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La importancia de llamarse Ernesto y la vergüenza de la derrota.

El bueno de Oscar Wilde suspiraría triste y conmovido si levantara la cabeza.

La gran ironía de nuestro tiempo es que nunca había sido tan fácil parecer algo sin necesidad de serlo. El bueno de Oscar Wilde suspiraría triste y conmovido si levantara la cabeza.

Las redes sociales han perfeccionado el viejo arte del escaparate: una vida cuidadosamente editada, una felicidad filtrada y una autenticidad ensayada veinte veces antes de pulsar “publicar”.

Está repartido en cualquier ámbito desde gente ultra feliz máxima hasta profesionales que se autodenominan profetas del ayer, gurús de la IA o grandes defensores de la felicidad de sus empleados que solo buscan dar charlas y no someterse a exámenes fieles a la verdad.

Lo que antes exigía años de interpretación social, hoy se resuelve con un buen ángulo, una frase inspiracional y un algoritmo favorable. Oscar Wilde, que entendía mejor que nadie la teatralidad humana, seguramente habría encontrado en Instagram su escenario favorito y, al mismo tiempo, su sátira más deliciosa.

Wilde construyó una obra donde todos los personajes fingen ser alguien distinto para encajar en las expectativas sociales ¿les suena? Jack inventa a Ernesto; Algernon crea a Bunbury. No mienten por maldad, sino por supervivencia social y tampoco sería para meterlos en la cárcel, incluso podrían generar cariño.

El nombre adecuado, la apariencia correcta, la identidad conveniente.

Cambiemos los salones victorianos por las redes actuales y la mecánica sigue intacta. Hoy también abundan los Ernestos digitales: perfiles diseñados para gustar, impresionar y obtener la aprobación de un público invisible pero implacable.

Por mi parte, me encantaría decir que mientras voy dando vueltas por ciudades presentando o firmando mi libro con un sombrero mal planchado he conseguido el éxito de ventas infinitas, pero no es así. Lo que sí que he conseguido es cariño infinito que si bien no se plasma en un cheque, para mí es maravilloso. Sonrío cuando me releo ya que suena a frases de perdedor y de quien no se consuela es porque no quiere.

Es inevitable sentirse avergonzado cuando la derrota nos invade. Derrota económica, derrota de reconocimiento, pero victoria eterna por las firmas a familia, amigos y esos locos maravillosos que apuestan por mis libros, mis mundos y mis locuras.

Wilde nos dejó una lección que sigue siendo incómodamente actual: la sociedad siempre ha premiado la representación. La cuestión no es si actuamos, sino si recordamos quiénes somos cuando cae el telón. Porque al final, la verdadera importancia no consiste en llamarse Ernesto, sino en no olvidar nuestro nombre real cuando apagamos la pantalla.

¿Por qué acerco estas temáticas? Porque aunque Oscar Wilde sí criticaba a esos quiero y no puedo ingleses, yo por mi parte, entiendo que a veces es mejor esconderse entre capas inventadas de un éxito imaginario, que sucumbir a la realidad ruda y cruda.

Pero que lo entienda, no significa que lo comparta, así que seguiré cumpliendo mi sueño (uno de miles) de seguir hablando de mi Fecha de Caducidad, para todos aquellos que estén interesados.

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