es el rasgo más conocido, pero también uno de los más interesantes. Quino explicó que aquella comida impuesta funcionaba como una metáfora del militarismo y de las obligaciones políticas que se aceptan sin posibilidad de discusión. Mafalda no odia solamente un plato: rechaza aquello que alguien ha decidido que debe consumir por su propio bien.

Esa tensión resume buena parte de la historieta. Los adultos aseguran saber cómo funciona el mundo, pero son incapaces de justificarlo. Hablan de paz mientras sostienen guerras, celebran el progreso mientras destruyen el planeta y enseñan buenos modales dentro de sociedades profundamente injustas. Mafalda no posee las soluciones, pero detecta las contradicciones. Su inteligencia no consiste en comprenderlo todo, sino en negarse a aceptar que lo incomprensible sea también inevitable.

Quino siempre tuvo claro que no estaba creando una historieta exclusivamente infantil. Mafalda aparecía en páginas dedicadas al comentario político y la actualidad, y el autor escribía pensando principalmente en lectores adultos. La infancia le proporcionaba la distancia necesaria para observar las convenciones sociales como lo que realmente eran: construcciones humanas que podían cuestionarse.

Una sociedad entera alrededor de una mesa

El gran hallazgo de Quino fue comprender que Mafalda necesitaba personajes capaces de contradecirla. Su pandilla no es simplemente un grupo de amigos: es una sociedad en miniatura.

Susanita sueña con casarse, tener hijos y reproducir el modelo doméstico que Mafalda pone en duda. En 2014 podía parecer únicamente una niña anticuada; leída hoy, permite reconocer cómo los mandatos de género se transmiten incluso antes de que las personas tengan edad para elegir su futuro. Su personaje no ridiculiza el deseo de formar una familia, sino la idea de que ése deba ser el único destino posible para una mujer.

Manolito observa el mundo desde el almacén de su padre. Todo puede convertirse en inversión, publicidad, clientela o ganancia. No se interesa por la política internacional porque su verdadera geografía está compuesta por precios y balances. En él, Quino concentró una mentalidad que hoy reconocemos con facilidad: la conversión de la identidad, los afectos y hasta la felicidad en instrumentos de rendimiento.

Felipe representa otra forma de resistencia. Sueña, imagina aventuras, se enamora y posterga las tareas escolares hasta que la culpa lo devuelve a la realidad. Su angustia ante el deber sigue siendo profundamente contemporánea: quiere vivir en el territorio de la imaginación, pero una voz interior le recuerda constantemente que debería estar produciendo algo.

Miguelito introduce el desconcierto filosófico, la capacidad de llegar a conclusiones extravagantes mediante una lógica que, por momentos, resulta irrefutable. Libertad, pequeña incluso en su estatura, lleva el pensamiento político hasta sus últimas consecuencias y obliga a Mafalda a confrontarse con alguien tan inconforme como ella. Guille, por su parte, observa el mundo sin los filtros que los demás ya han comenzado a adquirir: dice lo que piensa, cuestiona el lenguaje y convierte las paredes, las plantas y la vida doméstica en territorios de experimentación.

También los padres importan. El padre de Mafalda carga con la ansiedad económica de la clase media, el temor de no llegar a fin de mes y la necesidad de proteger aquello que ha conseguido con dificultad. Raquel encarna una renuncia más silenciosa: la de una mujer que abandonó sus aspiraciones para cumplir con el papel que su época esperaba de ella. Mafalda la quiere, pero también se aterra ante la posibilidad de repetir su historia.

Cada personaje exagera una posición, pero ninguno es completamente ajeno a nosotros. Quino reconocía que se parecía a Felipe y a Miguelito, y que había colocado en Susanita y Manolito algunos de los rasgos que más le molestaban de sí mismo. Ésa es una de las razones por las que su universo nunca se convierte en un simple catálogo de buenos y malos: todos contienen una contradicción reconocible.

Leer a Mafalda en 2026

Las tiras fueron creadas en un contexto marcado por la Guerra Fría, Vietnam, las tensiones políticas latinoamericanas, la expansión de los medios de comunicación y las transformaciones culturales de los años sesenta. Mafalda hablaba de un mundo dividido en bloques, temeroso de la guerra nuclear y convencido de que el progreso tecnológico conduciría inevitablemente hacia una vida mejor.

El escenario ha cambiado, pero las preguntas permanecen. En 2026, las viñetas dialogan con las discusiones sobre la crisis climática, la desigualdad, el autoritarismo, la precariedad económica, el trabajo doméstico, la desinformación y el consumo convertido en forma de identidad. Su globo terráqueo enfermo ya no parece una metáfora exagerada. Su preocupación por la paz tampoco pertenece exclusivamente a los archivos del siglo XX.

Mafalda también resulta contemporánea por una razón menos evidente: representa el derecho de la infancia a formular preguntas políticas. No aparece como una criatura pura situada fuera del mundo, sino como alguien que escucha las noticias, interpreta las conversaciones familiares y percibe las contradicciones que los adultos preferirían ocultar. Su inocencia no es ignorancia. Es la capacidad de mirar aquello que la costumbre ha vuelto invisible.

Quino dijo alguna vez que podría haber adaptado las dudas políticas de Mafalda a otros tiempos, pero que no sabía cómo representar el mundo tecnológico que comenzaba a surgir. Le preocupaban las computadoras y aquello que podían producir en la mente de los niños. Hoy probablemente tendría que dibujar teléfonos móviles, algoritmos, redes sociales y noticias que se suceden más rápido de lo que alcanzamos a comprenderlas. Sin embargo, no necesitaría modificar lo esencial: los miedos económicos, la confusión política y la necesidad humana de distinguir entre lo justo y lo conveniente continúan intactos.

La honestidad de detenerse

El 25 de junio de 1973, después de casi una década y cerca de dos mil tiras, Quino dejó de dibujar regularmente a Mafalda. No quiso prolongarla hasta vaciarla de sentido. Sentía que comenzaba a repetirse y consideró más honesto detenerse cuando todavía podía sorprender al lector. Más tarde explicaría que no había “matado” al personaje: simplemente ya no tenía algo nuevo que decir mediante aquella estructura.

La decisión permitió que Mafalda permaneciera joven. No tuvo que atravesar las décadas ni actualizar artificialmente sus referencias. Sigue sentada frente a una radio, bailando con los Beatles, conversando con un globo terráqueo y preguntando a sus padres por qué el mundo funciona de una manera que nadie parece capaz de defender.

Todas las tiras reúne ese recorrido de la primera a la última historieta y permite comprender que Mafalda no fue solamente un personaje carismático. El volumen conserva la construcción gradual de una comunidad, los cambios en el dibujo, las preocupaciones políticas de una época y el modo en que Quino transformó la vida cotidiana en pensamiento.

También confirma que leer historietas exige mirar más allá de los diálogos. En Mafalda, una ceja levantada, una boca inmóvil o el silencio final de los padres puede contener tanto significado como las palabras. Quino dominaba la pausa: sabía exactamente cuándo dejar a sus personajes sin respuesta para que la pregunta pasara de la viñeta al lector.

En 2014 escribí que adoraba a Mafalda y que volvería a este libro cada vez que necesitara que aquella niña argentina me arrancara una sonrisa. Hoy añadiría algo más: regresamos a ella no sólo para reír, sino para comprobar si todavía somos capaces de incomodarnos.

Porque Mafalda nunca quiso entender el mundo únicamente para adaptarse a él. Quería entenderlo para saber por qué no podía ser distinto. Y ésa continúa siendo la pregunta más política de todas.

Janice BG | @velvet_horses

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Mundo

La autora de Persépolis, falleció a los 53 años. La escritora e ilustradora franco-iraní revolucionó el modo de contar la historia desde la intimidad.

Opinión

Ricardo Cartas y las vidas que aprendimos a no ver: una novela que descubre humanidad, dignidad y belleza donde otros sólo ven olvido.

Arte & Cultura

Más que un novelista, retrató: ambición, deseo, poder y heridas de la modernidad con una lucidez que aún parece contemporánea.

Uncategorized

El bueno de Oscar Wilde suspiraría triste y conmovido si levantara la cabeza.

Copyright © 2026 Brúxula News