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Monadónimos: el hilo secreto entre los opuestos

Nelson Hernández convierte el diccionario en grimorio, laberinto y laboratorio para recordarnos que ninguna palabra —ni identidad— está del todo terminada.

Hay libros que comienzan en la primera página y otros que empiezan desde el momento en que entran en contacto con el cuerpo. Monadónimos. Ejercicios sofistas de diccionario, de Nelson Hernández, pertenece a los segundos. Su portada de lija no es una extravagancia editorial: es la primera operación del libro sobre quien lo sostiene. Mientras avanzamos entre sus páginas, la superficie áspera desgasta lentamente las yemas de los dedos. Leerlo implica dejar algo de piel en él.

La promesa aparece desde el prólogo: para cuando la lectura termine, la lija habrá borrado parcialmente ese laberinto de líneas que nos identifica ante los bancos de datos. La imagen podría parecer una broma conceptual, pero contiene ya la intuición profunda del libro. Si las palabras pueden abandonar la identidad rígida que les asignamos y desplazarse hasta convertirse en su contrario, quizá también nosotros podamos erosionar aquello que parecía definirnos de una vez y para siempre.

Un grimorio contra las certezas

Antes de entrar en los ejercicios, el libro abre sus puertas como un recinto iniciático. Está dedicado al arquetipo de Anubis, “sea quien sea que lo encarne en esta era su potencia”: una invocación al dios de los tránsitos y a todo aquello que se transforma al cruzar de un mundo a otro.

El prólogo de Diana Garza Islas, titulado “¿Para qué grimorios en tiempos de miseria?”, convierte al diccionario en otra clase de libro mágico. Los antiguos grimorios reunían fórmulas, talismanes e instrucciones para intervenir en la realidad. Aquí, en cambio, las fórmulas sirven para alterar el sentido: las palabras se vuelven conjuros capaces de abandonar su definición aparente y atravesar una cadena de asociaciones hasta llegar al lugar que parecía negarles el paso.

La hermenéutica aparece bajo el signo de Hermes, dios de las interpretaciones, pero también de los hurtos y los engaños. Interpretar sería entonces una forma de desplazamiento clandestino: sustraer una palabra de la certeza y obligarla a significar algo más.

Las ilustraciones, tomadas del imaginario mitológico, heráldico y hermético, refuerzan la sensación de estar ante un grimorio contemporáneo. Grabados antiguos, figuras aladas y emblemas híbridos acompañan los desplazamientos del lenguaje. Entre ellos destaca el “Escudo de armas de Hermes Prometéico”, donde el hígado de Prometeo y el pie alado de Hermes conviven en una misma figura: una identidad construida, como los monadónimos, a partir de aquello que parecía pertenecer a extremos distintos.

El diccionario como brújula

En su introducción, Nelson Hernández explica que los ejercicios buscan unir los opuestos mediante hilos de palabras. El diccionario funciona como brújula, aunque no necesariamente como instrumento para salir del laberinto. Quizá sirva, más bien, para descubrir que cada salida conduce a otra bifurcación y que el lenguaje es al mismo tiempo el hilo de Ariadna y la arquitectura que nos mantiene dentro.

La presencia de Prometeo, Hermes, Hefesto y Hermes Trismegisto prolonga esa atmósfera. Las versiones mitológicas se contradicen, las genealogías se enredan y los personajes intercambian funciones. El ladrón puede ser mensajero; quien lleva el fuego puede terminar encadenado por él; quien libera puede ser también quien engaña.

¿Quién encadena a quién? ¿Quién advierte a quién? ¿Quién libera a quién?

La mitología actúa aquí como lo harán después las palabras: ninguna identidad permanece inmóvil. En esa proliferación de espejos aparece inevitablemente Borges, para quien el laberinto no era sólo un espacio, sino una forma del conocimiento.

Caminar hacia el contrario

Los “ejercicios sofistas de diccionario” comienzan, acertadamente, con antónimo y sinónimo. La cadena avanza de una palabra a otra mediante relaciones que, tomadas por separado, parecen razonables. Sin embargo, al final del recorrido hemos llegado al extremo contrario sin saber exactamente en qué momento cruzamos la frontera.

El método queda expuesto desde el principio. La trampa sofista no está en un eslabón particular, sino en la acumulación de pasos plausibles. El diccionario, utilizado normalmente para fijar el significado, se convierte en la herramienta con la que Hernández demuestra su inestabilidad.

Uno de los ejercicios más poderosos es el que conduce de cielo a infierno. Parte del edén, la gloria y la beatitud; atraviesa la prosperidad, el bienestar y el reposo; después, casi imperceptiblemente, la quietud se vuelve inmovilidad, la inmovilidad se convierte en detención y el trayecto termina en la pena, el tormento y el infierno.

Después de la dedicatoria a Anubis, del grimorio de Garza Islas y de las imágenes cercanas a Doré, resulta difícil no imaginar en esa cadena la caída de Lucifer. El ejercicio deja de ser una sucesión léxica y se convierte en escena: un descenso palabra por palabra desde la luz.

Lo inquietante es que la caída no comienza con el mal, sino dentro de aquello que parecía deseable. El cielo y el infierno no son lo mismo, pero existe entre ellos un puente reconocible. Los monadónimos adquieren así una dimensión ética: no sólo muestran que podemos llegar de un extremo a otro; también permiten advertir dónde comienza el desplazamiento.

El recorrido de amor a odio es mucho más breve: amor, pasión, vehemencia, furia, coraje, rabia, odio. Su concisión es parte de su fuerza. Algunos opuestos requieren un laberinto entero; otros apenas unas cuantas mutaciones.

La pasión ya contiene intensidad, y esa intensidad puede cambiar de dirección sin perder energía. Quizá por eso el verdadero contrario del amor no sea el odio, sino la indiferencia: el odio todavía conserva el vínculo, aunque lo haya transformado en rabia.

Entre Babel y el virus

El primer epílogo, escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga, recupera el mito de la Torre de Babel desde la irreverencia. Los humanos construyen una torre destinada a picarle las pompis a las nubes y Dios inventa la confusión de las lenguas para detenerlos. Entre las ruinas, los poetas se quedan examinando cada guijarro.

La imagen es bellísima: el diccionario sería una forma de recolectar los escombros de Babel. Nelson pone las palabras en su laboratorio, las abre y descubre que dentro de ellas sólo existen más palabras. No hay un núcleo definitivo llamado significado, sino relaciones, resonancias y parentescos.

El segundo epílogo, escrito por Horacio Warpola, desplaza el libro hacia la mutación y el contagio. Recupera la idea de William Burroughs de que el lenguaje es un virus: las palabras entran en nosotros, se reproducen, cambian y pasan de una conciencia a otra. Creemos que las utilizamos, pero ellas también nos modifican.

Los monadónimos funcionan de ese modo. Cada término transmite parte de su carga al siguiente hasta terminar convertido en aquello que parecía incompatible con él. Hernández usa el diccionario para subvertir la autoridad del propio diccionario.

“La lengua no es la RAE ni los diccionarios”, escribe Warpola. Es un arma de doble punta, social y poética. Puede fijar jerarquías, excluir y herir, pero también abrir grietas, crear imágenes y producir nuevas formas de pensamiento.

En mi lectura, la voz de Warpola tiene además una resonancia afectiva. Tuve el gusto de conocerlo en vida: fue una persona sencilla, sensible y de una enorme calidad humana. Ahora, al leerlo al final de un libro construido alrededor del tránsito, su presencia adquiere otra profundidad. La persona ya no está, pero el lenguaje continúa mutando dentro de quienes la recuerdan.

Un libro que sigue actuando

Monadónimos cierra con imágenes de un diccionario intervenido con hilos que unen sinónimos y antónimos. Es la conclusión material del proyecto: aquello que la lectura había vuelto imaginable aparece convertido en trama visible.

El hilo ya no sirve únicamente para escapar del laberinto, sino para mostrar que cada palabra está atravesada por otras y que ninguna existe completamente aislada.

Es un libro breve, pero no una lectura rápida. Puede recorrerse en una hora, aunque pide ser releído, consultado y usado. Funciona como grimorio, ensayo, objeto artístico y detonador creativo. De sus páginas pueden salir poemas, relatos, imágenes y ejercicios de conciencia.

Al cerrarlo, mis dedos habían quedado un poco más lijados. También algunas certezas. No porque todo signifique lo mismo, sino porque el sentido puede ensancharse y mostrarnos rutas que antes no veíamos.

Tal vez borrar las huellas no signifique desaparecer, sino dejar de pensar que nuestra identidad está completamente escrita. Si las palabras pueden desplazarse, transformarse y contener la posibilidad de su contrario, quizá nosotros también podamos ampliar aquello que somos.

Eso hace Monadónimos: crea (i)mágenes para (i)maginar la (i)magia. Y después de leerlo queda una ruta abierta, un hilo, una chispa. La sensación de que el lenguaje todavía puede cambiarlo todo.

Janice BG | @velvet_horses

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